Por: Ricardo Bonilla Molina*
(…) las gentes que hallo son simples piedras
que no sé por qué viven rodando.
Bajo sus ojos —que me miran hostiles
como si yo fuera enemigo de todos—
no puedo descubrir una conciencia libre,
de criminal o de artista,
pero sé que todos luchan solos
por lo que buscan todos juntos.
son un largo gemido
todas las calles que conozco.
Rogelio Echavarría. El transeúnte.

Camila Galvis
Reza la leyenda china que la verdad fue un espejo que cayó del cielo. Desde entonces cada cual lleva su fragmento de verdad… por trinchera, digo yo. Entre tanta amenaza y cañonazo; entre tanta rabia y dentelladas; entre tantas agonías, vengan ya tiempos que destilen el veneno de palabras cansadas de lo gastadas, de ser ponzoña. Pasemos por alambique tanta palabra que podría ser. De compañero el silencio, entremos con él en un juego lento con las palabras, emborrachar miedo y paranoia: horno para tantas historias sin narrativa, ajenas y en lenguaje ajeno. Desafiar velocidad, algoritmos y viral tick bite click. Des-clonarnos. Entrar en el trato verbal, con nuevas palabras y nuevos juegos de palabras. Regodearnos en el desenfado de la literatura y su gramática vital hecha ficción y poesía. Armar y desarmar sentidos. Rayuela terapéutica de la palabra y el sentido.
Embriagarnos con la novedad, con las emociones compartidas. Alterar los significados, desbordarlos, borrarlos y renombrarlos. Volver a bautizarnos, en otras aguas, en otros ríos y en otros ritos, poder ser otros cada vez. Sabernos metamorfosis, complejidad, laberinto, grito, bucles, nudos. La pesadilla no cesa, el escarabajo sigue desesperado en la opresión.
En A lo mejor soy una polilla, la voz impulsiva y joven de Camila Galvis; desenfadado, escueto y apremiante su decir, recuerda y profetiza la sombra del proceso kafkiano que muta en polilla y mutará cada vez a otro insecto secular. Recordándonos que nuestro Yo se ha diluido en una argamasa demencial, multitud adicta al hiperconsumo de todo. Un yo sin otros: ese depredador y solitario dinosaurio, que aún permanece al despertar cada día.
A lo mejor soy una polilla, se nutre de la fuerza expresiva coloquial, también toma ventaja de la franqueza juvenil que, por emancipatoria, anhela habitar su territorio: personal, íntimo, protagónico, identitario y de desgarradora afirmación. Autorretrato y mérito de poeta, dueña del ensoñar, de habitar futuros, de desiderata y prolija errancia. Izando velas para la aventura de la vida. El andar que es una escritura, el trasegar que es un escribir; porque somos arañas hilando los días, poco a poco, hilando-nos; escribiendo nuestro andar y siendo al tiempo ese andar mismo. Desprovistos de brújula, tal vez hacemos perfectos círculos de telaraña en espiral.
La escritura intempestiva de Camila Galvis, también nos permite celebrar el juego lento que fermenta las palabras en manos ansiosas por extremar las posibilidades expresivas del lenguaje, aunque quien escriba corra el riesgo de ampular la queja, la catarsis, el grito desesperado y desgarrador; aunque todos sabemos que el dolor también puede ser signo de gestación. Una poética, y hasta una gramática nueva que será estandarte y memoria, con la que escribir sobre la vida y sus devenires.
Irene
De ti vengo,
parte de ti soy.
Eres semilla, tronco, fruto.
Y aunque no escuche el sonido de tu voz,
conozco muy bien tu rostro, tu nombre.
Has sido sonrisa y llanto.
Me susurras como viento al pino.
No te vayas nunca, Irene.
En mi tiempo
El propósito se ha perdido,
solo se piensa en el progreso.
La vida es hostil,
va rápido.
El ser cada día más sustituido.
¿Es útil o no?
Lo que en mi mundo es primitivo,
en la realidad es simultáneo.
No quiero estar obsesionada con el futuro.

Camila
Digo que no, me volteo y ya lo estoy haciendo.
Genuina solo para ser ingenua.
Quisiera salirme de la piel,
dejar de ser prisionera del sistema.
Pero le vendí mi ser al tiempo,
me entregué por completo a la rutina.
Como la moneda que se cae,
alguien la pisa y dice mía.
Ya no hay razón, ni motivo.
Una canción que da asco cantar.
Sintiendo
Sintiendo el no-sentido,
cada vez más a la orilla,
donde ya tantas cosas se han extraviado.
A veces soy niebla y luego tormenta.
Una gota que pasó por la roca.
No importa
como la flor sin pétalos.
Soy un perro
Soy un perro
que busca entre la basura
No me importa si me atraganto o muero
soy un perro
que ladro y muerdo.
Mi vida
Nada como la pincelada suave del óleo
por el lienzo.
Pienso, pincelada, pienso.
A ver si me pierdo
entre las ramas, entre la flama.
Me levanto y soy un animal que quiere ser un hombre
Y al otro día
un hombre que quiere ser un animal
en el asiento de la fosa común
donde se ha olvidado la cuestión del ser.
*Ricardo Bonilla Molina: Investigador y docente. Ha trabajo con la Pontificia Universidad Javeriana y la Universidad Central, entre otras instituciones educativas.






