Arturo Prado Lima

Voy llegando a mí mismo. Me fui hace muchos años, quizá antes de haber llagado. Por eso a veces no me reconozco. He perdido el norte de lo que pudo ser y lo que no fue. Pero no hay por qué preocuparse. Para eso, para que te digan quien eres, están las esquinas de la séptima, el barrio Puenes, los Caminos de Aragón (de Ipiales), el parque La Pola, El santuario de Las Lajas, las veredas curvadas de una Ipiales que desde el principio empieza a ser memoria, de esas que pasan en puntillas por el presente para prolongarse hacia el futuro. Toda la ciudad está en la memoria, activa, plena, en cuidados intensivos a veces, pero está ahí, en la poesía de siempre, en esa que duele y por la cual nostalgiamos desde siempre. Todo poeta tiene la misión de partir. Irse de la ciudad, del pueblo, de la habitación y la misma cotidianidad de su ser. Estos son, en principio, un cerco universal, una muralla alta y firme que no se puede saltar. Hay que destruirla. Y una de las herramientas para destruir el muro que acorrala los espíritus es la poesía. Es la palabra. Con ella dinamitamos las murallas y partimos, y con ella aceitamos las alas para volver. Con ella le damos rostro a la nostalgia e identidad a la forma de cómo entendemos el mundo, tanto el interno como el que está fuera de nuestras primeras realidades.

“La generación del retorno”, la antología poética ipialeña que me entregó la semana pasada el escritor Mauricio Chaves-Bustos en una esquina de la Plaza Mayor de Madrid, editada por La Fundación Casa de la Cultura de Ipiales «Miguel Ángel Garzón» y publicada por Caza del Libro, dentro de la Colección Atados, me trajo de cabeza a esa lógica del retorno. A revisar los caminos y sus posibles atajos. Y regresar sabiendo a qué saben los olores del mundo, imaginando otras ciudades a la hora de partir para encontrarnos, prendita del corazón, y atravesar el Guáitara que viaja por la tierra olvidada del alba (¿es así Julio César Goyes?), y contarle a todos qué se siente estar frente al altar mayor de la Catedral de Sevilla con ganas de inclinarse y llorar, pero resistiendo con fuerza para que esas ganas se conviertan en nostalgia y después en poesía.

Julio César Goyes encabeza esta antología cuya tierra de timbales en el viento y sus senderos de ojos y de oídos no lo abandonan nunca y su presencia es vital en cualquier lugar del planeta que habite su presente. ¡Vamos caminantes! Por estas tierras amanecidas sobre los ojos de los volcanes, con escudos amurallados y pueblos inmensos de trigales, grita Jaime Rodríguez Pantoja. Sí, estimado poeta, vamos por todas por las amanecidas y las alas libres que allá, en el sur, nos estamos esperando y nos esperan las generaciones que no pudieron irse y las que llegaron antes de partir. Aquí estamos esperando los hijos de Chambú(mi patria chica), y los de Ipiales y todos los sures que también están en el norte.

Nos esperan las casas viejas que se quedaron solas como derrota de la alegría, nos espera esa ciudad que no es solo una postal para mostrar, nos espera sus calles y sus pájaros, nos espera esa quinceañera urbana que escribe su nombre en las paredes con las manos más hábiles de cuando nos fuimos. No es sino leer a Wilson Eduardo Jaramillo Cabrera. Y llegar, enfocar los caminos recorridos, el sonido del viento en los eucaliptos, el perfil verde-azul de las montañas fronterizas que es llegar otra vez a la inolvidable música del río que trajo las nostalgias del primer amor, ese al que siempre se regresa, a ese del que tal vez nunca nos fuimos. Lo sabe muy bien Juan Revelo Revelo, cuyos versos sembrados de recuerdos y caminos nos lleva de la mano por su mundo y, genial, por los entresijos del mundo que sus versos reproducen sin cesar.

He leído una y otra vez esta antología y todos sus versos me retienen en un silencio poderoso y grave. ¿Ya les conté que llevo 22 años sin pisar Colombia?. Pues bien, “Me cansé de extrañarte”, como en el poema de Henry A. Manrique B. y ahora estos versos me tocan fuerte y dulce a la vez, pues en las lejanías, cuando no se tiene la certeza del retorno, la ausencia crecerá sin límites y entonces ya no estarán muchas palabras. Regresar, porque pronto vendrán días mejores.

Cómo se nota que de Julio César Chamorro Rosero nadie sabe que su paz está en la otra orilla, pero que tiene siempre a mano cualquier pretexto para vivir. Escribir poemas, por ejemplo. Imaginar que ya enmendó todos sus errores y que con sus poemas ya ha lavado todos sus pecados. Una fórmula íntima para viajar más liviano, solo quizá, pero más vivo, y siempre dispuesto a irse, pero regresar a las 12 a recoger la tristeza que dejó secando en el patio.

Cuantos de nosotros, millones de colombianos, tenemos los sueños colgados en el patio de la casa que nos vio nacer y tenemos la esperanza del retorno. Pero estos poetas de la colección me han enseñado que también se puede retornar a través de la poesía cuando aquello que se escribe tiene el talante de desnudar el alma y vestir de arte la palabra escrita. Volver: “otra vez volver aquí, con la mirada inmóvil, húmedas las pupilas, a punto de estallar en tu recuerdo”. Regresar, para hacer efectivo también el derecho de los que esperan, porque ellos también tienen ganas de dinamitar sus recuerdos y sobre sus cenizas, volver a sembrar otros, con una pasión más controlada, un camino más señalizado, aunque esto conlleve el peligro de las certezas que al arte poco beneficio le representa. (¿O sí?)

Si, ahora entiendo. Los que esperan hacen parte de la otra cara del poema. Tenía que llegarme esta antología a mis manos para comprobarlo. Los que esperan tienen derecho a que les contemos de esas noches de angustia, de esas y esos amantes clandestinos que pasan sigilosos por el futuro pasional, atado a una oscura bufanda. Álvaro Flórez Rosero empieza a hacerlo. Aferrado a la cola de una sombra, que es el otro lado de la luz, nos confiesa que logró hurtarle los sueños al idilio. Cortados por el miedo en una noche de lluvia, precisamente, los hurtó mientras caminaba detrás de una bufanda. Miedo, sombra, lluvia, clandestinidad pueden estar perfectamente donde antes la lujuria y la ironía reinaban petulantes. Genial.

Quizá pensemos que tenemos que irnos porque tenemos algo que cobrarle a la vida, que alguien nos arrebató el silencio, que otros u otras se llevaron un pedazo de nosotros. De allí ese constante sentir que estamos incompletos y que, talvez, en otras latitudes alguien esté dispuesto a pagarnos la deuda. Por eso Elisa Magdalena Vela atraviesa días y años, casi siempre detrás de no sé qué. En un viaje hacia el delirio poético, que es un viaje a sus profundidades espirituales, se entera de «que la felicidad es una isla hacia la cual remé toda la vida hasta lograrla». Su retorno al poema está lleno de lirios y claveles perfumados.

Entre tanto, Miguel Antonio Rosero ya ha llegado y en las huellas olvidadas de su casa descubre que allí mismo, en el sitio del retorno, solía sonreír. Entonces su alma se disuelve en silencios melancólicos. Siente un vaho de malestar que es, en últimas, lo que le permite reorganizar el cerebro y mirar de frente cómo se ha roto el país a sangre y fuego. Luis Ramón López Mora lo entiende. Son petas del sur en busca del retorno. Y allí, en el mismo sitio donde se revuelca de dolor el viejo país, «Un grupo de niños juega a la ronda, una calavera de buey yace en la hierba sembrada de hongos y olvido. Calavera al pie del árbol, un haz de luz ilumina sus oscuros cuencos, una brisa se filtra por su perpetua carcajada, mientras los niños elevan globos de colores». Los dos poetas asumen los dos lados del regreso, la angustia de la destrucción y la construcción de otro yo poético a partir del desastre.

Los caminos y los caminantes. Quién puede decir a ciencia cierta que van o que vienen, pero la condición del viaje siempre será el retorno. Ipiales, aquella ciudad fría y sin trenes, sin mar y sin límites, ubicada en el sur de Colombia, frontera con Ecuador, es en esencia una ciudad de viajeros transfronterizos de su propio destino. Van en busca de la luz, pero también de las sombras donde es posible encontrar desiertos floridos. Hanna Barco, incluso, va más allá. No solo utiliza el camino, sino que al hacerlo parte de sí misma, lo abandona. Se va de él y luego vuelve a recoger los escombros de ese camino por el cual cabalgó huyendo de la parcela local. En esta antología encontramos a la poeta ipialeña en París reconstruyendo la patria del amor. Va sin rumbo fijo, pero siempre con los sentidopuestos en el punto de partida: la poesía.

La otra labor del poeta y el caminante es elaborar caminos. Partir de la nada (solamente en la nada puede crecer el todo), y acumular huellas, fracasos, sueños, árboles, futuros, nostalgias y laberintos para elaborar una ruta por donde los seres humanos puedan llegar más fácilmente hacia ellos mismos. Mauricio Chaves-Bustos, ya de regreso, muestra sus caminos ocultos, alternativas a los paisajes sin salidas y rutas divergentes. Con ello emprende su propio rescate y se convierte en su propia guía. Transforma sus experiencias vitales en victorias y de ellas brota un hacedor de telares con que teje los sueños de la humanidad. La primera hoja de la historia universal, y de su poesía, rescata mensajes perdidos en el laberinto del conocimiento. Ecos que regresan a su sitio de origen, a su cuna habitual, a su poema iniciático.

Allí, en las veredas y los parques de Ipiales y sus pueblos aledaños, como en cualquier pueblo de América Latina, hay seres que esperan el retorno de sus sueños. Los poetas sueñan sus propios versos: “Crecimos jugando a los trompos y a carreras de ruedas de caucho. En la avenida que lleva al santuario de los sueños, raudos en coches de balineras, hicimos volar nuestra esperanza”, a la que Francisco Javier Garzón Almeida quiere retornar. Y lo logrará. Él lo sabe bien, como lo saben también los demás integrantes de esta Antología del retorno: “Ya no es el mismo barrio ni las mismas casas, en los tejados del Gólgota ya no anidan golondrinas y en las calles ya no juega la inocencia”, pero la prioridad del retorno sigue más viva que nunca.

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Nos hemos despedido con Mauricio Chaves-Bustos en la estación Méndez Álvaro. El sigue hacia París. 15 minutos después, ya en el tren de regreso a casa, me entero de que Miguel Garzón Arteaga acaba de despedirse, que acaba de partir. Y que su viaje no tiene retorno. Tal vez sea así. Ahora es a nosotros a quien nos corresponde el retorno hacia su obra, su ejemplo y humanidad. Feliz retorno a la esencia de su ser querido maestro. Un punto clave donde encontrarlo es la Casa de la Cultura de Ipiales.