Gratas y sabias estas crónicas para quienes no conocíamos a fondo al poeta colombiano Helí Ramírez, que, por iniciativa del escritor Alejandro García Gómez, hemos divulgado con entusiasmo y optimismo en nuestras letras. Esperamos que hayamos cumplido las expectativas de los escritores y cronistas,  y también de nuestros lectores. Al final de esta cuarta entrega, encontrarán los respectivos enlaces para que puedan leer los 3 anteriores artículos escritos por René Jaramillo Valdés, Alejandro García Gómez, y Juan Mares. (APL)

Helí Ramírez y su oscuro desvelo

Escribe: César Herrera Palacio

I

En el barrio Santa María de Itagüí, donde me crie, conocí alcohólicos, cuchilleros que vivieron mucho tiempo en la cárcel, ladrones de esquina, timadores, mujeres del rebusque, lavaperros de los narcotraficantes; y perdí muchos amigos que intentaron enrolarse en esos negocios. Por eso, las novelas que hablan de estas ciudades en crecimiento, de los barrios de Medellín, me reencuentran con un pasado cercano. El Medellín de los años ochenta está bien configurado y sectorizado: Juan José Hoyos, Aranjuez; César Alzate, Manrique; José Libardo Porras, Belén; Luis Fernando Macías, La Milagrosa; Helí Ramírez, Castilla.

Imagen: Alamy

Todos hablan de la misma ciudad. Una ciudad que empezó a poblar sus montañas con gente arrojada del campo por la violencia o por la ambición. La noche de su desvelo es quizá la primera novela urbana de Medellín en el sentido estricto de la palabra. Aunque Aire de Tango de Manuel Mejía Vallejo, sucede en el barrio Guayaquil de los años cincuenta, es más un poema épico, pues su trama es la de un puñalero, un milonguero, un seudo héroe criollo y no la historia de una familia enmarcada en una problemática en un momento histórico específico de una región, como sí lo es la novela de Helí Ramírez.

Basta ver lo que es hoy la zona noroccidental de Medellín. Un sector populoso que ha crecido su pobreza hacia las cumbres, extendiendo el brazo del crimen y el desarraigo y en la parte baja ha desarrollado una clase media arribista que, luchando contra la adversidad, y, a pesar del sufrimiento, ha logrado un cambio de posición social.

    Manuel Mejía Valle, autor de «Aires de tango»

En solo 161 páginas, Helí Ramírez ha dado cuenta de esa lucha dolorosa. Un hombre de la violencia que decide cambiar su vida, borrar su oscuro pasado por los lados del Valle del Cauca de los años 50 del siglo XX. Llega a Medellín con esposa e hijos y en la capital de la Villa se instala en un barrio que carece de servicios públicos, de infraestructura vial. Un barrio lleno de gente como él. Son familias de más de diez miembros en las que solo trabaja el hombre por tradición paisa y, en la mayoría de los casos, lo hace en una fábrica de gaseosas o en una textilera con un sueldo mínimo de obrero. Las casitas son de adobe pelado, oscuras porque en la mayoría de los casos son los mismos dueños los que las van construyendo peso a peso sin tener en cuenta las más mínimas normas arquitectónicas para la seguridad y la iluminación. Son casas grandes y mal guardadas. En la parte baja, junto al río son viviendas establecidas legalmente, pero en la montaña son cuchitriles de invasión que con el tiempo irán cambiando el cartón del techo por láminas de cinc.

En la familia de don Zoilo hay de todo: un camaján que desdeña el trabajo duro de la fábrica o de la construcción y se dedica a vivir con las putas y los ladrones del barrio y con los cuchilleros de Guayaquil. Una madre soltera que emigra a Venezuela en busca de oportunidades para poder levantar a su hijo y para escapar de la vergüenza y del señalamiento social. Hay cuatro hijos a los que les gusta el estudio y salen adelante a pesar de las hambres y las carencias.

Helí Ramírez logra no solo un ambiente magistral de la familia antioqueña de los años sesentas y setentas de las clases bajas, sino una excelente atmósfera del barrio Castilla, hasta el punto de que uno puede identificar todos los barrios de las comunas montañesas bajo estas características. Y es que la fenomenología es la misma en toda la ciudad.

Helí Ramírez en un barrio de Medellín

Detrás de don Zoilo hay una mujer que a punta de ahorros (a veces escamoteados por el hijo calavera), de sacrificios, de aguantar infidelidades, logra permear la frágil economía de la casa y a punta de engordar marranos y gallinas, saca la familia adelante. Así mejoran la alimentación y educan a algunos de los hijos que luego serán profesionales y despreciarán sus orígenes. Serán la clase media antioqueña cuya primera acción de desprecio será abandonar el barrio y negar el saludo a los pobres con los que se criaron. Nuevas familias que semanalmente regresan a visitar a sus progenitores de entrada por salida porque «ahí les dejo esa platica y cuándo se van a ir de este barrio tan peligroso».

Memo, el de Castilla, se erige en el prototipo de los jóvenes que empiezan a atracar las tiendas del barrio, a los vecinos y, finalmente, a sus propios padres. En una sociedad en la que no tienen oportunidades de estudiar ni de conseguir un trabajo digno, los muchachos se paran en las esquinas a fumar marihuana y a atracar. Primero lo hacen para adquirir aceptación en el grupo, pero cuando la situación les coge ventaja, terminan en el centro de la ciudad jalando cadenas de oro, relojes y grabadoras. El dinero que los padres llevan a casa es muy escaso porque parte de éste se queda en los bares cuyos ensalmos curan los cansancios de las jornadas agotadoras, cuando no en los burdeles donde reciben demostraciones de cariño y amores fáciles disfrazados de ternura que en muchos casos son trampas tendidas por los compañeros de trabajo que se ajustan el sueldo en cofradía con las putas.

Barrio Santa Marta de Itagui

Son vidas tristes, entregadas al rebusque de cada día. Las de los rateros terminan como la de Memo, acribillados en una esquina del centro de la ciudad al frente de un bar donde nadie los socorre porque saben que quien ha disparado es un Raya, un policía de civil al que le han robado una grabadora de carnada. Helí Ramírez muestra la decadencia de la sociedad de los setenta. En cada familia, dice el novelista, hay un ladrón, alguien que no se conforma con la miseria de su familia, pero roba para sus vicios y lo único que consigue es sumir a su familia en la aflicción. Mientras tanto, los viejos se van convirtiendo lentamente en fantasmas: mujeres que trabajan como asnos y terminan echándose la obligación encima; hombres que beben y cabecean silenciosos en los balcones o salen de vez en cuando, en busca de una juventud que no saben en qué momento los abandonó y cruzan furtivos umbrales de mujeres decrépitas que no son las suyas, pero que por uno o dos minutos les devuelven la ensoñación y el recuerdo de años de conquista, de años guerreros en los que se jugaron la vida, la subsistencia y el amor de una mujer.  Hombres que también tuvieron que matar a alguien.

La noche de su desvelo es la novela que muestra el tránsito de la Medellín pueblerina y pacífica a la violenta y desencantada. La Medellín que crece hacia arriba, por las montañas, acercando a sus jóvenes a lo profundo de sus infiernos como cumpliendo la máxima de Lao Tse: «Cuanto más lejos se va/ menos se aprende».

La familia de don Zoilo es el ejemplo de lo que serían un gran número de nuestras familias que escalaron a una posición más alta desarrollando la famiempresa; pero también, esas otras familias compuestas por madres solteras que han parido una camada de niños para engrosar las estadísticas de la miseria. Otras compuestas por jóvenes arrogantes que después de conseguir una posición social reniegan de su origen y de su cultura. En la obra de Helí Ramírez no sólo se muestra la ciudad atropellada y oprimida por la clase social dominante, sino la emergente, la rencorosa, la ciudad compuesta por muchachos sin en dónde fondear, que se van haciendo su propio camino, su industria, aunque para ello tengan que caminar todo el tiempo por una cuerda floja.

Medellín se convertiría en una ciudad de huérfanos, niños condenados a ser eslabones de la misma cadena; Medellín perdería por lo menos a dos generaciones de jóvenes. Todos ellos hijos de esas situaciones que Helí Ramírez retrató en su novela.

II

En abril de 1991 apareció el libro Reportajes a la literatura colombiana en la colección de periodismo de la Universidad de Antioquia con la colaboración de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. En este libro, escrito por Reinaldo Spitaletta y Mario Escobar Velásquez supe de la existencia de Helí Ramírez; pero fue algunos años después cuando conocí su libro de poesía En la parte alta abajo. El título se debe, dice el poeta en la entrevista aparecida en el periódico El Colombiano en febrero 26 de 1989 y que luego haría parte del libro mencionado, a que, viviendo en la parte alta de la montaña, pertenecía a lo más bajo en lo social y lo económico. Y a esta clase social reivindica el poeta en toda su obra. En poemas como Eran las tres de la tarde las tres, Jugaba de alero y La Tomatera, se podría resumir toda la problemática de estos barrios de Medellín de los años sesenta y setenta. El sacrificio y las dificultades de la clase obrera, sus carencias en los servicios fundamentales y las consecuencias de una vida desesperanzada. Helí Ramírez logra trascender la palabra y convertir el código en la fibra con la que está hecho un pueblo inconforme con lo que se le ha concedido y que vive y guerrea y muere si es preciso.

En la parte alta abajo no es el primer libro de Ramírez Gómez, pero es en el que más esplendor alcanza por la profundidad social, por el matiz coloquial y extrañamente poético y por el hallazgo de un tono irreverente, vernáculo, pero a la vez universal en la tragedia humana. Veamos este fragmento de Eran las tres de la tarde las tres:

“El zarco callado se hacía el bobo

lo miré

y entendí por qué a diferencia de otras ocasiones

no se unía a ellos

En ese entonces vivía tragado de esa pelada

y pensaba dizque conseguir un camello

y volverse juicioso para casarse con esa pelada

Pero el zarco es como todos los famosos braveros de galladas

que no son más que gallinas con plumaje de gallo

queriendo a esa pelada y sabiendo lo que le iban a hacer

no fue capaz de responder por ella y defenderla

trabadísimos estábamos…

Su primer libro fue La ausencia del descanso, publicado en 1975 por la editorial de la Universidad de Antioquia cuando el poeta tenía 27 años. En este poemario hay una voz más arriesgada, más influenciada no sólo por la juventud y la rebeldía sino por las asociaciones sicodélicas del surrealismo mezcladas con el vagabundeo por las filudas calles de la ciudad y las oxidadas rejas de la cárcel:

5

Veo un policía

y traquean vidrios y latas entre mi piel

por fuera el mundo cae sobre mi cuerpo

un sudor caliente recorre cada baldosa de mi cabeza

detiene el reloj

la colina

el estómago de la mañana es amarillo.

La radiografía del barrio empezaba a aparecer en este libro descubierto por Elkin Restrepo y publicado por Carlos Castro Saavedra. Castilla se formó probablemente en la década de 1930 y según los historiadores sus primeros moradores fueron trabajadores del matadero municipal. En 1948 (año del nacimiento del poeta) empezó a poblarse de los emigrantes campesinos que huían de la violencia. En las inmensas mangas al margen izquierdo del río Medellín, pertenecientes en su mayoría a los terratenientes Cook y Carvajal, se formaron los verdaderos asentamientos entre las carreras 65 y 69 y las calles 95 y 98. El barrio Castilla empezó a subir la montaña hasta el Pichacho y su historia ha estado marcada por la violencia. Entre 1948 y 1952, se intensificaron los saqueos y los incendios; los conservadores entraban a los cafés del sector a balear a los liberales y los curas decían desde los púlpitos que el partido conservador era el de la virgen y el liberal era del demonio. Un barrio que Ramírez Gómez mostró en todo su bastardo crecimiento. Durante las décadas del sesenta y setenta del siglo XX, todavía quedaban comandos liberales y conservadores. En los ochentas, Pablo Escobar armó a los jóvenes no sólo de esta comuna Noroccidental sino a los de la Nororiental para la guerra a muerte contra el Estado y todo aquel que él presintiera como enemigo. Luego llegaron los milicianos, los paramilitares. Nada de este mundo, de esta descomposición social, se puede entender hoy día sin ir a las primeras esquinas que canta Helí Ramírez.

7 (De la Ausencia del descanso)

Poraquí

no tenemos carro de basura

ni árboles en las esquinas

ni lámparas en la frente de las casas

no hay nomenclatura

no hay agua

la sed hace de las suyas

cuando recibe un beso

porque

poraquí

nos reunimos en las esquinas

fumamos mariguana

canción traje obscuro

niño sin cabeza

disparo en la esquina baja como un cohete

se detiene la respiración cuando

se carcajea la noche desnudándose

cuando

amanece trastabillea el corazón.

Los muchachos perdieron el derecho a pensar en el futuro:

“Sueños que se escapan por el hueco de un cortauñas…

la ciudad es un océano de sangre”.

Belisario Betancourt, presidente de Colombia 1982 – 1986

                                                  Imagen: ABC

Los pobres han quedado en la mitad entre los nuevos ricos y los corruptos. Al barrio Castilla, en la década del setenta, lo visitaron los políticos que asistían a manifestaciones: los de la Alianza Nacional Popular, María Eugenia Rojas, Gustavo Rojas Pinilla, Mincho Burgos; el liberal Carlos Lleras; el conservador Belisario Betancur, todos ofrecieron mientras subían al poder, pero después sumieron en la miseria a las comunas de Medellín: más impuestos, menos salud, empleo y educación. Y la desarticulación de la familia antioqueña:

13

“Suave coloqué un beso en la puerta de los humillados

rodará en los labios la ira”.

Sólo un poeta como Helí Ramírez, que vivió las calles y la erizada pobreza puede acercar al lector, de esa manera, a esa realidad:

20

Resuena la imagen

de lejos hechiza

está el recuerdo

de almorzar en cuclillas tristeza con sal

resuena la imagen

de meter las manos mohosas

entre las rodillas y dormir

sobre la sábana del frío.

En el poeta de Castilla resuena un gong heredado del mártir Miguel Hernández. No a la risa, para qué risa en tiempos de miseria, se podría decir trastrocando las palabras de Hölderlin. En cada imagen se puede apreciar a la inmensa mayoría de los antioqueños que se arracimaron en las montañas que circundan el Valle de Aburrá después de los años cincuenta. Casas a medio hacer, adobes pelados y oscuros, la cucaracha de la desazón en las risas envolatadas de los niños. Los hombres que deciden abandonar la obligación porque no estaban preparados para vivir una ciudad llena de contrastes y las mujeres que se ponen los pantalones del empuje; pero es tan leve el viento y tan lento el viento de los tiempos mejores:

22

Me levanto

y me levanto

el baño un pantalón

tejido en los bolsillos por detrás

en la rodilla

la camisa se agita

aguadulce con arepa

cero grados bajo la muerte

…la cucha cómo camella

y vea

las necesidades forman un muro ante los ojos

y toca músicas de distintos colores tormentosos.

  Reinaldo Spitaletta, escritor antioqueño

Muchos de los poemas de Helí Ramírez son verdaderas epopeyas, magistrales historias de robos, de violaciones, de camajanes de esquina y faltones de Guayaco. Hombres simples, incógnitos como nuestros abuelos y nuestros padres que llegaron de los pueblos y echaron raíces. En este sentido la literatura antioqueña es repetitiva y sólo se salvan los que como Helí Ramírez tienen una voz personal que ha desafiado el tono acartonado y ortodoxo de los académicos. Helí Ramírez, sin disparar un sólo dardo contra los poderosos, contra los dueños del papel dominical, ha hecho la más grande revolución de la literatura antioqueña de los tiempos que corren y desde ya (en vida) ha comprado (sin una sola dádiva) butaco de eternidad al lado de Tomás Carrasquilla, Efe Gómez, Manuel Mejía Vallejo. La masa, que pone y quita, no lo ha olfateado por andar comprando libros de promoción, de cadena. La masa espera que se le tire a un bus (cosa de locos) para leerlo en las grandes editoriales. Por el momento leamos esta elegía con la que corrobora, en Golosina de sal (Editorial Universidad de Antioquia, 1988), lo dicho sobre nuestros héroes anónimos, es decir, sobre nuestras pequeñas hazañas con las que cotidianamente construimos la historia de un país infanticida:

Elegía

Cuando Luisca echaba cepas

Como semillas

Para los muros de su vivienda

Nos conocimos. El barrio se

Desparramaba como una tortilla

Hacia el Picacho.

Eso fue un sábado. De ese día en adelante no había día

Sábado que no fuera a ayudarle

Y a charlar con las uñas entierradas

Mientras su mujer nos refrescaba con limonada.

Era de frente amplia Luisca. Alto y maletón.

Camellaba manejando Pic-kot o volqueta

Y al escondido

De la empresa cargaba enfermos para el hospital

O cargaba enseres de vecinos que se mudaban de vivienda.

Luisca fue una red de afectos de lo servicial que era.

Aprendió a leer adulto y su sed de lectura

No la apagaba un terremoto de libros

Y su única ambición era ayudar a su gente

A salir de entre

La bola de frustraciones

Con la cabeza en alto

A buscar la mesa nutritiva techo digno y libros.

Un tesoro para Luisca era cada libro.

Helí sabía de esos tesoros y por eso, desde que lo echaron del Liceo Antioqueño, se dedicó a leer en bibliotecas y a cultivarse como autodidacta. Esta búsqueda lo llevó como asistente a algunas clases en la Universidad de Antioquia.

Su obra está llena de Luiscas y de Memos y de hijos de barrio condenados a una lucha desigual, jóvenes que no pudieron hablar con optimismo, que se quedaron en un callejón atravesados por un oscuro puñal.

LEA AQUÍ LOS 3 CAPÍTULOS ANTERIORES

VIAJE A LAS ENTRAÑAS DEL POETA COLOMBIANO HELÍ RAMÍREZ (Primera parte)

VIAJE A LAS ENTRAÑAS DEL POETA COLOMBIANO HELÍ RAMÍREZ (Segunda parte)

VIAJE A LAS ENTRAÑAS DEL POETA COLOMBIANO HELÍ RAMÍREZ (Tercera parte)