HORARIO ESTELAR: UN CUENTO DE ROBERTO ACUÑA

Roberto Javier Acuña Gutiérrez (Ciudad de México, 1981). Es escritor, tallerista, profesor universitario en las carreras de Comunicación y Letras Hispánicas en la UNAM, y maestro cervecero en Chupamirto Casa Cervecera. Entre sus publicaciones se encuentran: Tarde en recordar (2017), editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León. Los ojos negros de la noche (2019, Surdavoz), Regusto a diablo (2020, Tintanueva). Ha obtenido diversos reconocimientos y premios en cuento, ensayo, poesía y crónica. Ha colaborado en diferentes medios culturales como El periódico de poesía de la UNAM, la revista Ritmo, La Otra…
Amor, si alguna vez nos vemos por ahí, invítame a un café y hazme el amor…
Pérez Botija.
Las balas, el tambor del revólver, el arañazo metálico al hincarlas. El tacto es duro y frío; los olores y la geometría de los colores que suben de la calle se amotinan contra él, lo aturden con el resplandor de sus ángulos y matices, con el espejismo de los cuerpos, del simulado azar. No podía detenerse, con los dedos temblorosos se limpió el sudor de la frente, de los párpados y siguió hasta llenar la barriga de la pistola.
Desde el instante en que puso el primer proyectil dinamitó el retorno. Nada era claro fuera de aquel acto, lo impulsó la clarividencia o la suerte de haber notado la arquitectura del mundo, lo percibió al tocar aquel hilo encarnado a su cabeza, venido de Dios sabe dónde y que controló su vida tantos años. No fue un sueño, se dijo, lo palpó antes de romperlo, como arrancarse un pelo, idéntico a un pelo, pero no era uno; acto seguido golpeó su cabeza contra el muro, luego el desmayo y el despertar de todo. Nadie le creyó, tampoco importaba. Cargó la Taurus 605, debía hacerlo en este día tan falto de motivos, prescindible, necesitaba asegurarse de que actuaba por cuenta propia. Construiría un nuevo futuro para todos nosotros.
Salió a la misma hora del trabajo, bebió con sus amigos en el bar “El Cilindrero”, la rutina de los viernes; pocas cervezas, ninguna de ellas era pretexto para justificar sus acciones. El pulso se calmó cuando la quinta bala fue enterrada en el tambor. La sostuvo con la misma monotonía que al vestirse, lavarse los dientes o tomar el camión rumbo al trabajo. La pistola le resultó familiar, un apéndice de él mismo.
Camino a casa compró una concha y unos cuernos para acompañar su café de la noche y el de la mañana siguiente. Ninguna de estas acciones vaticinó que a las siete treinta y nueve de la noche, cuando la luz adquiriera la forma de un melodrama televisivo, se sentaría frente a la ventana con el propósito de liberar a los hombres de sus cadenas.
Aquella familiaridad con la pistola de pronto le pareció repulsiva, el acto estaba hecho, no podía retractarse. Sopesó el metal, tuvo miedo del gatillo, de fallar, sus dedos nunca habían sido hábiles para el juego de dardos o el de las pistolas de balines o de agua en las ferias. Sostuvo el arma con las palmas abiertas, la meció un poco, la calentó entre su piel, la acercó a la boca, insufló su espíritu dentro del cañón, tuvo la cosquilla de jalar el gatillo, quizá alguien quería rectificar sus decisiones, quizá Él se había dado cuenta de la pérdida de una de sus marionetas; la sacó de la boca, besó la salida del proyectil, miró hacia el cielo y lanzó un escupitajo. La ventana era la diana, la obscuridad apagó la habitación, su departamento, estaba sentado sobre el caos del primer día, de frente la luz naciente de un nuevo universo.
Aferró la pistola, se afirmó a ella. Apretó lentamente la empuñadura. Su mano cobró consciencia de sí misma, a su alrededor se desvanecía el mundo en una luz azulosa y violácea que empapó sus pantalones, la ventana, la calle, las personas que se apresuraban hacia ninguna parte; eran tan claros los hilos que colgaban de sus cabezas.
En la oscuridad, él mismo subsistía por los movimientos de sus manos, por la gravidez del arma y de su respiración; el ruido de las manecillas del reloj, un engaño de su propio pulso que también avanzó convenciéndolo de su existencia, de su lugar en ese cuerpo ficticio que habitaba; la noche misma era irreal, y ¿cuántas noches vivió así?, ¿hubo una diferente?, ¿existió alguna que le perteneciera o que tuviera existencia por sí misma? No somos más que torpes actores dirigidos por un idiota, se dijo, nuestra existencia es la del caballo de carrusel, la del burro de noria que alguien más golpea para seguir avanzando en un círculo infinito.
Apuntó hacia el horizonte, buscó con el oído esa ilusión tan ligera y molesta que empezó a escuchar cuando se arrancó el hilo, una melodía repetitiva, como las flautas que dirigen la danza de los voladores de Papantla, la música es una tonada repetitiva, cada uno de nosotros aportamos una nota, un grito, un gemido, una risa y un ángel o pajarraco sopla y la insistencia del sonido nos hipnotiza; conformamos la partitura celeste de Dios que se repite hasta la náusea.
Empezaron a sonar las canciones que escucha la vecina de al lado, desvió el arma del horizonte y apuntó a la pared contigua a su departamento. Odiaba a José José y a Rocío Dúrcal, invadían su calma, el sosiego impuesto para salvar al mundo. Si pudiera tan sólo dejar su cuerpo o al menos arrancarse las orejas intentaría fugarse, perdonar, dejar atrás esa voz y esas canciones que hacían insoportables sus noches, pero ella también necesitaba liberarse, salirse del coro divino.
Imaginó la radio sobre alguna mesa de noche a la altura de una cama. Ella y él separados por la pared de unicel y tablaroca. La mujer berreaba, gemía sin reparos. Las melodías constituían el maquillaje de la noche, alcoholizándole la imaginación, perturbando la realidad. Lo más lamentable era esa voz que sin vergüenza desentonaba una y otra vez; día tras día hería las paredes, resquebrajaba la tranquilidad del muro que nerviosamente transmitía aquellas vibraciones a todo el piso.
Arrastraba, desgarraba las cuerdas vocales, la vehemencia articulaba un rito que intentaba provocar el milagro de ser arrancada del apartamento para ser llevada a “La felicidad” que dictaban las canciones. Día a día repetía su encantamiento, de par en par su voz llamaba a ese hombre viril, infatigable y perdonaba al amante arrepentido: “Seré la gata bajo la lluvia y maullaré por ti”, “yo te doy toda mi vida y hasta más quisiera, soy tan tuya hasta que un día me muera”. Una esperanza inútil de que ese ser medio rufián, medio santo se plantara frente a ella, la tumbara en el suelo y la hiciera suya desde la noche hasta el amanecer para después irse: “Amor, tranquilo, no te voy a molestar, mi suerte estaba echada, yo lo sé. Lo nuestro sólo fue casualidad”. Ella en el fondo quería convertirse en el instrumento del deseo, la mujer por la que olvidan todos el presente y el futuro; su voz orquestaba la espera y la desesperación; ella, el ahogo de los hombres.
Un momento de flaqueza bastó para verse las manos huesudas entre el macizo metal del arma. Es una locura la devoción a la soledad, la música que nos impone la vida. Quería seguir escuchando aquella voz, oírla realmente por primera y última vez, mirar más allá de la cárcel de esas canciones, de perseguir las palabras hasta leer en ellas un destino marcado e inapelable, necesitaba convencerse de que era necesario aniquilar todo aquello, en el fondo quería ayudar a su vecina.
Volvió su mirada hacia el ocaso, el silencio del horizonte se imponía, la mujer seguía cantando: “háblame de ti, cuéntame de tu vida… de que tú no puedes, aunque intentes olvidarme. Siempre volverás, una y otra vez”. La imaginó surgiendo de los naranjos y de los azules del follaje, sus muslos gordos entre los troncos, sus dedos acarician una naranja, la aprietan hasta arrancarla, la muerde, escurre el zumo por sus labios gruesos… “aunque ya no sientas más amor por mí, sólo rencor… siempre volverás, una y otra vez”. Sintió cada mordida en sus costillas, sus dientes destrozaron la tranquilidad de su respiración. Latía veloz el pulso, el corazón descentrado, no podía fijar la pistola, y ella: “prefiero estar dormida que despierta de tanto que me duele que no estés”.
Sus gemidos representaron para él los estadios más altos de la ternura, la derrota y la tenacidad de una esperanza sin fisuras. De repente tuvo inmensas ganas de acariciarla, de tenderle una mano, de invitarla al silencio, de clavarle una bala en el corazón y acompañarla en lo ancho de su agonía para salvarla de sí misma, de ese espejismo que él había visto y estaba dispuesto a destrozar.
El azar no existía realmente. Las citas y los adioses sobre una banca, la tristeza y la felicidad, la vida y la muerte, el amor eran parte de un algoritmo no humano. Nacimos con la vista atrofiada, con un cordón de tiempo inmerecido, atado a la garganta. “Sé que tú no puedes aunque intentes olvidarme, siempre volverás una y otra vez”.
Sólo el peso del arma lo salvó de verse injertado de nuevo en aquel tejido, de volver a ser aquel personaje con un texto mediocre. Ya no era ese hombre flaco, prescindible que iba al trabajo y después por unas cervezas con sus amigos, le dio náuseas la rutina de comprar todas las noches su pan… “No cabe duda que es verdad que la costumbre”… La crudeza del metal le hacía consciente de la singularidad de su espalda recargada en el respaldo del asiento, de su respiración que él ahora controlaba a voluntad, que debía domar a su antojo, se forzó a hacerlo; empezó a sentir las horas que llevaba sin descanso, la avería en el sueño, y por último regresó a su tacto, a su palma y a sus dedos que apretaron o acariciaron la cacha negra de la Taurus. “y con todo y mi tristeza me enseñé a no olvidarte, me enseñé a vivir sin verte, pero sin acostumbrarme”… Tenía que despertar al mundo y el nacimiento siempre es un asesinato… “como eres hoy mi vida, mañana serás mi muerte”. Apuntó hacia fuera, hacia ese tramado invisible que enredaba las miradas, “pero qué tristeza que me hayas olvidado”, los pasos, los gestos de toda esa gente que se revolvía, chocaba, para luego seguir su camino pautado sin perder jamás el hilo de su destino, “Moriré con la consciencia tan tranquila”.
El mundo era un simulacro de la verdad que él sostenía entre sus dedos, sentía el aliento de Dios en su nuca, era preciso apurarse. Imaginó el movimiento que comenzaría en la mano que empuñaba el arma, después, el gatillo, el esfuerzo del índice, los tendones y los huesos de su mano estirándose y rotando y continuaría con un ligero muñequeo que finalizaría en el esfuerzo de los músculos del hombro por permanecer duros, en su lugar. El revólver y él irían, disparo a disparo, cortando los hilos o la vida de las personas que pasaran por el marco de su ventana. Destrozaría las gasas de toda esa gente que no podía observar lo que para él era diáfano y tan absurdo al mismo tiempo. La vida no era más que un malogrado acto de magia, un teatro de marionetas.
Es muy fácil presionar el gatillo; cinco tiros, y ¿de qué serviría?, ¿cuál es el objetivo de liberar a tan pocos? Sólo cinco tiros y millones de personas. Y la quinta, no podía arriesgarse, la quinta debería ser para él, era preciso morir ahora que su destino era suyo. Los suicidas se matan, los locos huyen porque se dan cuenta del entramado.
Se levantó sin aflojar un sólo segundo el revólver y en el momento en que iba a matar, del otro lado la voz de esa mujer insistía en apaciguar su rabia. Él empezó a perder consistencia, la mano temblaba, se fundía segundo a segundo con la inmaterialidad de la melodía. La imaginó: estira los brazos, inicia una coreografía, suplica al amante ausente, se pierde en la sordera del amor, en su propio gemido.
No aguanta más, corre hacia la puerta del departamento. Sale. No se puede permitir que siga cantando, que lo arruine. Mete la mano sin soltar el revólver en el bolsillo del pantalón. Al cruzar el umbral de su departamento se la encuentra subiendo la escalera y dudó de sí mismo, de lo que había escuchado en la pared contigua.
Ella carga una bolsa de plástico llena de fruta y algunas revistas. Él se queda mirándola sin comprender, anonadado, su mente fija aún en lo que escuchó tras el muro de su departamento. Se marea, se sostiene de la pared, ella le ayuda a que no se derrumbe. “Hoy supe de ti las cosas más horribles que te pasan” Le sopló con una de las revistas, poco a poco se incorporó, pidió disculpas, la mujer no lo dejó marcharse, estaba tan pálido y flaco, pasó su brazo por debajo de la axila, él se apoyó en su cuerpo, ella lo levantó sin esfuerzo y lo llevó a su propio departamento. Le ayudó a sentarse. Él miró las incipientes arrugas de aquellos labios, las ojeras casi diluidas por un maquillaje que procuraba a su vez ocultar el artificio del polvo para que el rostro aparentara el descuido y la frescura de una edad negligente, vio sus aretes grandes y pesados jalar el lóbulo de sus orejas. Ella trató de negar su mirada inquisitorial, pasó una mano por las arrugas del cuello y forzó una dura sonrisa que secó sus ojos. “Si somos diferentes de sentir, si somos diferentes de pensar” Agitó la cabeza, se paró y fue a la cocina para preparar café, él la espero como si de un sueño se tratara y lo obligara a permanecer sentado. Llegó la bebida, el calor entró en su cuerpo, respiró hondo, el tacto de la taza era duro y ardiente. “invítame un café y hazme el amor”. Los dos bebieron al mismo tiempo y se miraron, separados por escasos centímetros sentían sus alientos. “Háblame de ti cuéntame de tu vida”. Los ojos de él estaban sumidos dentro de los de ella.
La mujer entornó los ojos, así él los había imaginado hace unos minutos cuando ella cantaba al otro lado del muro, entre los naranjos. “Amor, tranquilo, mi suerte estaba echada, lo sé”. Se acercaron, milímetro a milímetro, sus labios se rozaron, “no temas no hay cuidado”, empezaron a besarse, a sacar poco a poco la lengua, a lamerse, ella en un descuido tiró la bolsa de las compras, apretó las manos gordas entre la camisa del hombre y lo llevó hacia ella con suma facilidad, los botones saltaron y sus dedos fueron recorriéndolo, las uñas arañaron su espalda, el pecho, el vientre; apretó su falo muy fuerte, se levantó, acercó su cuerpo, lo tumbó en el suelo, los dedos de él se extraviaron en el cuerpo de la mujer.
Él la lamió despacio, con timidez. La bolsa de las compras fue empujada por sus cuerpos desnudos y las naranjas rodaron hasta sumergir el brillo de su redondez y sus olores en las oquedades del sillón. “Sé que hay un torrente dando vueltas por tu mente”. Ella se arrancó la blusa y el sostén. Sintió la lengua de él lamiendo las areolas de sus pezones, apretó su cabeza a sus senos, lo acomodó de espaldas al suelo, lo hizo temblar en cada sacudida, en cada campaneo, cada vez más profundo, el gemido se repetía monótono, con furia, un sonido universal, los jadeos se derramaban por todo el departamento, el deseo, la angustia de la carne parecía no tener fin, quería enterrarlo, destrozar el suelo con sus huesos o tragárselo, guardarlo para siempre dentro de ella; él apretaba los labios, hollados por sus dientes que por pudor trataban, al principio, de retener los gemidos que se iban acumulando en cada embestida de ella, hasta que ese goce se volcó en las vibraciones de una sola sombra, de un cuerpo roto que derramaba su alegría por el suelo.
Estaba agotado, quería abrazarla, adormilarse sobre sus senos; ella se lo quitó de encima con suavidad, se vistió con prisa, de espaldas a él. Sin mirarlo se fue a la cocina a preparar lo que sea, en el camino se terminó de acomodar la falda hasta cubrir los temblores de sus muslos enrojecidos. Sonrió y se mordió los labios al sentir el dolor de su carne, de sus pezones atizados por una urgencia que le revolvía el cuerpo; al acomodarse las bragas se acarició un poco la vagina, quería atizar el recuerdo o apagar por completo el bufido del deseo que aquel hombre alebrestó. El agua bullía, sirvió sólo una taza. Él se quedó unos minutos mirando al techo, no regresaba la mujer, se vistió con lentitud, buscó sus zapatos, hizo ruido al ponérselos; pasó por la cocina que quedaba cerca de la puerta de entrada, ella estaba de espaldas a él, no lo miró, quizá él se despidió, ella no volteó, salió del departamento y cerró con cuidado.
Se quedó recargado tras la puerta, empotrado en ese recuerdo, en el destino clavado a su piel; los pensamientos apretados y mudos al igual que los puños sobre la hoja de madera que golpeaban muy quedo, llamaban. Ella lo escuchó todo, bebió muy despacio el café. Después de unos minutos de silencio él entró en su departamento, al meter las manos en los bolsillos de su pantalón notó el peso amodorrado del revólver. Se derrumbó en la silla puesta de cara al horizonte, “ya sé que no has querido hacer llorar a un gato herido”, abrió el tambor y con los dedos temblorosos y pegajosos sacó una a una las cinco balas.
Los trazos de la sangre ya seca palpitaron en su cuerpo, volvió a revivir, a repasar lentamente el escozor de aquellas uñas tatuándolo. Se bajó el zíper y sacó su falo húmedo, oloroso, respiro muy fuerte y soltó el aire; miró hacia la pared, quizá intentó estirar o estiró una mano hacia ella con nostalgia, después miró al horizonte, le hubiera encantado regresar el tiempo, invitarle un café antes de salir, preguntar su nombre, era tan idiota, tan cobarde… La tarde había cedido sus colores al tejido gris de la lluvia que se extendía a lo largo de la noche. Empezó a susurrar adormilado: “Lloverá y ya no seré tuya…” Del otro lado de la pared el agua de la cafetera continuaba hirviendo.



