Iván Jesús Castro Aruzamen nació en Culpina-Sud Cinti (Chuquisaca), Bolivia. Estudió Teología y Filosofía y Letras en la Universidad Católica Boliviana, sede Cochabamba. Diplomado en Educación Superior en la Universidad Católica Boliviana, sede Cochabamba. Cursó maestría en Derechos Humanos, en la Universidad Mayor de San Simón, Cochabamba, y maestrado en Misionología en la Universidad Católica Boliviana, sede Cochabamba. Doctorando en la Facultad de Teología “San Pablo” por la misma universidad.

Pobreza y esperanza en Vidas secas de Graciliano Ramos

Iván Jesús Castro Aruzamen

Vidas secas de Graciliano Ramos, pertenece a lo más granado de la novelística del regionalismo nordestino dentro de la literatura brasileña de la primera mitad del siglo XX. Si Graciliano Ramos explotó al máximo la novela de la tierra, no menos hizo sobre aquellos que no tenían tierra, por esa razón, Vidas secas, es una novela de la tierra, pero de los sin tierra. La gran novelística brasileña –donde se inscribe Vidas secas– alcanzó madurez por la simplicidad de su prosa. En esa línea, Graciliano Ramos, desde sus primeros trabajos, inaugura un estilo abierto y libre, en la cual todavía hoy se mantienen algunas corrientes contemporáneas latinoamericanas.

Cuando Graciliano Ramos escribe Vidas secas, el regionalismo literario se encuentra perfectamente perfilado ante la conciencia literaria de la época. No cabe duda en ese sentido, de que su autor la concibió como novela regionalista de la tierra. De acuerdo con tal propósito, Graciliano Ramos, en Vidas secas, se ajusta a las condiciones formales que definen y caracterizan a dicha narrativa. No es gratuito, que, Fabiano sea la biografía de un héroe que se enfrenta a las condiciones adversas de la sequía, la amenaza constante de la muerte, la soledad del bosque, la parquedad de su lenguaje, que le sume en condiciones de inferioridad frente al otro, en suma, a la pobreza en su rostro más adverso. Así, también, la inestabilidad de la fertilidad de la tierra, acaba por arrojar a los habitantes del sertón a la cúspide de la incertidumbre; por esa razón, salen de un lugar a otro en busca de una nueva oportunidad para la vida, que no deja de ser seca.

En Vida secas la sucesión temporal de episodios, se encuentra ligada a la estructura de manera indisoluble; y como género literario se propone expresar tan sólo el sentido de la vida humana, la vida en el sertón. Vidas secas, no consiste en otra cosa sino en una serie de vidas secas (Fabiano, doña Vitoria, los hijos y la perra Baléia), a través de las cuales se nos revela, las carencias, frustraciones, aspiraciones, y, sobre todo, aquello que la pobreza o la miseria absoluta no logran borrar: la esperanza.

La figura de Fabiano es un retrato proverbial del hombre que vive en la selva y que Graciliano Ramos, por medio de su técnica biográfica perceptiva revela una realidad profunda, la del protagonismo de la vida individual y colectiva, lo que hace de Vidas secas una verdadera novela del género de la tierra. El interés del lector, se desplaza desde el conformismo de Fabiano, para quien el destino «era como si en su vida hubiera aparecido un agujero», hacia la conciencia del valor de la vida humana, singularísima, en cada uno de los personajes. Para el lector no pasan inadvertidos los castigos y escarnios por los que pasa Fabiano y su familia –el policía amarillo que lo conduce a la cárcel sin motivo alguno, el hacendado que siempre termina engañándolo por el valor de su trabajo (fruto del endeble dominio del lenguaje que tiene Fabiano) y la naturaleza que adquiere una enorme influencia en la conciencia de los personajes–. De manera que, por virtud del escritor, asistimos azorados al decurrir del fatídico destino que envuelve a los seres humanos cargando una vida seca. Gracias a los artificios estéticos, la intuición se apodera poderosamente del sentido de la vida humana, de toda vida humana. La técnica del relato biográfico del personaje, se desenvuelve dentro de las condiciones sociohistóricas acarreadas por la modernidad tardía que se da en Latinoamérica en la primera mitad del siglo XX.

Graciliano Ramos retrata en Vidas secas el mundo de los personajes como un espectáculo que el lector enfrenta ensimismado y corroído por preguntas sin respuesta. La muerte de Baléia, por ejemplo, no sólo despierta sentimientos de piedad y conmiseración, sino la persuasión de que lo inevitable de los seres es la muerte. Si por un lado aparece la antropoformización del mundo animal, por otro, también se da una animalización de los seres humanos, que termina funcionando como una vitrina en las que se exhibe las vidas secas de los personajes y se nos presenta como un desafío para la conciencia individual con la que tenemos la posibilidad de entrar en contacto con la experiencia de los habitantes del sertón. Así, las cosas que hacen o que les pasa –los golpes del soldado amarillo, la falta de ropa, los coscorrones a los niños, la inaccesibilidad al lenguaje– lejos de ser una simple descripción anecdótica funciona como catalizador de la revelación íntima de los personajes; en esta develación de la psicología de los personajes, Graciliano Ramos, inserta por medio del lenguaje menguado de Fabiano, un efecto estético asombroso: la carencia del lenguaje deviene también en una vida estéril.

En la mudanza de la familia –al principio de la novela–, «minúsculos, perdidos en el desierto quemado, los fugitivos se abrazaron, sumaron sus desgracias y pavores. El corazón de Fabiano latió junto al corazón de doña Vitoria, un abrazo cansado acercó los trapos que los cubría»; pues, el objeto hacia el que se dirige la atención de Graciliano Ramos, no es la sociedad o determinado sector de ella, sino el mundo de los fugitivos, de la mudanza, de aquellos no tienen tierra, sino sólo unos harapos que los cubre de las inclemencias del agreste medio donde se desenvuelven, su cotidianidad, su pobreza lacerante. Vidas secas, devela el caos y refleja las condiciones de sobrevivencia y la desvalorización que sufre la existencia humana en medio de una realidad abrupta, y peor aún, cuando no hay posibilidad de acceso al lenguaje como manifestación de poder. Por tanto, la creación novelística de Ramos, escruta la experiencia del humano vivir para extraer de ella una ilustración corroborativa, que más allá del desánimo y la frustración, apela a la esperanza, esa esperanza enlutada de Ernest Bloch, como una posibilidad de salida ante el sentido grotesco de un mundo sin lenguaje y extremadamente voraz. «Y caminaban hacia el sur, inmersos en aquel sueño. Una ciudad grande, llena de personas fuertes. Los niños en escuelas, aprendiendo cosas difíciles y necesarias. Ellos dos viejitos, acabándose como perros, inútiles, acabándose como Baléia». Sin posibilidad de acceso al lenguaje y mejores posibilidades de vida, una vida llena de exuberancia, será siempre un sueño o como dice Francisco Ayala, “Vida de perro”.