José Manuel Vacah (Estado de México, 1990)

Escritor, periodista cultural. Fue director del diario digital Revueltas Times, jefe de sección cultural del diario Tercera Vía. Conduce el programa Mapa Vacío. Recomendaciones culturales que te volarán la cabeza, en UTA Radio. Es codirector de Corazón de Diablo Ediciones.  Su obra poética incluye los títulos Desearás irte (Edición de autor, 2012), Los perros tras de mí (El trueno en la ciudad, 2018), Demasiada luz en esta noche (Ojo de Golondrina, 2019) y Presagios (Mantra Edixiones, 2019). Además de los libros de narrativa El pasajero (V.E.S., 2017) y Llamaré al taxidermista (Texto e Imagen/Corazón de Diablo, 2019). Ha sido antologado en Post Judas. Antología de poesía cubano-mexicana (Literal, 2020). Es compilador del libro de culto Historias de sexo, conspiración y muerte (Texto e Imagen, 2017).  Obtuvo el trofeo del Torneo de poesía  “Adversario en el Cuadrilátero” 2018 —organizado por la editorial VersodestierrO.

 

 

Llamaré al taxidermista

 

—¿Qué vas a hacer con el cadáver?— preguntó Nadia arriscando la nariz como una gata.

—La llevaré con el taxidermista antes de que se pudra—afirmé con impaciencia.

—¿Por qué no lo cocinamos al carbón? Sería una delicia.

El comentario se me clavó en el estómago como un puntapié. Yola fue la más bella koi que jamás ha existido, no permitiré que una desgraciada intente rostizarla.

—Manuel, me prometiste que nos la comeríamos cuando muriera.

—¿Cómo puedes ser tan cruel?

El dolor, la indignación y la rabia me trenzaron las tripas. Le lancé una mirada brutal.

Al verla así, tan divertida —tan egoísta, la muy pinche—, no pude más que admirarla:  cómo me fascinan sus ojos, tan parecidos a los de Yola, solares como el ámbar en el fondo de un estanque.

—Necesitas descansar, todo esto es muy difícil para ti solo, déjame ayudarte. ¡Dame la carpa!— extendió los brazos como si todo en el departamento fuera de su propiedad.

—¡Nunca!— grité, escupí gotas de bilis.

—No salgas con estas estupideces ahora. Anda cariño, déjame ayudarte— sus brazos se me acercaban como una horrible tenaza.

—Preservar el cuerpo de un ser amado no es una estupidez—dije tratando de contener la furia que me invadía—. Si tú murieras también lucharía por conservar los últimos recuerdos de tu cuerpo. Lucharía salvajemente contra todo lo que quisiera devorarte, contra la sociedad, contra el tiempo, contra la muerte misma.

Estoy seguro de que Nadia sabe, muy en el fondo, que es verdad lo que le he dicho, que no es una mera exageración producto de las circunstancias. Pero está celosa. Sus malditos celos han llegado a límites enfermizos. Nada le resultaría más satisfactorio que clavarle los dientes a Yola, esa sería su venganza definitiva.

Dicen que los hombres nos dejamos guiar por nuestros instintos primitivos, pero las mujeres como Nadia nunca dejan de combatir con otra hembra hasta que no se la devoran.

Corrí, lo más rápido que pude, hacia mi teléfono —que había dejado conectado— con el cuerpo húmedo de Yola entre los brazos.

Antes de que alcanzara el cable del cargador sentí los dientes de Nadia hincándose en mi hombro. Aullé. Yola dio un brinco, como cuando estaba viva y yo la cargaba y trataba de zafarse. El ardor recorrió mi espalda, poniéndome en un estado de alerta.

Qué distintos me parecen sus dientes ahora de aquellos que me han prodigado placenteros mordiscones mientras hacemos el amor.

—Voy a llamar al taxidermista aunque te opongas— le advertí.

Su mirada me asustó, era la de una perra rabiosa. Levanté el puño y amenacé a Nadia. Fue un acto instintivo, lo juro.

—Si te acercas te golpeo.

Nunca sería capaz de golpear a una mujer —me considero un feminista, o para ser más preciso, un aliado de la lucha feminista—. Pero estoy dispuesto a recurrir a la violencia si es preciso para evitar que profane el cuerpo de Yola.

Detuve su mano antes de que alcanzara la cola.

—¡Me estás lastimando!— gritó con la intención de que la oyeran los vecinos y comenzó a llorar.

Su llanto me desconcertó, ¿cómo era posible que tomara esta actitud? Nada es más perturbador que un chantaje de este tipo. No voy a permitir que la cabrona se salga con la suya. Las piernas me temblaban.

Hace tres años que vivo con ella, hemos pensado en casarnos, pero todos los días discutíamos por la misma estúpida razón.

—¡No es posible que estés jodiendo nuestro amor por un maldito pez!— era su reclamo siempre.

¿Cómo pueden causar las lágrimas de una mujer tanta destrucción? Nunca podré saberlo. Nadia gritaba, maldecía, escupía, mientras me lanzaba libros, el cenicero y la maceta con el cactus exótico que compramos en Xochimilco. Berreaba como si estuviera pariendo.

Contemplé su cuerpo, estremecido por esa cólera siniestra, y su estado me conmovió. La rabia con la que se retorcía en el suelo me dejó paralizado: Yola también se había convulsionado en el último instante de su vida.

Apreté fuertemente contra mi pecho el amor que tenía entre los brazos, caí de rodillas y también lloré.

En ese instante, la verdad se me reveló como una jodida luz enceguecedora: todo el tiempo mi amor estuvo escindido, roto en dos cuerpos distintos, diferentes pero complementarios.

¿Los animales tienen la capacidad de amar?

Sí, lo sé con seguridad. Muchas veces me miré en el fondo de los ojos de Yola y jamás me sentí abandonado. Jamás conocí en ellos la soledad, el desdén o la mutilación. El amor es correspondido o no existe, deja de ser una ilusión para convertirse en trascendencia. De la conciencia física —Yola era una carpa de 93 centímetros y 8 kilos—, a la conciencia espiritual: se ama en el otro lo que en nosotros jamás podrá existir.

Esa era la verdad.

No se ama a dos seres con la misma intensidad, humanamente es imposible. Tampoco de la misma forma: mi amor por Yola había nacido de algo sagrado. Como los japoneses, que crían a las carpas como si fueran ángeles, o —para su perspectiva oriental— dragones —que son otra manifestación de lo divino.

Yola era mi ángel, mi manera de amar la divinidad.  Nunca se lo explique a Nadia porque sabía que jamás podría entenderme. Ese fue mi gran error. Tal vez si se lo hubiera explicado… Los hombres siempre tendemos a cagarla. He aquí otra ineludible certeza.

En cambio, Nadia —la pobre y mundana mujer con la que he vivido estos años— es mi forma de comprender las cosas profanas, a través de su cuerpo conozco el mundo.

¿Cuánto he amado a Nadia? Lo suficiente para conocer cada impureza de su piel, las venas de sus ojos cuando se enfurece, su ternura al amanecer, el sabor de su saliva. Mi lengua conoce los límites de su boca, su tibieza, el pulso de su cuello, los diferentes tonos de su cuerpo, la oscuridad de sus pezones, las estrías en su vientre que imagino como desgarraduras que he marcado en el camino hacia su pubis. He inflamado su vulva a lengüetadas, reconocería su sabor, el olor de su sexo contradictorio, inmenso y hermético como el mar, capaz de prodigar los placeres más extraños, húmedo como boca de pez.

—¡Eres un maldito enfermo!— gritó lo más fuerte que pudo.

Las uñas de Nadia me arrancaban trozos de carne, el rostro me ardía y mi sangre había manchado el cadáver de Yola, combinándose con su piel naranja ya sin vida. La psicópata intentaba agarrarla. Cubrí su cuerpo con el mío, pero el ataque era salvaje. Traté de quitarme a Nadia de encima sin recurrir a los golpes. Me hubiera sido muy sencillo tirarle una patada, pero no me atrevía a hacerlo.

Siempre me ha sorprendido la capacidad de las mujeres para generar una atmósfera de sórdida violencia.

— ¿Crees que no me he dado cuenta de lo que hacías con la carpa? ¡Eh, crees que no lo sé! ¡maldito degenerado! ¡egoísta! ¡imbécil!— el tono de sus gritos me dejó frío.

Tocaron a la puerta.

—¡Te la cogías!— su gritó fue estremecedor.

—Nadia, por Dios, de qué hablas. Ni siquiera es posible eso.

Nos distrajimos unos segundos con la voz de nuestra vecina que preguntaba si estaba todo bien.

—¿Todo está bien ahí dentro?

Aproveché ese instante para empujarla. Era una mujer menudita, cuando la conocí me excitó la posibilidad de poder cargarla mientras la penetraba.

Cayó en el estanque —en realidad era una tina que había acondicionado para que Yola viviera lo mejor posible en el departamento—, el golpe fue aparatoso.

Pensé que se había desnucado, muerto instantáneamente, pero la loca comenzó a reír. Reía como una hiena estimulada por la sangre. Los golpes en la puerta eran cada vez más fuertes. Sentí que mis sienes también de madera estaban a punto de quebrarse.

La maldita perra reía con la mitad de Yola entre las manos.