Por Arturo Prado Lima

Hay pocas personas que son capaces de conmovernos hoy en día, pero las hay. Nadia Granados es una de ellas. Llegó a Madrid, al recinto de la Parcería, Centro de Documentación y Experiencia Artística, con una motosierra, un cuchillo, un vientre lleno de tierra y un verdugo. No pude llegar a tiempo. Me enredé en las minucias de una tarde de verano y cuando entré al recinto ya todo había comenzado. El sonido de la música ya traspasaba las paredes y la piel y las sombras parían una luz de venados abstraída de las montañas atardecidas de la violencia colombiana.

La artista, instalada contra la pared, en una serie de movimientos atemporales, casi mágicos, le sacaba belleza a la violencia y hacía que la belleza trasmute en violencia en un juego de guerra entre la vida y la muerte que trasciende lo temporal para prolongarse por la interrogación sin respuesta de la cotidianidad de la vida. Artista y soledad, silencio y luz, sombra y movimiento haciendo un nudo en la garganta. Rapaz arado bajando por la piel. Manojo de ortiga subiendo por la sangre. Ese era el espectáculo que Nadia Granados nos ofrecía.

No es casual. Para nada. La violencia en Colombia en las últimas décadas ha sido una de las más brutales en el sur de América. Casi medio millón de muertos, 9 millones de víctimas, 5 millones de desplazados. Miles de desaparecidos, torturados, encarcelados, y como si fuera poco, millones y millones de ser humanos autodesaparecidos, autocensurados, autoasesinados porque la fuerza de la guerra no encontró el desagüe por dónde arrojar la frustración. Si todos y todas hubiéramos tenido el privilegio de la alquimia artística de Nadia, la guerra habría sido de otro modo y a otro precio.

Porque Nadia Granados es capaz de gritarle a uno en las narices que la violencia, cuando es transformada en movimiento, en copla, en canción, es capaz de vaciarnos de la misma violencia. Es decir, Nadia nos enseña a hacer de la violencia un condimento más para preparar el alimento, un espíritu capaz de enfrentarse a sus propios victimarios con la misma capacidad de una motosierra, pues ésta solo mutila brazos, pero la de Nadia cercena la incapacidad de luchar contra aquel que ha acabado o amenaza con enterrar sus sueños.

Nadia, con su espectáculo, al menos a mí, me enseñó que una motosierra también sirve para podar sombras, desencuentros y violencias; que un cuchillo es más útil cortando pesadillas que desplazando sueños; que la tierra y el vientre son una misma cosa, la misma sustancia que siempre pondrá la pared a los verdugos de siempre.

Los invito a ver un fragmento (grabado con mi teléfono móvil) de una obra de arte que Nadia Granados presenta en muchas ciudades europeas para asombro de los que no se asombran fácilmente y el llanto agudo para los de lágrima fácil. Gracias Nadia.

 

presentación el CCEDA La Parcería, el Cabaret Político Multimedia COLOMBIANIZACIÓN de la artista Nadia Granados.

Una performance punzante y desgarradora que hace una revisión de la violencia en Colombia propiciada por la élites de poder y que se propone como comentario crítico directo a los sistemas de representación y manipulación de los mass media, las retóricas de la politiquería y la represión de Estado que ha transformado estructuras económicas, sociales y culturales en Colombia, extrapolables en todo caso a cualquier otro país. En tiempos de reflexión política, este cabaret abre profundos cuestionamientos que no dejan a nadie indiferente. https://laparceria.org/colombianizacion/