Arturo Prado Lima

Cuando llego a tus rodillas hay fiesta en los labios. Un terremoto ondulado gira en tus ojos hacia arriba, hacia abajo, hacia todos los extremos donde el vacío es semilla y flor al mismo tiempo. Una manada de pájaros amazónicos pasa de largo por los entusiastas cuellos en penumbras.

A veces tenemos que volver a empezar porque un beso se despista saboreando los manjares de las lenguas y se despeña piel adentro dejando la sinfonía un tanto a la deriva. Otras veces porque pasan los soldados gritando sus consignas de guerra y de paso destrozan los jardines que ya empiezan a germinar en las espaldas.

Avanzamos hacia nosotros, íntimos, delgados, desnudos del origen a la oreja, de los pechos a las primeras sábanas del mundo. Somos los grandes neutrinos de agujerear las edades de los tiempos y burlar la mortalidad histórica de nuestros cuerpos en flor.

Cuando llegamos al sitio donde desaparece la pareja y solo queda el vacío que fuimos y seremos, cuando cesan las caricias, cuando los labios dejan de ser un cementerio de besos, sólo entonces ocurre el amor, la danza cósmica, la raza telúrica de las rodillas donde se acumulan todas las posibilidades vitales del mundo. Siempre será la primera vez.