Concha Pelayo

Decía mi madre que en vez de estar enfadados por las lluvias y porque éstas habían deslucido las procesiones y con ellas nuestra Semana Santa; la gente debería agradecerlo y estar contenta porque gracias a la lluvia se salvarán muchas cosechas que se daban por perdidas. Las madres siempre tienen razón. Casi siempre.

Aquel Domingo de Ramos, mi madre todavía vivía y yo me encontraba en la Isla de Chipre, en la ciudad de Lanarca celebrando con los chipriotas el Día de la Fiesta Nacional, fecha en la que se conmemoraba el comienzo, en 1955, de la guerra de la Independencia de este pueblo contra la colonia británica. La ciudad estaba engalanada con banderines y ornamentos florales por todas partes mientras las gentes vestían sus mejores trajes, muy sencillos, e incluso pasados de moda; tanto que recordaban a los trajes que vestían nuestras madres o abuelas allá por los años sesenta, o tal vez antes. Nos encontrábamos en la Catedral de Agios, abarrotada de fieles que seguían con devoción el rito ortodoxo. Civiles, religiosos y militares guardaban respetuosa compostura mientras honraban la memoria de los que murieron en la contienda. Más tarde, ya en el exterior, varias mujeres ofrecían frutos secos y pan troceado que portaban en cestas de mimbre. Todo era alegría y concordia. La única nota discordante, o que llamaba mi atención era el automóvil del obispo, un descomunal BMW en cuya matrícula había dos iniciales. Me dijeron que correspondían a su nombre y apellido. Pintoresco.

Pero lo que verdaderamente llamó mi atención, comparando este tipo de actos religiosos con los que celebramos en España, era la sencillez y la fe, la actitud de humildad y la comunicación directa y fraternal entre los altos cargos civiles o militares con el pueblo. Nadie parecía ser más que nadie y nadie, parecía, que tuviera que “reverenciar” o congraciarse con las autoridades. A la salida del templo todo era una fiesta de confraternidad y amistad, de humildad y sencillez.

Regresé a España y a mi ciudad, Zamora, tras haber recorrido los 357.050 kilómetros cuadrados de la isla para conocer las ciudades de Nicosia, dividida en dos por la invasión turca, Limassol, Pagos, donde nació el mito de Afrodita, y las montañas de Troodos, repletas de nieve en contraste con la primavera esplendorosa de la isla donde su clima mediterráneo sembraba de naranjos y limoneros el paisaje. Regresé a mi tierra el Martes Santo con una especie de nudo en la garganta y con cierto rechazo ante la parafernalia ritual que vivimos los españoles en Semana Santa, en cualquier ciudad y en cualquier festividad. Todo es fasto y lucimiento, todo es vanidad de vanidades. La prepotencia está a flor de piel. Da la sensación de que se añora el palio, aquel artilugio que cubría el paso del General Franco. Hoy, cuando recuerdo aquellas escenas que se veían con tanta naturalidad se me sonroja la cara. Siento vergüenza ajena.

Aquella Semana Santa llovió amargamente, que decía mi madre; como cuando el agua caía del cielo como arrebatada, con intención de producir otro Diluvio Universal. El de la biblia. Sí, llovió aquella Semana Santa y calmó la sed de los campos. Gracias a la lluvia, tal vez, se sosegaron algunos, se enervaron otros. Para mí, aquella Semana Santa pasó sin pena ni gloria. Con gran desafección. Con la misma desafección que siente el mundo ahora hacia los que lo gobiernan.