Consuelo Triviño Anzola

Con el Nobel de Literatura a la escritora francesa este galardón recupera su brillo.

Con la concesión del Premio Nobel este año a la escritora francesa Annie Ernaux, nacida en 1940, el galardón recupera prestigio. No obstante haber publicado su primer libro en 1974, Ernaux no fue traducida al español sino hasta 1984, cuando se publicó ‘Una mujer’ (Seix Barral), el primer libro suyo que cayó en mis manos. La novela se cruzó en mi camino en un momento en el que me asaltaban ciertas dudas respecto a la escritura. Lo que en ella conmovía era su búsqueda de su madre en una mujer disminuida y deteriorada, que ya había perdido la memoria.

La voz narrativa nos conducía atravesando un mundo de clases sociales, de exclusiones y de barreras psicológicas y económicas, tema poco tratado entre ciertas escritoras francesas, desde Simone de Beauvoir o Marguerite Duras hasta Nathalie Saurraute, de una élite intelectual que se movía por los alrededores de la Sorbona.

Ernaux, que no pertenecía a esta élite, nos llevaba con su escritura a sus orígenes, en una ciudad de provincia, instalándonos en una tienda de abastos en la localidad de Yvetot, en Normandía. La madre, campesina y obrera convertida en comerciante, diligente e infatigable trabajadora, le transmite a la hija la fuerza para elevarse por encima de su medio. Pero la fortaleza de una madre también puede herir de modo que, en ‘Una mujer’, se mezclan los sentimientos de amor y de odio, de ternura, de compasión, de culpabilidad y del vínculo indestructible con el ser nos da la vida.

Este descubrimiento puso a los lectores frente a una autora francesa que contaba su vida de forma radicalmente distinta de las que habían leído hasta entonces. Aquellos libros autobiográficos parecían, al lado de los de Ernaux, carecer de alma, de vida e, incluso, se perdían en descripciones innecesarias o banales. Esto se debía quizás al perspectivismo o al pretendido objetivismo de la cámara fotográfica, tras el que ocultaban su implicación emocional con el relato. Pienso en Simone de Beauvoir cuando visita a la madre enferma en el hospital, o en ‘Infancia’, de Nathalie Sarraute.

Ernaux ofrecía las claves para que pudiese seguir la escritura de mi memoria de la madre y la infancia, en pueblecitos perdidos en el interior de Colombia. Me había parecido que lo más cómodo era retener el manuscrito, negarle la posibilidad de ver la luz, evitar exponerlo a un criterio editorial que lo descartaría. ‘Una mujer’ me señaló el camino cuando no encontraba una salida al libro que estaba escribiendo. Ernaux confesaba en su novela cómo la madre se había limitado a comer solo papas para que ella pudiera estudiar filosofía en la universidad. Más de una vez volvería sobre momentos clave, que retoma en ‘Se perdre’ (2000), donde conjura una experiencia amorosa pasada, con consecuencias futuras, pero anteriores al presente de la escritura y que dan lugar a una nueva novela: un juego temporal donde se consume y se confunde la vida. Llega a confesar el deseo de que su amante entienda que él no fue sino coartada para la propia escritura.

El descubrimiento de ‘Una mujer’ iluminó mi camino sobre el oficio de contar la vida, no solo sin pudores de descubrirse una misma, sino con la valentía que implica viajar hacia la propia intimidad y enfrentar la biografía como algo que les ha ocurrido a otras personas que fueron “yo” y que, en el presente, son otro “yo”. La suya es una manera de expresar la vida, de convertirla en materia literaria, con la sal que reabre las heridas, pero también con la distancia de la narradora que ya está fuera del cuadro.

La elegancia del estilo de Ernaux me sedujo y, desde entonces, la sigo en su aventura. En ‘Memoria de una chica’ (Cabaret Voltaire, 2016) nos sitúa en 1958, año de iniciación con un acontecimiento que la marcará de manera definitiva. En La otra hija se busca a la hermana muerta en la infancia por una enfermedad. El último libro, me llegó como regalo de Navidad, ‘Écrire la vie’ (Gallimard, 2011), incluye fotos familiares y con detalles de su biografía, objetos, lugares, personas, paisajes, hábitos, acontecimientos políticos y sociales, con una cronología. Annie Ernaux convierte su vida en escritura y su escritura en vida, dando mayor prestigio al género denominado autoficción.

Fuente: El Timpo – 12 de octubre 2022