
Enrevista con Alejandro García Gómez
Una joven mujer latinoamericana de clase media viaja a Europa a cumplir su sueño de adelantar estudios de posgrado, sin más recursos que su diploma de pregrado, su inteligencia, su honradez, su tesón y su valentía. En simultánea con trabajos diarios que realizan los estudiantes en el tiempo que el Estado anfitrión les permite, logra sostenerse. En el transcurso de estudio y trabajo sucede lo que tiene que suceder: se enamora y desde entonces alterna su vida de pareja, y luego la de madre, con la de su trabajo.
Su historia está íntimamente unida a la violenta y turbia de su país, al que ama. El nido de los recuerdos, de su amor hacia su lejana familia y a sus amigos, tiene como trasfondo los anhelos de Gabriel ─su pequeño hijo─ que empieza a crecer y, en sus sueños infantiles, descubre ―perplejo― sus dos ancestros: europeo y latinoamericano.
1-Alejandro, ¿para construir una novela como ésta tuviste la necesidad de estar “Allá” y “Acá”?
Un cuento, una novela y hasta un poema, siempre parten de la realidad (y ni se diga de una crónica literaria), pero para convertirse en arte jamás pueden aterrizar nuevamente en esa realidad sino en algo que yo llamo El Misterio de lo Real, o sea un vuelo que lleva a develar ese misterio que conlleva lo real. Pienso que el “deber ser” de lo real es servir como sustrato de esas historias o de ese poema. ¿Qué es lo que ocurre de ahí en adelante entonces? ¿Hay algún misterioso camino por medio del cual una parte de lo real cotidiano llega convertirse en arte, en este caso en literatura? ¿Por qué? ¿Por qué en unos casos sí y en otros no? Estoy convencido de que la causante es la poesía (o el halo poético si lo prefieres) sea en forma verbal o musical o plástica o en una mezcla de éstas como lo es el cine u otras manifestaciones similares, la poesía, repito, es la que irriga cualquiera de esas actividades artísticas.
¿Por qué razón? Pienso que es porque sólo la poesía devela el misterio de lo real.
Concretándome a tu pregunta:
Esta novela parte de varias realidades, una de las cuales es el poder haber estado en Europa en dos temporadas vacacionales. Haber tenido esa experiencia real de un hombre bañado por una curiosidad aún infantil, que a veces me vuelve (y que es cuando más disfruto), conociendo el “Viejo mundo”, fuente de una gran parte de nuestra historia como pueblos y como personas. El soportar la angustiante lejanía de 12 ó 14 horas de viaje en avión, el agobiante frío del invierno o del desconocimiento casi total del idioma o la belleza de la primavera no sólo en el campo sino en las personas, el acostumbrarme a la diferencia horaria así sea temporalmente, etc., haber experimenado todo eso con la ingenua curiosidad infantil que me posee en esos viajes, todo eso me dio pie para “aprender a sentir” el “Allá” y compararlo con mi cotidiano “Acá”. De ahí en adelante mi imaginación se fue encargando del resto.
2- Cómo se hilan las circunstancias, los tiempos, las atmósferas en una novela que, incluso, mezcla idiomas, costumbres…
Cada proceso mío de creación literaria tiene sus propias características, digamos en colombiano que tiene “sus propios ires y venires”, pero en general pienso que hay un esquema que casi es usual, y el “casi” lo utilizo aquí porque cada trabajo literario para mí es una aventura. En general, mis novelas, mis cuentos, mis poemas, y aun mis crónicas literarias, “nacen” de una imagen inicial, una figura preliminar. Una imagen que se convierte en “una carga” para mí: no me suelta ni quiero que me suelte. Esa pesadez se va agrandando con otras, a veces más pequeñas o a veces más grandes. Todo esto ocurre en mi cabeza. Recuerda que hablamos de una imagen inicial que se une a otras; entre ellas ocurre lo que es imposible de parar o de prever: empiezan a “pespuntarse”, a coserse a retazos entre sí; mi voluntad es poco, casi nada, lo que puede hacer ahí en esos remiendos.
Y entonces dentro de mí parece que ocurre otro proceso: empiezo a razonar, a producir ideas y a bucear entre ese charco de ideas y de imágenes, cada vez más profundo. Sólo a veces, pocas veces, logro “empatar” o coser ese razonamiento que se va formando de mis imágenes e ideas con algunas palabras que me parece que casan con mis imágenes iniciales. En ese instante (feliz para mí pero inenarrable por mí para quienes me rodean cotidianamente y fugaz) pareciera que comienza otro proceso dentro de mí: mis imágenes y mis ideas “se encuentran” con unas palabras claves que son -así lo entiendo en ese momento- la solución a esa maraña que se ha ido formando dentro de mí; ahí me doy cuenta de que tengo el inicio de mi obra, sea cuento, sea poema o mi novela. La crónica literaria que he escrito también participa en parte de este personal juego, pero sólo en parte, porque en la crónica la realidad histórica es más decisiva. Para la narrativa, de ahí en adelante viene un disciplinado trabajo de elaborar una “realidad” de aconteceres lógicos y “verdaderos” dentro de esa mentira (o ficción si quieres) que estoy levantando. Cada nuevo día es un nuevo reto, a veces de triunfo y otras de derrota, ambas fugaces. En el anterior me he propuesto que la o las escenas deben ser tal o tales. Dejo un mero y rápido bosquejo escrito en mi computador, con rojo (antes, cuando lo hacía en la máquina de escribir, lo anotaba en un papelito, a mano, y lo dejaba sobre el papel del texto del trabajo). Todo el resto de ese día sigo pensando en eso. Es otra carga que no puedo ni deseo quitarme. Al día siguiente puedo seguir y desarrollar ese bosquejo o me voy por otra forma. El caso de la poesía es más extraño. La aventura es casi única para cada poema, pero hoy no vinimos a hablar de eso.
Te respondo para el caso concreto de esta novela:
Alguna vez vi a un niño –a quien quiero mucho- abrazando a su gata. La trataba como a una amiguita, con palabras y caricias, aunque ella, como todos los gatos se mostraba más bien indiferente, pero a ojos vistos se percibía que le agradaban las palabras y caricias del niño. Me pregunté, “¿y qué tal si esa gata fuera una niña que ha sufrido algo similar a un hechizo o sortilegio que la transformó en animal? Y así la empecé a ver y sentir en días y noches. Esta fue la primera imagen y se fue cargando de otras, con más preguntas que cada nueva imagen traía. Ahí comenzó a “nacer” la novela.
Olvidaba decir también que cada proyecto nuevo de cuento o novela o aun un poema, es como montarse en un caballo loco que uno cree que lo lleva, que uno lo gobierna, pero la realidad es que la mayor parte de las veces, él te gobierna y te lleva a ti. Eso trae las usuales complicaciones del que se mete a estos trabajos: cuando esa parte ya estaba más o menos andando en mi cabeza, vinieron otros problemas: el narrador, el tiempo y persona verbales, la ambientación, el tiempo ambiental, los otros personajes, lo que señalas arriba. Tú, como escritor, posiblemente también habrás encontrado el ineludible camino de tener que montarte en caballos locos. Entonces hay que comenzar a buscar los recursos con los que vas a tratar de empezar a solucionar cada uno de los problemas que se presenten y que esos recursos que utilizas y esa soluciones sean congruentes con la verdad y coherencia de esa mentira (o ficción) que estás contando. Pero sabes, además, que cada problema solucionado te llevará a otro u otros más. Y no puedes perder ni la cohesión ni la veracidad de esa mentira o ficción o historia o novela o cuento.

3- De toda tu obra literaria, ¿a cuál de los personajes amas más?
Pienso que en últimas uno, como autor, es los ojos de cada uno de sus propios personajes, desde los más tiernos y transparentes, hasta los más crueles y torvos o ambiguos. No de otra manera podría crear seres auténticos para una determinada historia. En esta novela, los ojos de Gabriel rezuman ingenua curiosidad inteligente; los de su amiga Pichouka afecto y esa sabiduría práctica femenina que busca solucionar siempre los problemas echando para adelante siempre, al igual que los de la mamá de Gabriel; los de Cariolán, sabiduría milenaria y afecto desinteresado. De mi anterior novela El Tango del Profe, los ojos del personaje Alejandro han aprendido a ver, analizar y tratar de resolver, con sus nuevas luces filosóficas y energías y hasta donde sus fuerzas se lo permitían, el nudoso problema de la educación de nuestro país en contraposición con los ojos del profesor Juvencio Posada que se siente bien acomodado con los moldes corruptos de muchos profes también colombianos, moldes de los que participa, que también existen hasta ahora y muchos. A todos mis personajes amo, aun a los torvos y malvados, no sólo porque me han permitido contar mis historias, sino porque todos esos ojos son míos, es decir, soy yo mismo.
4- ¿Tu experiencia como escritor te ha enfrentado al dilema de estar frente de monstruos como el boom latinoamericano?
De los maestros (o monstruo como los llamas) trato de aprender. No importa si son europeos o asiáticos o euroasiáticos (como los rusos clásicos) o africanos o estadounidenses o latinoamericanos o de otras latitudes. Las primeras lecturas que hice de ellos veo ahora que fueron más que todo vivenciales. Quizá mis búsquedas estaban más orientadas a las curiosidades, indagaciones e insatisfacciones de esas épocas, cada vez más lejanas. Hoy los releo a muchos ellos y leo a otros por primera vez. Y hoy también siento esa misma curiosidad vivencial de antes pero desde otras ópticas; quizás desde la atalaya que le van dando a uno la experiencia de los años saboreados. Y a veces releo más de una vez, por ejemplo Cien Años, Guerra y paz, etc.
De los escritores latinoamericanos, no sólo de los del boom sino de otros, muy buenos también (que, por tiempo, ya no pertenecen al boom o que jamás llegaron o llegarán a pertenecer, como Roberto Bolaño) lo que más trato de aprender es a develar y rescatar el secreto de nuestra identidad latinoamericana. Me clavo en eso, porque mis vivencias actuales, quizá inconscientemente, me llevan a eso. Y tal vez eso es lo que he venido haciendo –a veces conscientemente, otras de manera inconsciente- tratar de develar y rescatar la identidad del ser que me ha sido dado vivir y conocer en esta región y en esta nación nuestra.
5.- ¿Hay alguna novela o algún poema o algún cuento que hayan marcado tu vida de alguna manera?
Claro que sí. Aunque esa marca depende –en mi caso- de las edades por las que he ido pasando. En mis tempos infantiles y de primera adolescencia, me llamó mucho la atención el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis. Disfrutaba leyendo esas historias pobladas de ángeles, demonios, monstruos y seres tan definitivamente llamativos. Yo estudiaba entonces mis primeros cuatro años de bachillerato en un seminario conciliar, en Pasto, y como no se nos permitía tener la Biblia total, yo me leía este libro. Aquí y entre paréntesis, a esos cuatro años pienso que le debo las bases de mis conocimientos de gramática castellana, análisis gramatical y bases de mi manejo de la lengua. Todos esos años estudié latín y llegué a traducir, en las diarias tareas, a Julio César en su historia sobre la Guerra de las Galias. Claro, hoy he olvidado mucho detalle de ese idioma, pero queda en mi cabeza su estructura, que es donde nace nuestro castellano (hoy español).
En mi época un poco más juvenil me llamó mucho la atención un breve libro de Herman Hesse, Siddhartha. La escena que jamás olvido es la del barquero que transporta a los viajeros a lado y lado de ese río eterno. Siddhartha llega a comprender que esa vida de ese hombre humilde y sencillo es mucho más completa y feliz que “todas las vidas” por las que él ha atravesado, con sus esplendores y riquezas y con sus frustraciones y búsquedas. Creo también que esa actitud me marcó para siempre.
En poesía, cuando yo era un joven –contestatario y rebelde- mi amigo Lucho Gómez Jiménez me regaló un poema copiado a máquina. No había ni fotocopias ni menos computadores aún. El poema se llama Boletín y Elegía de las Mitas, del ecuatoriano César Dávila Andrade. Me apasioné por ese poeta y descubrí su sorprendente vida y su amplia obra en un ejemplar de la singular Biblioteca Ayacucho, de la Venezuela de Carlo Andrés Pérez, trabajo que los gobiernos latinoamericanos deberían continuar. Hoy se consigue ese poema en internet aunque algunas versiones ahí no corresponden al original del ejemplar de la Biblioteca Ayacucho que aún conservo y releo.
5- Cual crees que es tu aporte a la novela regional, nacional y universal?
Bueno eso no lo sé. Eso lo dirán otros (quien sabe si cuando yo no esté ya). Cuando tuve la certeza de que quería ser escritor, un buen escritor, me propuse serlo de mis raíces, de mi región, de mi país, pero con una visión universal. Eso he tratado de hacer. No sé si lo esté logrando. Espera hacerlo.
LABERINTOS Y AVENTURAS DE UNA JOVEN INMIGRANTE
Si escribir una novela es hacer una casa ladrillo a ladrillo, y escribir poesía es buscar un diamante en la soledad umbrosa de un socavón sin fondo, entonces Alejandro García Gómez hace las dos cosas: construye los ladrillos con finos diamantes minados en el pasado, incluso en el futuro, y con ellos erige una casa. Con la sabiduría que le ha dado el ejercicio de constructor de historias, va poblando la mansión de seres, de atmósferas distintas, de emociones infantiles, adolescentes y viejas que, vistas del lado “de acá” o “de allá” (quizá por eso su título en un deliberado frañol), del pasado o del futuro, son los pilares de esta novela. Pichouka et Gabriel en el país des sueños et sombras es la nueva apuesta del narrador colombiano.
Pichouka et Gabriel… es una historia de utopías y sueños: una joven mujer decide que este no es su destino. Está segura de que no está “aquí”; sospecha, pero vacila, que puede encontrarse “allá”. Y, a través de un exilio voluntario, parte hacia el otro lado. Después de aterrizar entre la frialdad de suelos indiferentes y lenguas ajenas, no puede eludir la soledad de sus propias causas y sucumbe al amor. Desde entonces tiene que enfrentar la naturaleza de mujer–madre, y cuidar de Gabriel, su hijo que es, a la sazón, el médium de ella entre el ayer y el ahora. El niño llega a convertirse en el minero que desciende hacia los socavones de la vida de su madre y sustrae los elementos necesarios para construir la historia.
Para leer esta novela hay que estar atentos. Hay muchos caminos y atajos por donde desfilan personajes con todas las características de la naturaleza humano–animal: el sueño, la pesadilla, la cavilación y la proyección, la ternura y la crueldad, la iluminación y la oscuridad, los vivos y los muertos. Incluso realidades políticas, sociológicas y culturales -que de alguna manera también bañarán a Gabriel- sólo se pueden ver con más nitidez desde fuera del ámbito de donde ocurren, y para ello hay que buscar las cuatro llaves de los cuatro costados de la realidad concreta que rodea la existencia de los personajes de Alejandro García Gómez: “-¿Se dieron cuenta de que el cofre tiene cuatro cerraduras, una por cada costado?”. Sólo cuando las llaves están en nuestras manos, es posible crear un mundo nuevo a partir de las ruinas que dejan los contextos, las añoranzas, las dudas, las pesadillas y los sueños, de la má de Gabriel, es decir de todos nosotros. ¿Una razón? Sí. Una vez construido el nuevo territorio, y por la misma naturaleza de la ficción literaria, se pueden erigir las atalayas desde dónde observar mejor el pasado. Má puede evocar, con la claridad que le dan la realidad o su onirismo, las elecciones en su país, la maquinaria de corrupción eterna que las impulsa y sostiene y la violencia endémica como combustible del poder, la ferocidad y las fuerzas criminales de todos los lados, empezando por las del propio Estado, pero también el afecto y la ternura de los suyos, de sus amigos y de desconocidos seres que el camino se los atraviesa en los difíciles momentos, sin nada a cambio. Má conoce como pocos el exilio voluntario, esa congregación que se convierte en su propia familia, en la militancia del migrante, la de su propio clan: la de la amistad, la del amor solidario, la de la libertad pero también la de buscar un pecho o la de arrimar un hombro para paliar la propia soledad o la ajena.
Gabriel es el niño que trastoca o mejor que siente, que el amor es uno, que no puede ser dividido; termina confundiendo a su madre con su gata Pichouka, y a ésta con una niña niña amiga –a todas ama y de todas se siente amado-, y a la vez a la gata conviviendo en los espacios de su madre, en los tiempos de la gata. Pichouka, sube hasta la cordillera de los recuerdos o de los sueños y descubre a los primeros pobladores del país de los ancestros maternos –los “de acá”- con su sabiduría y sus silencios cobrizos, con sus luces y sus sombras. Un país donde, con palabras distintas, sus habitantes hablan con los mismos significados, como si nuestro escritor tuviera presente las reglas básicas de la sociología cuántica donde todo lo que ocurre no ocurre y lo que fue también será hoy.
Gabriel aplica sus propias técnicas para observar su entorno, es decir para sentir el mundo, su propio mundo. Esa “ciencia” infantil de él, esa no contaminación de soledades mundanas y nostalgias sin nombre, es lo que a ella “Le trae el sabor de su padre, de su madre, de su única hermana, de sus abuelos, de sus tíos y de sus primos. El olor de las casas de sus familiares y de sus amigos también”, que él no los ha vivido, que son vida vivida de su má, pero que al ser parte de la existencia de los genes de ella, de esa madre origen, historia y noria construirá también la parte sustancial de su vida.

Los recursos utilizados son muchos. Los sueños. Los diálogos internos, la introspección, la historia, los diarios y, no podía faltar, el internet. A través de estos mecanismos activados de memoria se da cuenta de que “…Los angostos pasadizos, a veces se transforman en escaleras de cemento y ladrillo o viceversa. La multitud de casas asemejan una sola, inmensa, con una profusión de colores deslucidos por la intemperie, de ventanas y puertas. Algunas mujeres lavan ropa o vajilla en los fregaderos de sus terrazas. Ancianos y hombres de prominentes barrigas y sin camisa fuman, sentados abiertos de piernas, frente a las puertas de las casas, o también sobre las terrazas, y miran. Niños juegan entre sí o con perros o con gatos o pegándole patadas a un frasco plástico, intentando La Veintiuna…”.
La novela está narrada a veces en primera, a veces en segunda y otras tantas en tercera persona; desde allá y desde acá, desde dentro y desde fuera, desde la paz y la guerra, desde la infancia y la vejez, desde la alegría y el sufrimiento, desde la crueldad extrema a la máxima ternura, de tal manera que su lectura nos lleva a un laberinto. Hasta esa maraña llegan sabios legendarios de acá para ayudarnos a salir de ella, en una real solución inesperada, salida del amor y la sabiduría de algún personaje de su obra literaria anterior.
Pichouka et Gabriel en el país des sueños et sombras es el eterno interrogante del ser humano (y de ahí su salto de lo local a lo universal), el bicho que siempre está presente de este o el otro lado del Atlántico, ese ruido existencial que como el incómodo zancudo en la sala del silencio, interrumpe la tranquilidad cuando menos los pensamos: “Hizo entonces un paseo más largo y fastidioso: inició desde la oreja derecha y, atravesando la mejilla, llegó a su boca. Gabriel movió sus músculos faciales y el bicho huyó. Volvió a hacer más o menos lo mismo, pero por el lado contrario. Gabriel lo contrarrestó con lo mismo y nuevamente voló. En un instante volvió a posarse en su nariz. Se quedó ahí unos segundos; parecía como si degustara los sabores del sitio o se encontrara escogiendo la ruta a seguir. Tomó el camino del ojo derecho, haciendo descansos. Otra vez la misma zona que Gabriel, con los máximos miramientos posibles, se había acabado de rascar. Parecía que iba decidido ya no sólo a hacer “inspección de zona”, sino hacia el propio ojo”.
Pues bien, los recursos literarios, temporales, espaciales, psicológicos están siempre presentes en esta novela. Alejandro García Gómez nos da las herramientas para construir ladrillos con los olores y los colores que perviven en nuestras nostalgias, con las sensaciones más íntimas, con las realidades y las alternancias de los sentimientos. Y como buena obra, también nos enfrenta a la dualidad de nuestro Yo, incluso a las multitudes que somos cada uno de nosotros y nos deja esa sensación de que nosotros no hemos hecho lo suficiente para construir nuestra casa propia si todos los elementos para amasar y modelar los ladrillos los tenemos a nuestra disposición. Y se los digo yo, otro exiliado voluntario, también con realidades, sueños y utopías amarradas a años.
Arturo Prado Lima



