Por Concha Pelayo

“Amo a Petra desde el mismo instante en que puse los pies sobre su suelo. Desde el momento en que sus gargantas se abrían a mi paso y mis ojos se fueron llenando con su luz”,

Situada en la Jordania meridional, a unos 300 kilómetros al sur de Amman, Petra se cita en la Biblia con el nombre de Sela, que en hebreo significa “roca”, aunque no todos los historiadores estén de acuerdo en atribuir tal topónimo ya que existe otra localidad con este mismo nombre a unos 40 kilómetros al norte de Petra.

La antigua ciudad nabatea de Petra está excavada en rocas de tonalidades rojizas y escondida en un misterioso e imperturbable valle que la ha mantenido ajena al devenir histórico durante siglos, hasta que un explorador suizo, Jean Louis Burckhardt, de manera casual dio con ella en 1812. Ocurrió por un cambio de itinerario. Eligió la entrada por la actual Jordania y no la vía de Trípoli como habían hecho otros exploradores desaparecidos.

Durante dos años aprendió la lengua y las costumbres árabes, se dejó crecer la barba, se convirtió al islam y cambió su nombre por el de Ibrahim Ibn Abdullah. Murió a los 33 años, siendo enterrado en el cementerio islámico de El Cairo con el nombre que adoptó.

Pero mucho antes de emprender el viaje y encontrar el lugar, tuvo que pasar por varias vicisitudes. Había oído hablar de una ciudad sagrada, repleta de tesoros y oculta en algún lugar de Wadi Mousa. Convenció a un guía para que hablara con los beduinos y le permitieran sacrificar una cabra en la tumba de Haroun (Aarón), hermano de Moisés, que estaba situada en el extremo del valle. Así, por medio de esta estratagema pensó que podría ver el valle de camino a la tumba. El guía nada tendría que objetar, pues si se oponía a tal deseo, la cólera del propio Aarón recaería sobre él y no podría oponerse.

Y así fue como consiguió llegar a Petra. Fue tanta su fascinación como el miedo a que descubrieran su treta. Burckhardt fue anotando en su memoria lo que veía, para después escribirlo en su diario. “Lamento no poder dar un inventario muy completo de esas antigüedades, pero conocía muy bien el carácter de la gente que me rodeaba, estaba sin protección, en medio de un desierto en el que jamás había visto un viajero, y un examen detallado de esas obras de infieles (como las llamaban) habría levantado sospechas de que yo era un mago en busca de tesoros. Cuando menos, hubiera sido detenido y me habrían impedido proseguir mi viaje a Egipto. Con toda probabilidad, me habrían robado el poco dinero del que disponía y, lo que era infinitamente más valioso para mí, mi diario”.

Así, disimulando la emoción de pisar la mítica ciudad olvidada, Burckhardt se internó por la estrecha grieta del Sic con la única compañía del silencio y la incertidumbre. Hoy son más de tres mil personas las que hacen el mismo recorrido, adentrándose por las pronunciadas gargantas, fotografiando frenéticamente cada tramo, fachada o monumento excavado en la rosada piedra.

Antes de Cristo

Petra está directamente asociada al pueblo nabateo que llegó a estos parajes cuando el antiguo reino de Edón luchaba por sobrevivir junto a los poderosos hebreos de Judá. Los nabateos eran nómadas y llegaron desde la península Arábiga hacia el siglo VI a. C. Los persas atravesaban malos momentos, lo que los llevó a descuidar sus territorios palestinos, hecho que aprovecharon los nabateos para acampar libremente por la región. Fundaron la ciudad escondida en un recóndito valle y la convirtieron en la capital de sus dominios.

Antes de asentarse en el valle, los nabateos eran temidos por sembrar el terror asaltando a quienes salían a su paso. Más adelante, pasaron a cobrar aranceles y peajes a las caravanas que recorrían el Camino de los Reyes, entre el mar Muerto y las ciudades helenizadas de la Decapolis. El rigor del desierto impedía buscar otros caminos. Los nabateos, por el contrario, eran hábiles y se movían por él con facilidad para encontrar el agua que el valle escondía. Este hecho los convirtió en auténticos ingenieros hidráulicos para detener el agua que se vertía al Sic desde 19 manantiales. Esta circunstancia hizo de Petra una próspera localidad que llegó a contar con 30.000 habitantes cuando Roma la conquistó en el año 106. Los nabateos habían construido una presa a su entrada, que encauzaba el líquido hacia un sorprendente túnel de 88 metros de longitud y seis de altura por el que hoy los viajeros se aventuran en dirección a otras quebradas repletas de sorpresas, porque el turista no se detiene ni en los aljibes ni en los diques de mampostería que protegían la ciudad de inundaciones repentinas, sino que buscan más sorpresas y Petra se las da con una increíble sabiduría escénica, casi cinematográfica.

Los nabateos habían extendido su influencia hasta la vecina Siria, donde descubren otra importante civilización: la romana. Su permeabilidad cultural pronto se hizo notar en la arquitectura que desarrollaron en Petra. El gusto por el arte helénico y egipcio se manifiesta en las fachadas y estructuras de sus edificios, hecho que no pasa desapercibido para el curioso que hoy llega hasta Petra.

Decían los griegos, orgullosos de su arte, que cuando los romanos descubrieron su arquitectura, envidiosos, quisieron imitarla y superarla en grandiosidad, pero esa monumentalidad, lejos de conferir la armonía y estética que guardaba toda obra griega, se resumía en burda y tosca imitación.

Petra, por el contrario, pese a ser impresionante y grandioso todo cuanto se encuentra a su paso, gracias al singular espacio que la cobija, hace de sus monumentos algo único para quienes saben absorber el encanto del silencio observando el calidoscopio, la transformación interminable de los colores a medida que el sol los va bañando con su fulgor, las sombras cimbreantes al anochecer, la ascensión al Monasterio (a pie o a lomo de un burro, azuzado vigorosamente por el beduino), la llegada a Al Madbah, el altar de los sacrificios. Todo en Petra es emoción y gratitud hacia el pueblo nabateo que ha dejado para la humanidad el legado más valioso.