Manuela Vicente Fernández – (Viana do Bolo, Ourense, España)
A veces la nada se pega a la suela de los zapatos. Y una comienza a caminar por la vida medio despegada. Justo en medio de ese espacio en el que se condensa todo, entre lo cotidiano e irreal de cada día y la densidad del vacío. Los ojos se van aguando, como si el lodo del pantano tuviese que afluir primero antes de poder asentarse. Entonces puede que notes un descenso de la visión, algo así como una cortina de niebla que se instala en el cristalino, como ese vapor que se forma en el baño cuando te duchas. El oculista puede diagnosticar entonces vista cansada, perdida de neuronas limpiacristales o, en algún que otro caso persistente, una degeneración corneal, que nombrará con una parrafada técnica, aunque tú no necesites recurrir al diccionario médico ni siquiera a los manuales de autoayuda para constatar lo que ya sabes: que el lodo se está asentando. Pero da igual, porque hay avances en el campo de la visión que te permitirán acceder, mientras tanto, a unas gafas con las que ver mejor, colirios con base de agua de mar que ayuda a limpiar las algas que flotan en medio de la pupila, novedosos ensayos de prueba y error con células madre o, en el peor de los casos, a un recambio de cristalino, algo así como cambiarle las lunas al coche pasando por el taller. Recursos que te permitirán seguir leyendo libros con letra Arial catorce, o dieciséis, en el dispositivo electrónico aumentando el zoom. No hay problema, porque el verdadero problema no es la falta de nitidez, sino la falta de apego.

Obra del maestro Carlos Riascos
Esa persistente nada que ataca desde el fondo de los armarios, entre estante y estante, cuando ordenas la ropa, y te hace también estornudar, es la única culpable. Sabes que da igual que el alergólogo la bautice como reacción ante dermatophagoides farinae o dermatophagoides pteronyssinus, porque es la misma nada fangosa de la suela de los zapatos, a la que tratarás de combatir (como hiciste ante el problema de la córnea), con un montón de pastillas y rituales que, por supuesto, no harán magia: que si un colchón antiácaros, una funda de almohada, un ionizador de partículas y hasta una mascarilla para afrontar las tareas de limpieza. Las pastillas las reducirás poco a poco, hasta llegar a sustituirlas por una infusión bien cargada de hierbas, (por no hablar de la versión liada que tiene más efectividad). El caso es neutralizar la alarma del sistema parasimpático que pierde simpatía ante el mínimo roce. Y llegamos al neurofondo de la cuestión: el roce. Porque precisamente del roce con los distintos elementos es de lo que acaba surgiendo esa nada llena de partículas que se pega de continuo a tu piel.
La erosión cotidiana que surge y va afectando a tus rodillas cada vez que te doblas a recoger calzado, alfombras, pelotas desinfladas, contenedores… y precisa del Bálsamo de Tigre del gimnasio, o, en su defecto, del que venden en el bazar de los chinos en versión occidental, sin que alcances a darte cuenta de que sigues persistiendo en los rituales, en el maldito hábito de parchear otra vez esa engorrosa nada, que para llamarse nada tiene mucha tela. Hasta que te hartas de tirar de mascarillas, cremas o manuales, y te remangas. Entonces la visión borrosa se aclara y no porque hayas acoplado en la ducha un extractor para el vapor, sino porque lo ves cristalino. Con lunas nuevas o con lo que haga falta. Y lo mismo sucede en el caso de los ácaros, esos dermatophagocitos a los que pones en fila al pasar lista antes de enviarlos a la conquista libre de los estantes de casa: “Tú, a la habitación del fondo”; “tú, a la sala-comedor”; “tú, al pasillo”.
Llega la hora de guardar los útiles de limpieza ¡que jartá de limpiar, hija!, que diría mi amiga andaluza, total, para ná, que los dermatophagocitos comen y excretan y no es cosa de romper la cadena natural sino de aliarse con ella y gestionar los lodos que se asientan en tu morada.
Y esta es la misma conclusión a la que llegará, a través de ti, la plantilla de médicos: todo consiste en aceptar el lodo. El lodo de los ojos que se negaban a mirar. El lodo de los armarios llenos de ácaros. El lodo del suelo lleno de trastos. Solo cuando dejas de pelearte con lo que no puedes cambiar te sientes libre, aunque al salir a la calle oigas decir por lo bajini: “Mírala, parece que va flotando entre algodones” y asientes, no tanto por practicar el no hacer como porque es verdad: La nada que hay entre la suela de tus zapatos y el suelo ha dejado de ser tu enemiga, ahora que sabes usarla para amortizar el roce.
El siguiente paso que darás en tu terapia será compartirlo con los demás, pero no en formato autoayuda, que eso no vende y da bastante repelús, mejor en otro género; quizá en forma de uno de esos textos breves que pueden leerse en diez minutos, de esos en plan doctor casero, que la gente lee para encontrar el consejo que guardan y sobre los que al terminar exclaman: ¡Vaya parida mental!
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Escribe artículos, reseñas, ensayo, minificción, poesía y cuento. Socia de AMEIS (Mujeres Escritoras e Ilustradoras) e integrante del colectivo REM (Red de Escritoras de Minificción), dirige el blog grupal de escritura femenina actual Nosotras, que escribimos. Colaboradora en medios y revistas literarias.



