Se sentía encarcelado dentro de casa. Se asomó a la ventana de la cocina y solo vio tejados. «Ni siquiera se atisba el horizonte» se dijo, y la cerró. Obligado a guardar cuarentena, prendió el televisor. En la pantalla apareció una pareja bailando en una discoteca. La volvió a apagar. No quiso ver más canales. Puso un tutorial de YouTube para cocinar lasaña. Se le pegaron las placas y se le quemó la carne en la sartén. Arrojó la cuchara y desistió de cenar. No prestó demasiada atención a los plátanos ni a las nueces. Se tumbó en el sofá con una botella de whisky y comenzó a beber y a fumar. Por descuido, una brasa prendió en su camisa. Harto, tiró el cigarro, sofocó el fuego incipiente y arrojó la camisa al suelo.

Finalmente se durmió. Mientras él roncaba, el gato del vecino entró en casa a través de la puerta entreabierta del balcón que daba al patio de luces, saltó a la mesa de apoyo, pisó el mando sin querer y encendió la televisión. Ajeno a todo, el hombre soñaba que abría de nuevo la ventana de la cocina y comenzaba a saltar por los tejados. El gato olió la carne de la cocina y subió al mesado, metió los morros en la sartén y rascó con la uña hasta rebañar el último trozo pegado, mientras el hombre del sofá soñaba ahora que era un mono y pelaba plátanos. El gato afiló sus uñas en la alfombra y se limpió la salsa de los bigotes con la camisa medio quemada. Al hacerlo, tiró con su cola el cenicero del apoya brazos del sofá y las colillas se esparcieron, al tiempo que el hombre que dormía soñaba que sembraba arroz.

Salió el gato por donde vino y el hombre se despertó. No reparó en la tele encendida, recogió las colillas y la camisa. Al fijarse en el mesado de la cocina algo le llamó la atención. La sartén estaba vacía y con el fondo quemado lleno de arañazos. No recordaba haber comido ni raspado la carne, pero tampoco recordaba haber bebido tanto, así que se encogió de hombros y tiró la botella vacía a la basura. Al hacerlo, le asaltó la imagen de un gato saltando tejados y la de un mono pelando plátanos. Por inercia, comprobó que los plátanos y las nueces seguían en su sitio.

«Mañana será otro día», se dijo. No contaba con que una de sus vecinas tenía una ardilla.

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Manuela Vicente Fernández (Viana do Bolo, Ourense, España, 1970)

Escritora y redactora literaria. Escribe poesía, relato breve, ensayo y microrrelato. Forma parte del colectivo REM (red internacional de escritoras de minificción) y de AMEIS (Asociación de mujeres escritoras e ilustradoras). Premiada en múltiples concursos literarios, parte de su obra se encuentra recogida en varias publicaciones nacionales e internacionales: revista Luzes (Coruña) La Voz de Galicia, Papenfuss, Pájaros y Nomenclaturas (México), Inmediaciones (Bolivia), Letras itinerantes (Colombia) Extrañas Noches-Literatura Visceral (Argentina), Conexión Norte Sur (España), Proyecto Sherezade (universidad de Manitoba, Canadá)… Representada en varios recitales poéticos, su poemario Piel atópica fue finalista en el I Premio de Poesía Las Nueve Musas. Desde hace años dirige el blog bilingüe colaborativo de difusión de la literatura femenina actual Nosotras que escribimos/Mulleres que escribimos, ha colaborado en el libro benéfico Femenino Plural en pro de la Asociación Clara de Campoamor. Pertenece a la Asociación de escritores solidarios Cinco Palabras; ha coeditado y coordinado el libro Recetario de Cuentos en beneficio de la AECC y participado en varios proyectos solidarios. Ha colaborado con algunos de sus cuentos en el Proyecto Sherezade (universidad de Manitoba, Canadá) que reúne cuentos de habla hispana de todo el mundo. Forma parte del equipo de redacción de la revista Moon Magazine, escribiendo reseñas literarias, actividad que realiza también para la revista Culturamas.

Manuela Vicente Fernández

@ManuelaVicenteF