Obra del maestro mexicano Andrés del Collado

Por Rafael Vilches Proenza
Escritor, artista de la plástica, crítico de arte y literatura.
La obra de Andrés del Collado, artista mexicano radicado en Madrid, lo que se sitúa en ese territorio excepcional donde la pintura deja de ser imagen para convertirse en relato, memoria activa, respiración constante, profunda del inconsciente. Pertenece a esa rara estirpe, por demás, necesaria: creadores que no describen el mundo, sino que lo sueñan desde dentro y, al hacerlo, lo reinventan una y otras tantas veces. Decir que este artista es un Juan Rulfo, un Alejo Carpentier, un Gabriel García Márquez, un Reinaldo Arenas de las artes plásticas no es una hipérbole crítica, sino un diagnóstico preciso, lo que se siente desde lo personal cuando se está ante los cuadros de Andrés: su pintura participa de la misma vocación fundacional, transformar lo real en un territorio mucho más amplio, hondo, verdadero. Andrés no pinta escenas; construye mundos. Cada obra es una pequeña novela visual, fragmento de un universo mayor que respira, recuerda, se mueve y el espectador junto con él. Su pintura es literatura en estado líquido: llega como la lluvia, el agua guardada en bolsas, cubetas, estanques donde la vida aún palpita. En ella habita esa pureza del realismo mágico que no busca el asombro fácil, sino la naturalidad de lo imposible. Ante sus cuadros no asistimos como simples espectadores externos: entramos en ellos, cruzamos un umbral, participamos de otra vibración del mundo porque sus obras son piezas vivas. Su lenguaje nos empuja o nos lleva de la mano a un realismo onírico de extrema coherencia poética. Lo cotidiano —sillas, baldes, paraguas, vasos, maderas gastadas, peces, bolsas de agua, o lo humano— se transmuta en símbolo, y el símbolo adquiere densidad material. Los objetos no funcionan como simples y cotidianos accesorios: son personajes. Testigos silenciosos de un relato mayor. En sus manos, lo doméstico se vuelve metafísico, metafórico; la casa se convierte en memoria, el objeto en recuerdo, la sombra en presagio. Nada en ellos es decorativo ni casual. Todo está cargado de biografía, de tiempo, de una vida anterior o futura que insiste en hacerse visible ante los ojos expectante de quienes observan. Y es que Andrés va de lo pictórico a lo pórtico con tanta facilidad como el bailarín en el escenario bajo los conos de luces que lo persiguen en su arte.

El agua aquí es lugar central, cimero, casi absoluto. No es un elemento: es lenguaje, origen, inconsciente, memoria, revelación. Evoca el vientre, lo germinal, lo femenino, la posibilidad de renacer. También funciona como archivo emocional: recipientes oxidados, líquidos suspendidos que guardan heridas, nostalgias, fragmentos de historias personales o colectivas. En él el agua no moja: ilumina. No fluye: recuerda. Es el lente simbólico a través del cual lo real se vuelve poético y quizás el artista no sea consciente de ello porque es su mundo el que está desvelándonos, al desnudarse en público sin la necesidad de travestirse. Por eso su pintura dialoga con el realismo mágico, lo real maravilloso desde un lugar contemporáneo: porque lo visible y lo invisible se funden en un mismo plano de experiencia para trascendernos.
Una de las operaciones más conmovedoras de su trabajo es la expansión del cuadro más allá del marco. La incorporación de objetos reales —ropas, sillas, baldes, paraguas, estructuras de madera— rompe la frontera entre pintura, escultura, instalación y literatura. El lienzo deja de ser límite para convertirse en pasaje. La obra respira, se desborda, entra, irrumpe en el espacio del espectador para convivir y jugar con él/ellos. La mirada ya no es contemplativa, sino participativa, inquietante: el espectador cruza la obra como quien entra en una historia ajena o en su hogar. Este gesto confirma algo esencial: el mundo de Andrés no cabe en un solo plano, no se le puede reducir ni encasillar. Exige otra mirada, espacio, cuerpo, vida fuera del lienzo. Desde el punto de vista técnico, su pintura se sostiene en una paradoja fértil. Domina lo metafórico, como mismo domina el realismo, con magia y una precisión casi quirúrgica: la luz sobre el plástico, la humedad del agua, el óxido, la textura de la sombra, el residuo del tiempo, el asombro. Pero, su virtuosismo no está al servicio de la mímesis, sino de lo poético. A la vez, permite que el azar intervenga: el agua que pinta sola, la mancha que respira, el gesto que se libera del control. Entre el rigor y el abandono se produce la tensión central de su estética. El artista trabaja como quien intenta recordar un sueño, se hunde en la realidad y la maravilla, la magia del sueño en la obra: a veces con nitidez, otras con intuición, siempre con verdad, como quien se resiste a olvidar quién es y de dónde viene.

La experiencia migrante atraviesa su obra de orilla a orilla, de continente a continente, de provincia a provincia, como una vena abierta, o una vela que se abre al viento para que se encargue con sus caricias a empujarlo hacia mejor puerto. Ser mexicano en Madrid no es un dato biográfico, sino un eje simbólico, Identidad, desarraigo, reconstrucción del yo: todo ello se configura, se filtra en su obra. Lo mexicano —el maíz, el nopal, la tierra, el óxido, el agua de aljibe, porrón o tinaja— aparece transformado en metáfora, nunca en folclor. Lo europeo —la luz madrileña, los interiores silenciosos, los muebles antiguos— se funde con lo americano para crear un universo híbrido, íntimo, visceral dentro del sujeto femenino que lo acompaña en su obra.
Andrés pinta desde el umbral: entre dos continentes, dos memorias, dos temporalidades. Ese “entre” es su territorio, su hábitat, desde ahí alcanza una dimensión universal. Hay también en el mundo que nos dimensiona una profunda dimensión ritual. El propio artista ha señalado que su pintura nace muchas veces del dolor, del deseo de limpiar, comprender, sanar, y es, quizás, por ello, cada pieza funciona como un exorcismo luminoso: un intento de ordenar el caos, como el poeta cubano Eliseo Diego, de nombrar las cosas, lo innombrable mediante símbolos, sueños, de transformar la herida en belleza. Su obra conmueve sin complacencia: es vulnerable, humana hasta el hueso, radicalmente honesta. Cuando traslada su imaginario al formato mural, Andrés del Collado dialoga con la gran tradición mexicana —Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros—, desde una sensibilidad plenamente contemporánea. Sus murales convierten espacios cotidianos en territorios simbólicos, lleva a lo colectivo lo que en sus cuadros es íntimo y nacional. Allí el agua, los objetos, la memoria del ser mexicano en el exilio, sus dos patrias, se vuelven voz pública, relato compartido, gesto de comunidad, sitio del Universo. En su obra convergen y conversan, poesía visual, narrativa simbólica, virtuosismo técnico, memoria ancestral, psicología profunda, experiencia migrante, espiritualidad.

Insisto: Él no pinta lo que ve: pinta lo que recuerda, lo que sueña, lo que duele y salva. Su mundo onírico nos atrae porque también es el nuestro. Sus objetos hablan porque somos nosotros mismos quienes los habitamos o quienes bebemos en ellos o nos sumergimos con sus mujeres en sus bañeras. Por eso su pintura permanece inquieta y viva. Porque no amplía la realidad: la revela. Porque, como en la gran tradición latinoamericana y caribeña, convierte lo cotidiano en mito, el sueño en una forma más profunda de verdad. En ese linaje, la obra de Andrés del Collado no solo dialoga: brilla con una luz propia, líquida, persistente, como el agua que recuerda, que descansa en el aljibe, el porrón, la tinaja para habitar la magia, la maravilla que sueñan sus manos. Pocos artistas contemporáneos poseen una sensibilidad, una estética tan personal, coherente y a la vez tan expansiva como Andrés del Collado.


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RAFAEL VILCHES PROENZA (El Cero de Las 1009, Cuba, 10 de diciembre, 1965). Se dio a conocer en 2001 con la novela Ángeles desamparados, a la que le siguieron: Inquisición roja, 2019; Sálvame si puedes, 2020, (Premio Internacional de novela Reinaldo Arenas), 2025 en Wattpad. Desde 2002 ha publicado una veintena de libros de poesía que lo confirman como una de las firmas imprescindibles de su generación. Traducido a varios idiomas. Su obra ha sido publicada en numerosos países. Entre otros Premios importantes: en 2018, obtuvo el Premio Internacional de Poesía Dulce María Loynaz por La luna entre nosotros. Miembro de Honor de la Unión Nacional de Escritores de España. Reside en Madrid.





