Escribe: Manuela Vicente Fernández

Mirando las noticias que aparecen en los distintos periódicos me asaltó uno de esos titulares insólitos “Un parásito ayuda a los lobos a convertirse en líderes” (1), según el artículo, bastaba que los lobos, u otros animales (también hacía referencia a hienas, nutrias, aves o incluso seres humanos) se infectasen con el minúsculo parásito Toxoplasma gondii, para que estos modificasen su comportamiento, tornándose más agresivos, más intrépidos y dispuestos a asumir nuevos riesgos. Los lobos infectados se arriesgaban a explorar nuevos territorios. Al parecer, según los investigadores, los lobos venían a infectarse en su mayor parte tras entrar en contacto por consumo directo de ooquistes expulsados por los pumas, lo cual, en un bucle de retroalimentación, llevaba a una doble consecuencia: los lobos, al ser infectados, se atrevían a acercarse a depredadores como el puma con mayor frecuencia y, a la vez, al seguir infectándose en su acercamiento, se facilitaba la relación e intercambio entre las dos especies, haciendo que la especie más agresiva influyese en el comportamiento de la otra. El tema era fortalecerse por exposición, como esas terapias de choque que resuelven el miedo a las arañas, por ejemplo, haciendo que la persona fóbica se acostumbre al entrar en contacto con el arácnido.

El artículo también hacía referencia a la posible infección de humanos a través de felinos caseros, como los gatos, de forma que la infección por el parásito, en apariencia una infección leve, prácticamente asintomática, incidiese de forma alarmante en su posterior comportamiento. El artículo llega a postular una relación entre varios comportamientos agresivos humanos y la infección con T. gondii, como la mayor propensión de sufrir accidentes de tráfico (quizás por esa anulación del sentido del riesgo), cometer suicidios (no se sabe bien por qué), o desarrollar desórdenes psiquiátricos (quizá latentes, como el mismo parásito).

Lo cierto es que, sin profundizar en el desarrollo de estas teorías, lo que viene a decir el artículo es el que el odio, el ansia de aventura o la capacidad de liderazgo pueden verse influidas por algo tan pequeño como un parásito, o quizás, en última instancia, corresponden intrínsecamente a gérmenes, cuya función no es otra que la de movilizar especies facilitando que la interacción entre ellas se lleve a cabo. Estaríamos hablando aquí de un plan mayor, como si la propia naturaleza nos forzase a salir de nuestra zona de confort para ver en qué somos capaces de llegar a convertirnos.

Extrapolando al tema emocional la insólita temática del germen, vemos que en realidad las emociones corresponden también a cambios intrínsecos a nuestra naturaleza. No en vano la capacidad de reproducción o de crianza se ve influida por este saco emocional que nos conforma. Quizás si se nos inocula un germen que conduzca al aislamiento y a la soledad extrema se produzca en nosotros el efecto contrario al de la expansión y anulación del riesgo. En el fondo, va a ser que todos y todas somos ratas de experimento en este gran laboratorio que es la vida, y nos movemos en un hábitat que no es del todo nuestro y en el que estamos expuestos a todo tipo de contaminación cruzada entre especies.

Al igual que el título de aquel famoso libro de autoayuda, quizás, a medida que nos vayan llegando las respuestas (aunque sea en forma de gérmenes) podamos responder a la pregunta crucial:

¿Quién se ha llevado mi queso?

Manuela Vicente Fernández

@ManuelaVicenteF

Manuela Vicente Fernández (Ourense, España,1970)

Autora de relato, poesía y microrrelato, también reseñas, Informes de lectura, corrección de textos… Entre una cosa y otra me bajo del mundo y leo.

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https://ameisescritoras.es/manuela-vicente-fernandez?fbclid=IwAR0wlUcl_7pgnOaCTwORCyZxpUGAgW0n0muZ4QMV8Cpc59Haf9UXTunnQoI(1) (www.abc.es/ciencia/parasito-ayuda-lobos.convertirse-lideres-20221124203757)