“AMOR” de CLARICE LISPECTOR ®

 Texto comentado por JUANA CASTILLO ESCOBAR

 

Juana Castillo Escobar – Madrid (España) – Escritora, poeta, pintora autodidacta y directora de la revista literario-artística “Pluma y Tintero”. Publica en papel, en solitario, cinco libros. Participa en más de treinta antologías junto con otros autores (seis de ellas editadas en México), así como en varias revistas digitales y en la rumana Horizon Literar Contemporan (papel). Prologó media docena de libros y reseñó otros de autores antiguos y actuales. Recibió en torno a una veintena de premios, así como diplomas a su labor literaria y comunicadora de la Paz. El último fue entregado en novbre. de 2019 por el Foro Femenino Latinoamericano.

   Juana Castillo Escobar

Relato no demasiado largo, de diez páginas, en el que el narrador (narradora en este caso), en tercera persona, nos cuenta la historia de Ana, la protagonista.

A pesar de tratarse de un narrador en tercera persona (al igual que sucede en el relato de Katherine Mansfield, Felicidad), esta voz narrativa lo que hace es canalizar, a su vez, la voz de la autora quien, más que contarnos la historia de Ana, una mujer casada, adulta, madre de dos hijos, quizá ya cercana a la cuarentena, lo que hace es transcribir los pensamientos de Clarice, es más, su propia vida. Es un fluir de conciencia en el que se entremezclan sensaciones, sentimientos recuerdos y deseos.

A la hora de mostrarnos al personaje femenino, Ana (la única que tiene nombre, la única importante en todo el relato, los demás son los actores secundarios de esta historia), la autora no la describe, sólo dice de ella que “Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco…”, con estos dos ínfimos detalles podemos imaginar a una mujer de mediana edad, no muy grande de estatura y algo gruesa. Lo que describe la autora es una “mujer-madre-ama-de-casa-esposa” tradicional y universal, la que todo el mundo conoce y, por tanto, no es preciso hacer una descripción detallada.

Los demás personajes, como señalo más arriba, son “extras”, seres que rodean a Ana, que no están ni siquiera descritos (salvo un poco el ciego, los hijos y el marido). Todos ellos son necesarios para que se vea el “crecimiento”, el “choque” de Ana con la vida: la real y la que ella se ha “inventado” en su hogar, sus vaivenes, sus miedos, pero, alguno de ellos, bien podría no estar.

 

La protagonista piensa que “… la vida podría ser hecha por la mano del hombre”, una utopía que ella imagina para no “ver” todo el mundo que la rodea, para no sentirlo, porque ella se ha “creado” una vida a su medida. Dice la autora: “Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones”. Ana se ha “fabricado un destino de mujer”, es decir, lavar, tejer, preparar la comida, llevar una casa, hacer las compras, tener hijos, cuidar de los niños, del marido y amoldarse a todo ello renunciando a su vida anterior, a su juventud, a la felicidad.

 

La vida y el mundo de Ana están encapsulados, como el huevo, en esa fina cáscara en la que se mueve, en unos momentos se trata del tranvía, en otros su casa…

Desde el tranvía va a ras de suelo, sobre unos raíles que le llevan a un destino predeterminado, pero, en un momento no previsto, mira a través de la ventanilla el mundo, ese mundo al que ha renunciado, y esa cáscara en la que se esconde, se resquebraja, se rompe ante ella ante la visión de un hombre ciego que masca chicle. El tranvía, en esta ocasión, le ha llevado hacia otra vida, hacia otra concepción de la vida y del mundo, cuando mira al ciego, con curiosidad, “como se mira lo que no nos ve” es el desencadenante de esa vuelta hacia atrás, hacia esa juventud alegre, feliz, sin responsabilidades, aún no olvidada, pero sí apartada de forma voluntaria al haber sido cambiada por un mundo de adulta. El ciego le “devuelve la vista”.

Ese ciego que sonríe sin sonreír, porque masca chicle, le trae a la memoria antiguos anhelos y deseos, los que ella teme en esa hora incierta de la tarde, cuando se queda sola. Y el autobús arranca y sus compras se caen y desparraman por los suelos y con ellas su mundo casero, feliz. Al romperse los huevos, metáfora de vida abortada, de un mundo pleno de vida y sabor que, al quebrarse, ese mundo-huevo-aborto se transforma en algo asqueroso; con su viscosidad se hace inmundo y, al poco, las yemas se convierten en algo viscoso y amarillo que ensucian la bolsa de malla, nueva, impoluta hasta entonces que deja de serlo para convertirse en algo áspero y no íntimo como cuando lo tejía. La bolsa, también metáfora de su mundo limpio, casero e impoluto.

Por eso ella se siente a salvo en su casa, en un noveno piso, desde el que ve el cielo y sólo se cuela la brisa a través de las ventanas.

 

Cuando no le queda más remedio que abandonar el tranvía, en una parada que no es la suya, llega al Jardín botánico donde entra para descansar, para hacer algo inusual, allí observa toda la vida, toda la belleza que bulle en él. Una belleza y una vida que, a su vez, conllevan todo un mundo microscópico, y no tanto, que hace su labor de zapa, con sus miserias que casi nos pasan desapercibidas: la belleza de una flor, junto con el olor nauseabundo de otra que agoniza; el tronco del árbol lleno de vida, “atacado” por los parásitos que se alimentan de él… “Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse”.

Y este mundo, al regresar a su hogar, se da cuenta de que se repite en su casa: “El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos”.

En cuanto a los diálogos, son escasos, los pocos que hay se encuentran al final del texto. Uno entre la protagonista y su hijo, a quien asusta con su cambio, porque el chico lo percibe; otro, entre Ana y el marido a quien ni se describe ni se le, casi, “escucha”.

Se trata de un relato muy metafórico, simbolista incluso.

 

Mi teoría del huevo:

1 – Fuente de nueva vida.

2 – Aborto de gallina, capaz de alimentar a los humanos, fuente de vida.

3 – De manera simbólica: mundo que guarda una vida en su interior.

4.- Roto: aborto-muerte-mundo destruido: algo viscoso que repele, como la muerte.

 

 

Es interesante seguir el hilo que une a estos tres relatos:

 

El balcón, de Felisberto Hernández.

Felicidad, de Katherine Mansfield.

Amor, de Clarice Lispector.

 

Con seguridad ninguno de estos tres autores se conoció. Clarice Lispector, tal vez, tuvo noticia de los dos primeros ya que es la más moderna de los tres, pero es curioso que en ellos se den imágenes similares, o fobias, o gustos, como quiera que sea que ellos lo vieran y que los añaden en sus obras. En los tres relatos hay que señalar:

 

– La presencia de una araña negra. ¿Como animal premonitorio, de mal agüero?

 

– Presencia de los gatos:

* En El balcón, el autor compara al silencio como un gato de gran cola negra,

* En Felicidad, la Mansfield hace que dos gatos se persigan como dos sombras por el jardín,

* En Amor, “… un poderoso gato. Su pelaje era suave”

 

– Presencia de la luna, al menos en Felicidad y en Amor; en El balcón se menciona “la noche”, pero no a la luna en particular.

 

– Presencia del mundo vegetal:

* En El balcón, pequeño jardín con fuente y árboles.

* En Felicidad, el jardín de la casa y el peral cubierto de flores.

* En Amor, el Jardín botánico.

 

El relato se puede leer en el siguiente enlace:

http://tallerdeescrituraplumaytintero.blogspot.com.es/2009/04/lecturas-de-autores-consagrados-clarice_22.html

La biografía completa y actualizada se puede leer en el siguiente enlace:

https://anauj-perlasdeluna.blogspot.com/p/bio-bilbiografia-actualizada-30-viii.html

 

Para saber más ver en el blog “Perlas de Luna”:

https://anauj-perlasdeluna.blogspot.com/