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Hace ya largos años que conocí en Madrid a José Alias, pues fue el encargado de presentar mi libro «Melizza, juntos moriremos menos», editado por Turpín Editores de Madrid. También en Madrid conocí al escritor colombiano Fabio Martínez, quien, junto a José Alias y Ricardo Bada, fueron los que velaron la tumba de Julio Cortázar después de que el tiempo  estampó el último clavo de su presencia física en el mundo en el cementerio parisino de Montparnasse.  Este 8 de febrero, en la ciudad alemana de Colonia, murió el periodista y escritor Ricardo Bada. Desde que conocí a José Alias, al leer su Libro Cortázar Julio y Carol, Crónica de una amistad, y escuchar sus aventuras juveniles al lado del argentino,  tuve el sueño de reunir a los tres cronopios en cualquier lugar y con cualquier pretexto. No fue posible por múltiples razones, y una de ellas era que vivían en países diferentes. Después de la noticia del fallecimiento de Ricardo Bada, les pedí a José Alias, quien aporta una buena parte del dossier que acompaña esta crónica, y a Fabio Martínez que me hablaran de él y de aquel acontecimiento histórico en torno a la tumba y una buena dosis de Whisky del gran cronopio argentino. Y sí, me hablaron de Ricardo Bada y de su gran pasión por la obra de Julio Cortázar y su legado que, como buenos cronopios, trataron de expandir en el mundo. 

Ricardo Bada (1939-2025) Nacido en Huelva, España, en 1939, fue presentador de La Voz de Alemania, de la cual era consuetudinario en Buenos Días América (diario) y Del archivo (sabatino).​ Incitó a Julio Cortázar a escribir su única obra de ficción para la radio: Adiós Robinson, para la Deutsche Welle.

Pues bien. Vamos a recordar al autor y crítico español Ricardo Bada en la voz de los dos cronopios que siguen dando vida a Cortázar, José y Fabio. Son dos audios, a los que se agregan los escritos de Ricardo en varios escenarios literarios y en toda la geografía cortazariana.

Arturo Prado Lima.

Ricardo Bada se ha marchado Tenemos su voz en una presentación de un libro de José Alias, quien en este vìdeo, recuerda a Julio Cotázar.

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Ricardo Bada fue quien logró que Julio Cortázar escribiera su única ficción para radio: Adiós Robinson, para la Deutsche Welle. Escúchelo aquí:

 

Fabio Martínez: La leyenda de Cortázar y cómo recuerda a Ricardo Bada.

 

Ricardo Bada, quien estuvo en los funerales del escritor argentino, evoca el momento del sepelio en París.

Lo que en verdad quiero contar es lo que pasó después del sepelio, un acto sencillo y con todo profundamente emocionante. Y fue que caminé hasta la entrada del cementerio, con Osvaldo Soriano y Plinio Apuleyo Mendoza, quienes querían que me fuese a almorzar con ellos. Pero yo preferí quedarme, pese al frío siberiano de aquel San Valentín del 84, porque sabía que con los nicas llegaba Claribel Alegría, la gran poeta salvadoreña de cuyas mellizas fueron padrinos Carol y Julio, y a quien deseaba reencontrar al cabo de algunos años.
Regresé a la tumba y me encontré un espectáculo: sentado frente a ella, sollozando, un punk que sostenía en una mano una botella de whisky (recuerdo la marca pero no le haré publicidad) de la que bebía directamente, y en la otra un ejemplar de Historias de cronopios y de famas, del que leía en voz alta, entre hipos. Una señora de riguroso luto, con velo, detenida a su lado, intentaba consolarlo, en francés, pero él la rechazaba.
Como estábamos tres personas más, el punk nos preguntó en español si hablábamos francés y a la respuesta de que sí nos pidió que mandásemos a freír espárragos a la enlutada: “¡Que me deje en paz de una puñetera vez!”. Creo que ella lo entendió, porque se fue sin más. Y el punk nos pasó el whisky y lo fuimos bebiendo de la botella mientras él seguía leyendo del libro, y cuando sólo quedaban las consabidas últimas 16 gotas las vertió en la tumba de Julio, aún abierta.

Ricardo Bada desde Colonia (Alemania) para
El Espectador (Colombia) Cultura 11 FEB 2014 – 11:36 PM

Buen viaje cronopio, cronopio. QEPD

Che, Julio, cada día escribís mejor

 por  Ricardo Bada.

He estado repasando la lista de las conferencias que llevo pronunciadas en esta misma sala, en este mismo Centro, desde el 2008, y han sido hasta ahora conferencias acerca de Juan Ramón Jiménez, Juan Carlos Onetti, Miguel Hernández, Cantinflas, Mafalda y Luis Cernuda, es decir, una gente a la que nunca he conocido de córpore insepulto, como suelo decir de la manera más políticamente incorrecta que se me ocurre. Y algo exagerada por lo que se refiere a Mafalda.

Aunque la verdad es que miento, pero poco.

Porque a Onetti me lo presentó Dolly, su esposa, a quien había conocido en mi propia casa, en Colonia, acompañando a Jorge Risi, un amigo común uruguayo que fue su profesor de violín.

Y Dolly me presentó a su esposo en Las Palmas de Gran Canaria, en 1979, cuando él presidía el primer Congreso Internacional de Escritores de Lengua Española que se celebró en las islas, aquel que bauticé como Congreso Etílico de la Lengua Castellana, por los ríos de whisky que corrieron en él. Lo que pasa es que como Onetti casi no salía de su habitación del hotel, casi no cambié con él más que un par de palabras de cortesía. Luego, en 1980, hablé con él largamente por teléfono, entrevistándolo para la Deutsche Welle, cuando el Pen Club “Latinoamericanos en el exilio”, que tenía su sede en España, lo presentó como candidato para el Nobel de Literatura.

Además de eso, en algún momento de alguna feria del libro de Fráncfort del Meno, Daniel Divinsky, el chulo de Mafalda (lo dice él mismo, que es su editor: “Soy el cafisho de Mafalda, porque vivo de ella”), me presentó a Quino, el creador de la criatura, con quien también mantuve un diálogo creo que aún más breve que el de cortesía con Onetti en Las Palmas. Y finalmente, a Cantinflas lo saludé una mañana en el bar del hotel donde nos alojábamos los dos durante el Festival Iberoamericano de Cine de Huelva, en 1985; pero fue eso sólo, un saludo a la distancia y cada cual siguió con la compañía en que se encontraba. Es decir, que sí he conocido a tres de las personas acerca de las cuales, y de sus obras, he hablado acá. Pero sumando todo lo que les llevo contado, es como si no las hubiese conocido.

Hoy, en cambio, me toca hablar de alguien, Julio Cortázar, con quien mantuve un contacto harto intenso durante los meses en que él escribió, por encargo mío, el único radioteatro que salió de su fábrica, y del que luego les hablaré con todo lujo de detalles. Además, nos estuvimos carteando, irregularmente pero (dentro de la irregularidad) regularmente, hasta dos meses antes de su muerte. Y entonces, a pesar de que he estado releyendo todos los cuentos suyos, a la búsqueda de un asunto lo bastante interesante como para armar esta conferencia, al final de cuentas llegué a la conclusión de que a ustedes tal vez les interesarían más algunas anécdotas personales y muy cronopias que tuvieron lugar entre él y yo, aunque no siempre de una manera directa.

En la Galería Sen, regentada por la caraqueña (mantuana, diría ella) Eugenia Niño, estaban expuestos 35 ejemplares de un libro muy singular, ya desde el doble título: de izquierda a derecha se titulaba primero La puñalada y luego El tango de la vuelta. Pat Andrea firmaba La puñalada, y Julio Cortázar El tango de la vuelta. Cada uno de esos 35 ejemplares se abría por la página correspondiente a cada uno de los 35 dibujos a lápiz, carbón y acuarela de Pat Andrea, un pintor neerlandés que se enamoró de una argentina y del tango (quiero creer que por este orden) y realizó esos 35 dibujos teniendo como leit motiv el tema de la puñalada, tan recurrente en los tangos más reos: y en Borges.

Una vez concluida la serie, Pat Andrea le pidió a su amigo Julio Cortázar un prólogo para el libro que pensaba editar con esos dibujos. Pero Cortázar, en vez de un prólogo, le envió un cuento titulado “El tango de la vuelta”, que había aparecido titulándose simplemente “Tango de vuelta” en el volumen Queremos tanto a Glenda. Un cuento muy cortazariano.

Antes, como epígrafe, hay una cita de Marcel Bélanger, un poeta de Quebec, de su poema “Nu et noir”: “El azar asesino se esconde en el primer rincón de la calle. A la vuelta, la hora–cuchillo espera”. No resulta aventurado imaginar que esa «hora–cuchillo» que espera a la vuelta debe haber sido decisiva al escoger tal epígrafe para un cuento en un libro sobre la puñalada.

Y el libro se compuso y se editó, pero por una serie de razones que no vienen al caso nunca se puso a la venta. Sencillamente se le perdió la pista, y al cabo del tiempo falleció la persona que poseía en depósito los 240 ejemplares de aquella edición limitada. Una amistad común le habló tiempo después a Eugenia Niño de la existencia de un depósito extraño de nada menos que 240 ejemplares numerados de un mismo libro, y allá que se fue nuestra galerista, a ver de qué se trataba. El resto ya se lo pueden figurar. Eugenia adquirió la edición íntegra y convenció a Pat Andrea de que colorease cada uno de sus 35 dibujos en otros tantos ejemplares de la edición.

Y ésa era la exposición a la que me había llevado Javier Maderuelo, en el número 43 de la madrileña calle del Barquillo.

Luego de haber admirado aquella maravilla inesperada, la galerista puso en mis manos, como regalo, un ejemplar de los normales, o sea, los no coloreados a mano por Pat Andrea. El n° 161. Ustedes ni siquiera pueden imaginarse mi emoción cuando alcancé la última página impresa, la del colofón, en la cual podía leerse lo siguiente: «El presente libro se terminó de imprimir el 15 de febrero de 1984 en Bruselas».

Una película vertiginosa se proyectó en la pantalla de mi memoria. Julio Cortázar murió a mediodía del domingo 12 de febrero de 1984 y me enteré al rato desde el que fue el último domicilio parisino de Julio; desde allí me lo contó al teléfono el malogrado Osvaldo Soriano, a quien llamé luego el lunes 13 para saber la hora y el lugar del entierro, y esa misma noche la pasé en blanco a bordo del expreso Moscú–París para llegar a tiempo de estar presente en el cementerio de Montparnasse a mediodía del martes 14. Y resulta que tan sólo veinticuatro horas más tarde ya se estaba editando en Bruselas, donde Cortázar había nacido casi setenta años antes (el 26 de agosto de 1914), éste que iba de ser el primero de sus libros póstumos. No conozco ningún ejemplo homologable de publicación del primer libro póstumo de un autor de fama universal, justo al día siguiente de su entierro. Es casi un cuento inventado por el propio Cortázar.

Por lo que respecta a mi relación personal con Julio Cortázar, en mis archivos tengo consignadas once cartas, cinco tarjetas postales, el manuscrito de Adiós, Robinsón [todavía con el título de trabajo que él le dio, La situación en Juan Fernández, y luego lo cambió atendiendo una sugerencia mía], y lo más preciado de todo, una casete que contiene una fonocarta, una carta en la que no me escribe sino que me habla, me sigue hablando todavía, a treinta años de su muerte.

Los textos de las once cartas están reproducidos en los volúmenes 4 y 5 de la correspondencia del Gran Cronopio, en la Biblioteca Cortázar, de Alfaguara (Buenos Aires, 2012). Además, en el apéndice del volumen 4 aparece asimismo transcrito, completo, el texto de la fonocarta.

Las tarjetas se han publicado por primera vez ahora, en el admirable libro Cortázar de la A a la Z, una iconografía riquísima y enriquecedora que lanzó Alfaguara en Madrid, en enero de este año, editada por Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga. Y puedo datarlas casi todas, aunque sólo sea aproximadamente, ya que cuatro de las cinco me las envió sin fecha y bajo sobre, muchos de los cuales no poseo más.

La primera de las cinco tarjetas está datada el 15.2.77, me la mandó desde Nairobi, y en ella se refiere a Peter Handke porque yo los presenté una noche de septiembre del 76, en Fráncfort, durante la feria del libro, en una fiesta organizada por los editores alemanes para sus autores latinoamericanos y aborígenes, y a la que sólo tuvimos acceso dos periodistas (Dieter Zimmer, del semanario hamburgués Die Zeit, y yo), pero de eso les hablaré más adelante.

En la segunda me cuenta lo siguiente: «Querido Ricardo; Me divertí mucho con la cassette de Robinson y te agradezco la gentileza de enviármela. A partir de enero estaré bastante “fijo” en París. Si venís, avisá con tiempo para por fin vernos. Un abrazo, Julio. Confío en que te guste esta foto». Con la posdata se refiere a la foto de la postal, perteneciente a una serie que se titula, en francés, “París, el pasado que se va. Pequeños placeres parisinos”, que son en realidad escenas callejeras, típicas de un París que ya no existe.

…La tercera postal llegó desde Deyá/Mallorca, donde Carol y Julio veraneaban en la casa de Claribel Alegría, la gran poeta salvadoreña de cuyas mellizas los Cortázar eran los padrinos.

Y en ella Julio se alegra de que le haya enviado la traducción de Adiós, Robinsón al neerlandés, nada menos que por Barber van de Pol, la trujamana de Rayuela al idioma natal de Rembrandt.

La cuarta postal muestra a Julio Cortázar y su tocayo, el artista plástico Julio Silva, así como a Sitting Bull y Buffalo Bill, y no la puedo ubicar cronológicamente, pero me late que sí es la cuarta, porque en ella —que debe haber venido acompañando una carta, lo que explica la falta de firma— Julio ya me trata como compinche de bromas verbales: «Espero que admires con qué majestad me apoyo en el bastón. (Y el chiste involuntario de un francés ignorante: “Sentado… Sitting Bull!!”»)

La quinta y última nos la mandó a mi esposa y a mí —como ya dejé dicho antes, hablando del sobre— el 14.12.83, fecha del matasellos, exactamente dos meses antes de su entierro, y en ella nos agradece un cordial envío que hemos tratado de recordar qué fue, pero sin éxito.

Y puesto que hemos tocado el tema de la correspondencia, déjenme que les diga que hay un Julio Cortázar tan rico en ella, en los cinco volúmenes donde ha aparecido coleccionada, como el que conocemos por su obra de ficción. Basta para documentarlo uno que se publicó aparte, antes de la aparición de esos cinco, aquel que contiene sus cartas a los Jonquières, marido y mujer, una pareja que con bastante seguridad fueron los amigos más íntimos de Cortázar.

Leerlo es darse un banquete al lado del cual las bodas de Camacho y el festín de Baltasar son callos a la madrileña en un figón de Cuatro Caminos. Qué delicia de libro, es algo así como Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, y este Wilhelm Meister es el Gran Cronopio cuando descubre la existencia de los cronopios. Qué prodigio de diablo cojuelo este epistolario que nos permite asomarnos a una etapa tan desconocida de su vida, cuando era un muchachote ya casi cuarentón, recién llegado a París, y que se movía por ella, primero en bicicleta, y después en Vespa. Me lo imagino con Aurora sentada detrás, como en un fotograma de Gregory Peck con Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma. Mismamente.

Ni que decir tiene que la literatura, a través de las lecturas, y también la propia escritura en esos años, ocupa asimismo un amplio espacio de estas 126 cartas y 13 tarjetas postales, y descubrimos en Cortázar fobias no muy explicables (así por ejemplo le sorprende y hasta horroriza que Aurora lea a Galdós) y coincidencias inesperadas (como la lectura de Sparkenbroke, de Charles Morgan, que dejó grabada indeleble en su memoria, como en la mía, la ciudad de Lucca). Anotamos cuando cuenta que va al teatro: “Dan una estupenda pieza de Samuel Beckett: En attendant Godot”. Vivimos en primera fila sus encuentros personales con Camus en París y con Somerset Maugham en Roma. Acompañamos su reflexión sobre el fenómeno de la traducción y su simpática reivindicación de las traducciones libérrimas y amadrileñadas de los Moratín. Sentimos su entusiasmo contagioso cuando lee por primera vez Paradiso, de Lezama Lima. Etc. etc. etc.

Y París. Hay en la pg. 70 una frase que me conmovió hondamente al leerla: “La rue d’Odessa, la rue Delambre, y la presencia continua del cementerio ahí tan cerca, con Baudelaire enterrado, y Aloysius Bertrand…”. Sí, y ahora el propio Julio, precisamente en ese cementerio donde también reposan Samuel Beckett y Jean Seberg, quién iba a pensarlo.

…Antes, por cierto, al hablar de las tarjetas que recibí de Cortázar, mencioné a Barber van de Pol. A ella se deben entre otras las traducciones modélicas, al neerlandés, de Rayuela y El coronel no tiene quien le escriba,y de nada menos que una nueva de Don Quijote de la Mancha, ¡sin una sola nota a pie de página!, hazaña que hubiese merecido de un personaje de Valle Inclán el más acertado de los piropos: “¡Cráneo privilegiado!”. Pues bien, con Barber me pasó una anécdota que es de lo más cronopio que pueden imaginarse.

Ella y yo nos carteábamos ya desde hacía algún tiempo, pero aún no nos habíamos encontrado, hasta un día que llegamos a Ámsterdam, la llamamos por teléfono y nos invitó a tomar café en su casa del Roosevelt–Laan (así, Roósefélt, es la pronunciación original neerlandesa, y no Rúsvel, como en el inglés). Llegamos, pues, y no habíamos hecho más que sentarnos cuando apareció un gato que, sin mayores preámbulos, tras un leve olisqueo de reconocimiento, saltó a mi regazo y en él se quedó todo tiempo, ronroneando mientras yo lo acariciaba. Como es lógico, le pregunté a Barber que cuál era el nombre de su gato y me contestó diciéndome uno que no recuerdo pero que era de esos que se compran trece por docena.

Le conté que yo también tenía un gato precioso, al que todo el mundo llamaba Nikki, pero al que yo, su orgulloso dueño, había bautizado como Nicolás Fernández de Moratín, que era lo mínimo que se merecía un gato de su prosapia. Y que me parecía rarísimo que la traductora de Cortázar tuviera un gato con un nombre tan fama, bastaría que recordase el nombre tan cronopio del gato de Julio. Que cómo se llamaba, me preguntó. “¡Pero Barber —me escandalicé—, no me vas a hacer creer que no sabes que el gato de Cortázar se llama Theodor Wiesengrund Adorno!”.

Barber palideció: “¿Cómo has dicho que se llama ese gato?”. “Theodor Wiesengrund Adorno”. “Pero Ricardo, entonces, todas esas citas que Julio le atribuye a Adorno… ”. “Son nada más que las reflexiones de su gato, Barber”. Me confesó que acababa de quitarle un gran peso de encima. Resulta que como la gran traductora que es, cada vez que se enfrentaba a una cita de Adorno, en un texto de Cortázar, buscaba el texto original en la obra del filósofo, para traducir directamente del alemán al neerlandés, o sea, que no se fiaba de la traducción usada por Cortázar, que no sabía alemán y a lo peor incluso la había vertido al español a partir de la traducción inglesa o francesa, con lo cual, si ella la vertiese del español, sería una traducción no ya de segunda, sino de tercera mano. Pero que nunca, nunca, nunca, me dijo, logró encontrar en la obra de Adorno una sola de las citas que le atribuía Cortázar y ahora se venía a enterar de que en realidad eran de su gato.

Acercándonos ya al final, quiero contarles que el jueves 21 de octubre de 1982, a pocos minutos del mediodía europeo, sonó mi teléfono en la redacción de la Deutsche Welle, en Colonia, la ciudad donde sigo sobreviviendo. Era mi jefe, para comunicarme algo que acababa de saberse, que el Nobel de Literatura de ese año le había sido concedido a Gabriel García Márquez: ¿no podría yo fabricar —“sobre el pucho” (es decir: yyya)— un programa especial de media hora, ad hoc?

Cinco minutos más tarde, y como estímulo a improvisar ese programa lo más pronto posible, me preguntaba el jefe de otro servicio latinoamericano de la emisora: ¿no tendría yo ganas de viajar a Estocolmo en diciembre, para transmitir la entrega del Premio?

Ni corto ni perezoso me enclaustré en un despacho de la redacción, cerrado a cal y canto, y eché mano al teléfono. Tenía los auriculares puestos, el magnetofón a punto, y una lista de números y nombres al alcance de la mano. Durante más de una hora llamé y llamé sin pausas: a París y a Deyá, a Madrid y a Barcelona, a Toulouse…

Y estuve conversando sobre García Márquez con José Manuel Caballero Bonald, el escritor español que residió muchos años en Colombia por la época cuando se cimentaba el renombre de Gabo; con Paco Porrúa, el argentino que —como ya dije— acometió la hombrada de publicar en Sudamericana, con cuatro años de diferencia, Rayuela y Cien años de soledad; con otro argentino, Osvaldo Bayer, a quien se debe la epopeya de La Patagonia rebelde; con Severo Sarduy, el cubano que fue responsable de que Cien años se tradujese al francés; con Óscar Collazos, que fue el único compatriota de Gabo a quien pude contactar; con el poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, autor de Entre Marx y una mujer desnuda; con Mario Benedetti, el uruguayo; con el paraguayo Augusto Roa Bastos; y last but not least con Claribel Alegría, coautora con su esposo, Bud Flakoll, de una novela estremecedora —Cenizas de Izalco— sobre la masacre de los campesinos acaudillados por Farabundo Martí, durante la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, un generalote teósofo y vegetariano.

Sólo debo precisar que mi primera llamada había sido a Julio Cortázar, en París. Pero ahí me respondió su contestador automático informándome en francés, con la voz del Gran Cronopio:

«Julio Cortázar no se encuentra en casa por el momento. Si lo desea, puede dejar un mensaje después de oír la señal sonora». Y luego un ¡biiiiiiiiiip! De manera que le dejé un mensaje explicándole el objeto de esa llamada y diciéndole que aún quedaban un par de horas hasta la emisión del programa, que lo volvería a intentar.

Lo hice al terminar el resto de mi maratón telefónica, y otra vez el aparatico automático y el ¡biiiiiiiiip! Ahora le dejé el mensaje de que lo intentaría de nuevo una hora antes de la emisión, y me puse a editar el material que había grabado. Ya casi al cierre, fue mi tercera llamada al 00331.824-6138, pero volvió a salir el mayordomo automático, y en ese momento lo decidí: registraría la voz de Julio en su contestador. Y así, cerré el programa informando a mis oyentes de que también procuramos obtener el testimonio de Cortázar, pero con el siguiente resultado: sencillamente les hice oír la cinta pregrabada de JC en su criada respondona automática.

Menos de año y medio después, el 12 de febrero de 1984, Osvaldo Soriano me decía desde París que Julio acababa de morir, y no hice nada más que colgar el tubo cuando ya estaba sonando de nuevo el teléfono. Mi jefe: ¿no podría encargarme yo, por favor, de escribir la necrológica de Cortázar, para el programa de esa noche?

La escribí, sí, la escribí doliéndome cada palabra que escribía, y luego la grabé, dominando la pena (sólo se me quebró la voz en las últimas palabras) porque así lo manda el deber profesional.

En algún lugar de su extensa obra, el ilustre radiofonista colombiano Álvaro Castaño Castillo ha dejado dicho, de manera muy generosa, que ese ha sido el mejor programa de radio en la historia de este medio. Con todos los respetos, a mí me bastaría pensar en la adaptación por Orson Welles de La guerra de los mundos, de H.G. Wells, para convencerme de que no. Pero hay algo de lo que sí estoy seguro: de que quizás siga siendo la única necrológica que aún hoy, al oírla a más de treinta años de su muerte, nos vuelve a poner el corazón en un puño cuando escuchamos la voz del Gran Cronopio. Y es con ella que quiero cerrar, con mi necrológica de Cortázar, transmitida por la Deutsche Welle la noche del 12 de febrero de 1984, la noche del día en que Julio Cortázar coronó la última casilla en la rayuela de su vida.

https://soundcloud.com/nexosmexico/cortazar-necrologica