Jessica Díaz Nandar

Jessica Díaz Nandar viene del origen de la poesía. Trae el fétido olor de las cloacas del imperio, pero también la saliva que humedecen los sueños largamente rumiados por los oprimidos. Leer a Jessica «es un tipo de transformación del orgullo de lo merecido», porque la mentira y el crimen sobre el que flota la cultura occidental son el origen de otras realidades construidas a partir del deseo de limpiar esa misma realidad con una buena dosis de verdad.
Estoy leyendo y oigo el grito de las palabras. Y siento el silencio que rodea cada grito, aquella geografía donde los caminos se van sin mirar hacia atrás y sin fecha de regreso. Sigo leyendo y no llego. Porque en la poesía no hay meta. La poesía es el más allá y el más acá. Y también el aquí y ahora. Es aquella trinidad lúdica la que entreteje y teje los confines de las ideas y el material con que están hechas. Son las pequeñas realidades las que provocan los grandes terremotos que nos convocan a la guerra. La poesía y la ciencia, decía Telsa, son los dos ojos que nos permiten comprender mejor la realidad.
Es lo que nos deja estas estrofas: pedazos de ciencia diaria poetizados por la magia de una mujer atenta al palpitar del mundo y de sí misma. De una mujer en guerra contra el neocolonialismo cultural y la brutalidad de quienes lo sustentan. Y la poesía, la palabra, es una bomba atómica contra el destino de humillación que sufre gran parte de la humanidad. Me gusta lo que escribes, Jessica, es la síntesis de lo que todo el mundo quiere escribir para la memoria de siempre.
Arturo Prado Lima
Despliegues
Armadura de hueso
«Nuestra postrera gratitud al arte.-Si no gustásemos de las artes y no hubiésemos inventado está manera de rendir culto al error, no podríamos soportar ese convencimiento de que la ilusión y el error son condiciones necesarias del mundo intelectual y del mundo sensible.»
NIETZSCHE
«Nostalgia de un mundo sin ideal, de una agonía sin doctrina, de una eternidad sin vida… El Paraíso… Pero no podríamos existir un instante sin engañarnos; el profeta en cada uno de nosotros es el rasgo de locura que nos hace prosperar en nuestro vacío.»

‘Este pequeño escrito es una gran declaración de guerra’
El aforismo es quizá el más exquisito y escaso de los géneros literarios. Solo seres con firmeza entran a él y no le temen. Él, de forma concisa y consciente, oculta múltiples disciplinas, pues no le pertenece solo a la filosofía: es, si se me permite, la síntesis toda del pensamiento. Por eso mismo hasta los lectores le temen. Nietzsche, gran cultor del género e influenciador de toda la filosofía continental, escribió de forma fragmentaria, únicamente, porque sus dolores de cabeza no le permitían concentrarse en textos extensos. Tras esa enfermedad, Cioran se despliega contra todos los mitos y figuras de la religión y la historia. El aforismo no es más que el pliegue y rastro que podemos arrojar contra el mundo.
Jessica se enuncia volátil, denuncia su humanidad en esta eficaz fragmentariedad. Nos dice: «… ungir de inconsciencia esa vulnerabilidad que produce la verdad». Sabe cómo las palabras mismas son visagra: ocultan y abren sentido: no les teme. En esas grietas del sentido se revela el dolor, que a la vez propicia esperanza. Somos esos trozos de nada: previsibles. Nos revela, nos cuestiona, nos da una luz durante la noche.
Imagen: testimonio de Nariño
Despliegues
«Toma tiempo desdoblar el sentido hasta la grafía. Producir réplicas sincronizadas conduce abruptamente hacia la lucidez». Ese desdoblamiento es la desnudez que nos ofrece, el aforismo es la idea pura, la unión preclara de la palabra y la cosa. Pienso en Kant y su intuición intelectual, el aforismo como una forma de pensamiento que crea y dota de sentido el mundo al nombrarlo. La autora nos ofrece ideas mundanas y cotidianas con el mismo rigor que ideas filosóficas, en su grafía no desdibuja la fragilidad de lo humano ni piensa lo superior como ideas obscuras. Es una filósofa de la superficie, siendo fieles a Deleuze.
Entrar en un libro de aforismo puede ser tan turbulento como permitirse naufragar en una novela de viajes. El lector ideal no debe temer rastrear las peripecias que sufre la pensadora al atravesar los montes gélidos del pensamiento. Ella no escribe desde la tristeza, no es una poeta urbana, pero le interesa el presente: no hay escritor sin compromiso.
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Filosofar a martillazos. Esto se evidencia en la segunda parte del libro, poemas hirientes pero silenciosos, porque lo anónimo toma protagonismo: hablo de la violencia, de un país que sangra, de la importancia de manifestarse, de cómo el poema es también una tribuna, un grito, un golpe sordo.
El editor
SER VOLÁTIL
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Más allá, en la lejanía de toda ruina humana, una soledad omnisciente nos aguarda, una tormenta de paradigmas. Un adiós amargo y delicioso nos llena de revelaciones.
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Este mundo ficticio a veces nos tritura las penas colisionándonos hasta la condena antinatural, a la inmutabilidad; nos mutila partes del ciclo, para incrustarlas perladas en el vestido de cualquier apariencia sensual y esconder el autocastigo que nos atemoriza.
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Fétido es el olor a mentira que disipan los opresores, su saliva, en el éxtasis de la manipulación esparce el nombre de los muertos.
Flotan almas sin rostro entre pútridas gotículas.
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Invadidos por la suposición, quebrantados por las alertas, en proceso de estigmatización: ¡listos para rebobinar!
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Poesía como premonición: lenguaje dibujado que se revela al dictarse, perfecta imagen al escribirse, siguiendo un trazo, una huella: como un sentimiento antecediendo una obra literaria.
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Manos hermosas, esas, de delgadez estilizada y extensión serpenteante. Arañas en caída, suave vuelo tejiendo virtudes sobre un mundo inanimado.
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Cuánto desafío aún falta para sabotear los planes de quedarse, inermes, ante cualquier destino menos fatídico.
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Qué gusto desafiar la humillación, sin aliento, entre el vientre tórrido de la decadencia. Entre sus arrugas estacionarias amortiguar la decepción, y dentro de su tibia ligereza, ungir de inconsciencia esa vulnerabilidad que produce la verdad.
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No es la decepción de perder, no es la fobia al fracaso bien ganado ni el disgusto por el bienestar ajeno, lo siento más encarnizado, una succión del valor. La esperanza, más bien, es un tipo de transformación del orgullo de lo merecido.

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La antigüedad de una mirada murmurante se destila, emerge de las ruinas, entre la sutil aspereza de un rústico deseo.
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Se debe dejar que los troncos y sus ramas enriquezcan el camino, no arrastrar un bosque a través de su historia viviente, que el término de vida solo constituya el tiempo en que termina la construcción. No acampar en los terrenos inertes, que solo por nuestra presencia, tomaron forma en una de esas capturas de lo instantáneo.
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Amor. Es una palabra sencilla entre los labios, pero insondable cuando tu vientre se convierte en un Edén.
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Y en el claustro de paredes y disparates, el viaje es un difuso sendero entre los libros del otro y mi espectro vaciado.
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Para ingerir este ufano pensamiento de lo conocido, desligaré mis ramas, estropearé los frutos y desamortiguaré las raíces.
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Cuando las horas del recuerdo fueron vencidas, vinieron cortos presentes a resguardarse en esa foto perdida.
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¿Aún sigues aquí?, ¿cuál de los tres dedos en la sombra eres? Porque, antes de mi maniobra, te vi llegar, como un presentimiento, intentando direccionar el actuar. Un fallido manipulador. Ante tu sombra cubriendo multitudes, luciérnagas despiertan.
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¡Que se muera esta noche la expresión de las ideas! Toma tiempo desdoblar el sentido hasta la grafía. Producir réplicas sincronizadas conduce abruptamente hacia la lucidez. Mientras escribo esta idea, estoy ligada a su materialización, interponiéndome en el camino de las conexiones derivadas.
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De la mente escapan y entre bosques se escabullen… Signos en huida.
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La Tierra en su danza constante nos envuelve de años, y estos, como pétalos, van abriendo el paso hacia la luz del mundo. Pero el cáliz es amargo, los vientos presurosos golpean con desdicha, la tormenta ensañada arrasa con los perfumes y suele destilar toda la magia. El recuerdo es la membrana en que se suaviza la agonía.
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Cuando esgrimes un alma filosa, blandiéndola como espada ante la batalla contra las pesadillas, sientes la carne dormida a la distancia de un escalofrío.
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Si nacer en este mundo atestado de gente, de ruidosas distracciones, es un reto de salvación de ese espacio íntimo para el discernimiento, de la selva no plástica para el respiro místico, entonces, debemos entregarnos a la condena de tal heroísmo.
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Violeta agonizante entre la maleza, augura el marchitar temprano, bajo el mismo panorama, consumida por el polvo. Esperanza breve, de ser ultimada por un joven enamorado, que desgarre apasionado su tallo y le lleve a sepultar entre manos delicadas, dejándole, como último recuerdo, la sonrisa de su amada.
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Esa decisión a oscuras, como atreviéndose a percibir el agua de desconocida procedencia. Arribar sin ojos a ese estado suyo: frío o caliente, cristalino, turbio o sangriento, es condenar al tacto a que se zambulla de golpe, sin tiempos, a la volubilidad impredecible de su beso líquido.
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Los oídos ignoran la verdad fatídica cuando el corazón la desprecia e intenta disfrazarla ante los ojos.
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Muchas veces siento que alguien me duele, en pocas de ellas veo mi propio dolor disfrazado de un otro, para dejar su invisibilidad.

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Cuando el ingenuo imagina lo cotidianamente pensable, sucede lo impensable. Cuando el ser en su fluidez piensa en lo inimaginable, no importa lo que suceda, porque está preparado para lo habitual y lo extraordinario.
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Tanto amor no cuenta con explicación, en el intento simplemente ya ha ocurrido una masacre, las palabras se han devorado unas a otras mientras se besaban sin precaución. Porque no puede nominarse la rápida voracidad del instinto en persecución de lo deseado.
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El azadón veraniego vuelve, rasgando la juventud, una y dos veces, por encima de una especie adolescente, precipitada sobre las hojas necias que se niegan a abandonar el crepitar de una seca humanidad.
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¿Qué sería de mis ojos si esa esquiva y tierna socarronería no se escondiera maliciosa y descaradamente?, tal vez recogerían las ganas, enderezarían su sentido, y se ocultarían tras los mismos lentes oscuros que enlutan su ausencia.
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Días desastrosos en personas esclavas de su orgullo, tienden, con una trayectoria perfecta, a colisionar directo con las insatisfacciones de momento. Y la vida convulsiona frenéticamente, sin embargo, el día sigue soleado.




