LA FUGA

*Agustín Monsreal.

Fue que me enamoré de la locura; hay quienes se enamoran de un automóvil, de un viaje al extranjero, de la mujer de un amigo; yo me enamoré de la locura; la conocí, la hice mía, aunque la tuve conmigo una sola vez; fue suficiente para amarla y aborrecerla; ocurrió de golpe, un domingo al levantarme; todavía en piyama, fui a la cocina; tomé el jugo de naranja y, al acabarlo, me quedé contemplando el vaso con algo así como un rencor; era un vaso color ámbar, de superficie rugosa, el mismo vaso en el que, durante cientos de mañanas, durante miles de mañanas, había yo ingerido el mismo jugo de naranja; como excitado por un mecanismo preciso e infalible, mi brazo lo arrojó contra los vidrios de la ventana; mi mujer, que ajetreaba minuciosa y eficiente por toda la cocina, y al igual que siempre jilguereaba comentarios orgullosos y simpáticos sobre mi hija, se quedó como si el vaso lo hubiese arrojado contra ella; tuve conciencia, al oír la voz de la nana preguntando qué había ocurrido, de que la niña jugaba en el jardín y de que podía haberle hecho algún daño; pero ni siquiera me importó; una especie de furia irreprimible se iba apoderando de mi cuerpo; la vista del plato con papaya, del plato con los huevos con jamón, de la taza con el café con leche, me perjudicó algo adentro y a modo de respuesta a esa lastimadura empecé a estrellarlos contra el suelo y contra las paredes y con una sartén desbaraté el reloj que desde la cima del refrigerador me fastidiaba con las diez y veintidós; mi señora esposa, que es de las que no gritan ni en sus mejores momentos de placer, se sacó una pizca de valor quién sabe de dónde y me preguntó qué te pasa; no sé si su mansedumbre espantada o la vocecita entre inquieta y juguetona de la niña allá abajo, me volvieron a la realidad; contemplé el pequeño y rápido desastre que había provocado y sentí que una especie de remolino se comenzaba a formar en el centro de mi estómago; temí a mi desbarajuste mental y huí a refugiarme en la recámara; empavorecido, sintiendo la rajadura de un dolor que no era un dolor físico, me reprendía qué me pasa, con las mandíbulas trabadas y apretándome las sienes con las puntas de los dedos, qué me pasa, chillando con todas mis fuerzas pero sin emitir un solo sonido, hincado sobre la cama con el cuerpo doblado, topeteándome la frente contra las rodillas, y el remolino disparándose contra la garganta en busca de escape, y luego de unos segundos de rastrearlo vanamente, regresaba dragando rumbo al fondo del estómago, maniobraba una pausa y como que se desvanecía, daba la impresión de que se desfiguraba por entero, pero muy poco después reaparecía y tornaba a subir y el dolor que no era dolor atrancaba mis mandíbulas y qué tal si estaba yo soñando, podía ser, sí, era lo más seguro, una pesadilla, vamos, tengo que urdir un esfuerzo para despertar, y acopiando boqueadas de esfuerzo me quedé dormido, ovillado en mí mismo; al rato, la tranquilidad me distendió y me estiré en la cama cuan largo soy; al realizar un movimiento, acaso para cambiar la cabeza de posición, una humedad asquerosa proveniente de mis labios me azuzó a observar: babeaba, y los cordones de mi baba se pegosteaban en mi cara; recuerdo que mis sentidos se hallaban agudizados, mi carne y mi piel extremadamente sensibles; limpié los grumos de saliva con el dorso de mi mano, me incorporé; hice un minucioso recuento de lo sucedido y empecé a sentir un indicio de lucidez, y un consuelo contiguo a la serenidad; me había portado pésimamente, de acuerdo, y no me arrepentía, y en mi corazón forcejeaban el gozo y una aguda pena social, esas cosas no están nada bien; di un salto y me dirigí de nuevo a la cocina experimentando una calma extraña, de esas que quedan en el ambiente al término de un eclipse o de un temblor; una calma gris, por decirlo así; todo fue ver el rostro receloso de mi mujer, ahora acompañada por la nana y por la niña, todo fue verlas recogiendo roturas, que yo volver a sufrir la precipitación del remolino, el latigazo de una erosión que me tiranizaba el pecho más allá de lo soportable; entonces, con paso calmo y una sonrisa aleve de villano de película, me acerqué, cogí un gran plato, lo admiré y repetí varias veces: qué bonito está; mi mujer, adivinándome la intención y amparándose en la presencia de la niña, me atenazó el brazo y me dijo qué vas a hacer; cómo que qué, voy a romperlo, le respondí con la mayor naturalidad; no, ya estuvo bueno de tonterías, déjalo, y diciendo y haciendo trató de arrebatármelo; sentí peor que si me hubiera encajado las uñas en los ojos: ¿quieres entonces que lo haga pedazos en tus narices?, grité como si la tuviera a un kilómetro de distancia; ella se engarrotó de espanto; imagino lo que fue aquello para la pobre, catorce años de casados y nunca un pleito en serio, nunca una discusión en un tono más arriba de lo prudente, nunca una palabra que pudiese interpretarse como falta de respeto; la nana empolló a la niña y se deslizó camino a la puerta; ten, le ofrecí a mi mujer extendiéndole el plato y mirándola sin compasión, anda, rómpelo tú; ella hizo un no instintivo con la cabeza, débil, apenas perceptible, las pupilas abiertas desmesuradamente y fijas, pertinaces en mí; rómpelo o te lo estrello en la jeta, le ordené remolcando el ademán de tomar impulso; ella me lo quitó y lo arrojó al piso semejante a una criatura que en pleno berrinche tira su muñeca; me tanteó entre retadora y suplicante, como diciendo: ¿viste que sí lo hice?, pues ya sosiégate, ya ponte en paz; me asaltó el deseo de propinarle un puñetazo y desfigurarle esa mueca mitad horror y mitad asombro que le enjutaba el rostro; un nebuloso resto de cordura me impidió ejecutar la afrenta y, para arrancarme la tentación, me fui al comedor; ella me siguió dos pasos atrás; ya déjate de romper cosas, ¿sí?, luego las vamos a tener que comprar de nuevo; su lógica doméstica volvió a arañarme la frente y con una agilidad y una rapidez extraordinarias pegué un salto, atrapé un Confucio de porcelana que reposaba sobre la vitrina y lo lancé con la mano izquierda contra la naturaleza muerta que le daba vida postiza al comedor; me felicité escandalosamente por mi formidable puntería; mi mujer se colgó de mis hombros: ya cálmate, por favor; en eso me di cuenta de que la niña se había sustraído a la vigilancia de la nana y con una paciencia ejemplar estaba recogiendo los rastros de mi hazaña y echándolos a la basura; me provocó una risa enorme, insensata, combativa, acompañada de gestos y ademanes tercos, desaforados; la niña también empezó a reírse y exclamó: ¿qué más vas a romper, papito?; comprendí que ella sí entendía, quién sabe qué, pero sí entendía; suéltame o te embarro los sesos contra la pared, amenacé a mi mujer mirándola con odio, y al mismo tiempo con una fingidísima dulzura; qué ganas con destrozar cosas, clamó ella, enérgica, aunque soltándome, por aquello de las dudas; entonces empecé a desgañitar que me encontraba harto, que ya no aguantaba, que iba a acabar con todo, y en eso el remolino encontró por dónde escabullirse y mi ronquera se transformó en un gruñido salvaje y me volqué a llorar violentamente y a jalonearme los cabellos y a sacudirme y arquearme como si tuviera corriente eléctrica rebosándome en el cuerpo, y me sujetaba y me apretaba la cabeza con los puños y los antebrazos para contenerla, para no permitirle botar y botar y rebotar tan incontroladamente de un lado al otro, y mi boca se abría desmesurada y expulsaba esos aullidos que me desgarraban la garganta, y mis piernas temblorosas apenas me sostenían, y un zumbido de abejorro empezó a taladrarme las orejas, y entonces me desguancé, me venció una especie de calma, el peso de un agotamiento feroz, y de nuevo esa porción desesperada de lucidez, me está llevando el carajo, ya no consigo controlar esto, y me limpiaba esa mezcolanza de lágrimas, sudor y mocos apelmazada en mi cara, y cuando creí que ya me estaba recuperando, ahí viene otra vez el remolino y vuelta a los aullidos, al llanto irrefrenable, y ese dolor que no era precisamente un dolor cintareándome por dentro, y más fuerte ahora, con mayor violencia, y por eso me arranqué a aporrearme contra las paredes en busca de un dolor externo, palpable, comprobable, y luego me revolqué en el suelo como un animal rabioso hasta que sobrevino la fatiga, esa tregua en la que pensaba, o mejor dicho sentía el horror de lo que me estaba pasando, se me aflojó la chaveta, me salí de la pista, ahora sí me estoy volviendo loco de veras, y una tras otra atropellaban mi mente todas las presiones de la vida que llevaba a cuestas y a las que jamás daba ya no digamos una salida, sino siquiera una mínima satisfacción, todo me lo retacaba en la sobaquera del no pasa nada, todo está bien como está, años y años de callarme, de censurarme, de autoengañarme, de aguantar el mundo sobre mis espaldas, mi calvario, mi corona de espinas, ¿y yo?, de vivir súbdito tapete mequetrefe de los otros, ¿y yo?, de trabajar desenfrenado, de obediencia ciega a lo que tú digas, a lo que usted ordene, a lo que los demás quieran, ¿y yo?, sin mirarme a mí mismo, sin regalarme una atención, un mendrugo de cuidado a mí mismo, la limosna de una vacación breve, y el organismo de súbito se alebresta, se encorajina, se descrucifica y rebate y alega y brama se acabó, ya basta, y se detiene en seco, o busca el cómo darse un respiro, un alivio con sabor a golosina, y provoca una crisis nerviosa como ésta, eso es, una simple y pasajera crisis de nervios, claro está, se trata sólo de eso, pero ya no más, otra vez no, ya no, era mi razón desquiciada que imploraba, ávida, convulsiva, temerosa, y mis nudillos frotando exacerbadamente mis muslos, y la llamarada del remolino irrumpiendo en el instante justo en que la puerta se abre con timidez y asoman apeñuscados algunos vecinos del condominio a preguntar si me pasa algo, alarmadísimos, que si me pueden ayudar en algo, pero en qué me van a ayudar ustedes, imbéciles, váyanse, quién los llamó, qué hacen en mi casa, fuera, largo de aquí, déjenme tranquilo, y quién sabe qué los aterrorizó más, si mis rugidos o el amago de pegarles con una silla; salieron y volví a revolcarme en el suelo, con la misma intensidad pero con menos fuerza, me sentía completamente agotado y ya no quería seguir padeciendo y llorando, y luchaba por sujetar mi aturdimiento, por resistir aquel desbarajuste, aquella lumbre exaltada que devastaba mi cerebro, y el poder tener ese pequeño rasgo de honestidad, de integridad para no recurrir en ningún momento a blasfemar o a implorar perdón al viejo dios que afirman es el último recurso de los descreídos, me devolvía algo de la confianza perdida debido a este acercamiento, esta inclemente aproximación a la locura, porque aún puedo solo, sin el auxilio de ningún dios, todavía me las puedo arreglar con mis propios medios, pero oía cómo cuchicheaban allá afuera, malignos, y tuve miedo, carecía de vitalidad para moverme, y continuaba llorando, sólo que ahora acompañaba mi llanto con graznidos secos, porque tenía la garganta marchita, miserablemente hecha trizas, tuve miedo porque llamarían a la policía y dirían que me volví loco, y la policía no entiende a los locos, o llamarían a un sanatorio para enfermos mentales, quién sabe, están más asustados que yo, sólo que mi cansancio es mucho más grande que el de ustedes, yo tengo tanto y tanto que llorar, tanta angustia comprimida dentro, angustia, ah sí, esa era la palabra que latía dentro de mí desde hacía rato, angustia, cuando está uno tirado en el suelo todas las cosas son distintas, las perspectivas, los colores, el cuerpo está ahí tirado igual que un trapo, derrengado, inútil, sin voluntad, contemplando los destrozos causados por el frenesí; y mi cuerpo ignora de dónde saca energías y se levanta, se desnuda y me lleva a la cocina; todo el mujerío, es decir, mi señora esposa y las señoras esposas de los vecinos, pusieron ante mi desnudez una expresión de gallinas estúpidas que me empujó a cobrar conciencia de que nunca había podido andar así en mi casa, aun en mi propia casa me perseguían los alfilerazos del qué dirán y tenía que acatar las normas de la decencia; es absurdo, pensé, y así como ésta hay otras muchísimas cosas que no hago simplemente porque no deben hacerse, porque un día alguien dictó una sentencia y quedó establecida como mandamiento para siempre, uno creció con esa restricción metida en la sangre, en los huesos, se educó con ella, con ella se formó; ni siquiera en mi propia casa; mi mujer no atinaba a articular palabra, nada más me fulminaba con unos ojos desbordados por la incredulidad, atónitos y condenatorios; lo hacía para fastidiarme, eso que ni qué, para ponerme en evidencia ante los demás, de un tiempo para acá todo lo mío le parece mal, por eso suscitó este artero y vergonzoso percance, y hasta trajo a los vecinos y a sus mujeres para que dieran fe de mi estado, por lo que ellos quedaban al margen de esta calamidad, en fin de cuentas eran buenas gentes, así que los invité a pasar a la sala y me senté frente a ellos, que se mostraban incómodos, no es lo usual ni lo adecuado que el señor de la casa reciba desnudo, y menos si tenemos señoras presentes, sin embargo ninguno se atrevía a objetar nada, aunque tampoco aprobaban mi desenfado; sin proponérmelo, la situación empezó a divertirme; mi cuerpo se sentía libre, dichoso, moviéndose cada vez más a su gusto en la atmósfera de la locura, complaciéndose de ella al igual que yo: qué podían saber ellos, qué podía conocer nadie la fascinación singular que se incubaba en lo más íntimo de mí; me chupé los dientes, escupí sobre la alfombra y sin pudor disfruté el lamentable estremecimiento de mis invitados; ellos me miraban de reojo y como si no me hubiesen visto jamás, como si no supiesen nada de mí, y en eso estábamos de acuerdo, lo que sabían de mí no tenía nada que ver con el que yo era, con el que soy, y eso pasa siempre, del fruto conocemos la cáscara pero no la pulpa que trae dentro, y lo que yo traía en mis entrañas hasta a mí me daba susto, no obstante también me daba alegría y mirar mi desnudez en sus ojos fue mirar su desconcierto, su miedo, y sin aviso, nomás así, me volvió el chorreadero de lágrimas, sólo que esta vez sin pujarlas, en silencio, y me resbalaban por el pecho, por la barriga, por las piernas, y yo creo que a los vecinos les dio pena la sinceridad de mi llanto porque prefirieron irse sin mayor comentario y mi mujer, despojándose de su perplejidad, de su horror, de su congoja, salió a acompañarlos a la puerta, y mi hija aprovechó para entrar y acercarse a mí, se me fue acercando despacio, despacito, y me acarició la cara, y me abrazó, y se puso a llorar quedito conmigo y a decirme, con un hilito de voz que era al mismo tiempo nostalgia y esperanza: ya pasó, ya pasó, papito, ya pasó. Al día siguiente, por fortuna, las cosas volvieron a la normalidad.

 

SEMBLANZA LITERARIA

*Agustín Monsreal (Mérida, Yuc. 1941) En 1995 se instituyó en la ciudad de Mérida el Premio de Cuento Agustín Monsreal. En 2016 se creó en la revista LA OTRA revista de poesía el premio internacional de minificciones mínimas (Pigmeísmos) Agustín Monsreal.

Ha obtenido, entre otras distinciones importantes, el Premio Nacional de Cuento del INJM en 1971 y el Premio Nacional de Cuento INBA-San Luis Potosí, en 1978; el Premio Nacional de Periodismo, en 1983, y en dos ocasiones, 1987 y 1996, el Premio Antonio Mediz Bolio. Asimismo, ha sido distinguido con los principales reconocimientos que otorgan el Poder  Ejecutivo y el Poder Legislativo de su Estado natal: La Medalla Yucatán, en 1999, y la Medalla Héctor Victoria Aguilar en 2009. En 2018 obtuvo el Premio Iberoamericano de Minificción que otorga la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.

Ha publicado los libros de cuento: Los ángeles enfermos, 1979; Sueños de segunda mano, 1983; Pájaros de la misma sombra, 1987; La banda de los enanos calvos, 1987; Lugares en el abismo, 1993; Infiernos para dos, 1995; Las terrazas del purgatorio, 1998; Tercia de ases, 1998; Cuentos de fugitivas y solitarios, 2004; Desde el vientre de la ballena, 2010; Mujeres con alas y otros ángeles por el estilo, 2014; Deslealtades del destino, 2016; Mamá duerme sola esta noche, 2016; Deudas pendientes, 2016.

Ha publicado los libros de poesía: Punto de fuga, 1979; Canción de amor al revés, 1980; Cantar sin designio, 1995; Perseverancias de amor, 2008; Amores de nunca acabar, 2013; Corazón en mano, 2014; Esto que pasa en mi corazón, 2016; Entre dos infinitos, 2016.

Ha publicado los libros de Varia Invención: Diccionario de juguetería, 1996; A la salud del cuento, 2003; Los hermanos menores de los pigmeos, 2004; Diccionario al desnudo no ilustrado, 2009; Universo Monsreal, 2009; Sirenidades, 2011; Mínimas minificciones mínimas, 2015; Los pigmeos vuelven a casa, 2016.

 

Asimismo, el audiolibro Cuentos para no dormir esta noche, Voz Viva de México, 2016.

Asesor literario de la Biblioteca Digital El Cuento revista de imaginación.