Augusto Lozada Lince

Julio César Goyes Narváez
IECO-Universidad Nacional de Colombia
Las correspondencias entre la trama y el fondo eclosionaron al surgir las vanguardias, borrando de tajo la distinción entre la escritura romántica que, desgarrada al no poder reconciliarse con la naturaleza por ser abisal la experiencia, encontró en la interioridad los más oscuros demonios cuyas voces la nombraban, y la realista, con su extensión naturalista, que creyó atrapar con la enunciación narrativa lo más radical de la condición humana. Y así fue, hubo que encontrar la mediación de un lenguaje irónico, erótico, lúdico para cruzar el siglo XX, una expresión crítica que sobrepasara las formas como simples cántaros contenedores. En lo que va corrido de este siglo XXI nos hemos ido dando cuenta de que tanto lo romántico como lo realista –lo moderno, en suma– es remanente, reminiscencia que tramita la escritura posmoderna; con razón a la entrada de sus «mínimas», Augusto Lozada Lince sentencia que «el rito de la enunciación acompaña nuestras vidas» (p.17).
Tenía que ser así el proceso, no se vale despreciar la tradición y cambiar la herencia si no sabemos para qué lo hacemos o por qué debemos asumir la transformación. Las palabras han sido cuestionadas y hasta el lenguaje poético ha sido ridiculizado, quizá porque se quería encontrar nuevas formas, tan venusinas –creativas, agraciadas y generosas– como salidas de Hefesto, sin forma, lisiadas, pulsionales, desgarradas. La escritura creativa dice hoy sin querer decir (contención) o sin poder callar (ostentación), dice lo que no sabe y calla lo que sabe y, aun así, no es suficiente. El riesgo de esta experiencia es el ahuecamiento de la palabra o la inclusión fallida de los contrarios, esa vieja figura del pensamiento romántico: el oxímoron. De allí que la escritura sea el esfuerzo de convertir la pulsión en deseo, lo cotidiano y banal en un emocionar que lo sobrepasa:
así nos sabremos vibración profunda,
voces plurales,
silencios,
ni todo
ni nada.
(Clave III, p.20).
No hay que olvidar al increíble Caspar Friedrich en las raíces del romanticismo y su entrega al cielo inalcanzable: por más que camine por las nubes el desgarro por no poder reconciliarse con la naturaleza, lo condujo a los aterradores paisajes góticos; más su alegoría nos mostró que el hombre es naturaleza que bulle en su interior, matrimonio del cielo y el infierno como lo supo William Blake. Desde entonces los románticos han mutado en aventureros de sí mismos, en combatientes de barrio con fluir de la conciencia o monólogo interior, sublimadores de paisajes y de burlas, carnavaleros de lo real a través de las máscaras; no les queda más que gozarse el límite de la Selva-Venus-Hécate.
Mary Shelley también nos legó el rompecabezas donde el todo puede ser la suma de las partes y vale siempre que este se mueva hacia la soledad y el horror, pues las partes venían de diferentes muertos. Al límite, Mary o Venus-Tueris, intentó encontrar belleza en la orfandad de un ser detonado en fragmentos, eso fue lo que le ofreció la ciencia y la tecnología de su tiempo, la misma que hoy nos consume y reemplaza con la inteligencia artificial.

Las gracias danzando con Afrodita-Venus bajo el ojo que todo lo mira.
Lo que quiero decir es que la escritura de Augusto Lozada Lince, en este libro publicado por Editorial Avatares (Pasto, 2022), sucede alucinada por la lectura pasional, amparada en la tradición sensual, por supuesto que pagana, en el conocimiento enciclopédico y la búsqueda intertextual que la globalización oferta. El autor ata la mitología clásica con la desbandada posmoderna, le impone vigilia, descompone su dimensión comunicativo-expresiva y crea la suya, la que satisface sus ganas. Lozada Lince escribe no a favor o en contra de su generación sino con ella y, aunque no se nombran las redes sociales y las tecnologías digitales, están allí en el estilo del sujeto global que acerca lo lejano y aleja lo propio, que le imprime velocidad, por eso son textos cortos con títulos abracadabra, signos de llave o clave, relatos fragmentados que se mueven deteniendo el sentido como mitos recobrados. Diría que son textos juguetones cuando no herméticos, fugaces y pulsionales; mejor dicho, mini o micro. El hecho es que abren la duda de que no hay garantía de nada, porque la intención por sí misma disminuye su eficacia. Sin embargo, hay topos que animan la lectura.
Mínimas Venusinas está en la línea del goce que deconstruye, desarma y vuelve armar. Cortázar sabía de eso, también el viejo Borges; recuerdo a Mario Satz y al mismísimo Piglia; en Colombia los cuentos de Pedro Gómez Valderrama y del poeta y novelista Álvaro Miranda que ya se nos fue para al Reino que él mismo simuló. El libro de Lozada Lince es un «desordénate para ordenarte» (p.35). Nietzsche diría que para encontrarse hay que aprender a perderse. El autor de las Venusinas que sabe de romanos, senadores y pretorianos, recomienda conocer los secretos lúbricos del aceite de oliva y aprovisionarse cuando se vaya a tener una experiencia con Baco (p.35). Lo cotidiano y banal, por obra y gracias del lenguaje poético se le vuelve fantástico, solo quienes conocen el referente podrían sonreír y, sin embargo, quedar convencidos del entorno más epicúreo que estoico en la campiña sureña.
Traviesas, mujeres y siluetas dan saltitos, husmean, voltean algunas rocas del sendero y allí descubren el musgo fértil, el negror de la tierra, el brillo redondo de las cochinillas. (En unas troneras sorprenden a los escarabajos en sus labores de albañilería). Entretanto, Venus Urania observa todo con deleite sentada sobre las semillas de una jugosa granada. Obra, ocultando su magia en el trino de los pájaros, en las resinas de los troncos, en la lujuria de las flores. Y las chicas recolectan algunos de esos fragmentos encantados, los encierran en el odre con vino que llevan consigo. A la medianoche, el recorrido acaba en torno de una fogata. Talo y Proserpina se encargan de repartir la bebida en copas de vidrio. (Claves Destrógiras, Clave IIII: 333, p. 21)
Los textos de este libro ponen en movimiento una voz que se deleita con la exploración de lo leído, vivido, sabido. La ironía de desarmar la información mítica occidental y volverla armar para enlace con sus amigos a quienes dedica varios textos que pueden parecer herméticos, pero no lo son, porque precede el goce. El sujeto enunciador es payador con la literatura erótica y esotérica, lo convoca la abscisa que descresta el oído-ojo del lector despistado o domesticado por el Facebook, el Instagram, el TikTok. Son textos truncados a propósito, sentidos omitidos, perversos en la herencia de las diosas que se mueven en esa Siringa Venusina. En la mitología griega la siringa es una diosa sensual y musical. El dios Pan, seducido por esa música que provenía de las cañas, elabora una zampoña y en el rito colectivo entra en divino «entusiasmo» hasta perder la razón y liberar las fuerzas de la oscuridad destructivo-creadoras. En cambio, la siringa en la novela La vorágine (1924) de José Eutasio Rivera, es el árbol de donde se extrae la goma natural y, por causa de las atrocidades en que ocurre la extracción, produce alaridos y llanto.
En estos textos no está en juego el género literario, sino la misma escritura que se reinventa como quería el egipcio-francés Edmond Jabès, cuando sentenciaba que donde no hay riesgo no puede haber escritura, y aumentaba: «la escritura es un camino que no tiene fin; un trayecto siempre por hacerse, por andarse. No es posible decir dónde y cuándo –o cómo– termina» (La transparencia escrita, 1980).
3.
Las chicas robaron
La hoz de la muerte
Es noche de siega.
2.
Al otro lado del espejo
Siluetas se arremolinan.
Reflejos de otras luces.
(Clavículas de lira, pp.46-47)
Todo eso parece gustarme de este libro de Lozada Lince, nada complaciente con el lector. Lo que parece información reflexiva, por ejemplo, en un par de textos (Segunda: Cocina y Tercera: Juega, p.30-31), que son casi miniensayos al estilo borgeano, son expuestos a la imaginación más personal y el lector queda a la expectativa, ansioso de tomar el diccionario o entrar a Wikipedia; en todo caso, en estado de intertexto y de continuará:
En un artículo de Julio César Londoño, fechado en 2010 e. c., se sugiere que el origen de la palabra puta estaría en «un vocablo griego, budza, que significaba sabiduría hacia el siglo VI antes de Cristo». Por esa época, las cortesanas (hetairas) seducían y enamoraban a los hombres atenienses con sus conocimientos y talentos, por lo que «la palabra budza, que era noble y antigua, comenzó a tomar en los celosos labios de las matronas entonaciones ásperas y significados maliciosos. ‘Sabihonda. ‘Sabida’».
(Tercera: Juega, p.31)
Desde las entrañas deciden reaplicar la matemática del sexo, cuya ecuación es fundamental para el juego de la vida. Esta es:
{Corpomentesχ} {Corpomentesρ} = ∞
(Clave VI: donación inagotable, p.23)
Que el pensar en sus variaciones expresivas, algo renovador sea conjugado en ti y en mi.
¡Haz tú el primer movimiento, exquisita putería!
(Tercera: juega, p.31)
Durante la espera, repetir este verso de Fernando Arrabal te ayudará a eliminiar cualquier síntoma de nictofobia:
Por el cielo de boca…ya corres al misterio
(Quinta: Engalánate, p. 33)

Capítulos de Mínimas Venucinas
Por eso al inicio decía -o quise decir– que las retaguardias iban en los hombros de las vanguardias. Suena sarcástico, pero es que el enemigo en la guerra está por todos lados. No es difícil ejemplificar esto que digo. Al puro inicio encontramos un epígrafe extenso traído de Pitágoras y la filosofía Órfica, que es un apóstrofe en su yo lírico a la naturaleza: admiración, atracción, respeto, amor, sometimiento, veneración, súplica. Nada qué hacer, «los devoró la selva», he vuelto acordarme de José Eustasio Rivera en La vorágine (1924). En la segunda parte existe una loa a la naturaleza y es cuando el poeta Arturo Cova entra definitivamente en la manigua y se va despojando de lo que fue en la ciudad hasta convertirse, como en el relato del brújulo Clemente Silva, en siringa y sangre. En Mínimas Venusinas venus es vorágine, atracción, acabamiento, destrucción, pero también resurgimiento, dádiva, esplendor. Lo real de la vida y la muerte dándose «¡Io, Pan! ¡Io, Pan! ¡Pan! ¡Pan! ¡Io, Pan!», y el trance de los cuerpos que se aman, sonríen, lloran y desgarran. ¿Qué otra imagen que no fuera este oxímoron sería lo erótico?, ¿qué otro poder tendría venus-venérea? Belleza, fertilidad, sexo, pero al asecho es todo lo que se pudre:
Sé el corcho saturado de delirio,
el cieno,
el lecho de musgo tupido.
Sé la máscara de los vientos,
La tormenta que incita la estampida de las aguas.
Sé el trémulo rocío,
la orgía desesperada de saltamontes y grillos.
Sé la miel escondida entre hexágonos perfectos.
Sé las pupilas dilatadas,
los tambores,
las flautas,
un eco:
“La eclosión de la semilla fractura el cemento;
Sobre las ruinas los sueños remontan el vuelo”.
SOMOS CUENCOS QUE GIRAN.
(Novena: transita, p.37)
No queda más que asumir el barroco, las alegorías, para ser exactos. La propuesta mitad narrativa y mitad poética es un significante que gira en busca de su significado. En realidad, no sé si importe, el centro del relato se diluye en la enunciación como pensar, relacionar, agregar, jugar, nostalgiar, mitologizar a lo griego reelaborado por los romanos; en cualquier caso, es una fuerza que siempre retorna:
(…) Lete, ¿podrás recordarlo? Maullaban hasta el ahogo, ¡gatos lascivos en la costa de Pafos! Y el titán del tiempo caía a sus pies, vencido. Pero las hojas de los cerezos se desprendieron de improviso, cascabeleando en bandada. No retoñaron las flores rosas lilas afuera de la casa. No se vació en la boca de ese hombre, ahora solo, el cántaro colmado de ambrosía. Las palomas mensajeras no regresaron a su ventana. Mas, Orfeo aún ama como los simposiarcas amaron a las hetairas. Aún ama como los guerreros amaron el rugido de la tuba en los campos de batalla. Aún ama como los músculos y los remos amaron el horizonte del mundo y el vaivén del mar. Lete, ¿no podrás recordarlo? (Clave VIII: 3, p.25)

Tercer capitulo
Lo lúdico poético está para evadir el olvido, sacralizar la hetaira para que la lengua poética sea de todos, porque trabajar con el lenguaje produce textos «Dextrógiros» no levógiros, «Rebeldes» no resignados, aunque haya «microinstrucciones» para leerlos, «Clavículas» que le dan forma al esqueleto lírico de donde cuelga la vestimenta retórica. En fin, «somos topos del lenguaje» (p.17), hacemos rizoma de un ahuecamiento que conecta tuberías significantes, algunas no parecen llevar a ningún lado:
Cada mañana, cavamos en la duna de los signos con el anhelo de expandir la madriguera. Rasguñamos, escarbamos, roemos hasta que, transidos por la sed del mediodía, salimos a la superficie a esperar la lluvia, que nunca llega, únicamente el sol implacable que nos deslumbra.
(…)
En ocasiones, clavadas al fondo de los socavones, hallamos piedreciras que brillan como el vocablo «fulgor» en la punta de la lengua.
(Clave 0: Magia, p. 17).
El atardecer-noche llega como poética que formula las condiciones de lectura y alguien lee en clave-grado 0 de la escritura. Por más que a Barthes le haya parecido que la lectura algún día llegue a ser ciencia, a mí me gusta más la alegoría de la lectura como tejido de una araña, donde de repente el lector queda atrapado como mosca asistida por Venus-Hécate. Zafarse es una prueba creativa. No soy una legión, pero escucho el llamado.
***
Augusto Lozada Lince nació en Bogotá (Colombia). Vive en Pasto desde el año 2008. Es coeditor de Editorial Avatares y Alebrijes | Revista narinense de minificción. Codirigió la edición de los libros 333 apashiraS / microcríticaS de cinE (2019 y 2020). Fue editor invitado de la revista peruana Plesiosaurio (Suplemento n.° 13, 2020). Por varios años colaboró en Galáctica. Revista de crítica cultural. Ha publicado microrrelatos, cuentos, poemas y artículos culturales en Colombia, Chile, España, Guatemala, México y Perú. Algunas distinciones: Ganador del estímulo a la creación, modalidad «cuento breve» (Gobernación de Nariño, 2021); finalista del V Concurso de Cuento Corto (Festival de Literatura de Pereira); finalista del V Concurso de Microrrelatos «Javier Tomeo»; primer premio del XXVII Concurso Universitario Nacional de Cuento Corto (Universidad Externado de Colombia). Mínimas venusinas es su primer libro.




