Flor Moreno es cantante, editora, poeta y escritora argentina, escribió “Soledad deseaba Ser” y «Océano», bajo su propio sello editorial Droom. Participó de varias ferias de libro; dictó talleres de Escritura Creativa en la UBA. Es directora de la revista digital Droom Magazine cultural.
CLARICE
— ¡Clarice! ¡Clarice!
La joven lo miró como si fuese la primera vez que lo veía; su mirada profunda y misteriosa escudriñó el rostro de Adriel de manera meticulosa. Lo miraba, sí, pero no se movía, tampoco respondía…
Parada frente al ventanal que daba al parque, su mirada se perdía en aquel punto ciego, allí donde nadie más que ella podía entrar.
—¡Clarice! —volvió a llamar la voz de Adriel. Volvió a mirarlo e hizo un gesto que parecía una invitación y el muchacho no quiso perder la oportunidad.
— Me gustaría saber qué pensás.
— En nada.
— Voy a hacer de cuenta que te creo.
— No es necesario.
Transcurrieron así dos horas, dos largas horas para Adriel que no hallaba el modo de captar la atención de Clarice. Se fue sin que ella lo notara siquiera, al menos eso sentía él.
En cuanto se marchó, la muchacha fue a sentarse en su lugar favorito y siguió con su rutina: al terminar volvió al ventanal, le gustaba mucho el atardecer en invierno.
Luego de la cena -que nunca terminaba- tomó la medicación y se acostó a dormir. Boca arriba e insomne, no dejaba de pensar cómo librarse de las incesantes visitas de Adriel, era sumamente necesario hacerlo. Al menos eso es lo que le decía de manera reiterada Augusto: “Adriel debe desaparecer de nuestras vidas»
Esa idea la desvelaba. Esa idea la obsesionaba… Él debía desaparecer.
Augusto era el único que lograba sacar a Clarice de ese estado de absoluta desconexión con el mundo. Juntos iban al parque y pasaban horas haciendo planes para cuando todo cambiará. Clarice sentía por él una admiración y confianza ciega: sus palabras eran sagradas, por eso su obsesión por deshacerse de Adriel, Augusto muchas veces fue contundente: debe irse.
— Clarice
— …
— Clarice, necesito que hablemos, no podés seguir así, tu mejoría depende de tu colaboración — lo miró como quien mira a un espectro: sus pupilas dilatadas, su respiración agitada. Comenzó a sentirse mareada y lentamente fue apoyándose contra la pared.
Adriel alterado quiso ayudarla y ella empezó a gritar desesperada… Cinco minutos después los enfermeros estaban junto a ella, que, acurrucada en el piso, gritando y tapando sus oídos se mecía de un lado a otro. Forcejeó con los enfermeros un rato, hasta que lograron contenerla: le aplicaron una dosis de medicina de emergencia y para evitar que se lastimara decidieron atarla a la cama…
Cuando abrió sus ojos horas después, miraba al ventanal, mientras por sus mejillas rodaban pequeñas gotas de lluvia, producto de aquella maldita tormenta interior. Su vista fija en ese lugar tan suyo… Y de su querido Augusto.
Se sentía terrible, no podía complacerlo. Nunca lo conseguiría y eso la atormentaba demasiado. Adriel era tan persuasivo, el único modo que encontró ese día no resultó nada bien.
Los días pasaban y Augusto no aparecía. Hasta que una mañana al abrir sus ojos, él estaba allí, a los pies de su cama, miró sus manos, ya no estaba atada, aun así, no podía moverse: el cuerpo le pesaba demasiado, tanto como su dolor en el alma.
— Querida Clarice, ¿Qué pasó?
—Adriel — dijo sollozando
—Tranquila, ¡Por favor, tranquila!
Clarice intentaba calmarse, pero no podía.
— Si no te calmás van a volver a dormirte y te necesito despierta. De otro modo no voy a poder ayudarte.
— Lo sé.
—Entonces escuchá mi voz y tratá de relajarte…
Adriel observaba a Clarice desde la ventana de la puerta a la habitación, no lograba entender que sucedía, pero sabía que no era bueno. No podía seguir así, tenía que hacer algo, no quería perder a Clarice…
Me llamo Clarice, tengo veintiocho años y muchos dicen que no sé distinguir entre la realidad y la fantasía. De niña solía hablar sola, al menos eso dice mi madre, pero les puedo asegurar que no es así: él siempre estuvo conmigo. Recuerdo perfectamente el día que lo conocí, con mi familia habíamos sufrido un accidente de tránsito y debían operarme, yo tenía cinco años; estuve internada tres largos meses, así fue como un día soleado, justo antes de mi operación apareció en mi cuarto y se presentó, él también había estado en un accidente y se estaba recuperando, estaba a dos habitaciones de la mía, pero él no tenía cinco años, por ese entonces tenía doce, me trajo de regalo unos dibujos que había hecho para mí: aún los conservo, son mi tesoro. Cuando desperté de la operación, pregunté por él y nadie supo qué responderme, unos días más tarde mi mamá me dijo que ese niño del que yo hablaba había fallecido hacía meses en ese sanatorio. Lloré mucho, ¿por qué mentiría mi mamá?, le creí. Pero unos días después él regresó y ya nunca más me dejó sola, fue y es mi mejor amigo, crecimos juntos, me contaba sus travesuras, luego sus aventuras, su graduación y su posterior carrera, se convirtió en el mejor psiquiatra del país, reconocido y galardonado por sus descubrimientos. Sí, al parecer sufro de una especie de enfermedad mental, dicen que fue producto del accidente; lo malo es que, teniendo como amigo al mejor psiquiatra del mundo, me tenga que atender otro, pero lo entiendo no sería ético, pero cada vez que nos vemos él me dice que voy a estar bien, que sólo debo dejarme ayudar.
¿Quién puede decir cuál es límite entre la realidad y la fantasía? ¿quién se atrevería a confrontar los rincones más oscuros de su pensamiento? ¿No dicen acaso que construimos nuestra realidad y nuestra felicidad a partir de lo que pensamos? ¿Entonces, por qué no me dejan ser feliz? ¿por qué se empeñan en hacerme creer que no soy más que una loca que ve cosas que no existen y habla con un muerto? ¿no es eso acaso más cruel?
Mi Doctor dice que para mejorar debo dejarlo ir, que no puede ayudarme si no lo saco de mi vida. Ya no puedo más con esta angustia, no puedo seguir así, hoy en el parque, sentada a su lado entendí que era lo mejor debía deshacerme de mi amigo porque no me hacía bien. La noche anterior, luego de la última crisis ya lo había decidido, sin que nadie lo notara me escabullí hasta la cocina y tomé un cuchillo, pequeño para poder ocultarlo entre mi ropa… sentada junto a él comencé a llorar y como siempre me abrazó, lloré aún más porque sabía lo que estaba a punto de suceder, lo iba a sacar de mi vida para siempre… le susurré al oído cuánto lo amaba… sí, así es te amé en secreto todos estos años mi querido Adriel, pero mi querido Augusto dice que no me hacés bien. Por eso voy a dejarte, vos tenés un gran futuro y yo no puedo darte más que decepciones al igual que a Augusto.
Desde la ventana de la habitación de Clarice Augusto vió cómo clavaba el pequeño cuchillo en su cuello… todos corrieron lo más rápido que pudieron, pero llegaron tarde…
Clarice fue trasladada a la morgue judicial para la autopsia.
Augusto no lo podía creer, conocía a Clarice desde los cinco años, la observó crecer, la cuidó con un amor inmenso, sabía que ella lo admiraba. Durante esos años se había convertido en una prominencia en el ámbito de la psiquiatría, su cabeza no paraba de pensar en qué había fallado. Fue una vez más a la habitación de Clarice y encontró en un hueco hecho en el colchón dibujos y notas, el último fue de la noche anterior al suicidio… en el reverso de la hoja claramente se leía: siempre fuiste vos mi querido A.



