DOS CUENTOS DE CONSUELO TRIVIÑO ANZOLA

 

*CONSUELO TRIVIÑO ANZOLA, reside en España desde 1983. Es doctora en Filología por la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido profesora de Literatura en distintas universidades de Colombia y España. Está vinculada al Instituto Cervantes desde 1997. Ha colaborado con reseñas de libros en revistas y suplementos literarios de reconocido prestigio. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, al francés y al alemán, e incluidos en numerosas antologías y publicados en revistas como Puro cuento, Caravelle,  Barcarola, Torre de Papel, La Hojarasca e Hispamérica, entre muchas otras más. Su obra ha sido estudiada en las universidades de Iowa, Middebury College, Sorbona, Bérgamo, Torino, Amiens y Colonia. La crítica más exigente ha señalado la profundidad de su obra y su tersa escritura. Entre otros libros, destacan Prohibido salir a la calle (novela), 1998,  La casa imposible (cuentos), 2005,  La semilla de la ira (novela), 2008, Una isla en la luna (novela), 2009, Letra herida (cuentos), 2012, Extravíos y desvaríos (cuentos), 2013, Transterrados (novela), 2018, El ojo en la aguja (cuentos), 2019.

YO NO LA MATÉ

La chica mató a sus amigos y se fue. Nadie volvió a saber de ella. Su historia empieza con un estampido mortal. Hay que matar a alguien para poder ser. Después de matarlos, ella se fue a buscar una fuente de agua porque tenía sed. Matar a alguien da sed, tanta sed que se seca la sangre y la persona corre el peligro de convertirse en una momia. No es para menos. La ley de Dios dice, no matar, y ella faltó a la ley. El calor se le sube a la cabeza y por dentro es como si ella fuera una llama viva. Lleva un hormiguero alborotado que quiere salir a beber agua para salvarse. Las hormigas se asemejan a los sentimientos que la atormentan, que están ahí sofocados y no quieren vivir dentro de ella, pero se quedan hurgando en la entraña.

Su cuerpo me pesa tanto que ya no podrá volar como en los sueños. Sin embargo, ella respira tranquila pensando que al menos en esa inconformidad su ser es verdadero. Al caminar va dibujando tortuosamente la palabra libertad. La más amada de todas las palabras que ha llegado a comprender. Fue el primer significado que atrapó y lo guardó como un tesoro desde que tuvo uso de razón. La palabra huyó hacia las nubes y arriba, en el cielo plomizo, vio una inmensa boca que se abría para tragársela. Luchó contra la fuerza que la chupaba hacia aquellas profundidades.

Ella trató de alcanzarla y se fue estirando como un plástico, extendiéndose hasta el infinito, con una pierna en la Tierra y la otra en Marte. Era muy extraño lo que sentía por culpa del deseo de huir. El remordimiento por las cosas que no se hacen es igual que el de las que se hacen. Después de matar lo único que le queda a una persona es perderse y ella estaba luchando contra ese destino. Su cuerpo se estiraba y se encogía y el espacio no obedecía a las leyes físicas. Los puntos dispersos, por alejados que estuvieran, se juntaban en su cuerpo, como si ella misma fuera el universo. Las paralelas, de repente se cruzaban y la capacidad de estirarse era inversamente proporcional al deseo de despegar.

En el espacio no sólo había puntos. También había vacíos. Esos puntos abarcaban el vacío, haciendo una masa, cobrando una forma. Ella vio, como en el nacimiento de un mundo, el surgimiento de las formas, como letras en fila, unas tras otras dibujando palabras. En el espacio se desplazaban siluetas empujadas por una fuerza invisible que algunos llamaban voluntad o soplo divino. Ella rodeaba el cosmos con sus brazos, como si fuera Dios. Pero tuvo la sospecha de no ser ni siquiera humana cuando descubrió que estaba hecha de un material maleable e irrompible, que a veces era transparente y dejaba traslucir las imágenes que se situaban más allá. Parecía un cuadro con siluetas superpuestas convertidas en un todo, pero diferenciables. No había distancias porque lo lejos estaba cerca, lo cercano inaccesible y la conciencia poderosa hacía lo que quería con las leyes descubiertas por los sabios.

Esa chica mató a sus amigos y se fue para siempre. Desde entonces nadie volvió a saber de ella. En cambio, ella siempre supo de mí. Ella rompió los lazos, se encontró libre como había soñado ser, y empezó a deambular por lugares irreales para los demás, pero vívidos para ella. En su mundo habitaban los fantasmas de los amigos muertos. Hombres que alguna vez se habían creído sus dueños, sólo por haberla amado. Convertidos en fantasmas la miraban con dolor, cubiertos con una sábana blanca que es el auténtico traje de fantasma. Desde los rotos de las sábanas se adivinaban las cuencas de los ojos muertos.

Era libre, pero nada podía hacer contra la oscuridad que salía de las cuencas de los ojos que alguna vez miraron su cuerpo. No sabía lo que era el miedo hasta que comprendió que tendría que vivir para siempre con esas cuencas sobre el cuerpo. El miedo no tenía rostro al principio, pero luego adoptaba los rasgos de los amigos que ella había matado para ser alguien. Cualquier alguien era ella y ella todos los alguien. Es decir, no era nadie, porque alguien era el vacío que tanto temía. Descubrir eso, le producía escalofrío, terror, deseos de seguir matando para ser sustancia.

Los fantasmas eran huecos inmensos que se abrían para tragársela y no la dejaban desprenderse de la Tierra. No había delante para ella, sino atrás, un atrás que la chupaba, obligándola a ser elástica para no romperse. Ella avanzaba por calles que se cerraban, formando una cárcel. Luchaba con el cuerpo contra la tempestad de un mundo imposible de atrapar con su incesante movimiento. Ella ni siquiera tenía un lugar donde fijar su morada y por eso vagaba sin rumbo, trazando signos en el aire, signos que la más leve brisa desbarataba.

Para el resto de la gente, aquella chica mató a sus amigos y se fue para siempre. Nadie sabía nada de ella, pero ella sí lo sabía todo de todos y eso la hacía sufrir. Era difícil olvidar a aquella chica arrogante que se complacía en hacerles desplantes a los hombres y se negaba a confiar en una amiga. Para el común de la gente, para los que no la vieron, ella desapareció. Nadie sabe que va por ahí, dejando una mirada incierta en los corazones y un vacío en el pecho de los hombres que la desean. Su mirada se queda en la tela del cuadro como una mancha indeleble. Pero esta existencia es necesaria, ya que en toda historia hace falta una persona rebelde. En este cuento hay una chica rara que mata a los amigos y emprende la huida. Ella no puede escapar y por eso el mundo se convulsiona y ya no quiere obedecer a las leyes de la física. El mundo se sacude porque ella se rebela.

Es necesario que exista alguien para que ejecute lo que todo el mundo dice que no esperaba, pero que en el fondo deseaba, como la tragedia o el dolor. Ella mató a los amigos que mentían al decir que amaban y no eran capaces de reconocerlo. Los mató sólo porque la engañaban y no se rendían ante la evidencia de sus pruebas. Yo creo que esta chica los quería, pero le dolía el engaño. Era tan insoportable el dolor que tenía que eliminarlo.

Ella quiso a sus amigos porque los necesitaba, pero también se dio cuenta que no la dejaban ser. Tuvo que elegir. El cuento no es especial sólo porque haya un disparo. Un disparo es un hecho normal en estos y en otros tiempos. Lo que estorba debe desaparecer. La muerte es un tema que preocupa a los humanos de ayer, de hoy y de siempre, pero da lo mismo que les preocupe o no, ya que siempre hay alguien dispuesto a matar al enemigo, al semejante, al débil, al verdugo, al ladrón. No hay diferencia cuando se siente el impulso de matar. En este cuento no sabemos dónde está la chica, pero ella sí sabe dónde estoy, de la misma manera que sabe dónde están todos. Ella va caminando por una calle larga y estrecha en un lugar impreciso, la vemos perderse y desaparecer.

Ella dobla por una esquina, dejándonos en una insoportable ignorancia, sufriendo el tormento de no saber dónde está esa esquina, sobre todo porque nos parece haber estado en aquel lugar alguna vez. Lo que mortifica es no poder distinguir entre la realidad y los sueños. La esquina y la calle se ven, pero la ciudad se pierde, como si una calle pudiera existir sin una ciudad y una esquina sin una casa.

Ahora yo le sigo los pasos a la chica. De palabra en palabra, me acerco a ella, porque quiero tocarle los hombros y hacer que se vuelva para mirarme. Esa es la calle donde la vida se estira como al infinito y sólo nos queda imaginar sin cesar para no desaparecer con ella. Los que están muertos, no pueden levantarse. Ella se hace fuerte en su soledad. Quiero ser una U que se abre, quiero ser una O que se cierra. Toco el hombro de aquella chica y logro que se vuelva para mirarme, pero algo muy extraño sucede: no puedo ver su rostro. Dos inmensos ojos atraviesan los míos y los queman como hierro candente, sumiéndome en la oscuridad, pero dentro de la oscuridad una luz, que se enciende automáticamente, me guía.

En la oscuridad ella y yo tratamos de saber quiénes somos: sus ojos fulminantes y los míos quemados tropiezan. Parece que ella intenta salirse de la página. La hoja se levanta sin que mis manos puedan impedirlo. Debo aceptar que ella es más fuerte que yo, que lo sensato es no oponer resistencia. Yo misma empiezo a estirarme como un plástico. Quiero quedarme quieta para conservar mi forma, pero no puedo, he perdido la voluntad y ella me domina. Mis manos se agigantan tratando de tocarla. Las hojas se escapan por la ventana. Las letras desprendidas de las páginas bailan en la habitación.

Es sólo un cuento, me digo, pero está sucediendo, lo de las letras bailando alrededor de mi cabeza, lo de los puntos que se juntan y las palabras que desaparecen. Mañana tengo que levantarme temprano para ir al dentista, antes de ir al periódico, tengo que hacerlo no sea que la caries alcance el nervio y me haga gritar de dolor. Estoy irremediablemente sola en la habitación, sin poder recuperar la visión de lo externo. Lo único real para mí es el marco de la ventana y el palpitante avance de la caries horadando la muela. Llego hasta la ventana, aunque en realidad es la ventana que se acerca, pero no quiero dramatizar los hechos. Trato de luchar contra la irrealidad impuesta por ella. No me atrevo a abrir la ventana por temor a ver mi mano tocando la luna. Pero la luna y las estrellas chocan contra mi ventana. Se me ocurre cerrarme como una O para no estirarme. Vuelvo a mi posición fetal, las manos aferradas a las puntas de los dedos de los pies. Me niego a escribir porque hacerlo me produce un dolor tan insoportable como el de la caries, acercándose al nervio para chuparme los sesos.

No puedo recordar los detalles. Sé que encima de mis ojos hay una ventana y que me encuentro sobre la blanda superficie del suelo. Me hundo y me elevo como llevada por una corriente tibia. Pero no estoy en un río porque no hay agua. Es de noche y me aterra no volver a ver el día. Trato de recordar el cuento. Me falta la segunda parte del cuento, pero no puedo recordarlo, si ella no me ayuda. Sé que vengo de atrás y que me he quedado atrapada en un edificio como un ladrillo en un muro. Hay muros, casas con ventanas y puertas, calles y ciudades. Todo se va armando desde la más impecable y sólida geometría. Tengo la extraña sensación de que el tiempo transcurre, aunque ahora esté detenido. Las gotas de lluvia se deslizan por la ventana. Grandes goterones salpican mis ojos y me dan la ilusión de estar viva.

En la ventana se fijan unos ojos muy parecidos a los míos, que quieren decirme algo, tal vez me estén dando las claves del cuento; o tal vez quieran atravesar los míos con sus rayos fulminantes; quizás prefieran matarme. Es posible que ella venga a matarme, igual que a sus amigos. Seguro que ella viene a matarme porque sabe que soy la única que conoce su secreto y un asesino debe matar a los testigos. Creo que el cuento tiene que ver con eso. Trato de romper las páginas antes de llegar al final. Pero en el fondo quiero saber lo que ella va a hacer conmigo.

Entonces vuelvo a recoger las páginas dispersas. Pienso en la muerte con pánico y un sudor frío recorre mi cuerpo. Empiezo a rasgar cuidadosamente las hojas, indiferente a sus lamentos. Voy a la cocina y traigo los fósforos. No es suficiente con rasgar el papel, ya que los trozos se las arreglan para unirse y las letras pueden juntarse.

Después de la agotadora batalla con ella, sólo queda a mis pies un montón de cenizas. Las pisoteo y disperso con furia y dolor en las manos, en los pies y en el alma, como si me lo hiciera a mí. Su culpa asciende en forma de humo y atraviesa mis venas, se instala en la médula, recordándome que, aunque la he matado, jamás podré librarme de ella.

LA CASA IMPOSIBLE

En aquella casa nadie se ponía de acuerdo ni siquiera para hacer un café. Si alguien decía “me provoca un café”; el otro le respondía, “hágalo usted mismo”, con un retintín cargado de escepticismo. Ante semejante respuesta, el que quería un café se dirigía a la cocina con menos deseos de café, cargado de rencor hacia el escéptico que se complacía criticando la ineficacia de los habitantes de esa casa imposible. Por su parte, el antojado de café añadía una afrenta al memorial de agravios que crecía ante sus ojos rencorosos, como quien ve infectarse una llaga sin aplicarle el remedio, acaso por culpabilizar a los otros, que eran los responsables de sus desgracias.

En la casa de los imposibles se habían cometido en el pasado —y se seguían cometiendo—afrentas imperdonables, tantas que hubiera sido inútil dar cuenta de ellas. Los habitantes de la casa imposible podrían considerarse seres pasivos pero, en cambio, para infligir ofensas eran activos. El que se mostraba altanero escéptico sabía que no era fácil preparar el café; conocía las causas de esa dificultad, pero se callaba para no evitarles la desagradable sorpresa a los otros. Él mismo había fracasado en su intento y estaba tan frustrado que necesitaba vengarse, después de comprobar que hacían faltan los ingredientes y las mínimas condiciones para realizar ese deseo. Una tercera persona se quejaba de la discusión entre el antojado y el altanero “por un miserable café”, y se dirigía a la cocina a prepararlo sólo “por restregárselo a esos dos inútiles que malgastaban el tiempo discutiendo por un café”.

El problema es que en la cocina, de verdad, no había con qué prepararse ese “miserable café” –en aquella casa, todo acaba recibiendo el apelativo de miserable: “sus miserables gafas”, “su miserable camisa”, “su miserable plata”—. Lo que había surgido como un deseo inocuo se cernía sobre los habitantes como una amenaza, o un reto. Una cuarta persona —a veces se juntaban hasta cinco personas en la casa imposible— se daba cuenta de que faltaba café y azúcar en la cocina e iba calladamente a la tienda a comprarlos, con la idea de darle una lección a los demás. Estos la veían dirigirse a la puerta en dirección a la calle, con una mueca de desprecio. Incapaces de agradecer el gesto de bondad o entrega —porque tal vez los humillaba— decían a la vez —y en eso sí estaban de acuerdo— “miren a la que va a hacer un café”. Porque la que se decidía a romper la cadena de respuestas viciadas era una mujer, la hermana menor que luchaba contra el desaliento e intentaba concluir la tarea empezada. Ella siempre se enfrentaba a los obstáculos que surgían en la casa de los imposibles, ya fuera por comida, por el aseo, o el orden y mantenimiento de la misma. Había que comer todos los días, pero hacer la comida era un problema. Se comía con las disputas, se vivía con ellas; se condimentaban las comidas con la amargura de las palabras.

Cuando la hermana menor llegó triunfante de la tienda e iba a preparar el café “así no se lo tomara nadie” —eso fue lo que les dijo a los inútiles habitantes de la casa imposible—, una sensación de catástrofe, de caos irremediable, quebró las débiles cuerdas de su voluntad, hasta entonces a prueba de pereza, rabia y rencor. Se dio cuenta de que no había gas, algo tan vital para el sustento de todos. La pelea por el combustible era una batalla perdida en la casa de los imposibles. Todo el mundo, salvo las personas que llevaron esa carga, la madre y ella, creía que el gas caía del cielo, como el agua que nadie pagaba, salvo ellas dos, o la luz que les cortaban a menudo, mientras los dos hijos y el padre se echaban en cara, tanto lo que habían dado como lo que no habían dado. Maldición, gritó la madre que evitaba salir de su cuarto, para no tropezar con el odio, ¿cuándo llegará el día en que se pueda hacer un miserable café en esta casa sin que acaben discutiendo?

Finalmente, a la madre se le rebozó la copa y huyó ese día de la casa de los imposibles para refugiarse en una residencia de ancianos donde la comida se servía todos los días a la misma hora. Sólo quedaron en aquella casa el padre y el mayor de los hijos, que como él sentía una enfermiza inclinación por el fracaso. El hijo de en medio, una maldición llamada caos, que removía los muros del hogar, instaló su tienda enfrente de la casa. Olvidé decirles que la casa de los imposibles nunca acabó de construirse. A este hijo le dio por arrancar los ladrillos de la habitación del padre al que acusaba de egoísta. La hija menor un día preparó las maletas, pero no fue capaz de marcharse, tuvo tanto miedo que prefirió asumir las cuentas del gas, del agua y de la luz, pero procuró pasar la mayor parte del tiempo en su trabajo.

Siempre pienso que a la casa de los imposibles está a punto de sucederle lo peor, que el hijo de en medio la destruya, que el mayor saque a patadas al padre o que el padre la incendie en un descuido, ya que se duerme con los cigarrillos encendidos. O quizás no le suceda nada a aquella casa semiderruida, puede suceder que con el tiempo llegue una persona capaz de apaciguar el corazón de esos habitantes y establezca un orden, una melodía que los haga bailar al ritmo secreto del universo bajo el cual las cosas giran en armonía sin razón alguna. Mientras tanto, los corazones se arrugan y encogen como los frutos secos en los costales dentro de un cuarto oscuro donde acechan las ratas. Falta poco para que esas malditas criaturas se abalancen sobre los corazones, pero no lo harán porque milagrosamente la hermana pequeña llegará a tiempo para evitar la ruina. Por ella, la casa de los imposibles se mantiene en ese punto en que no está totalmente destruida ni concluida de forma definitiva. A nadie le sorprenda que precisamente la culpen por sostener una situación insostenible, pues el odio se alimenta de la incapacidad de la gente y ese frágil pilar que es la hermana menor, es culpable de que ellos no se hundan, como parece ser su deseo. No me extraña que recaigan sobre ella tantos reproches.