
OLÍA A TIERRA, A BARRO,
A OLOR DE CAMPO: MI ABUELA
Cuando el cuerpo aún caliente esperaba la llegada
de los servicios,
vi a Juan atravesar a contraluz aquella puerta
con una sonrisa
y un algo entrambas manos.
Se me volcó el estómago.
–¿Quieres ver qué tenía adentro?
No sé, no pude moverme,
y se le acercó y tomó la orilla de la falda de flores
negras que tanto le gustaba,
y la subió, rápido, rápido,
como si ese cuerpo fuera otra cosa
y no el de ella
e hizo descender las pantaletas.
No sé, no pude hablar, pero vi lo que tenía mi abuela
entre las piernas.
Era mi abuela, mi abuela, la que me cuidó siempre,
la que me enseñó lo
importante de las hojas, de sus tallos, la que me enseñó a hacer
trenzas con las
terminaciones de la colcha, a saber que hay que dar gracias
cuando llueve, a partir el
pan, a compartir la sal,
y me asomé entre sus piernas muertas.
–Tócala, mete tus dedos.
No sé. No podía saber.
Metí mis dedos en mi abuela.
Mi abuela, la viva. La que olía a tierra recién lavada.
A barro, a olor de campo.
Una humedad casi extinta.
La humedad de mis manos temblando.
El frío. […]

DICEN LOS ÁRBOLES
Este mecimiento fantástico de los árboles
que danzan con el viento
cuando la lluvia está por caer.
Dicen los árboles,
cantan,
tienen ojos los árboles
y
ciertamente
aman.
A SEVILLA
Soñé a tu hija
entre todo aquello que nos situaba como
entre pared y espada,
entre aquel mont sans cascade
et cette langue terrible er monosyllabique.
Bajo un sauce que no lloraba y en nuestra lengua,
me decía que no eran verdad:
ni el ermitaño
ni la vía sin tren de Chevinay
o que África dejó de soñar en Villeurbane
ni la femme sans jambes quis a pleuré abandonnée
dans cette clinique d’une autre
mont française y…
Ni tanta mierda.
Y si cierro los ojos aún puedo verme en el panteón
de la Guillotiere,
tendida,
sobre millares de franceses muertos
—lugar de único posible alivio—,
y diciéndome todavía: ce n’est pas vrai, ce pas vrai,
no es cierto,
como no son ciertos la muerte,
ni la división de los continentes
ni los miedos
ni la carne
ni algunos siglos de oscurantismo,
y pensaba en ti,
escarbando en el café que ya no había,
el azúcar que ya no había,
la vida que tanto escaseaba en aquella chambre d»un mont
perdue en france […]
AQUÍ
Tengo entre las manos—árboles rojos— al olvido
y al invierno,
tengo pájaros de miedo cantando entre los almendros.
Un nogal ingente, majestuoso, de raíces negras
que llegan hasta el infierno que reposa
mucho más allá de todas las promesas.
Tengo un niño, abismos, seres con alas custodiando
al tiempo.
El hombre es solo una raíz pequeña
que se comerá aquel que en la rama del árbol canta,
cuando vuelva.
Una serpiente plateada se me enrosca entrambas
piernas.
Nidos de palabras, ríos,
tengo sangre, tengo tierra entre las venas,
enfrentamientos,
trigales, sirenas y cornucopias provenientes
de muchas cabras
de amor, de palabras.
¡A mansalva!

LA IMPORTANCIA DE LAS PALOMAS
Cómo sucumben los arrebatos
tan violentos del pensamiento
ante la presencia de esta solita paloma,
cuya pureza me mira
–enorme privilegio de la mirada–
detenida sobre una mesa.
Una paloma que en sí las contiene a todas,
pequeñas, sendas obras de arte.
Qué gracia, qué nobleza, cuánto despliegue
de soberana elegancia,
cada paloma–manifestación de la existencia.
cada paloma–espíritu en gracia.
Ellas que tan renovadamente perdonan
que tanto perdonan
que tan genuinamente perdonan
que tanto saben perdonar
la ignorancia de quien las daña,
y a cada sol vuelven a abrazar al viento con el prodigioso milagro de las alas
y vuelven a descender
y vuelven a la andanza y a las carreritas en toda su gracia
como cuando juegan, cuando como si no hubiera,
pero siempre sabedoras del poderío de las alas.
Ante cada paloma se abre un abanico de posibilidades:
detenerse, cederle el paso, sonreír,
agradecer, hablarle, enternecerse,
aliviar su hambre o su sed,
En cada ojito de paloma Dios nos mira.

La vida nos mira
reciprocamente.
CIUDAD, TE ELEGÍA
Ibas errante, ciudad, y te elegía,
con tu sonido asfixiante
de canales, de agua de muertos desbordada
y árboles privados de libertad.
Elegía, ciudad henchida de la sabiduría de antiguas
civilizacciones caídas.
Elegía desde las ilusiones que a diario entre las paredes
de tus
venas se desgajaban.
Y elegía
perderme en tu piel plomiza,
en tu humo,
en tu vapor de tráfico en que yo también me esfumaba
y me moría,
y elegía,
monstruo, ciudad mía, elegía,
tu elegía.
De: Memorias desde la humedad de la tierra. Valparaíso ediciones.




