
CALI PACHANGUERO
No era un bailarín experto, pero su corazón latía al compás de la salsa, y eso era suficiente. La joven le sonrió, y juntos se dejaron llevar por la música. En esos momentos, los problemas y las luchas parecían desvanecerse, reemplazados por la simple alegría de bailar y dejar que la música hiciera lo suyo. Al final de la canción, Carlos estaba sin aliento, pero su sonrisa era más amplia que nunca. La joven lo abrazó brevemente y luego volvió con sus amigos, dejándolo nuevamente solo, pero esta vez con el corazón lleno de una renovada esperanza.
Mientras terminaba su cerveza, Carlos Pizarro se sentó con el grupo y les explicó que la lucha por la justicia y la paz no solo se libraba en las selvas y las ciudades, sino principalmente en los corazones de la gente, en esos pequeños momentos de felicidad compartida. “Así, como el sabor dulce de un cholado”, les dijo.

Imagen: Youtube
Con el Cali pachanguero en sus labios, la música de Cali en su alma, volvió a sus pensamientos, más decidido que nunca a construir un futuro mejor para todos. Salieron a la calle y Cali se movía sola, como una tromba. La brisa cálida acariciaba suavemente su rostro. Había decidido tomarse un respiro de las arduas jornadas de lucha y reuniones interminables, y se dirigió a una esquina bulliciosa donde se reunían los caleños a disfrutar de sus delicias favoritas. Allí, bajo la sombra de un viejo almendro, encontró un pequeño puesto de cholado, ese dulce manjar que combina frutas frescas, leche condensada y una pizca de magia tropical. Carlos, con una sonrisa traviesa en los labios, se acercó al puesto y pidió uno grande, bien cargado de sabor y colores.
Mientras el vendedor preparaba su postre, Carlos observaba a su alrededor. Tomó su vaso y se sentó en un banco cercano, dejándose llevar por el espectáculo. El sabor era una explosión de frescura y dulzura en su boca, y cada bocado lo transportaba a su niñez, a tiempos más sencillos y despreocupados. Cerró los ojos por un momento, permitiendo que los sonidos y los sabores se entrelazaran en una sinfonía de alegría.
Cuando abrió los ojos nuevamente, la joven lo miraba fijamente. Sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y desafío. Ella se acercó, tomó su mano y solo atinó a decir: “Que sea lo que Dios quiera, lo que el pueblo mande y lo que definas hacer, que a vos te seguimos pa’onde sea”.

Imagen: BBC
Revolución
En 1986, nosotros éramos muchachos, hijos del viento andino, militantes del M-19, convencidos de que la revolución también se escribía con pintura en las paredes.
Todo comenzó con la hazaña del comando que pintó BATALLÓN AMÉRICA. Letras enormes y furiosas adornaban una pared frente al colegio INEM, donde el tráfico regional y binacional fluía como sangre por las venas de la ciudad. Aquello era arte, grito, desafío, eran letras hechas con brocha lo cual elevaba la dificultad al 1000 por ciento. Teníamos que superarlo, hacer algo que estremeciera las calles de Pasto como un trueno en la madrugada.
Las ideas surgieron como chispas en medio de un apagón: un homenaje floral a Nariño en el parque central, robarnos la espada de Bolívar en el parque del mismo nombre frente al batallón Boyacá, un «M-19» gigante en el puente de Juanambú, o una jornada de pintas que invadiera el corazón de la ciudad. La decisión fue unánime: esa noche pintaríamos nuestras consignas como si fueran poesía clandestina, pero con tarros de pintura en spray, como seres humanos normales.
A las 12 de la noche, en punto, nos reunimos en San Felipe. Éramos seis, cada uno con un tarro de pintura en una mano y el miedo bien guardado en el bolsillo. Las primeras pintas las hicimos con precisión quirúrgica, entre risas nerviosas y el eco de nuestros pasos en el parque infantil. Desde allí, el plan nos llevó rumbo a la avenida Santander.
Las paredes recién pintadas del cuartel central de la policía nos recibieron como lienzos provocadores. Blancas, inmaculadas, pero listas para transformarse en gritos de libertad. Sin pensarlo demasiado, cada uno tomó su posición. Uno comenzó con la palabra «Batallón», mientras otro pintaba «América». Las latas bailaban rápidas, urgentes, como si en cada trazo se jugara la vida.
Cuando terminamos, dimos un paso atrás para admirar nuestra obra. «¡Lo logramos!» susurró alguien con el orgullo rebotándole en la voz. Pero entonces, la fatalidad de la nocturna prisa cayó como un balde de agua fría. Allí no decía «América». Decía «Amrica».
Hubo un silencio de terror colectivo. «Nos regresamos», dijo uno, con la seguridad de quien decide que el fracaso no es opción. La calle estaba desierta, pero la presencia de las garitas de la guardia de la policía a pocos metros nos quemaba en la nuca.
Corriendo el riesgo, dos volvieron con las latas listas. Una «E» valía nuestra revolución. Pintaron con precisión, mientras los demás vigilábamos desde la esquina con el corazón galopando. Terminada la corrección, salimos disparados. Nos encontramos en una esquina oscura, sofocados de risa y adrenalina.
Esa noche no solo pintamos paredes; pintamos en nuestros corazones la certeza de que, aunque éramos muchachos, éramos parte de algo inmenso, una tormenta que nacía en las montañas y corría por las calles. Pasto despertó con nuestras letras gritándole al cielo, y nosotros sabíamos que, aunque el miedo nos persiguiera, la revolución nos abrazaba.
Imagen:Tumblr
Siloé
La lluvia, densa y persistente, caía sobre Siloé como una cortina de plomo líquido, encajonando el paisaje en una bruma borrosa. Bajo aquel diluvio, el compa Marcos saludó con una inclinación casi reverente a la flaca Liliana, a Roberto Patepalo y al viejo Afranio, quien, con esa sonrisa cómplice que le colgaba como un amuleto, soltó su apuesta al viento:
—Apuesto la carne de la comida al que llegue menos embarrado a la casa del Tío.
La casa de seguridad, enclavada en la loma del barrio 3 de mayo, se alzaba como un santuario prohibido. En la distancia, se oía el eco del “Ana Milé”, el ritmo agitado y enérgico que retumbaba en el ambiente como una risa burlona. La voz de la flaca rompió el momento:
—Yo no apuesto mi carne —murmuró con un dejo de ironía antes de empezar a escalar la cuesta, mientras el viejo Afranio se quedaba al final de la fila, observándolos a todos con ese aire de quien ya conoce el desenlace.
Roberto Patepalo, con su caminar torpe, se aventuró por el barrizal, resbalando y maldiciendo, seguido por la flaca que, con cada paso, perdía más la compostura. Detrás de ellos, Marcos, sin mucho mejor suerte, se sacudía el barro de los ojos, tambaleante, mientras balbuceaba entre risas:
—Perdimos, Patepalo, esta carne ya está en manos del viejo.
Y allí, bajando la loma con la calma de quien no tiene prisa, el viejo Afranio los alcanzó, sus zapatos apenas manchados, con una sonrisa triunfal. Cuando llegaron a la casa del Tío, todos, exhaustos y empapados, supieron que esa noche no habría carne para nadie. En cambio, el viejo, entre risas, se encargó de preparar huevos revueltos, recordándoles que, en Siloé, hasta la más insignificante apuesta podía traer consigo el sabor delicioso de la victoria, siempre y cuando entendamos que en la lucha tiene mucho que ver la poesía, el romanticismo político y la cadena de afectos.
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Jorge Alberto Narváez Ceballos nació el 31 de julio de 1968 en Pasto, Nariño, Colombia. Abogado de la Universidad de Nariño, con especialización en Gerencia de Proyectos, ha sido dirigente estudiantil, sindical y cultural. Excombatiente del M-19, participó en el movimiento indígena junto a líderes como Jesús Piñacué. Es autor del libro Cinco por Cinco Sentidos, que reúne poesía y cuento corto. Dirigió la Red Departamental de Bibliotecas Públicas de Nariño y actualmente es parte del equipo que trabaja por la Paz Total en su Región. Su obra ha sido presentada en festivales literarios en Colombia, Ecuador y Panamá. Es padre de cuatro hijos y un defensor activo de los derechos humanos.





