Por Mauricio Cháves.Bustos

Una página en negro resume en gran parte la historia de la violencia en Colombia, por eso no es fortuita su presencia en el libro que fue ganadora del concurso de novela Ciudad de Bogotá 2021. Ahí cabe todo y no cabe nada, como en la desgarradora historia que poco a poco va tomando sentido a través de la palabra contundente que emplea el autor, aún para describir aquellas situaciones de desasosiego que debe padecer la protagonista, acaso la presencia de un padre castigador, como lo han sido por siglos las clases dominantes en un país de mestizaje no aceptado y de arribismos económicos aún a costa de lo que sea, anuncia una herencia maldita que no quisiéramos recibir, pero que a costa de leguleyadas es también de todos.

El título anuncia esa tragedia, sobre todo porque la protagonista debe enfrentar su papel de mujer en una sociedad machista, y la madre es una presencia difusa, lo que sobresale es el ocultamiento físico, la imposición frente a cualquier querencia, incluida la propia libertad, por eso Madre es una ausencia trasvasada maravillosamente por el escritor en un mueble, algo que se puede llevar al antojo no solamente de los caprichos sino que, como en este caso, ante las circunstancias de un escapar también constante. Es quizá que por ello la mujer-hija no puede concretar absolutamente nada, ni su venganza, está condenada a seguir los pasos de Madre, y frente a ese destino no puede escapar.

La novela puede tener varias lecturas, pero es una sola, ahí la violencia manifiesta como se ha detallado ya, pero también el terror cuándo son fantasmas quienes interactúan con la protagonista, con la sangre que, al mejor estilo de un thriller japonés, termina por invadir todas las escenas, y que acá son las marcas en las botas de un asesino, convirtiéndose en el único que les queda a éstas para no perder el camino de su verdugo. Hasta que la propia protagonista termina por ser un fantasma más, como Madre, como muchas de esas víctimas que parece no terminan de entender su suerte. Estamos signados: “De llanto y sangre un río/ se mira allí correr”, nos ha presagiado Rafael Núñez en el Himno Nacional.

La narrativa conduce al lector de un pasado no tan lejano a un presente en donde el lenguaje intermedia para despertar toda clase de sensaciones, desde las que muestran un crudo realismo, hasta aquellas descripciones que muestran también una faceta poética del autor. Aquí esos dolores se vierten entre las letras de manera contundente, con prolepsis que pareciera anunciar desgracias, que al contrario de Casandra, se toman como ciertas; las metáforas que extienden los deseos de una protagonista que teme manifestar sus propios deseos, o el de la propia Madre y la misma protagonista, que terminan por volver al lugar donde reposan sus cuerpos, en una ansía de alcanzar la corporeidad femenina en un territorio que lo ha negado constantemente.

El autor

Acabo de leer que Oscar Pantoja es el ganador del Concurso Nacional de Novela Ciudad de Bogotá 2021, hace rato habíamos tenido una sobria conversación virtual, entonces, aprovecho para escribirle nuevamente y solicitarle que nos encontremos. Ambos somos ipialeños, ambos hemos dejado ese terruño hace años -en mi caso sin abandonarlo nunca- y ambos hemos hecho de Bogotá el lugar de nuestras quimeras. Temeroso de que no aceptara reunirse con un ilustre desconocido, de cierto modo no me sorprende que me dijera que sí, hay intuiciones que se comprueban que son ciertas y esta no es la excepción. Voy a prisa, el bus demoró más de lo esperado, por WhatsApp le escribo que voy llegando, el sitio escogido es la U. Central, afano el paso y llego algo agitado. Un abrazo nos permite reencontrarnos no solamente en el paisanaje, que puede ser nada, sino en lo presencial, de una u otra manera hemos abandonado la matrix de la virtualidad y estamos uno junto al otro.

El libro gráfico Tumaco, seleccionado en el Silent Books: From the World to Lampedusa and Back, fue el que me llevó a Oscar, hace años tuve la oportunidad de leer algo sobre este bello libro que narraba sin palabras la historia de un niño como miles de esos niños que conocí durante mi estancia en el Pacífico nariñense, este libro compone una trilogía junto con Cazucá y Cómbita, donde se narran historias de pobreza y abandono, pero también de esperanza . Nuevamente apareció en mi escenario literario cuando supe que había lanzado su novela Metamorfosis en 2019, una parodia de la obra clásica de Kafka. Entonces aparecieron varias reseñas sobre sus obras, mostrando que lo gráfico se impone en un mundo de letras, especialmente con sus libros que van siendo traducidos a varios idiomas y conquistando espacios y premios: Gabo, memorias de una vida mágica, Premio Romic al mejor cómic latinoamericano en el Salón del Cómic de Roma, Italia, 2015; Rulfo, una vida gráfica; Borges, el laberinto infinito. En 2001 obtuvo el premio Nacional de Novela Alejo Carpentier con la novela El Hijo. Además es guionista, director y profesor universitario de creación literaria.

Conversamos acompañados de un buen café, el ruido de la calle lo distrae un poco de lo que vamos hablando, de su vida, del Ipiales en el que nació y el que dejó siendo un niño; de los pocos recuerdos que tiene de ese pueblo de nubes verdes, del colegio en donde estudió y de los pocos familiares que tiene en ese sur. Se emociona cuando habla del dibujo, tiene en él una connotación muy importante porque ha logrado vencer la barrera entre lo meramente escrito y lo meramente gráfico, logrando posicionar un estilo que ha ganado terrenos importantes en Estados Unidos, Europa o Japón y que poco a poco se impone en Latinoamérica. Me habla de cada uno de sus libros, nos detenemos obviamente en Tumaco, y recuerda la impresión que le causó un viaje en su niñez a un territorio que, como a muchos nariñenses, nos fue desconocido por tanto tiempo. Me pregunta por Aurelio Arturo, y manifiesta que hace rato ronda en su cabeza la idea de hacer también un libro gráfico del poeta sureño.

Ambos cursamos en el taller de Escritores de la Universidad Central, en años y en circunstancias diferentes, nos detenemos en hablar un poco de esa experiencia, de su gestor y director Isaías Peña, por quien Oscar guarda un gran aprecio, ya que fue él quien lo impulsó a dictar clases de creación literaria, entre otras en las universidades Central y Rosario. Hablamos de Madre, y relata que fue una idea que fue madurando durante años, tejiendo y destejiendo la palabra, las imágenes, las figuras literarias, hasta encontrar un punto en donde consideró que estaba lista, aunque la intuición ha tomado forma y dentro de su humana sencillez prefiere no detenerse en el premio, manifiesta que es un aliciente para sentarse a pensar con mayor tranquilidad en otros proyectos que tiene en ciernes.

Caminamos hasta la calle 19 con carrera 5, de esta Bogotá que arropa a tantos soñadores, unos alcanzándolos como Oscar, otros que deambulan por las aceras con la tristeza de haberlo dejado todo para huir de una violencia no querida, o con la alegría de habitar en la ilusión, como hace tantos lustros cuando se habitó por primera vez esta querida ciudad. Otro abrazo sella la despedida, con la promesa de volvernos a encontrar personalmente. Se que así será.

Pantoja, O. (2022). Madre. Bogotá: Fondo de Cultura Económica.