Segunda parte de este texto en homenaje al periodista Iván Rodrigo García. Sus influencias y la correspondencia sostenida a los largo de nueve años condensan una amistad y un pensamiento únicos. Lea la primera parte acá. 

 “El asunto es cómo hacer sabiduría existencial a partir de sabiduría natural, tal y como lo hicieran Epicuro y todos aquellos que,

antes y después de él, dijeron que era necesario liberarse de la ignorancia y la superstición para alcanzar la felicidad, el bienestar”.

Iván Rodrigo García Palacios

Escribe / Jaime Flórez Meza – Ilustración portada / Stella Maris

Mi amistad con Iván Rodrigo García Palacios fue un tesoro. Amistad, salud, amor, sabiduría y libertad son acaso los mayores tesoros que este cuerpo y cerebro que somos debería buscar siempre. O, como él lo repetía incansablemente, “del buen sentir al bien actuar y al bien pensar”. Y como el filosofar no tiene edad, ni condición, ni exclusión, ni espacio-tiempo, creo que a eso nos dedicamos durante los casi nueve años que pudimos disfrutar de una amistad lúdica y sui generis que se hizo a través de un epistolario: género y actividad en vía de extinción en estos tiempos de redes sociales virtuales. Por el contrario, los dos hicimos del correo electrónico nuestro Jardín Epicúreo.

Epicuro enseñaba en el jardín de su casa, en contraposición a los espacios cerrados de la Academia platónica y el Liceo aristotélico. Diógenes, filósofo cínico, lo hacía en calles y plazas. Pero como Iván Rodrigo y yo vivíamos en ciudades distintas y, durante varios años, en países distintos, el correo electrónico era la única forma de contacto, diálogo, intercambio y aprendizaje permanentes. Un tanto intrigado por quién era este hombre y pensador libre que escribía como los dioses, fui a visitarlo a su casa en Medellín, tan pronto tuve el deseo y la oportunidad de hacerlo. Me encontré con un individuo delgado y de barba que era como el que me mandaba esos correos prodigiosos: afable, amistoso, sencillo, austero, jovial, rodeado de libros, extraordinario conversador. En fin. Tuve la sensación de que ya lo conocía, no solo por todo lo que ya me había escrito hasta entonces, sino porque teníamos tanto de qué hablar y compartir.

Cuando alguien deja de ser y estar se suele hablar de su legado, más aún si esa persona fue un intelectual, un artista o un científico. El blog que Iván Rodrigo escribió durante catorce años, Lector Ludi, y sus escritos para La Cola de Rata son parte de su legado, pues también están sus crónicas, reseñas, reportajes y artículos en El Colombiano, periódico en el cual laboró por veintiséis años. Por mi parte, tengo la fortuna de conservar sus correos excepcionales y todos los libros que me adjuntaba: selectas obras neurocientíficas y de eso que llaman humanidades, de pensadores y autores de diversas épocas que despertaban y mantenían el aliento vital, el pensamiento vivo y el arte de inventar historias. Todo este legado personal y su amistad epicúrea, bruniana y spinozista (por sus tres grandes maestros) son un tesoro para este cuerpo y espíritu que fluye en su presente y anhela futuro.

Baruch Spinoza (1632-1677). Grabado. Fotografía/Babelia – El País

EL BOSQUE DE LOS HOMBRES Y MUJERES-LIBRO

Un buen día Iván Rodrigo nos propuso a sus amigos cercanos (a pesar de la distancia, yo era uno de ellos) un juego al que llamó “El bosque de los hombres y mujeres-libro”, inspirado por la novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, que narra un mundo futurista en el que las autoridades persiguen los libros y a las personas que los poseen para incinerarlos. Sin embargo, un grupo de individuos libres deciden reunirse en un bosque para preservar grandes obras literarias, filosóficas y científicas en sus mentes, compartiéndolas entre todos y contándoselas a los que llegan a ser parte de esa comunidad, quedando a salvo así de los agentes caza-libros. “Para los efectos del juego que propongo, ‘los hombres y mujeres-libro’ son aquellos personajes de las obras de la literatura universal, que su existencia, dentro de la narración o el poema, está determinada por un libro o los libros o el ámbito de los libros, como ya se explicará y mostrará más adelante”, aclaraba Iván Rodrigo en su Lector Ludi No. 79.

Aporté en la medida de mis conocimientos y de mi absorbente trabajo como docente. Iván detallaba las jugadas que cada uno de los participantes había realizado. De las mías decía:

En la primera respuesta a la invitación, propuso a García Madero y su amigo, Ulises Lima, a su vez poetas, los personajes que en la novela de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, buscan a la mujer-libro y poeta, Cesárea Tinajero, perdida en algún lugar desconocido del desierto de Sonora en México. (…) A esta primera respuesta siguió otra abundante y maravillosa. En primer lugar, proponía al personaje-narrador de las novelas-biografía del escritor colombiano y antioqueño Fernando Vallejo, El mensajero, sobre la vida del poeta, también antioqueño, Porfirio Barba-Jacob. Y la novela, Almas en penaChapolas negras, sobre la vida del poeta bogotano José Asunción Silva. (…) En correo posterior, Jaime incluye en sus propuestas a otros ejemplos excelsos de ‘hombre-libro’ y ‘autor-literatura’. El uno, Leopoldo Bloom, el personaje de Ulises y su autor James Joyce, novela escrita sobre los rastros de la escritura de Homero y de un número no precisado todavía de otros escritores (…). El otro ejemplo propuesto por Jaime y como para equilibrar la equidad de género, La Maga, ese radiante personaje y ‘mujer-libro’ de Julio Cortázar en Rayuela, novela de ‘hombres-libro’ y de un ‘autor-literatura’ por excelencia. Sin embargo, de su primera respuesta surgió otro vínculo mágico de la memoria. Y fue el de otras dos novelas de Roberto Bolaño, Nocturno de Chile y su personaje, el cura Ibacache (…) y el otro, más asombroso, de 2666 y sus personajes.

El juego era, como siempre, entusiasta, fascinante e infinito. Uno sabía cuándo empezaba, pero no cuándo concluía. Lo que sí había era unas conclusiones a priori: tanto finales provisionales como pensamientos a propósito de lo que se estaba jugando. En este caso, las suyas eran no solo atinadas sino aterradoras para este hipotético “mundo feliz” que ya nos anunciara Huxley:

… lo trágico, es que ahora lo que se destruye y se degenera es algo esencial: el deseo de la lectura, ese deseo que es la esencia de lo humano, según Spinoza, otro ‘hombre-libro’ y generador de innumerables ‘hombres-libro’. Ese mismo deseo que ahora las neurociencias están demostrando que es el motivo que hace decidir y actuar a los humanos y a toda la materia viva. (…) Mejor dicho, como están las cosas, la lectura y la escritura, como tales y no como simplemente saber leer y escribir, están en peligro de extinción. Si ya nadie siente ese deseo de ser lector y escritor, no habrá reproducción de lectores y de escritores y el destino de la humanidad quedará así en las manos de ‘los hombres de El Libro’, o sea, de la esterilidad emocional, imaginativa, intelectual, espiritual.

Y un juego llevaba a otro: “Lo bueno de esos juegos de Lector Ludi es que, como en los juegos de los niños, lleva a otros juegos y a otros mundos de la imaginación, que es donde se descubre el conocimiento”. Pero uno de ellos siempre fue el de compartir y comentar lo que cada uno escribía y publicaba. “Mis únicas preocupaciones cuando leo tus escritos son, una, disfrutarlas como si no conociera al autor y su escrito me hubiera provocado y, dos, juzgarlos con toda la imparcialidad, no exenta de pasión”, decía en uno de sus correos. Iván Rodrigo era el mejor lector que yo tenía y sus comentarios siempre eran generosos, alentadores e intertextuales: frecuentemente los relacionaba con otros autores y abría con ellos otros diálogos y otras formas de ver las cosas. Solía repetirme, por otra parte, que yo le había cambiado la opinión problemática que tenía de la gente y del mundo del teatro, dado que en buena parte de nuestro intercambio epistolar y en muchos de mis escritos me refería, justamente, a lo teatral: como arte, como forma de vida, como metáfora, como experiencia personal. Iván Rodrigo decía que él había sido más lector de obras teatrales que espectador de teatro, y muy poco lector de teoría y crítica teatral. Se alegraba de todo lo que yo supuestamente le había dado a conocer y a desmitificar en torno a un ámbito que nunca había estado entre sus preferencias.

No obstante, siempre me sentí como el discípulo. Yo lo veía como el maestro, no solo por la diferencia de edades sino por toda su sapiencia y predisposición a leerme, comprenderme, criticarme y, si era el caso, guiarme. Y él mismo siempre estaba dispuesto a ser leído, comentado, criticado y comprendido. Me gustaba que él pusiera las cosas en estos términos: “Tu vida, como la mía o la de todos, sea memoria, autobiografía o recuerdo, son ya una obra de arte”. Y que ahondara en esas memorias a partir de pensamientos como este:

Lo que más me asombra de las historias que somos es como van cambiando esas historias con el tiempo –eso que llaman madurar– y como cambiamos lo que somos, mejor dicho lo que sentimos: del ayer intenso y radical (visceral) al hoy conscientes y dueños de nuestras emociones y de nuestro presente y futuro, la mayor parte del tiempo. Y también, como vamos reconciliándonos con algunas cosas y sustentando otras. Pero, la más especial, como se van moderando los fuegos explosivos, a veces pirotécnicos, de la adolescencia y nos va llenando el ánimo una calidez sólo alterada por uno que otro suceso emergente que nos toca esas viejas heridas que no conocemos, esos primitivos circuitos neuronales del sistema límbico que fueron grabados más por dolores que por placeres y que son los que desatan nuestras furias instintivas. (…). De todo esto, lo que más me gusta es que, además de que eres bastante auto-consciente (…) asumes las cosas como una búsqueda de la Sabiduría y del saber, así duela, en principio, porque el resultado siempre será placentero, eleusino y con eso lo digo todo.

Iván Rodrigo no se sentía como un maestro sino, nuevamente, como un lector ludi, con todas las implicaciones no solo intelectuales sino, ante todo, vitales, evolutivas y afectivas que ello suponía para él, su familia y sus amigos. Y en cuanto a mí, no me veía como un pupilo o ayudante sino como un compañero.

Retrato de Iván Rodrigo por Juanita Vélez Andrade

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL   

Esta correspondencia en la que tanto nos esforzábamos, los juegos intelectuales que surgían, las escrituras propias y ajenas compartidas, los procesos de gestación y concepción de nuestros escritos, las lecturas lúdicas, en fin, descansaban sobre ideas y autores que no parecen tener cabida en una sociedad consumista, utilitaria, economicista, masificada, alienada y obsesionada por el éxito y la dominación. O que si la tienen es como una crítica y una alternativa vivificante a esa masificación y automatización, a un mundo al servicio de la tecnología, al beneficio económico como máximo (y a menudo único) propósito y, por consiguiente, al desprecio de los saberes y prácticas que no pretenden utilidad y finalidad alguna. Es como el juego, el homo ludens frente al homo economicus, o el deseo de leer e inventar relatos, de buscar y encontrar lo bello en las prácticas artísticas y en las llamadas humanidades. Solo para tener la sensación de ser libres.

Todos los usos de la palabra para todos”, decía Gianni Rodari, a lo que yo agregaría “y de la imagen y el sonido”, si bien otro escritor italiano como Nuccio Ordine se centraba en la literatura para defender los conocimientos inútiles en su conocida obra La utilidad de lo inútil, que Iván Rodrigo tuvo a bien enviarme en su versión digital en mayo de 2014. Y con su peculiar sentido del humor, tan coherente con su espíritu lúdico, me dijo alguna vez que si fuera a encontrarle un sentido a nuestros juegos y nuestras lecturas y escrituras inútiles, éste podría ser el de hacer “un doctorado en hipótesis descabelladas.

En otra ocasión lo dijo también con gracia:

Porque todo esto nos sirve para conocernos mejor… diría el lobo de Caperucita. Al fin y al cabo, el porqué de conocer y saber de todo esto trata de anticipar la acción o reacción del otro o de lo otro, antes de que nos coma. También sirve para potenciar nuestro éxito reproductivo. Pero, y lo mejor de todo, nos sirve para conocer y saber gozar y sufrir los productos de la cultura que también hemos inventado.

Sí, la utilidad de lo inútil tiene que ver con eso, con saber potenciar el placer y disminuir el dolor a través de los remedios literarios, filosóficos y lúdicos. De la siguiente manera Iván Rodrigo iniciaba el segundo Auto de Fe que me escribiera, que traigo a estas memorias porque sé que puedo responder a la inquietud ahí planteada:

Siento una gran alegría. La calidad de una buena conversación la hacen las cualidades de los conversadores y las tuyas son especiales. Como bien lo dices, los buenos interlocutores son muy pocos y muy difíciles de encontrar. Así que trataré de no decepcionarte, no tanto ahora mismo, sino en el futuro, cuando hagas el balance de las pérdidas y ganancias obtenidas por tu inversión, en el mejor sentido epicúreo y utilitarista.

El balance para mí es formidable, en todo sentido. Pero con estas memorias me empeño en seguir dialogando, en hacerle preguntas y en imaginar las suyas y las posibles respuestas en ambos casos. Porque como él bien decía: “por supuesto, al final, no sólo te respondes, sino que también respondes por mí”.

En la próxima entrega espero referirme a la visión que Iván Rodrigo tenía de la enfermedad y la muerte, como una forma de concluir, provisionalmente (como en nuestros juegos), estas pequeñas memorias.

Twitter: @JaimeFlrezMeza1

FUENTE: LACOLADERATA.COM