Mauricio Carrera (México, 1959). Es autor de más de una treintena de libros en géneros como cuento, novela, ensayo, testimonio, biografía, poesía. Ha recibido, entre otras distinciones, el Premio Internacional Bicentenario de Letras Sor Juana Inés de la Cruz (categoría novela), el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández, el Premio Nacional de Testimonio Chihuahua, el Premio Internacional de Cuento Edmundo Valadés, el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia, el Premio Nacional de Cuento Inés Arredondo, el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez y el Premio Nacional de Cuento Agustín Monsreal. Ha sido galardonado también con el Premio Nacional José Fuentes Mares, el Premio Nacional de Ensayo Malcolm Lowry, el Premio Bellas Artes de Novela “José Rubén Romero”, el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí, el Certamen Nacional de Ensayo Literario Alfonso Reyes y el Premio de Novela Breve Amado Nervo. De su obra sobresalen El club de los millonarios (1996), Saludos de Darth Vader (2001), El minotauro y la sirena (2001), Tormenta (2003), Las hermanas Marx (2004), Azar (2007), Travesía (2007), Soy diferente. Emos, darketos y otras tribus urbanas (2008, en coautoría con Marisa Escribano), El gigoló malayo (2009), La derrota de los días (2009), La negra noche (2010) y El tigre de la luna (2011), Un rayo en la oscuridad. Jack London en México (2012), Fortuna. La mujer de la Conquista (2013), La ambición de ser (2016) y Pequeño Pushkin y otros relatos. Antología personal (2016), Infidelidad (2017) y El neopolicial mexicano (2017). Sus más recientes libros son La vida endeble (novela), Indiferente cosmos (poesía) y Palabrerío (ensayo) publicados en 2019, y Las horas furtivas (novela) y Memorial de las aves (poesía) en 2020. En 2020 obtuvo el Premio Nacional de Cuento “Beatriz Espejo”. Posee una licenciatura por la UNAM y una maestría por la University of Washington. Ha sido miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

LAS HORAS FURTIVAS: UN FRAGMENTO DE LA NOVELA DE MAURICIO CARRERA

Mauricio Carrera, Las horas furtivas, Ed. Lectorum (Marea Alta), México, 2020

-¿Tienes a alguien? –le pregunto a Adamari.

-No te tengo a ti –responde.                                     .

“Me exilias en una tierra de suspiros, desterrada estoy de las miradas, estar contigo es como ser feliz pero acompañada de una sombra. Eres luminoso. También humo, dolor, desasosiego, Germán”.

Le marco a Jacinta Falcao.

-Vi tu mensaje.

-No hagas caso. Soy mujer: tengo mis ratos de telenovela.                                     .

“Que derriben también imperios de una noche,/ monarquías de un beso,/ no significa nada” (Luis Cernuda).                                       .

Da la impresión México de ser un país de indolentes.                                     .

México: “Aquí hay lugar para todos”, invitó D. H. Lawrence a sus amigos. El paraíso, le pareció. Un paraíso rústico, primitivo, aún no domado, ideal para el artista que huye de la cansada y victoriana Europa. “México reabre las compuertas del alma”. Oh, decepción. Nuestro país termina por darle su verdadero rostro, que pinta en La serpiente emplumada.

“Existen infinitos complejos de inferioridad y el mexicano de las ciudades tiene uno marcadísimo que le hace ser extraordinariamente agresivo una vez que se le provoca».

Violencia, fealdad, bestialidad, cobardía humana, repugnancia, le provoca México. Los toreros le parecen “ayudantes de carniceros”, la ciudad de México le repele: “Conocía muchas ciudades de todo el mundo, pero México tenía una fealdad interior, repugnante».

Lo dice Kate, una de las protagonistas: “El grito del mexicano es siempre el grito del odio. (…) Las famosas revoluciones de México empezaban con ¡Viva! y acaban siempre con ¡Muera! Muera éste, muera el otro, (…) siempre muerte, muerte, muerte, grito repetido e insistente como los sacrificios aztecas: algo siniestro y macabro».

Por la noche Kate no puede dormir, pues piensa: «En el fondo de su alma odiaba a México: hasta tenía miedo».

Es lo que Wayne Gunn encuentra retratado en esta novela: «Todos los mexicanos parecen prisioneros de una violencia sin causa o sumergidos en un letargo inútil. La muerte rumia sobre esa tierra”.

Tal vez D.H. Lawrence era un xenófobo y un racista, un “escritor insensato, risible, con estilo de enfermo”, como lo calificó Gertrude Stein. El final de La serpiente emplumada es malo, mesiánico, poco convincente, pero esta novela dice, nos dice, unas cuantas verdades.                                    .

Cabrona, la situación está cabrona.

-Pinche gobierno.

La gente habla en la cantina, en las escuelas, en los parques. Es un susurro que se arrastra cuesta abajo y enciende miedos, enojos, reclamos.

-Todos están coludidos. Policías, políticos.

-Para acabar con la delincuencia de afuera, hay que acabar con la delincuencia de adentro, la del gobierno.

El propósito de la violencia es la violencia. La violencia copa, la violencia crece, la violencia viola, la violencia mata. Es un asesino que desprecia a los vivos e invoca la muerte rápida, sin miramientos necios. Cuchillos, pistolas, sierras eléctricas, ácido, lo que sea, con tal de multiplicar tumbas, huérfanos, viudas.

                                          .

Y hoy están muertos.

Jorge Luis, Emilio Miguel, Adamari. Muertos. Insoportable, dolorosamente muertos.

                                          .

“En otros tiempos en México se celebraban ritos de muerte. Ahora era la muerte descarnada, pingajosa, escuálida, vulgar, sin la pasión de su propio misterio” (D. H. Lawrence).

                                         .

Pinta en una barda:

“Si no te indignas ante las muertes que ocurren en México, entonces el muerto eres tú”.

                                        .

La vida es para equivocarse.

                                        .

Cuestionario:

“¿Su ocupación preferida?”

-Amar –contesta Jacinta Falcao.

La misma respuesta de Proust. Pensé que iba a decir: “Coger”. Me desconcierta.

                                      .

“Proust era un escritor de sociales” (Salvador Elizondo).

                                     .

Otros habitantes: Simone de Beauvoir y Nelson Algren.

Me gusta esa foto. La Beauvoir desnuda, de espaldas. Cintura estrecha, nalgas generosas y un dorso firme y perfecto. Las piernas son largas, terminadas en unos coquetos zapatos de tacón. Se arregla el cabello, que tiene recogido, los brazos armoniosamente en  alto mientras se pone una peineta.

-Un poco “campestre” su cuerpo. Es una campesina desnuda –el desdén es de Jacinta Falcao.

La foto fue tomada por Art Shay en 1950 en un hotel de Chicago. La Beauvoir se sabe atractiva. Tiene 42 años. Se le nota a gusto con su cuerpo, desborda sexualidad.

Es libre. Hace lo que le viene en gana. Se enamora y se acuesta con quien quiere. Está de gira en Estados Unidos (“soy el zulú que se espanta ante la bicicleta, la campesina extraviada en el metro parisiense”) y su amante en turno es Nelson Algren, el creador de Frankie Machine, el drogadicto de El hombre del brazo de oro.

“Él es hosco. No saben qué decirse”, escribe Jacinta Falcao en su tesis, “pero el romance surge mientras turistean por los barrios pobres de Chicago. Un día y medio bastó para que ella le confesara: ‘has de saber que fui feliz mientras estuve contigo’. Se despiden tierna, dolorosamente, por la posibilidad de no volverse a ver. ‘Mi muy grato, maravilloso y amado joven’, le escribe en una carta. Se volverán a encontrar y a despedir muchas veces, en una historia de ilusiones y desencuentros que terminará en ausencias, celos, malentendidos y enojos”.

Él estaba casado. Amanda Kontowicz era su nombre. Una relación tormentosa de las que se separan y vuelven a juntarse. Beauvoir lo sabe y lo acepta. En una de sus cartas le dice: “Me alegró saber que tu nuevo nido está bien”, refiriéndose a la nueva reconciliación de Algren con su esposa, “pero me indigné al saber que tienes previsto nombrar a otro Inspector Adjunto”. No quiere compartir ese término con Amanda. “Conserva ese título para mí”.

Ella no oculta su relación con Sartre. Llama a Algren “el gran amor de mi vida”, pero Sartre es Sartre. No puede disolver el pacto intelectualmente amoroso que tienen. Le escribe en una carta a su amante de Chicago: “Desde el primer día me sentí culpable por darte tan poco a pesar que tenía tanto amor. Sin embargo, sé que has creído y comprendido mis explicaciones. Jamás hubieras aceptado venir a vivir definitivamente a Francia aunque te retenga en USA el mismo vínculo que me retiene en París. No voy a defender ese punto: no podía dejar a Sartre, la escritura y Francia. Admito que no me crees cuando digo ‘no podía’, sin embargo, lo sé, que comprendas mis razones no cambia en nada el hecho en sí: no te he dado mi vida, no te he dado mi corazón, te he dado todo lo que te he podido dar, pero no mi corazón. He aceptado tu amor y lo he condenado a no ser más que un amor lejano (…) Me he sentido culpable todo el tiempo, sentimiento amargo, el más amargo porque concierne el hombre amado. Si te he querido abandonándote, he sufrido bastante por eso. Sin cesar tengo miedo de que pienses que yo me reservaba la parte agradable de nuestro amor. No es verdad. Si he fallado en darte la felicidad que un gran amor debería dar, he sufrido muchísimo por esa razón. Me haces falta a cada instante y la conciencia de mi error, de tu posible rencor, me ha hecho sentir, más de una vez, absolutamente miserable. Puesto que te he dado tan poco, pensé que sería justo que me arrojaras de tu corazón”.

Sartre es Sartre y Algren un algo exitoso escritor norteamericano, dizque izquierdista de salón, a quien la prensa francesa describe como chofer de autobús. Se siente ofendido, además, cuando el Castor publica Los mandarines, una novela sobre el romance que ha surgido entre ellos. En la novela él es Lewis Brogan, un escritor “que no reclama nada a la vida y sin embargo tiene un apasionado deseo de vivir”.

Algren siente celos, intelectuales y amorosos. Viaja con la Beauvoir, visitan México, se ven en París, ella le escribe, por completo entregada: “Oh Nelson, seré buena y cariñosa,  fregaré el piso, cocinaré, te ayudaré a escribir tu libro, haré el amor diez veces cada noche y otras tantas durante el día”. “Te amo tanto”, le confiesa. “Te he amado por el amor que me diste, por el deseo físico y las ganas de felicidad que despertaste en mí”. Pero la sombra de Sartre lo persigue. Al final, reniega del Castor (ella le dice: “soy tu pequeña ardilla”). Termina divorciándose y casándose con otra.

Dijo: “No recomiendo quedarse soltero, pero ayuda si quieres escribir”.

En una entrevista para Playboy, Nelson Algren despotrica: “Sartre y Beauvoir trataban a los demás como un padrote a sus putas”.

                                      .

“Nunca duermas con una mujer cuyos problemas son más grandes que los tuyos” (Nelson Algren).

                                      .

Nuevo whatsapp:

“No me cueso al primer hervor. Tengo la sangre fría. Me valen madre los terremotos y las esposas enceladas. No le temo a los panteones, y menos cuando es de día. Pero este país me asusta, Germán, me asusta”.

                                      .

Sangre. Nacer es sangre vertida, derramada. El milagro ocurre, la vida que toma el rumbo que quiere. Adamari, agotada, sudorosa, pálida, desaliñada, había dejado de pujar. Yo, tijera en mano, corté el cordón umbilical, violáceo, consistencia blandengue, como tripa de pollo. Hijo mío, ya estás aquí. Hay fotos que nos muestran felices. Ella, además de contenta, orgullosa. Jorge Luis, te llamarás. Está encobijado y le han puesto un gorrito azul, mueve un bracito, está vivo, respira plácido. Todo es rápido e increíble. Sucede. Sucedió. Momento legítimo de la realidad y la fantasía. Soy padre, ella madre, él nuestro hijo, lo que eso signifique. Lo beso en la frente y también a Adamari. No hay palabras, sólo ternuras.

“Que a mí me toquen las guerras y a él la paz”, pienso.

“Que vagues por la felicidad de los vinos, de las mujeres, de los libros, de las almas buenas, de los caminos que conducen a los mejores horizontes, de la estupenda fortuna”.

“Que vivas digno y bien”.

“Que descifres enigmas”.

Tengo un hijo. Soy creador. Escribo. Procreo. Doy vida donde no la había.

Hay un momento de flaqueza donde el que se asoma al abismo de la Nada flaquea. Soy yo mismo, quien piensa: “Te di la vida pero también la muerte. Tendrás mis alegrías pero también mis angustias. Ya empiezan a rondar en ti los gusanos”.

Me reprocho por pensar eso. Me regaño.

Es tiempo de festejar la vida. Momentos habrá para lamentar la muerte.

“Que tu vida sea inmensa”, es lo único que se me ocurre, es el conjuro que digo para alejar el humo y los buitres, y juego con mi dedo en su manita y le doy un beso en la frente.

                                   .

El nacimiento dilata el inútil estupor de lo eterno.

                                   .

Hijo: mantén siempre secos los calcetines.

                                   .

Hijo: que tus días sean bellos pero no parejos.

                                   .

Hijo: que la quemadura de la tristeza no te alcance.

                                   .

Sueño:

“Nos abandonó por otra”. Es mi madre quien lo dice, es mi padre de quien habla. Saca un cuchillo y sale a la calle a matar hombres.

                                   .

Del cansado idioma hay que desperezar las palabras…

                                   .

En México hay una guerra. Yo tengo una terraza donde abrazaba a Adamari.

-Me tienes hecho un imbécil, adorándote -le decía.

                                   .

“Ay el amor. No quieres/ ya ni siquiera hablar de amor; no quieres/ ni siquiera acordarte” (Rubén Bonifaz Nuño).

                                   .

-¿Por qué me quieres? –le pregunté antaño a Adamari.

-Tengo mis porqués –contestó ella.

Por la noche me deslizó un papelito.

“Tengo una canasta llena de porqués.

“Porque tienes las manos doradas en todo momento.

“Porque tus nos nunca son definitivos y se deslizan hacia un día brillante y feliz.

“Porque haces ruidos de metal cuando duermes como los de una caracola desposada con una marimba.

“Porque tus desnudos parecen ciruelos en verano.

“Porque tus palabras privadas me devuelven a la vida, desentierran los días ordinarios, se apoderan de mi casa como las efímeras moscas de mayo y sus vaivenes me embrujan.

“Porque permites a mi voluntad de amarte parecerse a una secta religiosa.

“Porque al pensar en ti, inmóvil cuando duermes, la maldad de los hombres pierde fascinación.

“Porque tus celos son flores de primavera robadas por ángeles.

“Puedo seguir, pero te aseguro que tengo una canasta grande, muy grande, y llena de porqués.

“Te quiero y me siento dichosa”.

 

                                    .

Otros habitantes: Mario Vargas Llosa y Julia Urquidi.

Ella lo llamaba Varguitas y él tía. Le llevaba diez años. Una mujer alta, elegante, buena conversadora. Le gustaban los vodka tonics. Él creía que ella coqueteaba con todos los hombres de la playa Miraflores, en Perú. Una vez la dejó encerrada en su departamento, loco de celos.

“El amor no existe sin los celos”, decía.

En París, en su departamento de la Rue Tournon, ella intentó suicidarse. Lo hizo dos veces. Las dos, por infidelidades de Varguitas. El primero, con una española de nombre Pilar; el segundo, con su prima Patricia.

«. . . Hice una pregunta y al no tener respuesta levanté la cabeza. Fue en ese momento cuando descubrí la mirada entre ellos. Sentí una enorme turbación y un gran desconcierto. Para ninguna mujer pasa desapercibido un instante igual. Mario estaba parado y apoyado en una estufa a leña que nunca se encendió. Patricia delante de una repisa de libros. Yo, junto a la ventana mirando hacia el patio».

En una carta, fechada el 10 de mayo de 1964, Varguitas reconoce su affaire con Patricia (“ni tú ni nadie podrá destruir mi amor por ella”), pero le reprocha a Julia la violencia de haberlo obligado a continuar juntos durante más tiempo, afirma, con “el arma desleal del suicidio”.

                                  .

-Haces una tesis de chismes. La vida privada no es de la esfera pública.

-“Nosotros, los victorianos” –se burla Jacinta Falcao.

-Foucault –le presumo.

-Exacto. Y repites el discurso de poder, hipócrita y represivo, de la sociedad burguesa. “La vida privada no es de la esfera pública” –me remeda-. Hay vida también en lo que se reprime, en lo que se mantiene secreto. En los manicomios, las cárceles, la sexualidad.

-En la infidelidad –comienzo a entender.

-Mi tesis no es de chismes. La infidelidad es parte de la vida cotidiana, de lo cotidiano mágico maravilloso –se burla-, pero se silencia, se calla, por no convenir al orden burgués. Te recuerdo que, en Francia, todavía a principios del siglo XX se encerraba en cárceles a las adúlteras, y que en México el adulterio todavía hasta 2005 era penado con multa para la mujer.

No es de chismes, insiste. Luego se torna aburrida. Habla de las teorías que sustentan su tesis, de relaciones extradiádicas, del llamado fenómeno de interrelación triangular, de la tentación de los romances paralelos, del rompimiento del pacto afectivo. El puro blablablá en que se solaza la Academia.

                                     .

Dice Jacinta Falcao:

-Marilyn Monroe afirmó que “los maridos no son nunca amantes tan maravillosos como cuando están traicionando a su mujer”. Seguro es tu caso.

                                    .

Golosina de mujer, Jacinta Falcao era como un perfumado mar, como la noción de un misterio que se resuelve. Era, al mismo tiempo, un circo colosal, con sus jaulas en espera de ser abiertas para dejar escapar el espectáculo y la furia. Un poco agreste, con una dulzura escondida, lúcida de una manera elemental, más lecturas que intuiciones, más aparentar sabiduría que tenerla, más afán de estar para ser que de trascender. Lo suyo era el ahora. No estaba en fuga. No era, estaba siendo. Carnívora, adoradora del carnaval, armadura firme de hembra, como una eternidad llena de hermosura e insolencia.

-Mi animal… -decía ella.

A ese animal atribuía sus instintos, sus resguardos ante la realidad hostil.

-Mi animal me atrajo a ti, pero tu vanidad te habrá hecho pensar que fue por tus libros.

Cabrona y sincerota, como todas aquellas que bajo la piel guardan huracanes, panteras y estrellas.

-Mi animal está bien junto al tuyo –y pegaba su cabeza a mi pecho, en la habitación una semioscuridad avergonzada y en las ventanas el golpeteo leve de una llovizna moribunda.

Bonito animal, salvaje de carnes, ávido de la inmortalidad de los sentidos y las sensaciones, sensual porque reconoce lo efímero y hay que gozar todo antes de que el tiempo lo agote. Jacinta Falcao era mi apetito más saciado, el desenlace esperado de mi deseo de hombre. Entre mis nieblas errantes, ella surgía con la habilidad de los sueños más húmedos. Majestuosa de cuerpo, tectónica de piel, aroma lindo de mujer cuarentona, era hoguera y leona, sol fresco, femenina de las que traen una daga escondida en la media, fiera de luchas cotidianas y de cama.

-Soy fantásmica en lo intelectual, es mi máscara, el sitio de mi arrogancia, pero más animal, un salto del tigre de emociones e impertinencias, vientre y vagina de los bosques y las selvas, animal que saca las uñas, que lanza dentelladas –me mordió con ternura una oreja.

Se excusaba. Su animal era, cuando coqueteaba, como un jaguar dueño del hipnótico sigilo de los que acechan la presa, cuando dormitaba, como un lémur cansado de perseguir mariposas, cuando era hiriente, como un rinoceronte acorralado en el rincón de sus ideologías, cuando besaba, como un cervatillo con sed, y cuando hacía el amor, como un lobo, porque aullaba.

-¿Todo bien?

Primero, los contundentes toquidos, como si buscaran derribar la puerta; un ariete, pensé, un soplido de lobo feroz; luego, esa pregunta, que se repitió varias veces con la urgencia de un reclamo.

-¿Todo bien?

Su animal se sobresaltó y el mío también, desnudo y expuesto, imaginé la furia de Adamari acompañada a la vieja usanza de un detective privado, cámara y flashazo que demostrara el terrible adulterio, o a un marido vejado en su hombría, que llegara a descargar su ira con las balas de una pistola recién comprada.

Me asomé por la mirilla. Dos tipos, uno de ellos con uniforme de vigilante, distorsionados por el ojo de pescado.

-¿Quién? –pregunté con algo de estremecimiento en la voz.

-El gerente. ¿La señorita está bien?

Hizo una pausa, para agregar, a medio camino entre el morbo y lo policíaco:

-Recibimos quejas. Gritos, parece que estuvieran matando a alguien.

Volteé a ver a Jacinta Falcao, que sonreía. Una sonrisita apenada y puerca. Fue entonces que apareció, otra vez, el animal. Su enjundia de babuino que protege la manada. Saltó de la cama. Respondió junto a la puerta, con la altanería hosca de un toro de lidia:

-No me está matando. Me está cogiendo como dios manda. A la chingada, pendejos. A chingar a su madre todos.

                                  .

“No se es amigo de una mujer cuando se puede ser su amante” (Balzac).

                                 .

Nunca se nada en la misma ola. Nunca se besa a los hijos en la misma mejilla. Nunca se le hace el amor a la misma mujer.

                                 .

Fragmentos de la nada:

Somos seres de símbolos, simples marionetas de la ceremonia. El ritual nos acompaña, gramática generativa de nuestros ritos de paso para hacer menos insoportable el sinsentido del mundo.

Jorge Luis está recién nacido. Adamari duerme, agotada por el parto. Su rostro no abandona la quietud y la alegría. Ser madre la confirma. El mundo se puede acabar y no importa. Ha parido un hijo, su hijo.

Él se aferra a mi dedo, como si temiera al abismo. Está en su cuna de hospital. Lleva un gorrito azul en la cabeza. Me ve curioso, unos ojos inquietos, una mirada lenta como de tortuga.

-Te quiero, cabrón –le digo en voz baja, con hombría, con ternura.

Tomo una pluma fuente, una Mont Blanc ganada años atrás en un concurso de ensayo. Materialista vil, es mi espada de caballero de las letras, desfacedor de entuertos y de magnífico vasallo si hubiere buen señor. Es mi Excalibur, con alma de tinta en lugar de acero. Es la Ascalon, la espada de San Jorge, y la Joyeuse, la espada de Carlomagno, formas de vencer el mal y de impartir justicia. Demasiado lector de libros de caballería, del Beowulf y de las leyendas artúricas, me dejo arrastrar por la locura. Empuño la Mont Blanc, toco un hombro de mi hijo con la pluma, luego el otro y después su cabeza. Doy el espaldarazo. Al hacerlo, otorgo:

“Te nombro Jorge Luis por un escritor que fue vikingo y que habitó laberintos, que supo de cuchillos de gaucho y que fue otro: él mismo. Te nombro por él, para que intuyas que el paraíso y la belleza ocurren cada inigualable día. Por los dones y los asombros, por el temor a la íntima pobreza, por la amistad a la luna, por las mil y una noches.

“Que sepas lo que puedes intentar y lo que te está vedado, y que si intentas la desdicha, que sea para escribir versos y estar contento con lo que se es y con lo que no se es. Que goces la dulce costumbre de estar vivo. Que no caigas en el olvido, que es el modo más pobre del misterio. Que te incumban los deberes de cada hombre: ser justo y ser feliz. Que no seas héroe de anécdotas triviales, y si lo eres, que lo aceptes como verte en un espejo fiel, porque ese fuiste tú y no otro rostro de lo ordinario”.

Suspiro y pienso en mi padre, que me dejó aviones que no volaban, algunas iracundias que hubiera querido ajenas, y a quien le faltaron palabras, ni siquiera el desliz de un tímido te quiero.

Le doy un beso en la frente. Lo levanto de la cuna y lo abrazo como quien intuye que el amor llena huecos que la vida niega. Le digo, a la manera de una música de tigres, de un barco que sólo se sabe barco cuando suelta amarras, de un padre que desenvaina la espada para volverse profético:

-Hijo, Jorge Luis, mi Jorge Luis, no cometas el mayor de los pecados y sé feliz. Te aguarda inagotable el universo.              .                                               .

Mi hijo es un mar, una montaña, el viento que le es amable al fuego. Consuelo de mi escepticismo, aplaca la seriedad altanera de la vida. Sonríe, y mitiga dulcemente las angustias temblorosas de mi inútil ser arrojado al mundo.