
Escribe: Arturo Prado Lima
Viajando por el MIO, sistema de transporte masivo de Cali, me imaginé a Fabio Martínez, el escritor vallecaucano, tocando su clarinete en el Metro de París. La noche anterior, lo había llamado para preguntarle si seguía en Cali o se había marchado a Bogotá, donde, de la mano de Basilio Rodríguez Tejada y su editorial Pigmalión, iba a presentar sus creaciones en la Feria Internacional del libro. Era el 1 de mayo y aún estaba en casa, así que nos citamos para almorzar en las cercanías de la Universidad del Valle, donde él es catedrático. Pero éste, en el que yo viajaba, donde subían y bajaban músicos de ocasión, no era un Metro, y para ser un “Músico de Metro” hay que estar en la Ciudad Luz y tener un clarinete. No vale el Metro de Barcelona ni el de Madrid. París solo sirve para tocar en el Metro. No para escribir un poema, un cuento, mucho menos una novela. París es el sonido de un clarinete, ese que Fabio llevaba en su mochila y en varias ocasiones llegó a ser su propio futuro.

“Hay un momento en que después de vivir una vida intensa, como lo llamó Charles Boudelaire, llega el spleen de una fatiga del espíritu”. Esta es una ciudad para contemplar “el cansancio del alma”, no para escribir. Incluso es una ciudad para suicidarse, para vivir una agonia intensa, para elaborar nostalgias, recuerdos, heridas, amores de media noche, y contemplar gatos en los tejados. Según estas memorias, París es el lugar perfecto para gastarse el dinero de una casa vendida en Colombia, que en París es poca cosa, pero nunca para desnudar el alma, navegar en los vacíos del corazón y sacar a la superficie esas conclusiones espirituales que son por lo general las obras de arte. París, en últimas, es la ciudad donde se adquiere la experiencia para escribir, pero no para escribir. París no es el momento. No es la luz. Es el sitio para conocer otros escritores y escritoras, para experimentar borracheras de media noche y contemplar las arquitecturas históricas al medio día. Es la placidez de vagar por senderos de nadie. Es el lugar idílico para proyectar el camino hacia la escritura.
Para escribir hay que estar en casa. Y Gloria Tacones lo dijo: “!Chavales, dejad de estar andando como gipsy kings por el mundo!, ya es hora de volver a casa”. A esa Cali pachanguera que vibra las 24 horas del día. Hay que estar entre viejos amigos y descubrir cosas que antes no eran nostalgia y que ahora lo son por el milagro del regreso. Entonces nos encontramos con el hombre que imagina y escribe, recuerda y escribe, comprueba y escribe, analiza y escribe, sueña y escribe. Ese hombre es Fabio Martínez, cuyas memorias, “Perfume de Cadmia”, acabo de leer y me dejan esa visión única que Fabio tiene sobre París, la ciudad que todos los y las escritoras del mundo, sueñan con conocer y escribir allí las obras maestras de literatura universal.
He conocido a Fabio por un cúmulo de casualidades que bien pueden tratarse con los manuales de la patafísica de Julio Cortázar. En efecto, Fabio es uno de los tres cronopios vivos que quedan en el mundo. Fue uno de ellos que junto al escritor y actor José Alias y al periodista español Ricardo Bada, se tomaron la botella de Whisky después que la gente abandonó la sepultura del autor de Rayuela en el Montparnasse de París. José Alias fue quien primero me habló de Fabio Martínez. Tiempo después, los tres nos reunimos en Madrid. Junto al dramaturgo y actor Carlos Bernal, y otros amigos y amigas, pudimos departir unas cuantas horas. Desde entonces hemos vivido una amistad larga y sincera, hemos coincidido en temáticas y visiones literarias, sociales y culturales. Hemos realizado entrevistas para este mismo medio periodístico y hemos tomado café y comido tanto en Cali como en Madrid, sólo que hasta hoy, que termino de leer sus memorias, me doy cuenta de la brillante trayectoria de este cronopio andariego cuya vida y obra siguen apostando por la esperanza y la verdad.

Las memorias son para contarlas. Y Fabio sabe contarla. Una tarde, su madre lo llevaba de la mano cuando vio a un hombre perderse en el horizonte de una calle. Ella le dijo, “ese que va por ahí es tu padre”. Un antioqueño llegado durante la colonización paisa al Valle del Cauca. Dice Fabio que en ese momento decidió ser escritor. Vivió entre siete tías, unos cuantos tipógrafos y una madre estupenda que fue capaz de vender la casa para darle el dinero para que se fuera a París a aprender a escribir. Una vez en la ciudad soñada, comprobó que no era así. “En París no escribí nada, repito. Pero la experiencia vital de vivir en una ciudad bella e intensa me permitió fortalecer mi espíritu, para poder escribir años más tarde”. “Lo que yo hacía era ir acumulando un vademécum de experiencias que se iban localizando en mi memoria para luego volcarlas sobre el papel”, se lee en sus memorias. Y continúa: “Primero se tiene la experiencia del viaje, y luego se escribe sobre el viaje. Se tiene la experiencia del amor, y más tarde, la experiencia del dolor. Se sufre el dolor, y después, se escribe sobre el dolor. Se tiene la visita de la muerte, entonces es el final, el deceso, el olvido”, digamos, toda una experiencia vital donde cada gesto, cada momento, cada deseo, sueño o pesadilla es una palabra más en la memoria para gestar en la imaginación las historias, los cuentos, las novelas, que son los mundos posibles que cada escritor plasma en sus obras.
Es un libro acogedor. Es un libro esclarecedor, pedagógico. Es lo que debemos leer quienes aspiramos a escribir bien. Descubriremos una vida, sí, pero además, los entresijos de esa vida, de esos momentos primigenios del amor, de las mujeres y sus paraísos, sus desdenes y sus glorias. Nos sumergiremos en esos éxtasis impetuosos que en estas memorias, como un rayo cósmico, parte una cama en dos, tal vez para evitar la fusión anticipada de los cuerpos. Leyendo este libro se nota el aprendizaje de otros olores, otras texturas, otros colores, otras sensibilidades. Y se aprende a compartir el destino no solo con las personas de nuestro agrado, sino con todas las sensibilidades de ese mundo que hay que aprehender. Nos encontraremos con activistas del cambio climático, del feminismo global, con las condesas dieciochescas, con las nostalgias del Mayo del 68. Y también con todos esos seres anónimos de Las Ramblas asociados a las drogas. Nos encontraremos con el desmantelamiento del Boom Latinoamericano en Barcelona; asistiremos al restaurante más barato del mundo y escucharemos a Serrat, Ana Belén y los Carrangueros de Ráquira. Y hablaremos con pintores, poetas, dramaturgos, y lo que es más fascinante, recorreremos las aldeas de España de la mano de un grupo de teatro: Así, actuando a veces, desactuando después, ordenando y desordenando, viviendo y desviviendo. Solo cuando el vacío está lleno de otros vacíos y después de volver a casa, es “Cuando la pulsión de la escritura toca la puerta, hay que abrirle, y no dejarla escapar”. Hay que deshacerse del clarinete, la herencia perpetua y la vida en las tablas teatrales.

Esto es lo que le sucedió a Fabio Martínez y lo cuenta en sus memorias. De tal manera que su primer libro, “Un habitante del séptimo cielo”, fluyó sin ningún problema. Esto y mil y una cosa más. Para enterarse, y para apoyar el talento, hay que comprar el libro y leer, eso es lo que me queda claro. Y para eso, no hace falta que vayamos a un cementerio a leer su epitafio, (“Aquí yace Fabio Martínez, un habitante del séptimo cielo”, como termina estas memorias), sino encontrarlo en la dicha de una buena lectura que honre su existencia.
Fragmento de la Autobiografía Perfume de Cadmia. Pigmalión, Madrid, 2024
Mi montaña mágica
Mi madre acostumbraba a tomarme de la mano cada vez que salíamos a la calle. Una tarde, mientras caminábamos por el teatro Alameda, se detuvo de repente, miró fijamente a la acera del frente, y señalando con su dedo índice, me dijo:
-Ese hombre que va allá es tu padre.
Aquel día, conocí el secreto mejor guardado de la familia. Secreto que desde niño me había tenido martillando en mi cerebro, y que no me dejaba vivir en paz. ¿Quién era mi padre? ¿Por qué mis primos tenían padre, y yo no? ¿Por qué había nacido con ese vacío tan grande en mi vida?
La ausencia del padre fue lo que me hizo ser escritor. Escribir para llenar un vacío que yo nunca había pedido en la vida.
Así fue como yo entré en la larga fila de los hijos de Pedro Páramo. De los hijos de Nadie.
Años más tarde, mi madre me contó que mi padre era de Medellín, y había llegado al Valle del Cauca, durante el proceso de colonización antioqueña.
Nací en Santiago de Cali, en la colina de San Antonio, Carrera 12 No. 1-117, en una casa de adobe, de paredes blancas y zócalos verdes.
La casa era propiedad de don Agustín Victoriano Martínez Sanabria, un tipógrafo de origen pastuso, que después de aprender con los hermanos maristas el oficio de impresor, compró en la colina un pedazo de tierra, y allí construyó su casa.
Don Agustín se casó con doña María de todos los Santos Erazo, una india de La Cruz, Nariño, que a diferencia de mi abuelo materno, no sabía leer y escribir. De esta unión, nacieron mi madre, mis siete tías, y un tío calavera, que cincuenta años después, lo atropelló una moto en la Calle Quinta.
Mi abuelo materno me enseñó a leer y escribir a los cinco años de edad. Siempre he reconocido que mi primer maestro fue mi abuelo materno. Mi segunda maestra, fue la abuela María, quien me enseñó a leer los signos invisibles de la vida.
Don Agustín me enseñó el alfabeto español con base en la poesía modernista que estaba en boga en aquella época. Desde la infancia, Rubén Darío fue mi poeta de cabecera. Mi abuelo, que tenía una educación clásica basada en la retórica, la filosofía y la literatura, me hacía aprender de memoria la poesía:
Colombia es una tierra de leones;
el esplendor del cielo es su oriflama;
tiene un trueno perenne, el Tequendama,
y un olimpo divino, sus canciones.
Sentado en la sala del comedor, yo recitaba de memoria las estrofas de Darío dedicadas a mi país, y no comprendía por qué el poeta nicaragüense hablaba de leones, en una tierra donde no había leones.
-Abuelo, en Colombia no hay leones -decía, y el abuelo se quedaba pensando en silencio-.
Luego, cuando era un adolescente, y comencé a vivir en medio de la barahúnda que ha sido este bendito país, comprendí que los leones aquí abundan, y están enquistados en los altos cargos del gobierno. Aquí no solo hay leones, sino también fieras salvajes, que día a día, te acosan por doquier.
Mientras mis primos jugaban en la colina al escondite, mi abuelo se sentaba en la mesa de comedor, y me enseñaba a leer y escribir.
Coclí, coclí
Al que lo vi, lo vi
al que está detrás de mi
no juego más.
Yo alcanzaba a oír el canto de mis primos correteando por la colina, y me daba rabia estar encerrado. Desde la cocina, mi abuela María, gritaba a todo pulmón:
-Viejo, deja descansar al niño. De tanto estudiar, se nos va a enloquecer. Como el Quijote.
El sábado en la mañana, mi madre me pedía que la acompañara al centro de la ciudad, a cobrar su salario. Ella fue una modista que trabajó en las fábricas de confecciones de la ciudad, que eran de propiedad de los sirios y libaneses, que llegaron a la ciudad a comienzos de siglo.
A la altura de la tienda La Despensa, mi madre y yo tomábamos el bus Rojo y Crema. El automotor partía del Bosque Municipal, bordeaba los barrios Santa Rita y El Peñón; luego, subía al barrio San Antonio, tomaba la Carrera Quinta, y nos dejaba en la Plaza de Cayzedo.
La Plaza de Cayzedo era el centro de la ciudad, y de mi pequeño mundo.
El bus tenía asientos de dos puestos. Yo escogía el puesto de la ventanilla para contemplar el paisaje urbano, y dejar que la brisa fresca entrara y me acariciara el rostro.
Mientras el bus corría lento, yo leía desde la ventanilla los avisos comerciales, que veloces pasaban por la ventanilla. Fue mi primera demostración intelectual que tuve frente a mi madre.
Elvia se llamaba mi madre. Ella y yo descendíamos del bus, y nos parábamos a hacer fila al frente de la fábrica donde se destacaba una casilla de pagos. Mi madre se acercaba, mostraba su cédula, el pagador le extendía una planilla, ella firmaba, y luego le entregaba un pequeño sobre de papel kraft. Era el momento más feliz de mi madre y de sus compañeras de trabajo. Algunas contaban en el acto el dinero; otras, como mi madre, doblaban el sobre y lo guardaban en el corpiño de la blusa.
Cuando mi madre se despedía, las mujeres comenzaban a lanzarme piropos amorosos, que me hacían ruborizar.
-Suegra, me lo cuida. ¡Eres un papito!
Doña Elvia sonreía, y me arrastraba con su mano diestra. Para celebrar el pago, me llevaba al almacén Gilbert, y me compraba ropa y zapatos. Luego, íbamos a comer salchichas vienesas con Coca Cola en la Salchichería Cali, que estaba situada sobre la Carrera Sexta.





