Foto: La Izquierda Diario. Ilustración: Alicia Ciciro

“En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía”

Rodolfo Walsh

Escribe: Jaime Flórez Meza

El 25 de marzo de 1977 en la mañana, el escritor y periodista argentino Rodolfo Walsh se dirigió con su compañera Lilia Ferreyra a plaza Constitución de Buenos Aires. Según la sentencia de su caso, vestía “una guayabera de color beige con tres bolsillos, pantalón marrón, un sombrero de paja, zapatos marrones” (citado en Decarlini, 2023). Llevaba puestos los espejuelos que siempre usaba, un portafolio que contenía muchos sobres y, en la entrepierna, un revólver para defenderse de un posible ataque o intento de secuestro. Echó todos los sobres en un buzón: eran copias de una carta que había terminado de redactar un día antes, al cumplirse un año exacto del golpe cívico militar, y estaban dirigidas a medios impresos nacionales y a corresponsales extranjeros. Se despidió de su compañera porque tenía una cita con un joven que militaba en Montoneros, la organización político-militar en la que él también militaba, desde 1973. Walsh conocía al joven, habían trabajado juntos y acudía a la cita para prestarle cierta ayuda que este le había solicitado. Pero cuando estaba próximo a llegar al lugar convenido, entre las avenidas San Juan y Entre Ríos, aparecieron al menos seis vehículos en los cuales se desplazaban entre 25 y 30 hombres —según la sentencia condenatoria—, que lo cercaron. Sacó su revólver, “más como gesto que como posibilidad de resistirse ante un enemigo tan superior”, según Decarlini (2023), recibiendo una descarga de metralla fulminante. Otras versiones sostienen que Walsh sí alcanzó a disparar. En cualquier caso, no estaba dispuesto a entregarse vivo a los represores.

Fue una emboscada de un grupo de tareas de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), facilitada por el montonero de la falsa cita en medio de una salvaje tortura. Los asesinos se llevaron el cuerpo de Walsh a ese centro de detenciones, secuestros, torturas y desapariciones. Lo colocaron sobre una mesa como si fuera una presa de caza. Allí sería reconocido por algunos detenidos que sobrevivieron y testificaron haber visto su cuerpo acribillado. Pero sus restos siguen sin aparecer hasta la fecha.

“El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades”, había escrito Walsh en uno de los apartes de la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, documento que fue calificado por Gabriel García Márquez como una “obra maestra del periodismo”. Walsh develaba el cuadro de horror de ese primer año:

“Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror.

Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional.

El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio”.

Rodolfo Walsh no se había interesado en la política y los derechos humanos hasta que una calurosa noche de 1956, mientras se tomaba una cerveza en un bar de la ciudad de La Plata con su amigo Enrique Dillon, este le dijo: “Hay un fusilado que vive”. Se refería a los fusilamientos del 10 de junio de aquel año, cuando un grupo de militares peronistas apoyados por civiles se había sublevado contra la dictadura del general Aramburu, que a su vez había derrocado a Juan Domingo Perón en septiembre de 1955 mediante un golpe de Estado que se venía fraguando desde tiempo atrás y había tenido su más necrofílico antecedente en junio de ese año con los bombardeos sobre la Casa Rosada y Plaza de Mayo, en los que murieron 364 personas y hubo cerca de mil heridos. Un hermano de Walsh, Carlos, era aviador y había participado en los bombardeos. Al levantamiento contra Perón, que culminó con su exilio en Panamá, y al gobierno de facto instaurado los militares golpistas lo llamaron Revolución Libertadora. Pero desde aquel 18 de diciembre en que Walsh escuchó lo del sobreviviente su vida cambiaría para siempre.

                           Rodolfo Walsh. Foto: Barroquita

Operación Masacre

“Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola comprendí que además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior”

Rodolfo Walsh

Walsh se puso a investigar de inmediato quién era el sobreviviente de los fusilamientos del 10 de junio. En sus propias palabras:

“En junio de 1956, el peronismo derrocado nueve meses antes realizó su primera tentativa seria de retomar el poder mediante un estallido de base militar con algún apoyo civil activo.

La proclama firmada por los generales Valle y Tanco fundaba el alzamiento en una descripción exacta del estado de cosas. El país, afirmaba, ‘vive una cruda y despiadada tiranía’; se persigue, se encarcela, se confina; se excluye de la vida cívica ‘a la fuerza mayoritaria’; se incurre en ‘la monstruosidad totalitaria’ del decreto 4161 (que prohibía siquiera mencionar a Perón); se ha abolido la Constitución para liquidar el artículo 40 que impedía ‘la entrega al capitalismo internacional de los servicios públicos y las riquezas naturales’; se pretende someter por hambre a los obreros a la ‘voluntad del capitalismo’ y ‘retrotraer el país al más crudo coloniaje, mediante la entrega al capitalismo internacional de los resortes fundamentales de su economía’.

Dicho en 1956, esto era no sólo exacto: era profético. La proclama de Valle estaba singularmente desprovista de hipocresía”. (Operación Masacre, pp. 33-34)

Walsh no era peronista. Al contrario, había celebrado la caída de Perón y confiado en la Revolución Libertadora. La historia que estaba investigando le demostraría que Valle tenía mucha razón. Años después había agregado estas palabras a su trabajo (que se convertiría en un libro imprescindible en la literatura y el periodismo):

“Por supuesto Valle actuó, y entregó su vida, y eso es mucho más que cualquier palabra. La comprensión de su actitud es hoy más fácil que hace diez años; será más fácil aún en el futuro; su figura crecerá justicieramente en la memoria del pueblo, junto con la convicción de que el triunfo de su movimiento hubiera ahorrado al país la vergonzosa etapa que le siguió, esta segunda década infame que estamos viviendo”. (Operación Masacre, p. 34)

En la historia argentina contemporánea se conoce como década infame al período 1930-1943, marcado por la discontinuidad democrática, la corrupción, el fraude electoral y los negociados. Cuando Walsh escribió aquella adenda a su libro, Argentina vivía otro período similar que habría comenzado con el golpe de 1955 y que se prolongaría a lo largo de los años sesenta con dos golpes más. Walsh escribía ahora bajo la dictadura del general Onganía (1966-1970). Y la peor infamia estaba aún por venir.

Volviendo a los hechos de 1956, Walsh encontró que no solo había un civil sobreviviente sino seis más de lo que se conoció como los fusilamientos de José León Suárez, localidad del Gran Buenos Aires. El primer falso fusilado era Juan Carlos Livraga, cuyo rostro había sido gravemente herido. Los demás se apellidaban Di Chiano, Giunta, Díaz, Gavino, Troxler y Benavídez. Y hay otro que logró huir porque no entró en la vivienda en la que se producía el allanamiento policial: Torres. Todos ellos sobrevivieron por azar a una masacre que fue ordenada por el jefe de policía de la Provincia de Buenos Aires, Desiderio Fernández Suárez. “No es una ejecución lo que él ordena, es un asesinato” (Operación Masacre, p. 92).

Durante su investigación, que mucho tenía de detectivesca, Walsh tuvo una auxiliar muy importante, la periodista madrileña Enriqueta Muñiz, radicada en Buenos Aires, como lo reconoció en el prólogo: “Desde el principio está conmigo una muchacha que es periodista, se llama Enriqueta Muñiz, se juega entera. Es difícil hacerle justicia en unas pocas líneas. Simplemente quiero decir que en algún lugar de este libro escribo ‘hice’, ‘fui’, ‘descubrí’, debe entenderse ‘hicimos’, ‘fuimos’, ‘descubrimos’. […] En Enriqueta Muñiz encontré esa seguridad, valor, inteligencia que me parecían tan rarificados a mi alrededor” (Operación Masacre, p. 9). A ella le dedicará su libro.

La periodista y escritora hispano-argentina Enriqueta Muñiz (1934-2013).

Foto: Cuarto Poder

La noche del sábado 9 de junio de 1956, fecha en la que se inició el fallido levantamiento de Valle y Tanco, un grupo de hombres se reunió a jugar cartas y a escuchar una pelea de boxeo (el argentino Lausse vs. el chileno Loayza) en una casa del barrio Florida, en el Gran Buenos Aires. Además de los ya nombrados —exceptuando a Torres, Troxler y Benavídez— estaban Carranza, Garibotti, Lizaso, Rodríguez y Brión, es decir, los que morirían en las ejecuciones extrajudiciales en un basural de José León Suárez. De todos los personajes solamente Torres y Gavino estaban implicados en la insurrección. Walsh precisaría:

“Quiénes eran los que estaban simplemente enterados: Carranza y Lizaso. Quiénes eran los que no sabían absolutamente nada: Brión, Giunta, Di Chiano, Livraga y Garibotti. Quedando en la sombra, por falta de datos concretos, la actitud mental de hombres como Rodríguez y Díaz. Todo esto consta muy claramente en mi relato. En cuanto a Troxler y Benavídez, poco importa si estaban o no comprometidos, si estaban o no enterados: el único delito por el cual se pretendió fusilarlos fue que llamaran a la puerta de una casa” (Operación Masacre, p. 110-111)

La pena de muerte estaba prohibida en Argentina, pero “Aramburu estaba obligado a fusilar y proscribir del mismo modo que sus sucesores hasta hoy se vieron forzados a torturar y asesinar por el simple hecho de que representan a una minoría usurpadora que sólo mediante el engaño y la violencia consigue mantenerse en el poder” (Operación Masacre, p. 94). El saldo mortal de los fusilamientos que se ejecutan entre el 10 y 12 de junio es aún más escalofriante:

“Una de mis preocupaciones, al descubrir y relatar esta matanza cuando sus ejecutores aún estaban en el poder, fue mantenerla separada, en lo posible, de los otros fusilamientos cuyas víctimas fueron en su mayoría militares. […] Las ejecuciones de militares en los cuarteles fueron, por supuesto, tan bárbaras, ilegales y arbitrarias como las de civiles en el basural. […] El 12 de junio se entrega el general Valle, a cambio de que cese la matanza. Lo fusilan esa misma noche.

Suman 27 ejecuciones en menos de 72 horas en seis lugares. Todas ellas están calificadas por el artículo 18 de la Constitución Nacional, vigente en ese momento, que dice: ‘Queda abolida para siempre la pena de muerte por motivos políticos’. En algunos casos se aplica retroactivamente la ley marcial. En otros, se vuelve abusivamente sobre la cosa juzgada. En otros, no se toma en cuenta el desistimiento de la acción armada que han hecho a la primera intimación los acusados”. (Operación Masacre, p. 92)

Aunque las citas anteriores son los balances que hace Walsh al momento de publicar su libro por primera vez, y también en futuras ediciones, el tratamiento que le dio a su narración desde un comienzo resultaba original desde el punto de vista periodístico y literario: Walsh la escribe en 1957 como si fuera una novela, la publica entre mayo y julio en una serie de nueve notas en la revista Mayoría, y finalmente como libro a fines de ese año en editorial Sigla, con el subtítulo Un proceso que no ha sido clausurado. Y con ello funda un nuevo género que ha recibido distintas etiquetas: no ficción, novela periodística, novela testimonial, periodismo literario. O nuevo periodismo. Con lo cual se adelanta al mismo Truman Capote, que en 1966 publicará su famosa novela A sangre fría. Pero claro, Walsh, a pesar de su apellido irlandés, no era estadounidense.

                                                                                                                            Foto: EcuRed

“Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra” (Rodolfo Walsh).

Continuará