La fábula como género literario proviene de los ejemplos utilizados por los antiguos sacerdotes hindúes.

Ramón de Campoamor.

Jorge Urrutia Gómez

El poeta Ramón de Campoamor, tan denigrado ahora por quienes apenas lo han leído, publicó en 1842, a los veinticinco años y demostrando una experiencia de vida no muy común, un libro de Fábulas originales. Entre ellas encuentro ésta, breve y aguda, bajo el título “La urraca y la gallina”:

— “¡Qué escándalo!”, en tono fiero / una gallina decía / a una urraca que comía / las flores de un limonero. / — “¡Que se come, jardinero, / de las de arriba a destajo!”. —“Celebro tu desparpajo”, contestó la urraca altiva. / “¿No he de comer las de arriba, / si no has dejado una abajo?”.

La fábula como género literario proviene de los ejemplos utilizados por los antiguos sacerdotes hindúes. Se escriben después en Grecia y Roma, y las de Esopo influyen en toda Europa, hasta el punto de que muchas del gran La Fontaine, en la Francia del siglo XVII, fueron adaptaciones de las suyas. Una vez aprendida la fórmula, el famoso fabulista galo escribió muchas originales que gozaron de enorme difusión. En la España del siglo XVIII, Iriarte, Samaniego, Ibáñez de la Rentería, Pablo de Xérica, ya en el XIX, y otros siguieron sus huellas. Unos y otros han ocupado numerosas páginas de los libros escolares.

La fábula busca ser una enseñanza de comportamiento, una redacción de normas de conducta y vida, por lo general a través de animales humanizados. En ocasiones, por medio de la ironía, el escritor pretende denunciar un hábito social, un comportamiento injusto, la brutalidad o la tontería de las personas. Recordemos el principio de “El lobo y el cordero”, de La Fontaine, aquel poema que André Gide consideraba un objeto perfecto. La moraleja, que es aquí inicial, como advirtiéndonos, y no final, escandaliza por su denuncia: “La razón del más fuerte es siempre la mejor”.  Es decir, el pobre, el débil, siempre lleva las de perder. Aunque la fábula se inspira en Esopo, la moraleja es creación del poeta francés.

¡Y cuánta verdad lamentable hay en la frase! ¡Cuánta crueldad lleva a un poema que el lector esperaba amable! También la fabulilla de Campoamor trae inmediatamente a nuestros ojos el comportamiento tan habitual en nuestra sociedad y en nuestra política.

Pasan los años y nos hacemos a la idea de que la razón pocas veces parece pertenecernos y de que, entre unos por arriba y otros por abajo, pocas veces nos dejan flores en el limonero.

Y fíjese, querido lector, en la moraleja que encuentro en otro fabulista que publicó su libro en 1789, José Agustín Ibáñez de la Rentería. Más de un gobernante actual, en plena negociación electoral o presupuestaria podría aprenderla de memoria: “Nunca puede el Estado / fundar su confianza / en la paz que le deja desarmado , / a merced del contrario y su pujanza”.