Roberto Acuña es poeta, escritor, ensayista y catedrático de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Su último libro de poemas, EL INFIERNO ES CON NOSOTROS, se ha agotado rápidamente. Es una gran señal: un pueblo que lee poesía es un pueblo vivo. Y Roberto Acuña hace parte del despertar de ese México que empieza a ser protagonista en el mundo, no solo en la economía, sino también en su cultura, en su narrativa y, como no, en su poesía.
Roberto es colaborador habitual de conexionnortesur.com por lo que sus triunfos los sentimos como nuestros. Les ofrecemos hoy a nuestros lectores el poema que da el título a este libro y dos más: «Nada», y «Qué difícil ser un hombre». A disfrutar. (Arturo Prado Lima)

EL INFIERNO ES CON NOSOTROS
Dentro del café la losa hería igual a su cara
Ninguno de los dos teníamos nombre
A ella la alumbraba la luz
Quemaba
Afuera el sol y sus desastres con la tarde
los trinos de los bebederos y de las aves
estaban hechos polvo
El quebranto se estanca entre las costillas
los pulmones se crispan
Revienta contra los huesos el aire
tan abandonado y perdido
en su oficio de ser nadie y para todos
Paso a paso escucho el eco
de lo que soy
y dejo
Ella atiende y prepara el café
Me acomodo en la mesa de ninguna parte
Una frase basta
cualquier cosa
como “qué le sirvo”
o “en un momento vuelvo”
y el infierno se sienta con nosotros
nos ofrece las mismas cartas siempre
y siempre las tomamos
El sol nació y morirá enrabiado
Ya no levanto la cara al cielo
para qué no tiene sentido mirar la luz
no tiene sentido lo informe
lo que sólo existe en quemadura
Nos hincharemos más allá del entierro
y de la muerte
La lengua se pega al paladar
como en todas las primaveras
al final del verano
Pido un café miro las cartas
ella me responde
y el infierno es con nosotros
El diablo parte el pan y nos reparte el juego
Quince gramos de fe moliendo la espera
sobre mi nuca ella los minutos ella el café
Nadie sospecha nunca de los olores en la cocina
Olía tan bien el insomnio y la infancia entonces
después vinieron las comidas frías y sus soledades
los cuartos de azotea los sótanos desprovistos de luz
los meados trazando su tristeza
en los tinacos y los maullidos negros de los gatos
desesperándose hasta el alba
y siempre el hambre de perro
descarnada como un par de peces fríos
boqueando fuera del agua
La agonía no termina nunca para el desahuciado
El sol destiñe a los solitarios
Ella baja el émbolo del tiempo
firme contra mí
veo el trazo duro de sus hombros,
la musculatura constante y magra de sus brazos
truena mi cuello cruje la columna
vértebra a vértebra siento el paso de los años
de las cartas que no se acomodan nunca
y caigo de una escalera sin peldaños
vértebra a vértebra vértebra a vértebra
y en la quinta lumbar siempre
todo el peso del fracaso
El líquido hirviente
entra en la rejilla de metal
chupa y resbala del acero
debajo prensado
el cuerpo las costillas
que han soltado hace mucho sus zumos
no sirven pero continúan como abono del mundo
constante hasta que alguien mire el desperdicio
y lo esconda bajo el sillón
entre la pelambre del perro
o se lo trague de tanta incordiada hambre
La carne y el café son al triturarse
Arriba la esencia el líquido la médula
de lo que se fue
los olores que restan
Las cartas abiertas en la mesa
son ya parte del recuerdo
treguas del solitario
La sangre y la saliva
el esperma la muerte y sus sombras
se avivan siempre en la memoria del olfato
La soledad y el deseo tienen un olor definido
Flota el café recién hecho entre sus ojos
Amarga la saliva su baba
La garganta es un hervidero
sobre la curva de su cuerpo
Cuántos dedos nos crece el deseo
y para qué
al final terminamos masticándolos
En la última mesa del mundo
espero mi café
El sol afuera me malhuele
Ella desde sus ojos
embrutece mi soledad
Camina con la taza
sobre los pétalos grabados en la
losa me enyerbaja el silencio
El sol en los vitrales
dora el humo su cabellera
sus pantorrillas el tejido familiar del suéter
y los senos que alumbraron en su milagro
al mundo hace ya tanto y desde siempre
El sol dispersa la comodidad de las sombras
me descubre apretado a mis huesos
encogido sudoroso
La taza revienta sobre la mesa su blancura
y el humo entra en mi boca
hace un crematorio de palabras
La luz en el silencio no alumbra
Arde
Tartamudeo ella espera
El pan que me he comido
sale crudo de mi boca
Se aleja
afuera pasa un río
cargado de automóviles y olvidos
Toco mi rostro
siento el agua hasta el cuello
El sol allá fuera tan alto
construye en silencio nuestro infierno
NADA
No es nada, si acaso un motivo que no llega a melodía;
una comezón que ni apura las uñas
ni conmueve la carne.
No es nada, ni en la punta de la lengua,
ni silencio ni sombras.
No es nada,
no luz, noche o rayo;
ni el rumor de la cresta de la dicha
ni el deshuesadero del fracaso
ni las babas incesantes de la miel
ni orgía de alas o soledades;
mucho menos la música callada
o el dulce susurrar de las abejas.
Y es que no -me lo digo
una y otra vez.
Qué puede ser. Qué más da…
Nada, nada, simplemente nada.
QUÉ DIFÍCIL ES UN NOMBRE
Qué difícil es un nombre,
en la noche, qué difícil.
Un clavo, un naufragio
en algún sitio perdidos.
Qué difícil es el nombre
que no se sabe, que no cesa
y que sangra en la memoria
sus silencios y que sangra
cientos de rompecabezas
descalabrados y que sangra
en la lengua su tristeza.
Qué difícil el nombre,
¡ay, qué duro en el trueno
de sus metales nuestro cielo!;
¡ay, qué sonora la crueldad
hilvanada de sus sílabas!;
ay…, y sólo un ay
de gustarlo y pensarlo
como parte de mi sombra.



