El genial Ernest Hemingway, con sus maravillosas obras, Adiós a las armas, El Viejo y  el Mar, entre otras, nos invita a dejar las armas en todos los sentidos, porque la  violencia no es, y nunca será válida como justificación para conseguir vencer a ningún  tipo de enemigo. En nuestra sociedad universal existen diferentes maneras de  superar cualquier conflicto, pero al parecer, el ser humano civilizado conserva aún y  muy enraizados, sus rasgos de salvajismo social, eso se puede justificar en la premisa  de que el «hombre es un lobo para el hombre», de Thomas Hobbes, y en la consigna  monumental de Nicolás Maquiavelo, de que «El fin justifica los medios» en su obra «El  príncipe» y, podríamos citar a muchos más, pero la condición de la civilización se  resume en que su ambición de dominar, gobierna lo más íntimo de sus pasiones, su  concepto de poder, es la brutalidad en su esencia más pura y la violencia, aunque  aberrante en todos sentidos, el mecanismo para reprimir al menos preparado.

Ya lo  expresaba el dictador Nicolás Maduro, cuando se refería a su elección como  presidente, «Vamos a ganar, a las buenas o a las malas», consigna que solamente  indicó la dirección que le llevó, brutalmente, a reelegirse como Presidente Vitalicio de  Venezuela. En Colombia, deberíamos asumir una posición reflexiva respecto de la  violencia que se ha enquistado desde hace muchos años, y que parece haberse  recrudecido en los últimos años. Con preocupación, si no con angustia, vemos cómo  en los cuatro puntos cardinales, en El Cauca, en Buenaventura, en el Valle, en el  Catatumbo, en Nariño, por citar solo los de mayor gravedad, grupos al margen de la  ley y delincuencia común, se apoderan de los territorios utilizando el terrorismo como  el medio más eficaz de dominio, porque no puede llamarse de otra forma, es terrorismo  puro, que se vale de sistemas cada vez más estilizados y destructivos, para causar el  mayor daño posible, ahora utilizan la tecnología del Dron, los cilindros de gas, las  granadas y, la finalidad es generar miedo, terror y sumisión en la población inerme, eso  es salvajismo en su más cruda expresión. Lo preocupante, es que la inacción nos está  llevando a una resignación y a acostumbrarnos a la violencia, a admitirla como parte  de nuestra coexistencia con la humanidad, en una degradación del estado más valioso  de la condición humana, que debería ser «La Paz» como la base de nuestra  Constitución inherente a nuestra calidad humana. Pero en el Planeta entero, se están  presentando conflictos que cada día se radicalizan con mayor crudeza, en todos los  países que alguna vez fueron considerados potencias (Sería rescatable y respetable  que fuesen potencias de la vida), pero lamentablemente potencian la muerte y la  destrucción en expresiones cada vez mayores. Pequeños conflictos internos, como el  de algunos países latinoamericanos comienzan a crecer, imperceptiblemente y terminan siendo grandes y graves manifestaciones de violencia, de imperialismos  increíbles y de gobiernos arbitrarios y detestables, como Venezuela, lo cual solo sería  entendible, no admisible, en periodos de salvajismo, no en la actualidad, pero la  pérdida de valores esenciales como la honestidad, el respeto, el sentido común y el  sentido de pertenencia, que deberían ser los pilares de nuestra existencia y de nuestra  coexistencia, se han perdido impunemente, disculpas por la metáfora y, hoy vemos  con angustia, como lo mencionaba al principio, que la guerra se vale de mecanismos  cada vez más sofisticados para causar mayor destrucción en todos los niveles de la  humanidad. Hace unos años Adolfo Hitler, lideró una guerra donde pretendía  exterminar toda raza que no fuese Aria, blanca, con todo y sus defectos y en parte logró  su cometido, pero su más destructivo aporte a la humanidad fue su pensamiento Nazi,  cuyas semillas se alojaron en el pensamiento de diversas maneras, con lo cual y de  manera solapada, se gestó una cosecha a futuro que, parece haberse abierto camino  hasta nuestra actualidad, cuyas expresiones se manifiestan en la proliferación de  guerras internacionales que no parecen tener fin y que por el contrario, líderes  mundiales como Donald Trump, están empecinados en convertir el planeta entero en  un holocausto sin atenuantes; sus comentarios atemorizantes, su posición ante el  mundo y su intención de dominio, no son más que una repetición casi gemela, de lo  que un soldado alemán en mil novecientos treinta y cinco, con secuelas sutiles de  Parkinson y una innegable manifestación de psicópata perfecto, señaló al mundo en  su obra «Mein Kampf», «Mi Lucha», cuya doctrina enfermiza indujo a la Alemania de  entonces a una guerra mundial cuyas consecuencias todos conocemos. No sé si  estemos a tiempo, pero es hora de tomar medidas urgentes que detengan lo que sería  el fin de la humanidad entera, tal y como la conocemos actualmente.