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Escribe: Julio César Goyes Narváez
IECO-Universidad Nacional de Colombia
Introito: El pájaro-poeta
En el último libro de Wilfredo Vega Pájaros en duelo (SMD ediciones, 2022), la poesía (el vuelo) entra en duelo, en aleteos y picotazos que ponen en alerta la sensibilidad. Así como los pájaros desacomodan el aire con su imagen de libertad, así también entran en la caída y el reposo. No obstante, se trata de alas invisibles, no necesariamente oficiantes. De cualquier forma, el poeta es un ser que vuela atado, así lo expresaba el cubano Lezama Lima. Se trata de un vuelo en la inmovilidad que es la tristeza, esa la lucha misteriosa, esa misión o condena cotidiana.
El sujeto moderno cortocircuitó el yo parnasiano evitando arriesgar la piel y seguir puliendo el verso formal que controla la emoción. El yo lírico de nuestros días que cartografió Charles Baudelaire con sus imágenes de lo fugaz y eterno, tenía en el albatros a un pájaro que habitaba en la tormenta, que se ría del ballestero, pero se orillaba a la playa más incierta y peligrosa. El albatros –sostuvo el francés– es torpe e inútil pues “sus alas de gigante le impiden caminar”. En mis términos, es un pájaro-poeta en constante duelo, cuando no es pérdida es enfrentamiento.
A Pablo Neruda en Confieso que he vivido (1974) –justo cuando su patria araucana sangraba por su democracia– le resonaba también el albatros, allí cuenta una historia de pájaros que ocurrió en lago Budi en su Chile natal. Escribe Neruda que allí perseguían a los cisnes con tal violencia que los mataban a garrotazos. Los cisnes, aclara el poeta, “como los albatros, emprenden difícilmente el vuelo, deben correr patinando sobre el agua. Levantan con dificultad sus grandes alas” (p.9). Doble condición la del pájaro-poeta-transeunte: desear el cielo sin poder desprenderse de la tierra, combatir contra la muerte sin tener condiciones para su defensa. Duelo de pájaros es un misterio humano donde reverbera un país desdichado, acosado por la persecución y el miedo; un país herido con el que se conduele el poeta en su oficio de escucha y veedor de los acontecimientos. Es a través de “llamadas” que se entera de la ausencia de justicia, de la ignominia de los poderes, de la pérdida de otros pájaros en las plazas, calles, barrios; en fin, en la lejanía:
Tantas llamadas sin destinatario
en los pueblos de Colombia
Nadie contesta
las aves sobrevuelan
muerte nueva
en el acantilado
(Llamadas, p.9)
Retorno del duelo

Oleo “Caracolas” de Bibiana Vélez
El poeta Vega Bedoya publicó El retorno de las caracolas, también con SMD ediciones, en 2010. Es un poemario vertido desde la infancia, desde el origen mismo de los silencios que promueven las olas en el vaivén del reconocimiento de su territorio social, cultural, familiar; son olas del mar presentidas a orillas del río y vivenciadas en las visitas a Cartagena cuando niño, olas que regresan apacibles o con furia, en cualquier caso, golpean su acantilado personal. El poeta que nació en Montería, muy cerca al mar, sabe del sentido del agua en el eterno fluir a las caracolas, cómo llega convertida en imaginativas espumas, en migrantes duelos en busca de nuevas fuerzas:
Los ríos de mis manos
no mueren en el mar
sus aguas surcan
el puerto de tu rostro.
(Orilla, p.19)
Los pájaros, en su primer libro, “preparan el color del aire, telón de la batalla”, por eso son poemas de deseo y esperanza que parecen anunciar que “el sol es una isla en la piel de la noche.” (Batalla, p.21). El poeta se complace con re-conocer lo que le rodeó y abraza en su caminar de sombra, no se rinde. Las instantáneas le vienen bien a este imaginiero que no abandonará los pájaros como metáfora de la poesía, del amor, del esplendor de la vida:
Las olas son retratos
de los pájaros
que juegan en tu risa.
(Instantánea, p.25)
Sin embargo, si en su libro inicial no hay duelo de pájaros, hay, en cambio, sepulcro de las caracolas. El poeta con una mirada de paleontólogo va por lo que queda de las emociones y sentimientos para resarcirlo, entonces clama “¡Qué soledad hay en tus huesos mar! (p.47). Al final no le queda más que constatar lo que en el silencio la metáfora le susurra:
Náufrago de su piel,
contempló en la orilla
el sepulcro de las caracolas
(El sepulcro de las caracolas, p. 47)
Las caracolas son memoria imaginada, exceden lo que fue y resuenan con padecimiento y lúdica. La voz cartografía lo más íntimo, recoge la emoción con el pelícano, el manglar, el canto de las ballenas, el río, la madre, el padre, los hermanos, el palo de mango, el sol, el salitre, la amada, el amor; todo un abanico de imágenes que dan cuenta del trasegar del niño hacia el adulto que lo recuerda, lo invoca-convoca por la casa, el barrio, la ciudad. Así como la caracola devuelve al oído de la infancia la epopeya del mar antiguo, la palabra del adulto es otra caracola que regresa dimensiones de aventura y desventura, emociones de cada cosa, seres y lugares; de allí la voz lírica de “partida, “revelación”, “evocación”, “sequía” “El canto de las ballenas”, “mudanza” y otros poemas.
El regreso de las caracolas es un ejercicio de vida y por tanto hereditario que materializa las experiencias en la lengua breve y contenida del poema. No hay interés en la eficacia comunicativa porque el sentido se remuerde, a veces tan meditado que la lectura no lo alcanza, se comprende que evita el colorido de la anécdota. Es un libro intimista, de imágenes sublimadas como goce (placer y dolor), pues el poeta mismo declara que “la orfandad nunca fue” su “camisa preferida” (p.51), y extiende las “manos hacía unos mameyes antiguos” (Mudanza, p.41), y confirma “las palabras llaves de la cuadra” (p.51) que le regaló su madre.
El lugar de las imágenes

La salitrosa voz reverbera y trabaja en su caracola poética hasta dar con el paradero de la materia que conforma su mundo, el mismo que participa al lector sin importar que esté perdido, hundido, fragmentado, pues el apalabramiento lo recupera en sus esfuerzo y trazos, como si encontrará piedritas pulidas entre la arena de la playa:
Limpiar el óxido del hueso
doblar la rigidez del nervio,
extraer la costra de cada cabello
martillar el cerebro hasta encontrar
el lugar de las imágenes
Aceptar que el paraíso perdido
es retórica festiva.
(En la niebla del recuerdo, p.39)
El imaginismo que tuvo reinado entre poetas inconmensurables no buscó el tema predeterminado y sostenido, sino la palabra común y precisa, por lo mismo que meditada hasta el padecimiento. Las imágenes se detallan de manera tan particular que tarda el sentido, llega primero la luz y luego el trueno. La impresión del instante más que la acción, por ello la condensación que, en muchos casos, detiene la significación aún a costa del ritmo y del sentido claro. En esta escuela, si tal cosa existió, hay momentos de difícil comunicación, herméticos muchos, aunque siempre hay comunión.

Playa de Crespo, Cartagena
Esta deriva de la poética imaginista recoge, a mi parecer, la lectura de la escritura de Vega Bedoya en los dos libros publicados hasta ahora y que son variaciones de sus personales preocupaciones. Leer es pensar y re-escribir; un efecto, lo más radical del lenguaje, tanto en el Retorno de las caracolas como en Duelo de pájaros. Pienso, incluso, en el imaginismo particular y barroco de un poeta y artista como Héctor Rojas Herazo, muy apreciado por Vega Bedoya. Y aunque en la voz del autor de Rostros en la soledad (1952), Agresión de las formas contra el ángel (1961), Las úlceras de Adán (1995), Celia se pudre (1985), entre otros preciados libros, la voz es imponente y la enunciación un fluir oral, aspectos distintos a Vega Bedoya –en este lo oral es más el estado de un imagen que el hablar–, se anuda en los dos la agonía del deterioro, la infancia detenida en el patio de la casa (entrada y salida del mar), lo grotesco y vital, el tiempo que arde, lo sublime que se ve convocado en los banal, el otro y los otros que se ven interrogados desde la sombra; inevitable el contagio de esa poderosa voz que escampa en un universo plástico, narrativo, poético. La imagen en el poeta de Tolú como en el de Montería nunca asiste como decoración o puro talento, sino cómo médula o huesos de su lenguaje, ese mar intuitivo que para el caso de Vega Bedoya es, además, mímesis de un lento padecimiento, suplicio a lo Tántalo. En todo caso linaje, memoria comunal, sustancia biográfica.
Silenciado en la arena
soy un pez en agonía,
un exiliado del agua
(Límite, Retorno de las caracolas, p.31)
Soy la tortuga del patio
cabeceando muros
para alcanzar el pan.
(Semántica, Duelo de pájaros, p.33)
Imágenes de pérdida y combate

Fotografía digital intervenida (2019) de Ruby Rumié
En Duelo de Pájaros (Si Mañana Despierto, 2022) el mar, las olas, los pájaros, las caracolas, los seres que deambulan por la ciudad continúan, se extienden como el agua penetrando los manglares; sin embargo, la palabra en este poemario se tensiona con el afuera que nombra y que también a él –al yo lírico– lo nombra y lo pone en problemas, lo deconstruye, porque es irreductible el cara a cara con el Otro –en raza, género, religión–. De suerte que el lugar de enunciación sufre una variación que convierte la voz en vocera de los poetas-pájaros que están en duelo –insisto, no son los poetas canónicos solamente, si no los habitantes populares que tienen alas invisibles–; por eso hay marcas narrativas que conduelen pero contienen, se identifican e imponen duelo.
Mi abuela abandonó
a sus hijas por las
páginas de su piel
Anhelaba vivir como La loba blanca
en el centro de Cartagena de Indias
(…)
Hace poco contó que
en la Montería de la infancia
había arrojado mucho cadillo
a su negra alma
En mi complejo de Edipo
no fue posible tentar otra piel negra
(Parientes negras, p.35-36)
Dos libros complementarios, sin duda; dos inventarios de vida fruto de la errancia y de saberse solo con los demás, único entre todos; “ando solo en una multitud de amores”, escribía Dilan Thomas; “la solidaridad solo es posible entre solitarios”, dijo José Bergamín en plena guerra civil española.
Los aleteos y picotazos de Duelo de Pájaros dan cuenta del sufrimiento y la pérdida de seres cotidianos, de la exclusión de la raza, del sexo discriminado. Aun así, el sujeto no claudica y se somete a duelo –en el otro sentido–, logrando correspondencia con la dimensión libre del acto sexual, de la denuncia, la exclusión, el reconocimiento, el amor, el perdón, la duda. El poeta dirige el vuelo en duelo hacia las olas del mar, a los garfios acuosos, a su fuerza ondeante y salada que excita los cuerpos a orilla de la arena cotidiana. No es una exaltación gratuita, sino mortal, pues en la palabra lo erótico queda presentido como vida y muerte que perdura en la repetición y el duelo.
Nací hombre entregado al arado
al ordeño de una antigua mañana.
(…)
Me asaltaba la carga
de millares de animales amalgamados
en la pradera de mi cuerpo
(…)
en sus casas habité la babel del amor
riveras del tacto
creciente embravecida
húmeda siembra
en los bosques del cuerpo
(…)
Y si la vida no es más que un devenir de olas
retratando tu sonrisa
como antaño la sal en tu boca.
(…)
El mar mi adicción más antigua
ofrendo esta esquina del cuello
al filo de su oleaje.
(…)
Soy aficionado a su erótica textura
Es mi único pentagrama suicida
Me apresuro a copular en el coral
como perro primerizo.

Una mirada pendiente por los otros, amorosa, por ello la continuidad de imágenes sorpresivas y el encadenamiento subterráneo de un imaginismo personal, en general leve como un pez saltando lejos. Hay una tarea en silencio y con el silencio en estos textos y sus texturas, esfuerzo por encontrar una imagen verdadera. Versos-imágenes que se encadenan plenos de autorretratos, recuerdos, dramas, afectos, culpas, reconocimientos, generosidades, melancolías de la infancia, la familia negra, los hijos, los amigos, los vecinos, las gentes, los árboles y perros del barrio, el mar tan cercano y lejano a la vez, pues todo lo de afuera desacomoda lo interior; en fin, la vida calurosa y fascinante de la calle. Muchos personajes con nombre propio Juan, Vicenta, Margoth, Paulino, Laura, Carlos-el caballero, Gloria, Gary, Rosa, Aleyda… habitan estos poemas, con sus trabajos cotidianos, sus manos de hacedores del día con todo y pesares. La voz del poeta se transfiere a otros que aparecen no como fantasmas, sino como seres de carne y hueso que se revelan, pregonan, punzan. El poeta sabe que no esta solo, que existe con anónimos seres que lo definen, que necesita encuentros urbanos, duelos, trasiegos, festejo:
Te canto perdones por la furia
arada en tu memoria.
(…)
Pregonando
cantando
riendo
me entrega el alimento
abrigado en la noche
de sus manos.
(…)
Llevo toda la ventana
a su espera
(…)
prende el cigarro
empieza a podar
los temores
de mis ramas.
(…)
Tantos años allanamos
tu alma
Ven ya
bienvenido el cuchareo
de tu palabra
en nuestras vidas
Relata en nuestra mesa
las historias de tu tierra
(…)
a una la llamó Gloria
para resaltar la grandeza
de negarla en vida.
(Duelo de pájaros, 2022)
El sentido se concentra en el verso como si estuviera a punto de explotar, algo cose las palabras atándolas en clave de dolor y reto, arena y mar. Este intimismo entra en duelo contenido, en muchos momentos difícil de expresar, el ritmo cesa y el silencio se escribe en espacios en blanco, en versos cortos, sorpresivos. El lector no tiene otra alternativa que respirar el ritmo que la voz le propone y conformar el sentido del poema por su cuenta. Dejarse afectar y co-crear atmósferas para celebrar el día soleado que de repente es tragado por la noche hasta su liberación onírica; de allí el deseo de que cada mañana caiga entre las manos algo que redima –¿“una naranja roja”? – o un cardumen de imágenes:
Colecciono imágenes borrosas
en el filo de los cuatro costados
de la mesa.
(…)
Entre la máscara y la muerte
se proclama superhéroe de la vida
(…)
Selva abierta
a la alquimia del olor
(…)
Tamborera de pájaros
en el corazón de la madera
(…)
Te niegas a ver, a descubrir los ruidos de tu corazón;
allí pasan y desaparecen encandilados.
(Duelo de pájaros, 2022)
El poeta sabe que entre sus tareas hay una memorable, la de interrogarse sin tregua, con valentía; sin embargo, no le está contemplado “sembrar de niebla el día” (Tan solo, p.55), ¿para qué? ¿qué sentido tendría redundar en la melancolía? Y, sin embargo, es inevitable el deseo:
Entras, sales,
te anudas y desamarras
en infinitos instantes
Te marchas
desconcertado
sin alcanzar
lo pregonado.
(…)
Cada seis segundos
anclo mi mano en su arena
temo desaparecer en el agua.
(…)
Al cara y cruz de tu intimidad
anuncié con voz tenue y temerosa
el éxodo, la búsqueda
de otra tierra prometida
(Duelo de pájaros, 2022)
Insistamos en la tarea del poeta, pues éste no dejará de interrogar-se, volverá a retornar en las caracolas, impondrá duelo a sus palabras que son pájaros, alegorizará la vida con el mar embravecido que lo inunda y la playa que lo tuesta. Aun así, el poeta espera señales íntimas para calmar su sed, por eso pregona:
“¿Dónde están criaturas del mar de mis ojos?” (Sed, p.55).
***
Wilfredo Esteban Vega Bedoya. Montería, Córdoba, 1973. Director del Taller de Poesía Héctor Rojas Erazo del Espacio Cultural Claustro de la Merced de la Universidad de Cartagena, Colombia. Docente del programa de lingüística y literatura de la Universidad de Cartagena. Magister en Literatura Latinoamericana. Editor de la Revista Cuadernos de Literatura del Caribe e Hispanoaméricana (2018-2021). Es autor del poemario El retorno de las caracolas (Si mañana Despierto Ediciones, 2010) y Duelo de Pájaros (SMD, 2022), entre otros.




