Antonio Nariño y Francisco Antonio Zea en la imprenta

Escribe: Mauricio Chaves-Bustos

Desde que Gutenberg inventó la imprenta con caracteres móviles, el mundo occidental inauguró la gesta de su concreción territorial. El libro desde entonces fue el postulado que mejor ordenó y direccionó su thelos, instando desde sus inicios lo que sería el mundo moderno; proposiciones ideológicas, formatos estéticos, imaginarios políticos, entre muchas ideas más, serían llevados al mundo entero a través del libro. Así se gesta Europa, y con ello la empresa de su expansión por todo el orbe, por lo conocido y lo desconocido. Nos es dable conjeturar que gracias a los libros fantásticos y a los libros cartográficos –de posterior publicación, pero importantes para la empresa conquistadora fueron Suma de geographia de Martín Fernández de Enciso, Sevilla 1519,  El arte de navegar de Pedro de Medina, Sevilla 1538, y el Breve compendio de la esfera y del arte de navegar de Martín Cortés, Sevilla 1556- que recogían las experiencias de su trashumancia, fue posible la empresa conquistadora de España y Portugal, alimentados por la viva llama exploratoria recogida en textos por los primeros impresores alemanes, italianos y franceses, y que hacían, mediante el libro impreso, más real, más concreta la posibilidad de aventurarse hacia el occidente, recortando las distancias del mundo para llegar a Katay. Lo que se encontró fue el Nuevo Mundo, una tierra desconocida para Europa, y a la que era necesario descubrir y reinventar; se recurre entonces al objeto que desde 1450 había iniciado en cierta medida la reforma protestante, el mismo que había sido utilizado para reafirmar las creencias católicas romanas, al libro, como elemento seguro de las doctrinas que habían mantenido a España como nación y que luego permitieron fundar la hispanidad. El libro fue, quizá, más fuerte que la espada y aún más que la misma cruz.

Por lo anterior es preciso reconocer la presencia del libro en tierras americanas, y en nuestro caso concreto en el Nuevo Reino de Granada, de ahí que este ensayo se detenga en rastrear cómo y cuándo llega el libro a estas tierras, qué fue lo que se leyó en la época de la conquista y la colonia, cuáles eran las preferencias literarias, cómo fue el desarrollo del libro en nuestros territorios, hasta desencadenar en el mismísimo proceso de independencia, así como en la época republicana, periodos en los cuales no me detendré mucho, toda vez que exigen un ensayo aparte; sin embargo, se harán algunos comentarios que sobre el libro – y todo lo que el implica, como la llegada de la imprenta al país, el oficio del librero, su cúmulo en bibliotecas públicas y privadas, sus prohibiciones y vejámenes-  si hizo desde temprana época hasta mediados del siglo XIX. Obviamente que este breve ensayo no puede contener todo lo que se leyó o se editó, por eso con carácter de crestomatía presento algunos ejemplos, quizá los más significativos, para mostrar la costumbre libresca en la Nueva Granada.

Gonzalo Jiménez de Quesada: por Ricardo Gómez Campuzano

El conquistador letrado

 Es quizá providencial que uno de los conquistadores del Nuevo Reino de Granada fuese un letrado, don Gonzalo Jiménez de Quesada, para muchos inspiración de Cervantes para su Quijote, autor de Epítome de la conquista del Nuevo Reino de Granada (1549) y El Antijovio (1567) y de las obras perdidas El Gran Cuaderno y Los ratos de Suesca, de la primera tenemos conocimiento por el cronista Fernández de Oviedo y de la segunda por fray Pedro Simón, además de otras a las que él mismo se refiere en su obras, Los Anales, Diferencia de la guerra de los mundos, Del príncipe y de la guerra, Historia de las Indias[1], además de una buena colección de epístolas dirigidas al Rey y a las Cortes españolas para que le asignaran el soñado título de marqués de El Dorado, quien no dejó descendencia pero legó a su muerte en 1579, según el cronista Simón, toda su librería al convento de Santo Domingo de la ciudad que había fundado 41 años atrás.

Como se ve, desde los inicios de la Nueva Granada los libros han estado presentes en su vida cotidiana, si bien es necesario reconocer que la imprenta no llega sino a mediados del siglo XVIII, como veremos más adelante, y que durante la colonia no existieron muchas bibliotecas, lo libros eran tenidos por peligrosos por parte del grueso de la clerecía, lo que no permitió que éstos circularan libremente por entre  la población. Como en la Europa medieval, el libro en la Nueva Granada era un objeto de boato, reservado para ciertas clases sociales, lo que obligó a que se generara un reducido grupo de amanuenses que copiaban los textos de los originales para ser repartido entre los amigos y familiares de forma clandestina. Ejemplo de estos manuscritos son el Thesaurus Lingua Latinae de Fernando Fernández de Valenzuela, entre otros que reposan en las Bibliotecas Nacional de Colombia y Luis Ángel Arango de Bogotá. Papel fundamental jugaron los Cronistas, harto ya conocidos, sin embargo cabe reseñar a aquellos curas que desempeñaron este papel en el Nuevo Reino, amén que en sus textos repetidamente se hace alusión a obras clásicas, así como a innumerables textos cristianos, entres estos tenemos al ya mencionado fray Pedro Simón, fray Pedro de Aguado y fray Antonio de Medrano. En sus obras citas de Aristóteles, Santo Tomás, San Agustín, incluso de historiadores como Estrabón, Pausanias, Plinio, entre otros.  Vergara y Vergara, en un detenido análisis sobre este periodo, anota que en el Nuevo Reino se lee a Gracilazo, Rioja, Herrera, Argensolas, Gil Polo, Alcázar, Gutiérrez de Cetina, Juan de la Cruz, Luis de León, Granada, Santa Teresa, Ercilla, Lope, Villaviciosa, Morato, Alarcón; y en épocas posteriores, como anota el investigador, “Terminando la edad de oro: Góngora, Quevedo, Torres de Villarreal. Sus obras vinieron en abundancia a la colonia, y decidieron de nuestro gusto literario. ¿Cómo no habían de ser buenos estando impresos en España, y viniendo cargados de censuras y aprobaciones en que las encomiaban personajes que si no eran literatos, por lo menos eran inquisidores»[2].

   Edición Principe

El Quijote en tierras neogranadinas

Surge aquí la noticia –hoy un verdadero mito- aun sin confirmar, del despacho a estas tierras de cien ejemplares de El Quijote, originado desde Sevilla el 31 de marzo de 1605, “para dar y entregar en la ciudad de Cartagena a Antonio Méndez y por su ausencia a Diego Correa y por la de ambos a Antolín Vásquez”[3], y que es tema de debate e investigación en la actualidad, ya que de los cien ejemplares ni uno solo ha sido posible localizar, “en ninguna biblioteca pública o privada de importancia, ni de ninguna comunicad religiosa de las existentes en aquella época, o en las bibliotecas conventuales de los dominicos y franciscanos, principalmente”[4]. La edición príncipe de la obra inmortal no aparece, ante lo cual me sumo a lo dicho por el cervantista Vicente Pérez Silva, para quien los libros fueron despachados a Cartagena pero la embarcación naufragó, así como a lo que postula sabiamente Fernando Toledo, para quien el mencionado despacho no es sino la elucubración locuaz de un fiel e imaginativo seguidor del Quijote.

 Castilla de Oro, luego Nueva Granada, actual Colombia

Bibliotecas durante la Colonia

Durante la colonia el grueso de los libros lo constituía el tema religiosa y clerical, así lo atestiguan documentos y estudios de la época; Fernández de Valenzuela donó un conjunto de libros para la Hermandad de Santa Cruz de Monserrate, “entre aquellos bienes reencontraba una librería con cien cuerpos de libros espirituales, memorables y predicables, aparte de novenarios y misales que hacían parte de los oficios litúrgicos diarios”[5], lo que confirma la especialidad bibliográfica de la época. La biblioteca de Juan Flórez de Ocaris (1612-1692) contaba con un número de 310 libros, una cifra considerable para la época.  Importantes fueron también las bibliotecas de fray Juan de los Barrios y del deán Francisco Adame.

Sin embargo el dato que mayor referencia el tipo de lecturas durante la colonia es el inventario que se hizo de la biblioteca del canónigo Fernando de Castro y Vargas, que para el año de 1665 sumaba la astronómica cifra de 1.060 volúmenes, una de las bibliotecas más completas en todo el territorio americano, incluidas las prósperas ciudades de Lima y México. Aquí es necesario detenerse, aunque no de forma pormenorizada, en los textos que la conforman, lo que da una idea de la cultura del libro en la Nueva Granada, siendo la de primer orden el eclesial, dado el oficio del propietario, clásicos griegos y latinos, “mezclados con tantos graves autores, hay libros muy pocos, de divertimiento, como los Infortunios de Florinda, Experiencias de Amor, las novelas de Carrillo, la Vida del Buscón, y Los Trabajos de Persiles”[6], ahí toman asiento autores clásicos, griegos como Aristóteles, Plutarco, Isócrates, Diógenes Laercio; latinos como Horacio, Ovidio, Séneca, Lucano, Cicerón, Virgilio; autores contemporáneos del canónigo, como de Lope de Vega el Laurel de Apolo, La Jerusalén Conquistada, Los Pastores de Belén, Rimas, Romancero Espiritual; toda la obra de Góngora; de Tirso de Molina Comedias, Cigarrales de Toledo, Deleitar aprovechando; de Quevedo Verdades soñadas, La Política de Dios; de ciencias los libros de Rodrigo Zamorano, Pérez de Moya, el Tratado de Navegación de García de Céspedes; las obras de Nieremberg; una edición de Dante; Jerusalén Libertada de Tasso; el indexado Erasmo toma asiento en esta selecta cuanto numerosa biblioteca, así como el proscrito Tratado de planetas, en clara contravía a lo estipulado por el Santo Oficio; obras de americanos, como los Comentarios Reales de Garcilaso de la Vega, El predicador de las gentes San Pablo de Juan Rodríguez de León, Vida de doña Francisca Zorrilla de Gabriel Álvarez de Velasco, Arte de lengua mosca de fray Bernardo de Lugo, y aquí si cabe el recurrido etc, etc. etc… Lo triste del caso es que la biblioteca no se conservó en su conjunto, y sus dos hermanas herederas es probable que la hayan puesto a pública subasta, desperdigando de esta forma una de las bibliotecas más exquisitas, en número y selección, que haya podido existir en toda la América colonial.

Importantes fueron las bibliotecas de los Jesuitas en los colegios de Bogotá, Honda, Pamplona y Tunja; al ser expulsados de estos reinos en 1767. por iniciativa de Francisco Moreno y Escandón, surge la idea de fundar la Biblioteca Real, actual Biblioteca Nacional de Colombia, con las dichas bibliotecas,  así se hace el 9 de enero de 1777, abriendo sus puertas con un total de 4.182 volúmenes, clasificados así: “santos padres, 272; expositores, 432; teología, 438; filósofos, 146; predicadores, 573; cronistas, 564; matemáticas, 83; gramáticos, 229; históricos, 579; espirituales, 424; médicos, 39; y moralistas, 385.”[7]. De entre estos libros, y de los que hoy suman todos sus fondos, hay verdaderas joyas, entre los cuales cabe citar tres incunables: Valensis Ordinis Tratrum Minorum. De regimine vitae humanae. Madrid, 1496; Tabamalam Baptista, rosella casuns, 1499; Manfredo Hieronymus, Medicina, 1500. Ahí reposan también las primeras ediciones de nuestros historiadores: Castellanos (1589), Piedrahita (Amberes, 1688), el padre Simón (Cuenca, 1627), Oviedo (1547). Sus primeros bibliotecarios fueron los presbíteros Anselmo Álvarez y Joaquín Esguerra, don Ramón de la Infiesta, y el 24 de octubre se posesionaba don Manuel del Socorro Rodríguez, padre del periodismo colombiano. Por lo curioso de la nota, y para que veamos como han cambiado los tiempos, anoto las estadísticas de los lectores que Eduardo Posada da en el texto mencionado: “Los libros más consultados son El Quijote, las Genealogías del Nuevo Reino de Granada, por Ocáriz, la Historia Universal de Cantú, el Papel Periódico de Alberto Urdaneta, El Doctor Temis, las Reminiscencias, de cordobés y el Antiguo Mosaico. Estadísticas de los prestamos: 1879,  9.897 libros, y para 1886, 11.000 libros”[8].  Como dato curioso cabe anotar que durante el presidio en ésta de Santander, por los sucesos de la noche septembrina, su labor fue de contador de libros, quien al momento de abandonar este deleitoso presidio anotó en una pizarra: “hay aquí 14.487 libros, contados en noviembre de 1828 por Santander”.

Importantes fueron también las bibliotecas de José Celestino Mutis, Antonio Caballero y Góngora, Francisco José de Caldas y  Antonio Nariño, las de los dos últimos confiscadas y rematadas. Las referencias anotan a que Antonio Nariño contaba con una biblioteca de algo más de 3.000 volúmenes, sin embargo al momento del embargo, 30 de agosto de 1794, se hace un listado de 700 libros[9]. En ella libros de ciencias, artes, historia, un buen número de libros de la doctrina católica; las Cartas Persas de Montesquieu junto a Devoción al Santísimo Nombre de la Virgen María de Degaliffet; un buen número de diccionarios en español y en francés; Don Quijote de la Mancha junto a las Instituciones matemáticas de Roselli; la Obra jurídica de Covarrubias junto a Pensamientos de las más importantes verdades de la Religión de Pascal. Un verdadero acopio de libros de todas las clases y géneros, lo que nos posibilita explicar la grandeza utópica del verdadero precursor de precursores. De especial relevancia fue la biblioteca del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, bajo la égida de Fray Cristóbal de Torres.

Libro de Lucas Fernández de Piedrahita, publicado en 1688

Los libros prohibidos

 La Nueva Granada deberá nutrirse de los libros que llegaban de España, bien con los que el Index autorizaba, bien con los que se acomodaban de manera secreta en las valijas de algún entretenido y avezado lector; de todas maneras el libro llega a estas tierras y se riega por todo el país, como la savia nutricia del mundo, desde los puertos de Cartagena, Panamá o de la Buena Ventura, ascendiendo a los Andes que es donde se da el mayor poblamiento americano. La mayoría de libros que llegan son de corte católico, avalados en España por las jerarquías eclesiales que se movían en la corte española, y en tierras americanas por los curas doctrineros y misioneros que llegaron a los lugares más inhóspitos del continente; es la propia Isabel de Portugal, esposa de Carlos IV, quien prohíbe el 4 de abril de 1531 el envío de libros de ficción, poesías, dramas y novelas, orden dada a la Casa de Contratación de Sevilla, encargada de controlar el monopolio comercial de España con el nuevo mundo. Es lógico que se quiera ejercer un control sobre lo que debía leerse en los territorios recién conquistados, toda vez que operaban dos condiciones claramente definidas: la primera, para imponer la hispanidad, valga decir la religión y el idioma, desde el texto mismo; y en segundo lugar, el ejercicio de tutelaje que debía ejercer la humanidad sobre el buen salvaje.

Son innumerables las cédulas reales despachadas que disponen lo que se podía y no leer en las Indias; la cédula de 1556 contempla: sabed que a nos se ha hecho relacion que algunas personas han hecho y de cada dia hazen libros que tratan de cosas de las nuestras Indias, e los han hecho y hazen imprimir sin nuestra licencia. Y porque a nuestro servicio conviene que los tales libros no se impriman ni vendan, fin que primeramente seas vistos y examinados en el nuestro Consejo de las Indias. (…) Y no constinays ni deys lugar que de aquí adelante ningun libro que trate de cosas de las dichas nuestras Indias, se imprima ni venda, no teniendo especial licencia nuestra para ello”[10], la prohibición, y por ende el castigo, se extiende no sólo a quien haga el libro, sino a quien lo posea, lo comercie o sepa de el; la cédula de 1543 es aun más explicita: “nos somos informado que de llevarse a essas partes los libros de Romanze de materias profanas, y fabulas, así como son libros de Amadis, y otros desta calidad, de mentirosas historias, se siguen muchos inconvenientes: porque los Indios que supieren leer, dandose a ellos, dexaran los libros de sancta y buena doctrina, y leyendolos de mentirosas historias, deprenderan en ellos malas costumbres y vicios; y demas desto de que sepan que aquellos libros de historias vanas han sido compuestos sin aver pasado ansi, podria ser que perdiesen el autoridad y credito de la sagrada Escritura, y otros libros de Doctores, creyendo como gente no arraygada en la fee, que todos nuestros libros eran de una autoridad y manera. (…) mando que no consintáis ni deys lugar, que en essa tierra se vendan ni ayan libros algunos de los suso dichos, ni que se traygan de nuevo a ella: y proveays que ningun Español los tenga en su casa, ni que Indio alguno lea en ellos, porque cessen los dichos inconvenientes”; la cédula de 1556 prohíbe la lectura de los libros señalados por la Inquisición, argumentando la necesidad de cimentar la buena doctrina católica, castigando con pena de excomunión a quien desobedeciera la orden, fuera de una cuantiosa multa en maravedis.

Lo curioso es que el libro se impone pese a las restricciones, y de una u otra manera España entiende el papel que debe jugar el libro en ese mismo tutelaje, para ello emite algunas leyes, aunque escasas, favorables para que este fuese un objeto no tan restringido en la sociedad americana, en 1548 el Cedulario Indiano de Diego de Encina anota que sobre el libro  “no se pague ni lleve almojarifazgo, ni diezmo, ni portazgo, ni otros derechos algunos”.[11]

Dada la condición de Cartagena como principal puerto que comunicaba a todo el interior de Suramérica con Centroamérica, y a éstas con la península, se justifica que desde Santo Domingo se postulara a ésta como sede del Santo Oficio –la temida Inquisición-, para controlar así las mercancías que salían y llegaban al puerto, especialmente todas aquellos que fuesen susceptibles de propiciar la herejía; los Inquisidores, al poco tiempo de haber desembarcado,  leen el edicto de Fe, el 30 de noviembre de 1610,  cuyo extracto anoto por lo ateniente a nuestro objeto de estudio: “LIBROS.- Ítem, que sin embargo de que por los índices y catálogos de libros prohibidos publicados por la Santa Sede Apostólica y por el Santo Oficio de la Inquisición, están mandados recoger los libros que tratan de la dicha astrología judiciaria y todos los demás tratados, índices, cartapacios, memoriales y papeles, impresos o de mano, que tratan de cualquier manera destas ciencias o artes, con reglas para saber los futuros contingentes, y que nadie los tenga, lea, enseñe ni venda; muchas personas, menospreciando las penas y censuras contenidas en los dichos edictos y catálogos, retienen los dichos libros y papeles y los leen y comunican a otras personas, siendo gravísimo el daño que la dicha lección y enseñanza resulta”[12], lo curioso es ver como la Inquisición extiende la censura sobre otros temas, hasta el punto de llegar a condenar a sacerdotes de su propia religión, como ahora veremos en esta breve lista que rescató José Toribio Medina en el libro referenciado:

En 1661 ordenó recoger en Cartagena el libro Horas y oraciones devotas, impreso en París por Juan de la Calle en 1654. En 1732 ordenó recoger en Santafé el libro Paraíso del alma. En 1774 ordenó hacer una nota aclaratoria sobre la Trinidad a Las Constituciones sinodales del Obispado de Caracas, nada más ni nada menos. En 1757 ordenó recoger en Cartagena los Ejercicios devotos en que se pide a la Virgen su amparo para la hora de la muerte, de Juan de Palafox y Mendoza. Pero el caso que causó gran conmoción fue el de 1773, ante el intento de llamar al Santo Oficio a José Celestino Mutis, por enseñar las doctrinas de Copérnico en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, a cuyas conferencias había asistido el mismísimo virrey Manuel de Guirior; habiendo presentado sus concusiones sobre Copérnico, un año después, los frailes Dominicos quisieron celebrar sus conclusiones en tesis contrarias a las de Mutis, con el animo de enfrentar a éste con los Inquisidores, desconocían quizá que fue el mismo Rey de España quien había comisionado al sabio gaditano para enseñar en el Nuevo Reino las tesis de Newton, cuyo obligado referente eran las tesis de Copérnico, “este incidente es sin duda interesante para apreciar el estado de los conocimientos científicos en aquella parte de la América del Sur; las trabas puestas por los frailes encargados de la enseñanza al desarrollo de la instrucción y el criterio que dominaba en los ministros del Santo Oficio, de quienes es de extrañar, en vista de lo que conocemos, no enjuiciasen por lo menos al doctor Mutis”.[13]  Y como una antesala de lo que sería todo el proceso de independencia en 1789, a solicitud del Virrey José de Ezpeleta, persiguió con inquina la publicación de Los Derechos del hombre. En 1802 mandó recoger el Segundo juego histórico de cartas, compendio de la historia de Francia, y el Diccionario Histórico, o historia abreviada de los hombres. En 1803 persiguió el poema épico Gli animali parlanti. Mediante edicto se prohibió en 1808 la Proclama publicada por Francisco Miranda y el libro Catecismo o instrucción popular de Juan Fernández de Sotomayor. Y en plena guerra de independencia condenó Las memorias de la revolución de España del Abate Pradt, el Español constitucional y la Representación de Álvaro Flores Estrada.

 

 

El carnero, del santafereño Juan Rodríguez Freyle, escrita entre 1636 y 1638

La imprenta en Nuevo Reino de Granada

Aun no hay explicación alguna para entender la llegada tardía de la imprenta a nuestro territorio. México, Lima, Guatemala, Paraguay, Filipinas, todas colonias españolas, nos antecedieron, con casi dos siglos, en la llegada de la imprenta a sus suelos; sólo a mediados del siglo XVIII es posible rastrear documentos impresos en la Nueva Granada. Como anota José María Vergara y Vergara, comentando las prohibiciones de libros y la llegada tardía de la imprenta a la Nueva Granada, “quisieron hacer de nosotros un pueblo de ermitaños y el resultado fue que hicieron un pueblo de revolucionarios”[14]. Parece que la primera imprenta que hubo en el Nuevo Reino fue la de Cartagena, conocida como imprenta de naipes, y en donde se editaron con muy mala calidad unas cuantas hojas sueltas, entre otras la Relación exacta del sacrílego robo, y extracción del Santísimo Sacramento ejecutado por un mulato de la ciudad, por el impresor Antonio Espinosa de los Monteros. A Bogotá la traen los Jesuitas, el primer operario fue el hermano Francisco de la Peña; el libro más antiguo impreso en esta fue el Septenario al Corazón Doloroso de María Santíssima, Sacado a Luz por el Doctor Don Juan de Ricaurte, y Terceros, En Santa Fe de Bogotá: En la Imprenta de la Compañía de Jesús. Año de 1738. De esta misma imprenta salen: Novena a la Virgen, Compendium Privilegorium y Novena en Obsequio de Nuestra Señora, todos en 1739; el Septenario al Espiritu Santo, en 1740; Novena de San Stanislao Kostka, Novena de San Pablo, Día de la Grande Reyna, Novena de María de la Lumbre, en 1741, año en que, acatando las ordenes reales de prohibición de impresión de textos, la imprenta deja de funcionar, ya que hasta ese momento había funcionado de manera ilegal.

 Por iniciativa del virrey Manuel Antonio Flórez, se trae la imprenta de Cartagena y se nombra director a Antonio Espinosa de los Monteros, quien, al parecer, con la imprenta que traía, con lo que quedaba de la de los jesuitas, y con los elementos que posteriormente dotará el Virrey, inaugura la Imprenta Real; se imprimen en 1777: un Almanaque; Edicto del visitador Gutiérrez de Piñeres; Instrucción General, para el mejor manejo y arreglo de las Administraciones de Aguardientes; y una Instrucción General de Alcabalas; en 1780 Arte de Construcción, de Fray Pedro Masústegui; en 1785, Tesoro de Vivos y Limosneros del Purgatorio; en 1786, Explicación de la Bula de la Santa Cruzada; en 1787, Historia de Christo Paciente, escrito por Guillermo Stanihurst,  traducción del latín por el sacerdote José Luis de Azuola y Lozano. En 1791 don Antonio Nariño dirige desde ésta su Imprenta Patriótica, donde se publica su Papel Periódico, Oración Fúnebre,  y su consabida traducción de los Derechos del Hombre. La Imprenta de Nariño es llevada, durante su Campaña del Sur, a Popayán en 1814, donde quedará definitivamente instalada.

Un dato curioso, cuanto sorprendente, es la historia de la imprenta en San Juan de Pasto, a quien también le cupo la suerte tardía de tener su primera imprenta. Ante la carencia de ésta en el Sur, y ante el abandono y la animadversión del poder central por su posición realista durante la Independencia, fue necesario que la imprenta fuese reinventada, óigase bien, por un creativo pastuso, don Pastor Enríquez, hombre iletrado que únicamente sabía firmar su nombre, y a quien los conocimientos le llegaron de la lectura que otros hacían de los libros que él escogía; fue ebanista, herrero, mecánico, pintor, y sobre todo inventor. Con las descripciones que de imprentas le daba el comandante bogotano Antonio María Álvarez, puso a funcionar la Imprenta de palo[15], como se la conoce popularmente en el Sur, el 22 de septiembre de 1837. Los tipos fueron elaborados con una mezcla de plomo, zinc y estaño; letras capitales, adornos y viñetas, de naranjo y encino; la tinta, de humo de caucho, aceite y aguarrás, y en una época donde los candores políticos determinaban la condición total de la persona, denominó su negocio Imprenta Imparcial de Enríquez. En realidad, todo un Gutenberg criollo.

     Don Manuel del Socorro Rodríguez

Para terminar, no nos detenemos en el gran número de escritores y libros que surgieron, pese a todas las contrariedades, prohibiciones e incomodidades para publicar, en nuestro suelo neogranadino. Baste simplemente recordar la que se considera la primera novela latinoamericana, El desierto prodigioso y prodigio del desierto, de Pedro Solís de Valenzuela, escrita a mediados del siglo XVII; El Carnero, de Juan Rodríguez Freile (1566-1638); Hernando Domínguez Camargo (1606-1659); Lucas Fernández de Piedrahita (1624-1688); Alonso de Zamora (1635-1717); y de toda esa constelación de mujeres conventuales, como la madre Josefa del Castillo (1671-1742), mediadas por la primera mujer civil escritora de la que se tenga noticia, Josefa Acevedo de Gómez (1803-1861), quien escribió Cuadernos de la vida privada de algunos granadinos, copiados al natural para instrucción y divertimiento de los curiosos, publicada en el periódico capitalino El Mosaico en 1861. De esas épocas a la actualidad, literal y físicamente, mucha tinta ha transcurrido, y seguirá transcurriendo en lo que se considera la axiología y semiótica de lo puramente humano, el libro.

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[1] Manuel Lucena Salmoral, Ximénez de Quesada, Madrid, Ediciones Anaya, 1988, pp. 92-95.

[2] José María Vergara y Vergara, Historia de la literatura en la Nueva Granada. Desde la Conquista hasta la Independencia (1538-1820), Bogotá, Editorial Minerva, 3ª edición, 1931. p. 231.

[3] Dato referenciado por Irvin Leonard, en: Don Quijote o la invención de la literatura, Hernando Cabarcas Antequera, Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá, 2005, p. 21.

[4] Vicente Pérez Silva, Quijotes y Quijotadas, Medellín, Dann Regional, 2005, p. 10.

[5] Caros José Reyes Posada, Los Solís de Valenzuela y la cultura del nuevo Reino de Granada en el siglo XVII, en: Studia Colombiana No. 2, Universidad de Salamanca, Centro Cultural, Bogotá, 2003, pp. 96-118.

[6] Guillermo Hernández de Alba – Rafael Martínez Briceño, Una biblioteca de Santafé de Bogotá en el siglo XVII, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1960, p. 7.

[7] Eduardo Posada, La Biblioteca Nacional, en: Eduardo Santa, ob. cit. pp. 185-199.

[8] Ídem. p. 198.

[9] Eduardo Ruiz Martínez, La librería de Nariño y los Derechos del Hombre, Bogotá, Editorial Planeta, 1990.

[10] En: Jacques Lafaye, Los conquistadores –Figuras y escrituras-, México, Fondo de Cultura Económica, 1999. pp. 221-225. (Para todas las cédulas citadas)

[11] Gabriel Giraldo Jaramillo, El libro y la imprenta en la cultura colombiana, En: Eduardo Santa, El libro en Colombia, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1973. pp. 43-55.

[12] En: José Toribio Medina, La imprenta en Bogota y la Inquisición en Cartagena de Indias, Bogotá, Biblioteca Nacional, 1952, p. 138.

[13] Ídem. p. 369.

[14] José María Vergara y Vergara, Ob. cit.

[15] Sergio Elías Ortiz, La imprenta en el Sur de Colombia, San Juan de Pasto, 1935. pp. 7-12.