En las tierras quebradas de Palestina, donde el sol parece tener una luz distinta, se despliegan las imágenes más crudas del sufrimiento humano. Esa tierra, que ha sido cuna de civilizaciones y testiga de historias milenarias, se ha convertido en un escenario de dolor y resistencia. En este contexto, el poeta nariñense Jorge Alberto Narváez Ceballos, nos ofrece una mirada penetrante sobre la realidad de Palestina a través de sus versos. Los poemas de Ceballos no son solo palabras; son gritos ahogados en el aire, ecos de un lamento que se repite entre los muros desgastados de ciudades arrasadas. En uno de sus versos, evoca la imagen de un niño, cuya inocencia se ve herida por el peso de una piedra que, en sus manos, parece representar su destino. Este niño, atrapado en una narrativa ajena a su edad, carga el peso de la historia sobre sus pequeños hombros. La piedra es un símbolo de resistencia, pero también de la lucha por la supervivencia en un mundo que parece haber olvidado su humanidad. Ceballos retrata a la infancia palestina no como víctima pasiva, sino como un actor de la resistencia. El niño corre porque no le queda otra opción; el terror de su realidad lo empuja a huir, a escapar de la muerte que acecha tras cada esquina. Pero en esa huida, hay un acto de rebeldía. Es un intento de vivir, de desafiar un destino que, a través de las balas y las bombas, parece marcado desde su nacimiento. La visión de Ceballos es cruda, descarnada. Refleja cómo los criminales sionistas,  avanzan con paso firme, amparados en un silencio cómplice que se extiende por el resto del mundo.
Este silencio es un grillete que ata no solo a aquellos que sufren en el suelo palestino, sino también a quienes cierran los ojos frente a las atrocidades. En su poesía, el autor denuncia la complicidad global, un eco de la indiferencia que convierte a muchos en cómplices de masacres sistemáticas. La situación de Palestina es desgarradora. La misma barbarie que hoy se vive en Gaza la vivieron los judíos bajo las armas de Hitler.
Aquí, la muerte, en su forma más cruel, se presenta sin máscaras, ante la vista de todos, y eso provoca una profunda reflexión sobre la condición humana. Si antaño hubo una condena unánime, hoy el silencio puede interpretarse como un aval. Las imágenes de cuerpos caídos que yacen sin ser recogidos al amanecer son una metáfora de un mundo que elige mirar hacia otro lado. La desesperanza y el dolor son omnipresentes, pero Ceballos encuentra un espacio para la esperanza. Con rabia en los puños y esperanza en los ojos, su poesía se convierte en un acto de resistencia. Esa rabia no es solo una emoción; es un llamado a la acción, un recordatorio de que, aun en medio del sufrimiento más atroz, la vida persiste.
La vida, con todas sus contradicciones y luchas, se niega a desaparecer. Aun cuando el paisaje sea desolador, la voz de los que resisten sigue sonando. Y en ese eco, hay un rayo de esperanza. El poeta nariñense, al igual que sus contemporáneos, hace un llamado a la empatía, a no olvidar a aquellos que sufren. No se trata solo de condenar los actos de violencia; se trata de reconocer la humanidad en medio de la barbarie. Sus versos nos obligan a cuestionar nuestra propia posición frente al conflicto: ¿somos observadores pasivos o actores activos en la lucha por los derechos humanos? Las palabras de Ceballos se convierten en un puente hacia la comprensión, una invitación a entender la complejidad de un conflicto que se ha arraigado en la historia. La resistencia no es solo la lucha armada; es también la preservación de la cultura, de la identidad, de la memoria colectiva.
Cada poema es un fragmento de historia, una pieza del rompecabezas que conforma la narrativa palestina. Estos versos nos invitan a unirnos a la resistencia, a ser parte de la historia, a no permitir que la muerte borre la vida. Palestina, en su dolor y fortaleza, sigue siendo un faro que ilumina el camino de la humanidad.
 Arturo Prado Lima
               Imagen: RTVE

JORGE ALBERTO NARVÁEZ CEBALLOS

Palestino

 

El niño midió la piedra en su mano,

como si en ella pesara el destino.

El estómago en silencio,

los ojos abarrotados de rabia.

El ruido era un océano espeso,

las madres gritaban nombres perdidos,

las sirenas mordían la tarde,

y el miedo ya no tenía dueño.

Saltó el muro con la urgencia de siempre,

y la historia, por un instante breve,

pareció descalza y posible,

como un sueño que aún no despierta,

como un tanque destruido por un latido.

Gaza  

Por el azul oscuro del cielo

una enorme luna anaranjada

sale detrás del muro de una casa apagada.

Un niño corre detrás de ella,

con los pies descalzos,

con los pulmones llenos de polvo y plegarias.

Corre porque no queda otra.

Corre porque las piedras no sirven.

Corre porque el cielo truena y no es lluvia.

Corre detrás de la luna,

como si aún pudiera alcanzarla.

 

Genocidio

Mil ojos brillan espantados en el valle,

como brasas que el viento no apaga,

como una herida que no cierra

en la carne oscura de la noche.

La muerte,

siempre impuntual,

retrocede un segundo,

pero nunca se pierde.

Las piedras aprenden los nombres,

las madres sostienen el aire,

y los niños dibujan un sol   en la arena que calla.

Truenos y gritos   brotan de la tierra hacia el cielo,

como preguntas sin dueño,

como cartas que esperan destino.

Territorio de palabras 

El poeta quisiera cuidar las palabras,

pero aquí,

las palabras no esperan ser escogidas.

Saltan del pecho,

se lanzan como piedras,

se clavan en la historia.

Aquí las palabras no son susurros,

son gritos entre escombros,

son nombres que las madres repiten

para que no se pierdan en el polvo.

Aquí las palabras no son tinta,

son ceniza que dibuja fronteras en el viento,

son eco de voces que no se rinden,

son la última verdad

antes de que el tanque avance.

En el nombre  

En el nombre de Dios,

se abre la tierra y traga los pasos.

Un niño sostiene un trozo de pan,

una mujer recoge los restos de su casa,

un hombre cava, con las manos desnudas,

buscando un latido bajo los escombros.

En el nombre de Dios,

los muros crecen, las balas caen,

las oraciones se ahogan en el polvo.

Pero un niño lanza una piedra.

Una madre oculta un libro en su falda.

Un anciano planta un olivo

donde ayer hubo fuego.

En el nombre de Dios,

no se rinden.

Sé bueno con los demás

Sé bueno con los demás,

dice el cartel en la calle rota,

donde ayer cayeron dos cuerpos

y nadie los recogió hasta el amanecer.

Sé bueno con los demás,

susurra la madre mientras envuelve

a su hijo en una sábana,

mientras dice su nombre una y otra vez

como si eso pudiera devolverle el aliento.

Sé bueno con los demás,

pero el tanque no escucha,

el dron no escucha,

las botas no escuchan

cuando pisan el cuello de un barrio entero.

Sé bueno con los demás,

pero dime,

¿cómo se es bueno

cuando la bondad se entierra

bajo escombros y ceniza?

Uno 

Santos hombres que en sus tierras

las almas han dejado,

se alzan como sombras contra el muro,

pero el muro sigue allí.

Han detenido sus sombras crecientes

y han quedado Uno.

Uno en la herida abierta.

Uno en la piedra lanzada.

Uno en el grito sofocado bajo el polvo.

Se han quebrado sus pestañas,

y ahogado sus miradas.

Ellas se quedaron Uno.

Uno en la madre que busca entre ruinas.

Uno en el niño que corre sin calle.

Uno en el olivo arrancado,

que aún echa raíces en el viento.

Visión

Una visión muda y delicada

se eleva desde las cenizas,

desde los restos de una casa,

desde los cuerpos envueltos en sábanas blancas.

Está libre de fe,

porque la fe también se quiebra

bajo el peso de los escombros.

Pero aún se alza.

Aún respira.

Vuela más allá de la esencia,

más allá del humo y del miedo,

más allá de los muros que aprietan el cielo.

Danza al ritmo del tiempo,

con un sentimiento inagotable,

con la rabia en los puños,

con la esperanza en los ojos.

Porque Gaza no muere.

Porque Cisjordania aún resiste.

Testimonio 

Esparcidos por el viento,

sepultados por el tiempo,

los nombres quedan escritos en el polvo,

las fotos se queman antes de ser halladas.

Solo los recuerdos traen testimonio

de aquellos momentos móviles,

cuando aún había calles,

cuando aún había risas,

cuando aún había futuro.

Un cielo envuelto por la tristeza,

llueve ceniza sobre la infancia,

llueve olvido sobre los gritos.

Frente a mí, el cielo se cierra y oscurece,

pero alguien sigue escribiendo su historia,

pero alguien aún planta semillas.

La vida se resiste ante la muerte.

 

Pregunta

Con el alma en un hilo,

peinaba el pelo de su muñeca,

mientras en la calle

los gritos cortaban el aire.

Y de vez en cuando contemplaba el cielo.

Un cielo roto.

Un cielo sin sol y sin luna.

¿Y Dios, mamá?

¿Dónde está?

La madre calló.

Miró las ruinas.

Apretó la muñeca contra su pecho.

Tal vez, hija,   bajo los escombros.

Niños

Ahora,

yacen bajo el polvo de las ruinas,

cubiertos de gritos,

cubiertos de sueños que ya no despiertan.

En todas partes,

sus nombres deshechos,

sus abrazos truncados,

sus memorias despojadas

de pertenencia.

Pero vivos están

en los ojos que aún lloran,

en la voz que nombra su ausencia,

en la piedra que aún resiste,

en la sombra de la patria

que no deja de arder.

Masacre por tv  

Un tintero seco,

una pantalla que no sangra,

las voces de siempre,

el mismo guion.

En algún rincón de la ceniza,

un niño sin nombre,

una madre sin llanto,

un padre sin sombra.

Los cuerpos apilados

como notas al pie de la historia.

Los cinco sentidos se vuelven escombro,

se vuelven polvo,

se vuelven olvido.

Nadie grita,

nadie escucha,

nadie mira.

Solo una silueta errante

cargando un país en la espalda,

cargando el eco de los que fueron,

cargando la certeza

de que el mundo cambia de canal.