
Escribe: J. Mauricio Chaves-Bustos
Fue declarado Whitman “poeta de la democracia”, título que nos perfila ya al escritor amante de la libertad, de la libre expresión del individuo y de la profunda convicción del respeto mutuo. En su poesía encontramos al hombre que se hizo diseminar por el mundo en forma de “hojas de hierba”, aquella pequeña figura, símbolo que se le prefiguraba como el génesis del universo, obra que le permitió ser uno de los poetas más representativos de su país, por ello su vida consecuente y su obra han de ser consideradas como patrimonio universal, lo decía Goethe: “No existe un arte nacional ni una ciencia nacional. El arte y la ciencia, como todos los sublimes bienes del espíritu, pertenecen al mundo entero, y sólo pueden prosperar con el libre influjo mutuo de todos los contemporáneos, respetando siempre todo aquello que el pasado nos legó”. Por eso se entiende a Whitman como un rebuscador del individuo y de la libertad, como figura que ha influenciado el pensamiento de los hombres y mujeres que anhelan ver cumplida la tesis de llegar a ser únicos, originales y espontáneos.
A través de su poesía se va develando el ser universal, se asocia con el universo en una simbiosis que funde al hombre con el cosmos: “Yo me canto, yo me celebro”, prefigurándose cantadas y celebradas todas las especies que habitan el mundo, y para ello parte de un fuerte convencimiento del valor del ser humano en sí, como cuerpo y como espíritu: “Ninguna partícula de mi cuerpo es menos que las otras”, para de esta manera saberse reconocido, aceptado, ligados en constante trascendencia el cuerpo y el espíritu. A semejanza de Francisco de Asís, se asocia al Cosmos también como una criatura privilegiada, pero no a manera de redención o de purificación del pecado, ya que para el poeta no existe ni pecado ni redención, simplemente se suma al orden natural, se exalta sabiéndose parte integral del mismo; en él tiene apego especial lo sencillo, sin desacreditar todo lo complejo que puede llegar a ser el ser humano, Whitman exalta la creación, todo lo que en ella cabe, lo complejo y lo sencillo, “la brillantez de las estrellas” y “lo corriente y lo tosco,/ lo cercano y lo fácil soy yo mismo”.
El poeta de Manhattan resume el Universo en sus “Hojas de hierba”, descubre en ellas el génesis de toda creación, su símbolo sirve para despertar la curiosidad que siempre ha preocupado a la humanidad respecto a cualquier posible origen de la vida: “¿Qué es esto?, me dijo un niño mostrándome un puñado de hierba”, y descubre el propio poeta que ahí está todo presente, la vida y la muerte, por eso su poema Estiércol es un canto al eterno retorno, de la podredumbre surge nuevamente la vida, “¿Dónde habéis vaciado todo ese líquido y esa carne asquerosa?/Nada de ello veo en vosotros hoy. ¿O es que quizá me engaño?”, las hojas de hierba somos nosotros, los que somos, son los que fueron y son también los que serán; esas hojas son elementos-símbolo para prefigurar todo lo existente, todo lo misterioso que la vida encierra, todo lo trascendente que puede ser el hombre después de la muerte.
Quien conoces a Whitman es capaz de comprenderse a sí mismo dentro del cosmos, como un elemento singular para que fluya el engranaje universal, como ser humano en continua relación con el otro y con los otros: “Cada hoja de hierba es diferente, pero se confunden en un solo verde entre el pastizal”.



