


Imagen: RTVE
JORGE ALBERTO NARVÁEZ CEBALLOS
Palestino
El niño midió la piedra en su mano,
como si en ella pesara el destino.
El estómago en silencio,
los ojos abarrotados de rabia.
El ruido era un océano espeso,
las madres gritaban nombres perdidos,
las sirenas mordían la tarde,
y el miedo ya no tenía dueño.
Saltó el muro con la urgencia de siempre,
y la historia, por un instante breve,
pareció descalza y posible,
como un sueño que aún no despierta,
como un tanque destruido por un latido.
Gaza
Por el azul oscuro del cielo
una enorme luna anaranjada
sale detrás del muro de una casa apagada.
Un niño corre detrás de ella,
con los pies descalzos,
con los pulmones llenos de polvo y plegarias.
Corre porque no queda otra.
Corre porque las piedras no sirven.
Corre porque el cielo truena y no es lluvia.
Corre detrás de la luna,
como si aún pudiera alcanzarla.
Genocidio
Mil ojos brillan espantados en el valle,
como brasas que el viento no apaga,
como una herida que no cierra
en la carne oscura de la noche.
La muerte,
siempre impuntual,
retrocede un segundo,
pero nunca se pierde.
Las piedras aprenden los nombres,
las madres sostienen el aire,
y los niños dibujan un sol en la arena que calla.
Truenos y gritos brotan de la tierra hacia el cielo,
como preguntas sin dueño,
como cartas que esperan destino.
Territorio de palabras
El poeta quisiera cuidar las palabras,
pero aquí,
las palabras no esperan ser escogidas.
Saltan del pecho,
se lanzan como piedras,
se clavan en la historia.
Aquí las palabras no son susurros,
son gritos entre escombros,
son nombres que las madres repiten
para que no se pierdan en el polvo.
Aquí las palabras no son tinta,
son ceniza que dibuja fronteras en el viento,
son eco de voces que no se rinden,
son la última verdad
antes de que el tanque avance.
En el nombre
En el nombre de Dios,
se abre la tierra y traga los pasos.
Un niño sostiene un trozo de pan,
una mujer recoge los restos de su casa,
un hombre cava, con las manos desnudas,
buscando un latido bajo los escombros.
En el nombre de Dios,
los muros crecen, las balas caen,
las oraciones se ahogan en el polvo.
Pero un niño lanza una piedra.
Una madre oculta un libro en su falda.
Un anciano planta un olivo
donde ayer hubo fuego.
En el nombre de Dios,
no se rinden.
Sé bueno con los demás
Sé bueno con los demás,
dice el cartel en la calle rota,
donde ayer cayeron dos cuerpos
y nadie los recogió hasta el amanecer.
Sé bueno con los demás,
susurra la madre mientras envuelve
a su hijo en una sábana,
mientras dice su nombre una y otra vez
como si eso pudiera devolverle el aliento.
Sé bueno con los demás,
pero el tanque no escucha,
el dron no escucha,
las botas no escuchan
cuando pisan el cuello de un barrio entero.
Sé bueno con los demás,
pero dime,
¿cómo se es bueno
cuando la bondad se entierra
bajo escombros y ceniza?
Uno
Santos hombres que en sus tierras
las almas han dejado,
se alzan como sombras contra el muro,
pero el muro sigue allí.
Han detenido sus sombras crecientes
y han quedado Uno.
Uno en la herida abierta.
Uno en la piedra lanzada.
Uno en el grito sofocado bajo el polvo.
Se han quebrado sus pestañas,
y ahogado sus miradas.
Ellas se quedaron Uno.
Uno en la madre que busca entre ruinas.
Uno en el niño que corre sin calle.
Uno en el olivo arrancado,
que aún echa raíces en el viento.
Visión
Una visión muda y delicada
se eleva desde las cenizas,
desde los restos de una casa,
desde los cuerpos envueltos en sábanas blancas.
Está libre de fe,
porque la fe también se quiebra
bajo el peso de los escombros.
Pero aún se alza.
Aún respira.
Vuela más allá de la esencia,
más allá del humo y del miedo,
más allá de los muros que aprietan el cielo.
Danza al ritmo del tiempo,
con un sentimiento inagotable,
con la rabia en los puños,
con la esperanza en los ojos.
Porque Gaza no muere.
Porque Cisjordania aún resiste.
Testimonio
Esparcidos por el viento,
sepultados por el tiempo,
los nombres quedan escritos en el polvo,
las fotos se queman antes de ser halladas.
Solo los recuerdos traen testimonio
de aquellos momentos móviles,
cuando aún había calles,
cuando aún había risas,
cuando aún había futuro.
Un cielo envuelto por la tristeza,
llueve ceniza sobre la infancia,
llueve olvido sobre los gritos.
Frente a mí, el cielo se cierra y oscurece,
pero alguien sigue escribiendo su historia,
pero alguien aún planta semillas.
La vida se resiste ante la muerte.
Pregunta
Con el alma en un hilo,
peinaba el pelo de su muñeca,
mientras en la calle
los gritos cortaban el aire.
Y de vez en cuando contemplaba el cielo.
Un cielo roto.
Un cielo sin sol y sin luna.
¿Y Dios, mamá?
¿Dónde está?
La madre calló.
Miró las ruinas.
Apretó la muñeca contra su pecho.
Tal vez, hija, bajo los escombros.
Niños
Ahora,
yacen bajo el polvo de las ruinas,
cubiertos de gritos,
cubiertos de sueños que ya no despiertan.
En todas partes,
sus nombres deshechos,
sus abrazos truncados,
sus memorias despojadas
de pertenencia.
Pero vivos están
en los ojos que aún lloran,
en la voz que nombra su ausencia,
en la piedra que aún resiste,
en la sombra de la patria
que no deja de arder.
Masacre por tv
Un tintero seco,
una pantalla que no sangra,
las voces de siempre,
el mismo guion.
En algún rincón de la ceniza,
un niño sin nombre,
una madre sin llanto,
un padre sin sombra.
Los cuerpos apilados
como notas al pie de la historia.
Los cinco sentidos se vuelven escombro,
se vuelven polvo,
se vuelven olvido.
Nadie grita,
nadie escucha,
nadie mira.
Solo una silueta errante
cargando un país en la espalda,
cargando el eco de los que fueron,
cargando la certeza
de que el mundo cambia de canal.




