Concha Pelayo nació en Zamora, España. Es escritora, poeta, periodista, crítica de arte y gestora cultural. Es autora de varios libros que abarcan el ensayo, el relato, la poesía, el teatro o el género epistolar.
Ha publicado entre otros: Hojas secas en mi caminar, (ensayo) El ojo del ciclope, (ensayo) Zamora tiempo de espera, (ensayo) Poemario plural, (poemas) Huellas de emoción, (fotografías y textos) La mirada del pueblo, (fotografías y textos) Relatos imposibles, (relatos) La muerte de los Cartones, (teatro) Cartas sin vuelta, (epistolar) Esencias, (poemas) En el tren (relatos)
Cuenta en su haber con más de dos mil artículos de opinión publicados en prensa escrita nacional o internacional o revistas especializadas. Ha impartido conferencias sobre turismo en Zagreb, (Croacia) Beirut (Líbano), Las Palmas, Madrid, Zamora y provincia y diferentes localidades españolas, así como participado en mesas redondas coordinando diferentes encuentros poéticos o literarios.  
Comisaria de diferentes exposiciones fotográficas sobre un importante archivo de los años 40 realizado por su padre, Máximo Pelayo en Zamora, Barcelos y Sesimbra (Portugal) y otras localidades de la provincia. También colabora con asiduidad en radio y televisión presentando programas de viajes además de realizar importantes entrevistas a personalidades destacadas como al director de Orquesta, ya fallecido, Jesús López Cobos, al cardenal arzobispo de Sevilla Carlos Amigo o al controvertido juez Gómez de Liaño entre otros muchos.
Como crítica de arte y miembro de AECA y AICA, Asociaciones Nacional e Internacional de Críticos de Arte, escribe habitualmente en diferentes medios sobre exposiciones de pintura y espectáculos como ópera, cine o teatro. Son varias sus publicaciones en diversas antologías artísticas. En la actualidad es jurado en diferentes certámenes de cine turístico: Barcelos, Sesimbra, (Portugal) San Petesburgo, Amorgós (Grecia)
Es miembro de FEPET y de ARHOE, miembro del Consejo Nacional de dicha organización. Asimismo, ha sido distinguida con diferentes premios literarios y relacionados con el turismo por su contribución al mismo.

https://es.wikipedia.org/wiki/Concha_Pelayo

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Era una casa hermosa a la que se accedía por una escalera de madera donde en los extremos de cada peldaño lucían maceteros cuajados de geranios, rosas, alhelíes. Al finalizar la escalera se abría un gran porche con barandilla, también de madera, donde había unos sillones de mimbre adornados con mullidos y floreados cojines. Casi siempre, en uno de ellos, dormitaba una enorme gata blanca, persa, con un pelaje abundante y mullido. Por las paredes trepaba la hiedra y, en verano, era un placer sentarse a reposar en aquellos sillones y a escuchar el sonido de los pájaros

En aquella casa vivía la abuela de mi amiga Maritere. Se llamaba Domitila y era una mujer gordita y confortable. Cuando me abrazaba sentía sus pechos como cuando me abrazaba a mi almohada. Tenía el pelo completamente blanco y lo recogía con un moño en la nuca.

Me gustaba ir con Maritere cuando iba a visitar a su abuela que, casi siempre, se encontraba en el huerto que había en la parte posterior de la casa. Allí crecían todo tipo de hortalizas: pimientos, tomates, lechugas, puerros, berzas, que se mezclaban en pequeños surcos entre los árboles frutales donde también crecían peras, manzanas, cerezas, ciruelas….

A la abuela de Maritere le gustaba cuidar el huerto y siempre la encontrábamos allí, agachada, retirando hierbajos o cavando alrededor de los árboles con una pequeña azada.

Por aquel entonces, a Maritere y a mí nos gustaba el mismo chico. Era un joven esbelto con el cabello negro y rizado, tenía unos bonitos ojos negros y se vestía con unos pantalones bombachos que le llegaban por debajo de las rodillas. Tenía un aire moderno, de capital, incluso su madre también nos llamaba la atención. Nos parecía muy guapa, tenía el pelo largo y ondulado, muy rubio, y yo, entonces, no recordaba a nadie como ella porque en mi pueblo no había cine ni televisión y sólo veíamos a la gente que vivía allí. Hacía poco tiempo que se habían trasladado.

La amistad de Maritere y la mía era tan pura e inocente que ni siquiera el hecho de que nos gustara el mismo chico nos impedía seguir siendo amigas. Un día, no sé cómo lo decidimos, pero nos presentamos en casa de nuestro chico y llamamos a la puerta. Nos abrió su madre y muy sorprendida nos preguntó a qué se debía aquella visita. Creo que fue mi amiga la que le preguntó: “Queremos saber a quién de nosotras dos prefiere su hijo”. La madre soltó una gran carcajada y nos dijo: “no os preocupéis, él lo consultará con la almohada”. Volved mañana y os lo diré. Recuerdo que aquella respuesta nos dejó sorprendidísimas pues nunca habíamos oído tal cosa. Hay que tener en cuenta que éramos niñas de nueve o diez años y no conocíamos las expresiones o dichos que decían los mayores. Al día siguiente volvimos a llamar a la puerta, ansiosas y expectantes ante la respuesta que esperábamos. Ni nos planteábamos qué ocurriría entre nosotras cuando una hubiera sido descartada. Pero no ocurrió tal cosa porque cuando nos abrió la mujer volvió a reírse a carcajadas y nos dijo muy inteligentemente. “Él os prefiere a ambas”. Y nos fuimos tan felices.

Han pasado muchos años desde aquello. Cada cual hemos hecho nuestras vidas. Nos hemos casado. Ella tuvo siete hijos, cada uno vive en un lugar diferente y me cuenta que va a visitarlos de vez en cuando. Hace poco estuvo en Italia con una de sus hijas, que vive feliz, casada con un italiano. Tienen una casa preciosa en La Toscana. Me dice que los italianos son muy parecidos a los españoles. Son familiares y les gustan las celebraciones grandes donde se reúnen todos.

Maritere reside en Cantabria y me dice que va a venir a visitarme, que tiene muchas ganas de verme para recordarnos de tantas vivencias como protagonizamos en nuestro pueblo. Mientras me contaba su viaje a Italia le recordé cuando su hija había fijado la residencia en Italia y fue a pasar una fiesta de noche vieja con ella. Mi amiga ya no vivía con su marido pues se habían separado y me contó que en aquella fiesta de noche vieja conoció a un italiano guapísimo con el que estuvo bailando toda la noche. Ni él hablaba español ni ella italiano, pero le decía muy bajito, junto al oído: “bella, bella”. Bailaban y bailaban y él se separaba de vez en cuando para admirarla y volvía a abrazarla y a repetir, “bella, bella”. Me dice que, aunque tuvo otra pareja, nunca olvidó a aquél italiano; y yo nunca olvidé aquella historia.

Espero con mucha alegría la visita de mi amiga. Tenemos muchas cosas de qué hablar.

 

Concha Pelayo