Escribe: Rubén Darío Cárdenas
Nació en Armenia, Quindío. Licenciado en Ciencias Sociales y Especializado en Derechos Humanos en la Universidad de Santo Tomás. 30 años como profesor y rector rural. Fue elegido como mejor rector de Colombia en 2016 por la Fundación Compartir. Su propuesta innovadora en el colegio rural María Auxiliadora de La Cumbre, Valle del Cauca es un referente en Colombia y el mundo.


Gustavo Guzmán en consejo de guerra como integrante del M-19
Gustavo Guzmán y la diáspora colombiana
“Siéntate abuelo, aviva la llama del carbón,
renueva las tulpas, quema la hojarasca.
Vendrán tus hijos y tus nietos. Ya no estarás solo.
Ya no tendrás que enterrarlos tú, habrá terminado la guerra.
Desde mañana, abuelo, no se disparará con fusiles.
Lo haremos con palabras, con ideas, con futuros.
Haremos una fiesta para cerrar nuestros duelos”.
Arturo Prado Lima
“… por la patria, sentida en los jazmines…” (J.L. Borges)
La historia de Gustavo Guzmán Castillo, un líder social colombiano, recoge en sus vivencias, sus dolores y esperanzas, la historia de tantos coterráneos que se han visto forzados –por la violencia desatada por el estado, por el conflicto armado, por las condiciones extremas de la desigualdad social- a salir del país. Es la “diáspora colombiana”: miles de compatriotas que viven con el corazón partido, entre el afecto de los países que les abrieron sus puertas y la nostalgia por sentirse lejos de su tierra natal.

“Rubén Darío -me expresa en un encuentro reciente-, a mil kilómetros de la patria, nos renuevan y entusiasman las marchas multitudinarias del pueblo colombiano, coloreando de amarillo, azul y rojo las grandes avenidas; las mujeres altivas y emancipadas, ondeando las banderas de la igualdad; los jóvenes entonando los himnos libertarios,
defendiendo el primer gobierno popular de nuestra historia. Por estos días, en los parques de Madrid se retuercen y resecan las encinas a causa del verano impío, perolos vientos de cambio que nos airean desde Colombia, por la llegada de Gustavo Petro a la presidencia, tiene a los exiliados colombianos viviendo en primavera. Empezar a dejar atrás nuestro pasado de injusticias, inequidad y víctimas nos hace sentir que valieron la pena tantos años de lucha y espera. Ahora, por fin, acariciamos el sueño de Carlos Pizarro: ‘Que la vida no sea asesinada en primavera’. Ya era justo: en mi caso, ya cuarenta años viendo que las causas de la inequidad y la violencia siguen sin resolverse y que nuestros jóvenes siguen siendo empujados a la ilegalidad. La llegada de Petro, con quien hemos colaborado decididamente, es una puerta inmensa que se abre. El pueblo colombiano no puede dejarla cerrar, debe abrazar con fuerza sus propósitos, que son los nuestros”.

Gustavo Guzmán y Antonio Navarro Wool, integrante de la cúpula del M-19
Guzmán fue el tercero de ocho hijos que crecieron en medio de estrecheces y carencias. Siendo un niño se la rebuscaba vendiendo melcochas y bolsas de papel, aprovechando el periódico que recogía entre el vecindario; cargaba canastos en la galería y cuidaba carros cerca de la plazoleta de San Francisco en Cali. Transitó por distintos oficios: fue albañil, mensajero, limpiador, cobrador y joyero. Su temprana conciencia acerca de las inequidades y las problemáticas sociales lo llevaron a ocupar la vicepresidencia de la Federación de Comités Cívicos y Comunales de los Barrios Populares de Cali, “Fecicobap”, y a ser presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio San Cayetano en Cali. Este trabajo barrial lo acercó al ideario de la Anapo y terminó compartiendo con Carlos Toledo, Andrés Almarales, José Cortéz, Rodrigo Restrepo, Israel Santamaría, Elvencio Ruiz, el Grupo “Comuneros” y muchos otros, que vieron cerradas las puertas de la lucha política con el fraude electoral de 1970 y fueron empujados a la lucha armada, ante un sistema que sometía al país a la desigualdad y se aferraba al poder a costa de represión, tortura y muerte.
Sufrió en carne propia la persecución del estado. Luego de recibir amenazas del grupo Muerte a Secuestradores -MAS- (grupo paramilitar) que lo declaraba objetivo militar, a él y a su familia, su hermano Javier fue asesinado en la calle, sin que nunca se resolvieran los móviles del crimen. En sus palabras aparecen tristes coincidencias de quienes han narrado los atropellos del régimen policial de aquella época: “Fui detenido y secuestrado, en las caballerizas de ‘La Remonta’ del Batallón Pichincha. Militares especializados -en suplicios- me torturaron durante tres meses continuos: en total indefensión me sometían a choques eléctricos en distintas partes del cuerpo.
Perdí el conocimiento muchas veces por estar colgado de los brazos, sin tiempo límite. Vendado y amarrado de pies y manos, me arrojaban a la piscina (‘El submarino’, le llamaban); extenuado y confuso me sacaban del batallón para que delatara a mis compañeros, pero no lograron doblegarme. Hacia la medianoche me tiraban en el piso de una camioneta y me conducían a las afueras de la ciudad.

El aire que entraba por las ventanillas pronto se hacía frío y me traía fragancias vegetales, escuchaba el caudal de algún un río, que podría ser el Pance o el Aguacatal.
Me arrojaban al suelo a empujones y me tiraban desnudo a merced de las hormigas, los zancudos y el frío, eran horas interminables. ‘Desde aquí es más fácil tirarlo’, escuchaba. Luego oía retirar el seguro de un arma y sentía una punzada estremecedora en la barriga ante la certeza de estar viviendo mis últimos segundos.
Como un ritual íntimo de despedida, buscaba en mi memoria los rostros de mis compas y de mis familiares; los semblantes de mi madre y de cada uno de mis siete hermanos pasaban frente a mis ojos, convencido de que nunca más los vería. Varias veces, al oír el martilleo del gatillo, lancé un grito de espanto y entonces escuchaba, cínicas y estridentes, las carcajadas de mis torturadores: ‘¡Bueno muchachos ya nos divertimos por esta noche, volvamos al batallón!’”.

“Debo confesarlo: todavía despierto con pesadillas, sintiéndome amordazado en las mazmorras del batallón. ¿Qué puede esperarse de un sistema que especializa personas en acabar la vida humana? Esta degradación de las fuerzas militares explica la facilidad con la que entablaron complicidad con los paramilitares y el narcotráfico, explica también los ensañamientos demenciales de las ‘casas de pique’, las masacres inmisericordes de las autodefensas, las violaciones de mujeres sin distingo de edad y los hornos crematorios que hace poco reconociera Mancuso”.
“Llegar a la cárcel, -quién lo creyera-, fue un alivio. Había salvado mi vida, otros detenidos no aparecieron nunca. Recobré mi libertad, pero de nuevo volvió el asedio policial y las amenazas de grupos que perpetraban el aniquilamiento de quienes habíamos abrazado la lucha guerrillera. Dos atentados, en los que salvé mi vida de milagro, me obligaron a abandonar el país, abrumado por la pérdida de tantos compañeros que pagaron con su vida la osadía de soñar un futuro mejor. De la noche ala mañana, nos vimos en España, lejos de nuestras familias, con ‘una mano adelante y la otra atrás’, rebuscándonos la vida, con ventas ambulantes y trabajos de albañilería y pintura. Volver a empezar, ¿qué tal?”.
“La batalla indoblegable por la justicia social y por la dignidad humana fueron los ideales que me sostuvieron en la tortura y han sido mi faro en el incierto camino del exilio. Al llegar a Europa entendí la peor de nuestras condenas: a los colombianos nos han metido en la cabeza que no tenemos derechos. Las pocas migajas que nos den los políticos oligárquicos de turno debemos ‘agradecerlas’. ¿Qué tal esa infamia? En España los gobiernos de izquierda han consolidado reformas que se vivencian en un sistema de salud público y universal, de gran calidad, en un sistema educativo que abre las puertas a todos y en subsidios diversos para garantizar calidad de vida cuando se enfrentan períodos de desempleo y escasez. Estas son las banderas por enarbolar en Colombia exigiendo que sean políticas de Estado. En España no bajamos la guardia:los políticos de ultraderecha sueñan con volver trizas esas garantías sociales”.

Colombia aún está lejos de ser el país soñado por Pizarro, pero nos animan los viento sinquietos y frescos de este nuevo gobierno: parece que, por fin, cesa la horrible noche de la violencia y empieza la anhelada aurora de la justicia social. La aplicación de la justicia restaurativa, por parte de la JEP, ha derruido el negacionismo cómplice frente a los crímenes atroces de la guerra y ha permitido que aflore la verdad tan temida. Esta primavera, por la que Gustavo Guzmán ha luchado, lo reconforta y reverdece su compromiso político; como miles de colombianos siente el dolor de cada víctima del conflicto armado y, como Afranio Parra, quiere sentir el alivio de saber que no fueron en vano los pasos que otros dieron para heredarnos la paz:

Carlos Toledo Plata, Israel Santamaría Rendón y Gustave Guzmán.
Los pasos que estampaste
con amor en la tierra
permanecen en ella.
No los destruye el tiempo
ni una ingrata memoria;
no los borra la lluvia
ni los cubre la yerba;
no los quiebra el estío…





