Foto: Libros en mi nube – WordPress.com

“La mala hora es el peor leído de todos mis libros. (…) Tiene adentro muchas más cosas de las que la gente cree. No es la historia de un pueblo ni de un alcalde, sino la historia patética de un alcalde que se lo llevó la fregada. Esta idea viene desde muy atrás y creo que tiene mucho valor literario, ¡qué carajo le hace el poder a un hombre! ¡Qué carajo es esto del poder para un ser humano!”
Gabriel García Márquez, 1971
Escribe: Jaime Flórez Meza
Con titulares como “Tormenta política por ‘La Mala Hora’”, la prensa colombiana daba cuenta en 1977 de la exasperada reacción de dirigentes conservadores y miembros de la Policía y el Ejército contra la programadora de televisión RTI, el Ministerio de Comunicaciones y el propio gobierno del presidente liberal Alfonso López Michelsen por la emisión del primer episodio de la miniserie La Mala Hora, una adaptación televisiva de la novela homónima de Gabriel García Márquez que alude a la violencia liberal-conservadora de los años cuarenta y cincuenta, recreada para el caso en un pueblo costeño.
El ex candidato presidencial conservador Álvaro Gómez Hurtado había dicho que la serie era una “falsificación histórica”: Gómez Hurtado era hijo de Laureano Gómez, uno de los políticos que más había atizado la violencia política a raíz del creciente respaldo popular y desafío al Establecimiento que representaba el caudillo liberal-socialista Jorge Eliécer Gaitán, cuyo asesinato en 1948 desencadenaría una guerra civil debido a la conformación, en años posteriores, de guerrillas liberales. Pero quizás las reacciones más enconadas vinieron de representantes de la Fuerza Pública: “En efecto, aunque la Asociación de Oficiales Retirados de la Policía se quejó porque desprestigiaba a las instituciones, y aunque los mandos militares solicitaron la suspensión por considerarla subversiva, el gobierno de ese entonces, a cargo de Alfonso López, autorizó su continuación. A partir de ello, el Ministerio de Comunicaciones resolvió aclarar al principio de cada emisión: ‘Este programa está basado en personajes y situaciones imaginarias’”.
¿Qué tenía La mala hora para provocar tal malestar en ciertos estamentos? ¿Qué respondió García Márquez ante esta nueva polémica? Ciertamente, no era la primera ni sería la última vez que una obra suya generara algún tipo de controversia. Por ejemplo, su última novela en ser publicada, Memoria de mis putas tristes, fue repudiada por muchas feministas y mujeres que se sintieron ofendidas por el argumento y las situaciones del relato que juzgaron apologético de la violación, la pedofilia y la trata de menores. Pero en el caso de La mala hora la controversia se dio más a nivel institucional desde el momento en que el escritor la presentó en un concurso de novela en 1961.
Sirvan los pormenores de esta historia para entender cómo funciona lo que muchos intelectuales llaman colonialidad del poder, que se podría definir como un conjunto de estrategias que distintos estamentos y discursos (como cristiandad, eurocentrismo, industrias culturales, desarrollismo, racismo, neoliberalismo, multiculturalismo) emplean para dominar, oprimir y controlar a personas, grupos y sociedades subalternizadas. Ramón Grosfoguel, uno de los más brillantes sociólogos latinoamericanos, la conceptualiza así: “La colonialidad se refiere a un patrón de poder que se inaugura con la expansión colonial europea a partir de 1492 y donde la idea de raza y la jerarquía etno-racial global atraviesa todas las relaciones sociales existentes tales como la sexualidad, género, conocimiento, clase, división internacional del trabajo, epistemología, espiritualidad, etc. y que sigue vigente aun cuando las administraciones coloniales fueron casi erradicadas del planeta” (2007, p. 3).
La censura clerical, idiomática y franquista
“Adalberto Asís había matado de un tiro de escopeta a un mico que sorprendió masturbándose en la viga del dormitorio, con los ojos fijos en su esposa, mientras ésta se cambiaba de ropa” (La mala hora, p. 24).
El padre Ángel es uno de los personajes de La mala hora, descrito por García Márquez como un hombre grande, blanco y de ojos azules. Quizás aquel aspecto occidental resulte apropiado para mostrar en él lo que era la censura eclesiástica en aquella época en que regía con mayor fuerza la Constitución política y confesional de 1886. El cura censuraba desde las películas que se podía exhibir en el improvisado cine del pueblo hasta las parejas que vivían en concubinato, a las que obviamente presionaba para que se casaran por la Iglesia. “Hace diecinueve años, cuando me entregaron la parroquia, había once concubinatos públicos de familias importantes. Hoy sólo queda uno, y espero que por poco tiempo”, dice en un pasaje de la novela.
García Márquez se casó con Mercedes Barcha en Barranquilla en 1958, en la Iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Cuatro años después otro sacerdote aparecería en su vida: el jesuita Félix Restrepo, que presidía la Academia Colombiana de la Lengua y el jurado del Concurso Esso de Novela. Efectivamente, aunque parezca irónico la transnacional petrolera auspiciaba un concurso literario a través de su filial Esso Colombiana, S. A., para lo cual lo instituyó y convocó al primer certamen en 1961. Por entonces García Márquez ya vivía con su esposa en Ciudad de México, alternando su oficio literario con la escritura de guiones cinematográficos para sostener a su familia, cuando en septiembre de 1961 el fotógrafo Guillermo Angulo y el escritor Álvaro Mutis lo instaron a participar en la primera edición del concurso que, además, ofrecía un premio de tres mil dólares. Debido a la premura del plazo envió el manuscrito de la novela inédita olvidando poner el título original que tenía previsto: Este pueblo de mierda, tomado de un pasaje en que uno de los personajes (el peluquero) dice: “Antes de ustedes, éste era un pueblo de mierda, como todos pero ahora es el peor de todos”.
En abril de 1962 el jurado dio a conocer el veredicto otorgando el premio justamente al relato de García Márquez. “El padre Restrepo se escandalizó al conocerlo, y a través de Germán Vargas me pidió del modo más amable que lo cambiara por otro menos brutal, y más a tono con el clima del libro. Al cabo de muchos intercambios con él, me decidí por un título que tal vez no dijera mucho del drama, pero que le serviría de bandera para navegar por los mares de la mojigatería: La mala hora”, cuenta el escritor en su libro de memorias Vivir para contarla (2002, p. 278). Pero eso no fue todo:
“Una semana después, el doctor Carlos Arango Vélez, embajador de Colombia en México, y candidato reciente a la presidencia de la República, me citó en su despacho para informarme que el padre Restrepo me suplicaba cambiar dos palabras que le parecían inadmisibles en el texto premiado: preservativo y masturbación. Ni el embajador ni yo podíamos disimular el asombro, pero estuvimos de acuerdo en que debíamos complacer al padre Restrepo para ponerle un término feliz al concurso interminable con una solución ecuánime” (p. 278).
García Márquez dejó a criterio del embajador eliminar una de las dos palabras. Sin dudarlo y con gran alivio el diplomático eligió masturbación. “Así quedó saldado el conflicto, y el libro lo imprimió la editorial Iberoamericana de Madrid, con una gran tirada y un lanzamiento estelar. Era empastado en cuero, con un papel excelente y una impresión impecable”, sigue relatando el escritor. No obstante, la dicha duró muy poco:
“… no pude resistir la tentación de hacer una lectura exploratoria, y descubrí que el libro escrito en mi lengua de indio había sido doblado —como las películas de entonces— al más puro dialecto de Madrid. […] En consecuencia no me quedó otro recurso que desautorizar la edición por considerarla adulterada, y recoger e incinerar los ejemplares que aún no se hubieran vendido. La respuesta de los responsables fue el silencio absoluto. Desde ese mismo instante di la novela por no publicada, y me entregué a la dura tarea de retraducirla a mi dialecto caribe, porque la única versión original era la que yo había mandado al concurso, y la misma que se había ido a España para la edición. Una vez restablecido el texto original, y de paso corregido una vez más por mi cuenta, la publicó la editorial Era, de México, con la advertencia impresa y expresa de que era la primera edición” (p. 278-279).
En efecto, editorial Era publicó la novela en 1966 con la siguiente nota aclaratoria del propio autor en la contraportada: “La primera vez que se publicó La mala hora, en 1962, un corrector de pruebas se permitió cambiar ciertos términos y almidonar el estilo, en nombre de la pureza del lenguaje. En esta ocasión, a su vez el autor se ha permitido restituir las incorrecciones idiomáticas y las barbaridades estilísticas, en nombre de su soberana y arbitraria voluntad. Esta es, pues, la primera edición de La mala hora”.

Primera edición de la novela. Foto: Iberlibro (ES)
Un boletín bibliográfico del Banco de la República, firmado por el escritor y jurista Vicente Pérez Silva, informaba así sobre el ganador del primer Premio Literario Esso 1961: “El galardón fue otorgado al escritor Gabriel García Márquez, por su obra denominada Sin título y firmada con el seudónimo Abacuck. […] La novela premiada fue impresa en Madrid, España, en diciembre de 1962, con el título de La mala hora. Infortunadamente esta edición sufrió adulteraciones que no solo alteraron el espíritu de ciertos episodios y el carácter de algunos personajes, sino que desvirtuaron las intenciones del autor” (p. 730-731). Se entiende que para la fecha del boletín (abril de 1966) aún no había sido publicada en México la edición reescrita, corregida y autorizada por García Márquez.
La censura franquista, que operaba en este caso a través del Instituto Nacional del Libro Español (INLE), aún no se flexibilizaba. Entre los censores, por cierto, había curas, abogados, estudiantes y escritores como el Nobel Camilo José Cela, que lo fue durante los primeros años del franquismo y por propia voluntad. Citando a Santana-Acuña (2020), Chaves O’Flynn comenta:
“Al tiempo que celebraron a Borges por su español clásico y erudito en Dreamtigers, los censores españoles rechazaron la publicación de Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato y La región más transparente de Carlos Fuentes, dada la ‘abundancia de dichos’ y ‘lenguaje incomprensible’ entre sus páginas […]. El caso que aquí nos concierne, el de La mala hora de García Márquez, es resultado directo tanto de las severas dinámicas de censura cuanto de la preocupación del gobierno español por perder consumidores en el mercado latinoamericano, por cuenta de los tropiezos impuestos por sus propias pautas editoriales” (2021, p. 61).

García Márquez en su casa en Ciudad de México. Abril, 1962. Foto: Bettmann Archive
El estallido literario
“El deber revolucionario de un escritor es escribir bien”
Gabriel García Márquez (1967)
La competencia que el mercado editorial de México y Argentina suponía para el de España llevó a que el régimen franquista expidiera una nueva ley de prensa en 1966 flexibilizando sus políticas censoras. Ello hizo posible, por ejemplo, que editoriales como Seix Barral de Barcelona se anotaran el mayor éxito en el mercado editorial iberoamericano mediante una estrategia que se denominó boom literario latinoamericano. Además de ser el año de publicación en México de la primera edición autorizada de La mala hora, 1966 fue clave por la aparición del libro que, en cierto modo, crearía el mito del boom: Los nuestros, una serie de entrevistas realizadas por el escritor, crítico y profesor chileno-argentino Luis Harss a escritores latinoamericanos por encargo de un editor neoyorkino. El libro se publicó primero en inglés y luego en castellano por la también legendaria editorial Sudamericana de Buenos Aires, la que publicaría la primera edición de Cien años de soledad en 1967.
Para su libro Harss entrevistó a diez escritores: Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, João Guimarães Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa (aparecen en este orden en el libro). Harss no utilizó el vocablo anglosajón boom (explosión), eso vendría con la campaña publicitaria emprendida por la mencionada y poderosa editorial barcelonesa. “Por supuesto que el Boom fue un acontecimiento publicitario y comercial, la misma palabra lo dice”, afirmó Harss en una entrevista de 2012. “Una explosión editorial, el crecimiento masivo del público lector, la difusión a través de una prensa que empezaba a ser ‘mediática’, etc. Pero eso ni quita ni agrega al mérito de las obras”.
La trilogía que se cerró con La mala hora
“Sabía, como todo el mundo, que el dentista había sido el único sentenciado a muerte que no abandonó su casa. Le habían perforado las paredes a tiros, le habían puesto un plazo de 24 horas para salir del pueblo, pero no consiguieron quebrantarlo. Había trasladado el gabinete a una habitación interior, y trabajó con el revólver al alcance de la mano, sin perder los estribos, hasta cuando pasaron los largos meses de terror” (La mala hora, p. 73).
Tras el éxito mundial de Cien años de soledad García Márquez dijo que El coronel no tiene quien le escriba (1960), varios de los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande (1962) y La mala hora eran como un mismo libro:
“Un mismo tema, unos mismos personajes, un mismo ambiente, que se repiten y se mezclan, como pedazos que tomo de aquí y coloco allá. Durante ese tiempo estaba experimentando, trataba de salir de la retórica latinoamericana. […] Hasta que me encontré contra la pared. Los tres libros pertenecen al realismo tradicional. La mala hora es el que refleja más directamente la realidad. […] Algún otro crítico dijo que era demasiado literaria y demasiado correcta para ser buena. La mala hora me colocó contra la pared. Pero sin La mala hora yo no hubiera podido escribir Cien años de soledad. Porque al quedar contra la pared tuve que romper la pared”.
La mala hora narra la vida de un pueblo del caribe colombiano en un momento que se podría ubicar hacia finales del primer lustro de los años cincuenta, cuando el país era gobernado por el general Rojas Pinilla y la violencia liberal-conservadora aparentemente había cesado. Sin embargo, rezagos de esta subsisten en el alcalde que concentra en sí mismo todos los poderes, además del de la fuerza pública en su condición de teniente de policía. No obstante, se ve impotente para resolver el enigma de unos pasquines que desde días atrás aparecen en las fachadas de las casas de muchos lugareños. Su contenido no es precisamente político sino de índole sexual y familiar: infidelidades conyugales y otras cuestiones que o bien son novedosas o ya son de dominio público; de hecho, una de esas infidelidades ocasiona un asesinato. Sin embargo, el trasfondo de los rumores sí devela las rivalidades políticas de la reciente violencia local y nacional, pues se supone que de ese modo los conservadores del pueblo quieren seguir haciendo la guerra a los liberales forzando así su desplazamiento mediante el escarnio público al que son sometidos. Y los liberales, probablemente como un anticipo a la rebelión popular y al golpe de opinión que daría al traste con la dictadura de Rojas Pinilla —impuesta en 1953 por las oligarquías conservadoras y liberales para frenar la guerra civil desatada— reaccionan con más pasquines, confundiendo aún más al pueblo y a las autoridades (el alcalde, el cura y el juez), empeñadas estas quizás en la idea de un único responsable.
Dos pasajes de la novela ilustran el dilema de la autoría de los pasquines que tanto trasnocha al alcalde (además de un insoportable dolor de muela): la pitonisa Casandra, que ha llegado al pueblo con un circo, echa las cartas a pedido de aquel para averiguar por el autor. “Es todo el pueblo y no es nadie”, le dice para mayor desconcierto. En el otro el juez Arcadio desacredita la lista que ha elaborado su secretario con los nombres de las personas a quienes no les han puesto pasquines: “Si yo pongo los pasquines, lo primero que hago es poner uno en mi propia casa para quitarme de encima cualquier sospecha”.
En el cuento Un día de estos, que formaba parte de Los funerales de la Mamá Grande, García Márquez reescribe uno de los momentos magistrales de La mala hora: la extracción de la muela del alcalde por Aurelio, el dentista liberal. Hay diferencias en las dos versiones, pero los personajes son los mismos. En la novela el alcalde irrumpe de madrugada con sus agentes en la casa del dentista, destrozan la puerta y el consultorio en busca de armas. Encuentran un revólver. El alcalde cree que hay otro, pero se debate entre desbaratar toda la casa para encontrarlo o dejarse sacar la muela por uno de sus enemigos. Acosado por el dolor opta por lo segundo. A su desesperado pedido de anestesia el dentista responde: “Ustedes matan sin anestesia”. Y ante la insistencia del alcalde agrega: “Deje de ser pendejo, teniente; con ese absceso no hay anestesia que valga”. Y a continuación viene para el alcalde “el instante más terrible de su vida”.
En Un día de estos el alcalde llega un lunes de mañana, solo, no hay ningún allanamiento y acepta con resignación la exodoncia sin anestesia. Sin embargo, el dentista hace explícita su simbólica venganza: “Aquí nos paga veinte muertos, teniente”. Y cuando el alcalde sale hay un contundente e irónico intercambio de palabras que condensa el sentido del relato y el de la propia novela:
“—Me pasa la cuenta – dijo. —¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:
—Es la misma vaina”.
En la novela no se habla de pagar la cuenta por la exodoncia, sino de los daños causados a la vivienda, pero el alcalde se justifica recriminando al dentista en estos términos:
“Había orden de allanar la casa […] Había instrucciones precisas de encontrar armas y municiones y documentos con los pormenores de una conspiración nacional […] Yo creí que hacia un bien desobedeciendo la orden, pero estaba equivocado. Ahora las cosas cambian, la oposición tiene garantías y todo el mundo vive en paz, y usted sigue pensando como un conspirador […] Su actitud perjudica al pueblo […] Ahora le toca al municipio pagar todas estas vainas, y además la puerta de la calle. Un dineral, nada más por su terquedad”.
El dentista solo se limita a decir: “Haga buches de agua de alholva”.
García Márquez escribió la novela durante una vida itinerante en París, Londres y Caracas en un período que se puede datar entre 1957 y 1959. “Y la llevaba conmigo, como te he dicho, de hotel en hotel, y a cada rato le hacía correcciones”, contó en 1976. Es probable que los últimos acontecimientos políticos en Colombia influyeran en los cambios que pudo haber introducido al manuscrito en relación con el asunto de una nueva fase de la violencia que se abría camino durante el régimen de Rojas Pinilla, su caída y el inicio del pacto gobiernista liberal-conservador llamado Frente Nacional: la formación de las futuras guerrillas marxistas, motivadas entre otras cosas por la exitosa lucha de los revolucionarios cubanos en la Sierra Maestra.
“En La mala hora no hay matanzas. Prácticamente ha pasado el periodo crítico de la violencia, pero lo que se ve en el libro es que esa pausa está remendada con telaraña y que la violencia volverá, que es una especie de constante, que no se ha acabado con ella porque no se ha acabado con sus causas”, dijo el escritor en 1970.
Dos pasajes de la novela aluden a esa futura reactivación de la violencia política. En el primero el dentista le entrega a un amigo suyo una hoja doblada que presumiblemente contiene un mensaje referido a ello:
“—Léela, y hazla circular.
El señor Benjamín no tuvo necesidad de desdoblar la hoja para saber de qué se trataba. Lo miró con la boca abierta.
—¿Otra vez?
El dentista afirmó con la cabeza, y permaneció en la puerta, hasta cuando el señor Benjamín salió”.
El segundo está al final del relato cuando Mina, empleada del padre Ángel, le informa: “Parece que se volvieron locos buscando hojas clandestinas. Dicen que levantaron el entablado de la peluquería, por casualidad, y encontraron armas. La cárcel está llena, pero dicen que los hombres se están echando al monte para meterse en las guerrillas”.
La versión televisiva
“El teniente de La mala hora fue mi primera tentativa concreta de explorar el misterio del poder (a un nivel tan modesto como el de un alcalde de pueblo) y el más complejo fue el del patriarca. La coherencia es demostrable: el coronel Aureliano Buendía pudo haber sido muy bien, en un nivel, el teniente de La mala hora, y en otro nivel, el patriarca. Quiero decir que en ambos casos su comportamiento hubiera sido el mismo”.
Gabriel García Márquez (1982)
García Márquez había vivido en Barcelona entre 1968 y 1974. A partir de entonces fijó nuevamente su residencia en Ciudad de México, pero venía con frecuencia a Colombia. En una de esas visitas las directivas de la programadora RTI (Radio Televisión Interamericana), encabezadas por Fernando Gómez Agudelo, pionero de la televisión en Colombia, le propusieron negociar la realización, por primera vez en el país, de una de sus obras en forma de miniserie. Quizás debido a su temática sociopolítica tan vigente en Colombia, al escritor y a los productores les pareció que la novela indicada era La mala hora.
El director Bernardo Romero Pereiro (1942–2005), que llegaría a ser uno de los más renombrados directores y guionistas del país, fue el elegido para adaptar la novela y dirigirla. La ambiciosa producción se inició en 1975 y culminó al siguiente año. Fue, por cierto, la primera que se grabó a color y en exteriores en Colombia. Iba a ser de once horas, pero se redujo a seis. RTI hubo de realizar una larga y sugestiva campaña promocional, creando en la teleaudiencia una gran expectativa sobre el contenido y adaptación de una novela del más importante escritor colombiano, aunque se trataba de una obra más bien desconocida en el país si se la comparaba con otras como Cien años de soledad o El otoño del patriarca. Y pese al prestigio y a la fama de García Márquez, el estreno mundial televisivo de La mala hora se vio retrasado por problemas de comercialización, probablemente debido a que algunas agencias publicitarias no quisieran arriesgarse a auspiciar una miniserie de contenido político. Sin embargo, fue pensada también para venderse en el exterior, siendo la primera serie colombiana en ser difundida en muchos países.
En su versión libre para televisión Romero Pereiro elaboró un primer episodio introductorio a manera de reportaje para presentarle al público lo que era La mala hora. Escogió a la conocida periodista Margarita Vidal como conductora de ese supuesto reportaje en el que se intercalaban escenas de la teleserie con entrevistas a algunos personajes de la novela, como si estos salieran a la luz pública tras más de veinte años de anonimato, y a otros de la realidad que daban testimonios y opiniones sobre la violencia liberal-conservadora. Era una forma de mantener cierto aire periodístico presente en el relato, como el propio García Márquez, que había sido reportero durante muchos años, lo reconocía: “El lenguaje de La mala hora es mucho más conciso, seco, directo y pendido directamente del periodismo; porque yo estaba tratando de hacer reportajes con un nivel literario, ya que estaba tomando un tiempo literario para escribirlos. Era un escritor reportero que, además, era reportero de la vida real” (1970). En posteriores episodios Romero Pereiro también hacía aparecer a la periodista en diálogo con otros personajes. De ese modo no solo no se perdía el carácter reporteril de la obra original, sino que se mezclaban los géneros.

Cartel de La mala hora. Fuente: Colarte
El personaje del alcalde fue encomendado a Frank Ramírez, que llegaría a ser muy famoso en Colombia por su actuación en películas, telenovelas y series memorables. El dentista fue personificado por Carlos Barbosa, actor de teatro y televisión, el médico Giraldo por Alí Humar, el juez Arcadio por Franky Linero; entre otros roles. En total, un elenco de más de treinta actores y actrices. Y una magnífica banda sonora compuesta por el maestro colombiano Francisco Zumaqué.
Finalmente, después de meses de promoción en el canal uno y en la prensa nacional, se anunció el estreno de la miniserie para marzo de 1977. La programadora hizo el lanzamiento un miércoles en horario familiar (8:30 p.m.) y los episodios fueron transmitidos en horario para adultos (10:30 p.m.). Al día siguiente del muy sintonizado lanzamiento vino la airada reacción de políticos y de miembros activos y retirados de la Fuerza Pública, que consideraron falseada y sectaria la versión que RTI había realizado. Aunque no lograron ante el gobierno el propósito de suspender la emisión completa de la serie, el presidente López Michelsen acordó con Danna Ordóñez Caro, su ministra de comunicaciones, que en adelante al inicio de cada capítulo se advertiría a la audiencia que el dramatizado era eminentemente ficticio.

García Márquez en 1977. Foto: Marcelo Montecino
Consultado por estos hechos García Márquez declaró en aquellos días: “Esto era perfectamente previsible, porque ya se sabe que la clase dirigente colombiana tiene miedo a la verdad histórica”. En ocasión de celebrarse en 2004 los primeros cincuenta años de la televisión en Colombia, Bernardo Romero Pereiro manifestó sobre su versión de La mala hora: “En Colombia fue juzgada únicamente por razones políticas y no como un producto artístico, sino que motivó enfrentamientos entre los partidos, enfrentamientos con el Ejército, con la Policía… En fin, esa parte fue muy amarga, esa sí que fue la mala hora de La mala hora. La buena hora es que el resultado fue sorpresivo para muchos países donde se transmitió. Y tuve el curioso placer de encontrarme La mala hora en muchos países adonde luego fui”. Y Fernando Gómez Agudelo, fallecido en 1993, dijo por su parte en una entrevista: “La experiencia de La mala hora, si bien fue muy buena por ser lo primero que se hizo en Colombia como miniserie, fue muy grave porque hubo un bloqueo por parte de un periódico que se dedicó a torpedear La mala hora hasta que logró que todos los patrocinadores se retiraran, y dejarla con un minuto de comerciales para hacer que la compañía perdiera muchísimo dinero […]. Hay maneras de bloquear los proyectos”.
La novela y su primera adaptación audiovisual (habría una versión cinematográfica brasileña en 2004 con el título O veneno da madrugada) muestran, por tanto, las tensiones entre distintos poderes: el lingüístico, representado por las academias de la lengua y los censores locales y peninsulares, empezando por censurar el título original y algunas expresiones que juzgaban inapropiadas, y luego el texto en general, lo que García Márquez llamaba su “lengua de indio”; el político, que para el contexto colombiano revivió las disputas de dos partidos que se habían enfrentado a muerte en un pasado reciente: por ejemplo, para el periodista Eduardo Arias Villa, defensor del televidente en el canal público Señal Colombia, La mala hora era “una denuncia contra la violencia conservadora, la cual crispó los ánimos de diversos estamentos del establecimiento”; el de la industria de la televisión, representada para el caso por la programadora privada RTI, que tuvo que ceder ante un bloqueo político y publicitario que la llevó a aceptar la inclusión en la miniserie de la advertencia de que esta no tenía ningún parecido con la realidad colombiana, para complacer así a ese establecimiento; el de la gran prensa, que a través de un diario conservador influyente logró tal bloqueo; y el publicitario, que cedió a su vez ante ese poder mediático-político.
Sin embargo, la gran perdedora en todo esto fue la teleaudiencia. Se privó al país, entonces, de un debate serio, analítico, desprejuiciado y sin apasionamientos en torno a un relato —literario, histórico, político y audiovisual— que bien valdría la pena revisar. Ojalá que los setenta años que cumplirá la televisión en Colombia este año sirvan para que algún canal programe la emisión de una producción tan subvalorada en su momento como lo fue La mala hora. En ese sentido, vale recordar que hubo un tiempo en la televisión colombiana en el que la literatura latinoamericana y la historia del país eran una fuente de creación argumental. Hoy pareciera que solo interesaran las insufribles series de narcos.
Referencias
Centro Gabo. (2020). La mala hora en 8 comentarios de Gabriel García Márquez. URL: https://centrogabo.org/gabo/contemos-gabo/la-mala-hora-en-8-comentarios-de-gabriel-garcia-marquez
Chaves O’Flynn, C. (2021). La censura de Félix Restrepo al título de La mala hora: una contienda glotopolítica entre el fascismo y la letra. Estudios de Literatura Colombiana 49, pp. 53-69.
García Márquez, G. (1983). Todos los cuentos. Bogotá: Oveja Negra – Seix Barral, p. 128-130.
García Márquez, G. (2002). Vivir para contarla. Bogotá: Editorial Norma, p. 276-279.
Montes Montoya, A. y Busso, H. (2007). Entrevista a Ramón Grosfoguel, Polis [En línea], publicado el 23 de julio de 2012, URL: http://journals.openedition.org/polis/4040
SENA-CGA. (2015). La mala hora: La Violencia 1948-1961. URL: https://luisolated.omeka. net/exhibits/show/gabopolitico/violencia




