Alejandro García Gómez y Fernando Palacios Valencia en la presentación de «Cuyanacentrismos», en el Banco de la República, sede de Pasto, Nariño.

 Hace unos días, en la sede del Banco de la República, sede Pasto, sur de Colombia, se presentó el libro Cuyanacentrismo, del autor Alejandro García Enríquez, con la participación de Fernando Palacios Valencia, director cultural, su hijo Alejandro García Gómez, amigos y familiares. Lo que leerá a continuación es un paseo por el misterioso camino del autor de este libro y el aporte al pensamiento de la humanidad desde las tierras de Sandoná, tierra de azúcar, café sombreros de paja toquilla y hombres y mujeres con sabios que desafían las corrientes del conocimiento universal para apostar por una nueva interpretación del mundo a partir del origen de la vida misma.

Escribe: Alejandro García Gómez.

En la vereda Alto de El Ingenio, perteneciente a dicho corregimiento del municipio de Sandoná, ubicada en una de las heladas faldas de nuestro volcán Galeras, un hogar campesino formado solo por guaguas varones y sus padres, ha perdido a su madre dando a luz al séptimo (Ramón). Desde entonces la vida se transforma radicalmente para estos chiquillos, que se convierten en niñeros de su hermano bebé. Vicente, el mayor, después de unos años, ya adolescente, madura la idea de escapar. En una carta deja la parte de su corazón roto con el fin de que a él, a esa parte de su corazón que deja, no se le ocurra perseguirlo. Jamás se vuelve a saber de sus pasos, pero todos conocemos la certeza de esa incertidumbre por los relatos familiares. A los salvajes niños-niñeros se les muere Ramón a los cinco o seis años de edad, a pesar de su amor y de sus cuidados de ternura montaraz. Su padre, don Julio García López, desde entonces viudo eterno de doña Concepción Enríquez de García, se gana la vida jornaleando en predios ajenos y en dos o tres minifundios propios y con ese producido y con su amor y con su dolor los alimenta.

Los vientos que bajan del gélido Galeras engrosan el ramillete de niños salvajes. Manuel, Luis Antonio, Enrique, Alejandro y Juan, deben asistir a la escuela campesina a dos horas diarias bajando las laderas, potreros y caminos de a pie, cada que hayan crecido lo suficiente para celebrar su Primera Comunión. El retorno, otras dos horas, llueva o truene. Por los ocultos misterios que la realidad nos tiende como enigmáticas alfombras en nuestra vida, el discurso del niño Alejandro es escogido para la bienvenida de los escolares campesinos de El Ingenio, corregimiento de Sandoná, como señalé, al Obispo de Pasto. Aquí cambia la vida de este hacedor. En una carrera no solo de escollos, sino de imposibles obstáculos, comienza la educación del niño Alejandro García Enríquez, en Pasto, narrada en la separata adjunta del libro que hoy presentamos sus hijos, Laura, Conchita y quien les habla. Sus estudios le proporcionaron un dominio absoluto del latín, el griego y el francés, que los leía hablaba y escribía. Ni qué decir del manejo de la lengua castellana. También de la filosofía. Conocimientos del inglés, que lo leía y entendía, y el resto de los saberes de un bachiller de alta calidad del Seminario Conciliar de Pasto de entonces. Hoy, aquí, sentimos la presencia de nuestro padre y de nuestra madre Angélica Gómez de García (como siempre se firmó después de su matrimonio en Sandoná, un 25 de diciembre de 1946). Ella fue un puntal donde se apoyó, un pecho donde descansó y quizás lloró, la madre de sus hijos, y todo lo más bello, bueno y tierno que la felicidad puede dar a la vida de un hombre sencillo y bueno; y, sin ningún reato, me atrevo a señalarlo de genial, absolutamente desconocido, pero genial.

Un gobierno liberal (a pesar de provenir de una familia conservadora de un corregimiento ultraconservador, El Ingenio) le proporcionó, a finales de la década de 1940, una beca de estudios para mejorar técnicamente la agricultura de nuestro país. Pienso que no fue un mero premio y menos un privilegio, ya que provenía del partido político contrario, sino que ese gobierno, se propuso aprovechar al máximo un recurso humano calificado, de clase media, escasísimo y casi inexistente entonces. La visión final de ese gobierno sería llevar a nuestro país a un crecimiento y desarrollo económicos, acordes con los países de lo alto de una imaginaria tabla internacional. Ya como estudiante en la Escuela Nacional de Agronomía, en Ambato, Ecuador, y aún soltero, nuestro padre concibe el texto que luego de mucho pensarlo, escribirlo y reescribirlo innúmeras veces, se llamó “Cuyanacentrismo”, y que tuvo otros títulos, que quedan guardados debajo del mantel de la mesa de nuestro comedor familiar, sitio sagrado de largas charlas; nosotros niños aún y luego adolescentes. En un aparte de la Introducción del libro, señala que ese comienzo lo hizo en su “primera juventud” (quizá entre 1944 y 1946). Esto es lo que afirma:

Asistentes a la presentación de «Cuyanacentrismo»

“En esta parte de la Introducción al Cuyanacentrismo, consigno el grato asombro que causó en mí haber observado, alguna vez en mi primera juventud, en Los Andes ecuatorianos, una persistente celebración aborigen muy tradicional, a la bondad de la naturaleza, Madre Infinita, con el nombre propio de ‘FIESTA DE PACHAMAMA’. Yo ya trabajaba en esta teoría social y desde aquella oportunidad me sentí tan motivado que decidí firmemente superar todos los obstáculos hasta culminar el trabajo que había iniciado. La fiesta sobreviviría en el tiempo a pesar de las prohibiciones que hubiesen pesado sobre ella”. Las prohibiciones, a las que se refiere, se debieron a la jerarquía clerical católica.

A continuación, hace unas aclaraciones lingüísticas sobre la palabra Pachamama y otras y, por último, narra sintéticamente cómo es la fiesta y su tiempo de duración. Hasta aquí habla, pero no precisa más. Y, aunque en la obra en sí no señala nada al respecto, nos afirmaba que su trabajo, como agrónomo, en la población de Ricaurte (situada en el piedemonte andino nariñense que empata con la selva del Océano Pacífico, en la carretera Pasto-Tumaco), le sirvió para hacer más observaciones y deducir más conclusiones. Siempre tuvo amigos indígenas en varias partes. A algunos de ellos, que llegaban a nuestro Sandoná a vender mercancías –como ropas de lana ecuatoriana a plazos o medicinas naturales del vecino Departamento del Putumayo o que venían como curanderos, etc.-, les encargó unos libros para aprender ingano y kichwa. Así consiguió el catecismo católico bilingüe, la gramática y el diccionario del kichua ecuatoriano, entre otros, y ahí lo aprendió, incluyendo algunas tareas escolares que ellos le dejaban y que eran muy estrictos en su revisión. Es bueno aclarar aquí que estas personas, quizá debido a los históricos atropellos, son bastante distantes de nosotros “los blancos”, y no es fácil granjearse su amistad, ya que para entregar ellos la suya, deben “sentir” que es verdadera, que no es solo debida a un interés por algo (precisamente es uno de los puntos de que trata el Cuyanacentrismo).

Alejandro García Góemez, Fernando Palacios Velencia y Laura y Conchi García Gómez.

Trabajó también, como agrónomo al servicio de nuestro departamento, en Ricaurte, Túquerres y Sandoná. De este último municipio, el nuestro, el de nuestra procedencia, fue despedido de su trabajo, por negarse a comandar él, como funcionario público, un grupo de incendiarios y apedreantes -compuesto también por funcionarios municipales conservadores de menor rango y otras gentes- de la llamada “Marimba Católica” de nuestro pueblo, en esos tiempos en los que el Partido Conservador había tomado las riendas nuevamente. A pesar de que era un cargo absolutamente técnico de nivel departamental, lo destituyó el alcalde de mi pueblo de entonces, quien no tenía atribuciones para hacerlo. Como el gobernador del departamento había nombrado a ese alcalde -recordemos que nos regía la Constitución de Núñez, la de 1986-, este ni corto ni perezoso, al día siguiente viajó a Pasto a pedirle encarecidamente a su superior que ratifique la destitución y, claro, la ratificó, “porque el glorioso Partido Conservador no podía admitir traidores”, dizque dijo. Nuestro padre siempre fue un pacifista y eso fue lo más grande que nos enseñó con sus palabras -casi siempre en la mesa de nuestro comedor- y más que todo con su ejemplo.

La redacción del trabajo escrito del Cuyanacentrismo no tiene las fechas ni de su inicio ni de su culminación. Hemos inferido sobre su terminación, pero nos ha sido imposible dar con el inicio de su redacción escrita. Él deseaba tenerla lista para la conmemoración de la invasión de los europeos a nuestra América y lo logró, pero falleció en 1991 (1° de julio), antes de ver la caída del muro de Berlín. En 1988 ganaba yo por primera vez un concurso literario: el Primer Premio Nacional de Poesía del Servicio Civil para Empleados Oficiales, en Bogotá. Con esa mínima cantidad de dinero que había ganado (y que procuré guardarlo ante todas las eventualidades y necesidades de mi hogar en formación en Medellín), y aumentado con la generosidad de mis primos Julio García Valencia y Orlando García Portillo (aquí presente), publicamos la Introducción del Cuyanacentrismo, que apareció en junio de 1992, en Medellín (editorial Lealón, 71 páginas). Libro levantado e impreso en la linotipia con tipos de plomo, a la usanza de entonces, aún.

Hace unos años, sus hijos decidimos publicar de manera completa esas 406 páginas mecanografiadas del texto total que reescribió inúmeras veces. Sobrevinieron varios inconvenientes, como siempre en cualquier empresa; el más grave: la pandemia. Finalmente, el 27 de abril de 2024 se presentó la obra en esa fiesta del pensamiento, como lo es la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo). Pero sentíamos que nos faltaba algo, muy hondo, muy de nosotros, presentarlo aquí en nuestro sur. Por invitación y gentileza de mi amigo Fernando Palacios Valencia, hoy presentamos este ensayo filosófico de nuestro padre a la humanidad en ésta, la ciudad capital de nuestro departamento, con una mezcla de humildad y cariño y, también debo decirlo, de orgullo.

Muchas gracias.