Foto: Ceibo Ediciones


Escribe: JAIME FLÓREZ MEZA
En septiembre pasado se cumplieron 51 años del golpe de Estado a Salvador Allende Gossens (1908-1973), primer presidente izquierdista elegido por voto popular en el mundo. Y de su muerte que hasta el día de hoy se sigue explicando como un suicidio a pesar de otras investigaciones que demostrarían que fue un crimen.
Santiago Ribadeneira Aguirre es un periodista, escritor, investigador y profesor ecuatoriano que vivió en Chile durante los años de ascenso de la Unidad Popular que llevó al poder a Allende. Recientemente tuve la oportunidad de conversar con él sobre ese acontecimiento que estableció un nuevo paradigma de la izquierda a nivel mundial.
Santiago Ribadeneira. Foto: Archivo personal
“Mi padre pone en el tocadiscos una cantante que resulta ser una especie de emblema de la Nueva Canción Chilena y que va a aparecer con la Unidad Popular en el período siguiente, que es Violeta Parra. Entonces yo oigo la voz de esa mujer extraordinaria y le pregunto quién es Violeta Parra. De todas maneras, en Chile no era todavía muy correspondida, muy apreciada a pesar de todo lo que había pasado con ella. Así que empieza esa preocupación de la gente por esta cantante y todo lo que ella desata, todo lo que ella alega, a través de sus hijos, de la Peña de los Parra… Ella era una leyenda”.
Violeta Parra. Foto: Extensión Usach
De este modo recuerda el momento en que escuchó por primera vez, en Santiago de Chile, a la gran cantautora, artista plástica, recopiladora folclórica y poeta chilena que el 5 de febrero de 1967 puso fin a su vida por mano propia. Ribadeneira había llegado a Chile dos años antes, en 1965, siguiendo a su padre —el periodista, escritor y profesor universitario Edmundo Ribadeneira— en su exilio. Eran los años de eclosión de la Nueva Canción Chilena.
En julio de 1963 un golpe de Estado castrense derrocó al presidente ecuatoriano Carlos Julio Arosemena. Además de imponer la ley marcial la junta militar de gobierno ilegalizó al Partido Comunista del Ecuador y detuvo a muchos de sus dirigentes. Edmundo Ribadeneira, militante y miembro del partido, fue encarcelado por tres meses, quedando en libertad bajo la obligación que le impuso la junta de abandonar el país en un corto plazo. “Mi padre decide ir a Chile por algunas razones: históricas, emotivas, de relaciones… Pero nosotros nos tenemos que quedar: mi hermano y yo con mi abuela materna y mi hermana con una tía, hermana de mi padre”. Efectivamente, Edmundo Ribadeneira viajó a Chile con su esposa y su pequeño hijo menor. Y hasta que llegó el momento de la reunificación familiar en Chile, mantuvo correspondencia con su hijo Santiago. “Es la primera vez que yo me carteo con mi padre. Son cartas muy hermosas las que me mandaba. Y yo aprendo a escribir, supongo, había que contestar, entonces el ejercicio era muy grato”.
En la capital chilena Santiago Ribadeneira continuó sus estudios en una escuela pública. Sin embargo, después de un año de la reunificación familiar la junta militar en Ecuador concedió una especie de amnistía a los perseguidos políticos, con lo cual don Edmundo Ribadeneira tomó la decisión de regresar con su familia al país, excepto Santiago: “Yo le digo a mi padre ‘yo me quedo’. Mi padre, con una percepción o una sensibilidad propia de su pensamiento, de su capacidad intelectual y todo lo demás, me queda mirando y dice: ‘¿Quieres quedarte? Quédate’. Cualquiera puede decir: ¿cómo es que ese niño se queda? ¿Y cómo el padre accede? Eso decide mi vida. Porque yo empiezo a vivir solo”.
La política, el teatro y la Nueva Canción Chilena
“Empiezo a tener un interés por el problema chileno, por su quehacer, por su política, por todo lo que está ocurriendo, por las relaciones de mi padre con el Partido Comunista, por la derrota de Allende en las últimas elecciones [1964], y termino siendo parte de las juventudes comunistas y, en algún momento de mis estudios secundarios, del mismo partido”.
Fue también la primera vez que tuvo contacto con el teatro, a tener amistades con actores, a frecuentar las salas. Entre los teatreros con quien más amistad hizo menciona a Jorge Guerra, a quien consideraba como un hermano y quien posteriormente estaría en Ecuador. Por aquellos años sesenta en Chile un treintañero director destacaba en su doble condición de músico y creador escénico: componía, cantaba, investigaba el folclor, dirigía el grupo folclórico Quilapayún y era director de planta en el Departamento de Teatro de la Universidad de Chile (Detuch), llevando a escena obras de dramaturgos tanto chilenos como internacionales. Era Víctor Jara, esa otra figura emblemática de la Nueva Canción Chilena, cuya faceta como director de teatro es menos conocida, por no decir que desconocida para muchos de sus admiradores.

Víctor Jara y Alejandro Sieveking en Los bajos fondos, de Gorki, en 1958. Foto: Palabra Pública
Una de las cosas que Ribadeneira más recuerda de este artista, además de su resonancia en el movimiento de la Nueva Canción, es justamente el haber asistido a una representación de la obra Viet Rock, un musical de la estadounidense Megan Terry estrenado originalmente en 1966, que Jara adaptó y dirigió con el Teatro Experimental de la Universidad de Chile y estrenó en mayo de 1969. El contemplar aquel montaje vanguardista, que además iba mucho más allá de la visión propuesta por su autora, fue una experiencia sumamente impactante para el adolescente Santiago de ese momento. Al igual que para los mismos actores y para tantos espectadores que pudieron presenciarlo. Era un montaje muy físico, minimalista, basado en un arduo e impresionante trabajo corporal. Y en cuanto a su contenido Jara le dio un cariz antimperialista del cual carecía la obra original. Jara había dicho que el texto de Megan Terry “no sobrepasa un primitivo pacifismo norteamericano. No ve el imperialismo de su país con los ojos que lo vemos los chilenos y latinoamericanos. […] Nosotros no somos norteamericanos y no tenemos por qué incurrir en las distorsiones de la autora” (citado en Bahamondes Chaud, 2024).

Recorte de la revista Ecran sobre los ensayos de Viet Rock Foto: Palabra Pública
Aunque Ribadeneira no conoció personalmente a Jara ni pudo verlo en alguno de sus recitales, sí fue cercano a los integrantes del grupo Inti-Illimani, uno de los más importantes de la Nueva Canción Chilena y latinoamericana, y mantuvo amistad con algunos de ellos. Cuando ya era mayor de edad pudo asistir a la histórica Peña de los Parra, una casona ubicada en el 340 de la calle Carmen, en el centro de Santiago, convertida en sitio de presentación de los músicos de la Nueva Canción, entre ellos los hermanos Ángel e Isabel Parra, hijos de Violeta, que en 1965 había regresado de Europa con su compañero Gilbert Favre, un antropólogo suizo a quien había conocido en París. Además de todos los músicos del movimiento de la Nueva Canción, por la Peña pasaron diversos cantantes extranjeros como Salvatore Adamo, Joan Manuel Serrat, Piero, Mercedes Sosa y Atahualpa Yupanqui, entre otros.
El periodismo y la Unidad Popular
El hecho definitivo en la vida de Ribadeneira en Chile fue su vinculación, cuando ya estaba por finalizar la secundaria, con el izquierdista diario El Siglo de Santiago, en el área de archivo. “Había que recortar las noticias más importantes todos los días y hacer temas por carpetas. Ese era mi oficio en el diario. Pero eso me permite vincularme con el equipo”, dice. A los 18 años inició su trabajo como reportero en el mismo medio. Siguió encargado del archivo, pero gradualmente el reporterismo fue copando sus actividades.
Por supuesto, su militancia política se fue acentuando con la campaña de la Unidad Popular. “Cuando se concreta la Unidad Popular hay que resolver lo del candidato. El del Partido Comunista era Pablo Neruda. Yo lo conocí, estuve en su casa de La Chascona en Santiago. Pero él ya no estaba viviendo ahí, se había ido a su casa de Isla Negra. También conocí esa casa. Un día me encontré con Neruda en la sede del partido. Encontrarme con él era algo natural. Era muy natural para todos. Se resuelve finalmente el candidato. Neruda renuncia y se concreta que Allende, del Partido Socialista, sea el candidato. Y yo quedo incorporado en la planta de periodistas del diario, ya no estoy en el archivo”. En efecto, la Unidad Popular logró aglutinar a seis partidos de izquierda: Socialista, Comunista, Radical, Social Demócrata, Movimiento de Acción Popular Unitaria y Acción Popular Independiente.
La mayor escuela de aprendizaje de Ribadeneira fue El Siglo. Comenta que en la sala de redacción conoció a destacados periodistas como Raúl Iturra Falca: “Uno de los más extraordinarios que tuvo Chile. Y a otros que como él decían: ‘El periodismo se hace en la fragua. Se forja en la fragua’. Todos ellos reivindicaban el haberse hecho periodistas en el trabajo diario. Esa era la otra militancia”.
Sin embargo, Ribadeneira empezó a estudiar periodismo por aquellos años. “No se llamaba escuela de periodismo, no había una escuela de periodismo constituida, sino que estaba insertada en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile”. Y agrega que además de las coberturas también hacía investigaciones que se publicaban en la revista del diario. Obviamente, con la coalición izquierdista que logró la Unidad Popular El Siglo se unió activamente a la campaña de Salvador Allende, que por cuarta vez buscaba llegar a la presidencia. “Para la preparación de la campaña dentro del diario se establece una serie de necesidades de urgencia. Se diseñan las estrategias. Por alguna razón me dicen ‘compañero, tienes que entrar a militar en el partido’. Para mí era un salto generacional inexplicable. Yo salí de la Juventud Comunista y entré al Partido Comunista”.
Y, por otro lado, en el diario le asignaron otra responsabilidad: hacerse cargo de la página editorial, revisando todos los artículos que se publicaban en ella y escribiendo los editoriales. En el momento más álgido de la política chilena, hasta el golpe de 1973. “Por eso yo estaba en una lista de perseguidos”, dice en relación con las listas que tenían los militares golpistas. Fue, por cierto, el editorialista más joven del periodismo chileno. “Me dediqué un poco a destacar el Pacto Andino. Por eso es que me invitaron a ser parte de la comitiva del gobierno de Allende a la inauguración del edificio sede en Lima”, donde hasta hoy funciona la Secretaría General del Pacto que sería rebautizado como Comunidad Andina de Naciones (CAN).
Chile rompe el paradigma de la izquierda
Ribadeneira recuerda que el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) no se integró a la Unidad Popular. “Ellos querían reivindicar la lucha armada a toda costa. Fíjate lo interesante de este fenómeno: cuando se constituye la Unidad Popular para ganar las elecciones, cambia un poco el pensamiento respecto de las estrategias para captar el poder”, dice refiriéndose al paradigma establecido por la Revolución cubana como posibilidad de llegar al poder a través de la lucha armada.
“Yo conocí a Allende en una cobertura cuando él era candidato. Nosotros hacíamos el seguimiento de ese momento. Era un ser extraordinario, de una sensibilidad y capacidad política impresionante, de una amabilidad muy cercana a la gente, no había barreras para la gente. Y eso era lo que le caracterizaba: este doctor muy próximo a las expectativas y necesidades de la gente. Pero lo interesante de esto es que había que lograr el poder a través de las urnas. Y eso cambia en América Latina: este momento de excepción que Allende plantea hasta que el Congreso lo ratifica como presidente. Cuando eso ocurre hay un remezón en América Latina. ¿Qué pasa con la lucha armada? Va mucha gente de todo el mundo a ver el fenómeno chileno. Eso no anula lo que la Revolución cubana pudo proponer en su momento. La Revolución cubana es muy significativa. Si uno menciona a Milton Benítez, que tiene un gran estudio sobre eso, él dice que la Revolución cubana nos enseñó a mirarnos a nosotros mismos”.
Pero en el caso de Allende, Ribadeneira dice que su legado sigue siendo relevante hasta ahora. Igualmente, destaca el cambio notable que por aquellos días septembrinos de 1970 se produjo en la sociedad chilena tras el triunfo de Allende:
“Es un país distinto. La gente está feliz. Un cambio extraordinario. La cultura, la música, la literatura, el arte, el pensamiento… Todo eso es parte de esa propuesta de cambio. Aparece la editorial Quimantú para publicar libros baratos para que la gente lea. Están Inti-Illimani, Quilapayún y todos los grupos que empiezan a crear, a componer, está el teatro, la danza, montones de cosas. Es un país alegre. Y la derecha lo que hace, normalmente, es destruir la alegría de un pueblo. Siempre. A la derecha, al neoliberalismo ahora, le importa un pueblo triste, sometido y con miedo. No le interesa ni el arte ni la cultura. Y Allende fue todo lo contrario. Esa alegría a la derecha le da contorsiones. No le gusta”.

Allende tras su victoria el 4 de septiembre de 1970. Foto: LA GACETA
La arremetida furiosa
“Y Allende empieza a gobernar para la mayoría. Gana adeptos, su popularidad aumenta, ahí están las obras y todo lo demás. Y empieza la arremetida furiosa, terrible de la derecha. A crear escasez. Claro, como tienen los medios de producción crean escasez, crean necesidad, angustia, miedo… Y eso es lo que hizo la derecha. Entonces, el gobierno entra en ese trance de cómo enfrentar el problema económico, por ejemplo. Tiene que resolver esto. La escasez se siente. Ya el segundo año para el gobierno de Allende la situación es muy complicada. Y además, cooptan, captan, por ejemplo, a los camioneros, a los que llevan las cosas. Se paran simplemente. Ahí está el desabastecimiento”.
Le pregunto si es que las derechas y oligarquías chilenas fueron mucho más feroces que el propio gobierno de Estados Unidos en su presión hacia Allende:
“Digamos que la derecha es sorprendida cuando digo que al día siguiente ese país es alegre: danza, canta, festeja… sabe que hay una posibilidad de cambio… Yo me acuerdo que fui varias veces a las poblaciones y la gente era feliz. Esa era la dimensión de la alegría que le dio la Unidad Popular a ese país. Y la derecha no es que se entristece, sino que se cabrea, como dicen los chilenos, y dice esto no es posible. Y ahí, al día siguiente de esta alegría colectiva, empieza la confabulación. ¿Con quién? Con el Departamento de Estado [de los EE. UU.]. El Departamento de Estado no podía permitir que un gobierno de izquierda hubiera ganado las elecciones de manera popular, no podía ser. Y empieza toda una gestión reaccionaria para crear las condiciones y debilitar al gobierno de Allende. Le obligaban a renunciar. Y Allende dijo: ‘No, no voy a renunciar. A mí me matan. Jamás he renunciado’. Igual no quedaba otra opción más que la de soliviantar a las Fuerzas Armadas. Pretorianas ellas, supuestamente defensoras de la democracia, la Constitución y las leyes. Bueno, había un sector democrático, con Pratt, Schneider y todos los demás. Claro. Pero a ellos también los eliminan. Que era la única forma de que la derecha pudiera recuperar el poder. Después del golpe de Estado, Pinochet se queda tantos años para que el neoliberalismo, que ahora estamos viviendo, empiece a florecer. Con una Constitución acérrima que hasta ahora no la han podido desmontar. Pero el efecto tanto del golpe como del período de Pinochet todavía repercute y va a seguir repercutiendo en América Latina. Y vemos que ahora Chile no ha cambiado. Tiene un presidente timorato, ambiguo, un presidente joven que no sintoniza con las necesidades y el pensamiento”.
Según Ribadeneira, por otra parte, pese al interés mundial que generaba Chile durante el gobierno de la Unidad Popular, el proyecto socialista y democrático de Allende fue subvalorado a nivel internacional, incluso por gobiernos de izquierda: “Allende fue desestimado por la Unión Soviética, por China, por Cuba, por un montón de países. Esa no es la línea, decían, es contraria a lo que necesita América Latina en este momento. Y a propósito del Pacto Andino, según algunos críticos reunidos en Lima durante la inauguración de la sede, la alternativa a Allende era el presidente peruano Velasco Alvarado. Decían que Allende, en cambio, era un revisionista, un mal ejemplo, y que lo que tenían que hacer los movimientos sociales y los partidos políticos en América Latina era lo que estaba haciendo el general Velasco Alvarado. ¿Qué me dijeron a mí? ‘Compañero, ese ejemplo de Allende no lo vamos a permitir. Nosotros no podemos llegar al poder a través de las elecciones’. ¿Qué querían decir con eso? Que estaban de acuerdo con un posible golpe de Estado”.
Juan Velasco Alvarado era un militar progresista que había llegado al poder mediante un golpe en 1968 y que intentaba hacer una suerte de revolución peruana. “Forma parte de los gobiernos militares nacionalistas que, en la misma época, aparecieron también en Ecuador, Panamá, Bolivia y Honduras, cuya característica fue la de una mixtura entre ideas progresistas en lo social, nacionalistas en lo económico y antimperialista en la política exterior” (elhistoriador.com.ar).
Así las cosas, como dice Ribadeneira, “Allende tenía que lidiar con esas dos percepciones”, desde la derecha y desde la izquierda.
Allende: ¿suicidio o asesinato?
Indago ahora sobre la muerte de Allende. La verdad oficial sostiene que se suicidó en su despacho del Palacio de la Moneda. Otras investigaciones, sin embargo, concluyeron que el presidente resistió hasta último momento y que fue herido y finalmente ejecutado. Eso es lo que afirma, por ejemplo, el sociólogo, investigador y escritor chileno Francisco Marín Castro en un libro publicado en 2023: Allende, autopsia de un crimen, que escribió junto al médico forense Luis Ravanal Zepeda. Ribadeneira dice al respecto:
“Los militares lo que querían era un poco degradar la condición intelectual y militante de Allende: si este señor especulaba o decía sobre el valor de la resistencia y todo lo demás, ¿por qué no resistió, por qué no combatió hasta el final y prefirió suicidarse? En cualquiera de las dos circunstancias la figura de Allende no queda para nada salpicada. Quienes pueden atestiguar qué es lo que verdaderamente ocurrió fueron los que entraron en ese momento a La Moneda a disparar a matar. Entonces supongo que Allende, frente a ese contingente de militares, siguió disparando, siguió combatiendo. Eso tiene que haber ocurrido. Porque hay que tomar en cuenta la dimensión del discurso que hace Allende, que se transmitió a través de algunas radios que todavía quedaban en el aire. Yo escuché y tengo hasta ahora la grabación, en casete: grabé en mi casa el momento en que Allende daba ese discurso. ¿Y qué decía básicamente en ese discurso? ‘Se abrirán las grandes alamedas por Chile, hasta donde vuelva a pasar el hombre libre. Pero no voy a sacrificar la seguridad del pueblo, no voy a llamar a la gente a combatir’. Y me traje el casete con el riesgo de que a la salida del aeropuerto me dijeran ¿y este casete?”.
Señala, por otra parte, que dos meses antes del 11 de septiembre de 1973 el golpe ya era inminente. “Cuando yo salgo de mi casa ese día (vivía un poco lejos de ahí) y me acerco al diario, que estaba cerca del Palacio de la Moneda, para buscar mi pasaporte, había un piquete de militares de esquina a esquina. ¿Y quién se había hecho cargo de la redacción? Un exmarino que trabajaba con nosotros y que resultó ser un infiltrado. Era el administrador de la redacción, un joven exmarino, muy cordial, y se supone que militante del partido, por eso estaba en el diario. ¿Por qué estuvo ese día ahí? ¿Por qué solo él? Era un infiltrado de las Fuerzas Armadas. Quiere decir que las infiltraciones se habían planificado mucho antes. Y durante todo ese tiempo tuvo que haber revisado documentos y escuchado muchas cosas, y dado nombres a los militares conspiradores”.
Ribadeneira salió de inmediato de la redacción y se dirigió a la imprenta del diario, donde se encontró con varios compañeros. “Alguno de los jefes nos dijo: ‘Yo creo que lo más práctico y prudente es que cada uno busque dónde refugiarse y esconderse por un tiempo. Tengan cuidado, no lleven el carnet del partido en el bolsillo’. En una esquina nos despedimos todos. Empiezo a regresar a pie a mi casa, no había transporte. Cuando yo cruzo la avenida Bulnes y me paro a ver La Moneda, desde ahí se veía el frontis, empiezan los bombardeos. Y veo los aviones que bajan… y los estallidos, y las llamaradas que empiezan a aparecer en el Palacio. Esa es la última imagen que tengo de haber visto el bombardeo de La Moneda”.
Todos los diarios de izquierda fueron clausurados. Varios periodistas de El Siglo fueron encarcelados y otros se exiliaron, entre ellos Ribadeneira que inicialmente intentó refugiarse en la Embajada de México. Al llegar ahí encontró una interminable fila de personas y muchos carabineros vigilando el sector. Finalmente logró asilarse en la Embajada de Ecuador gracias a gestiones que su padre realizó en Quito. Santiago se había casado con una chilena y tenido un hijo con ella, pero nunca se nacionalizó chileno. Los tres tuvieron que aguardar casi dos meses en la embajada ecuatoriana para recibir los respectivos salvoconductos. “Recién cuando aterrizamos en el aeropuerto de Quito pude respirar aliviado”.
Dos veces en Chile bajo la dictadura
Otra anécdota que relata Ribadeneira sobre su relación con Chile es la de los dos viajes que realizó en plena dictadura de Pinochet. El primero hacia 1985 para asistir como invitado a un encuentro de intelectuales y artistas en Santiago; el segundo, pocos años después en compañía de su padre para un encuentro de la Sociedad de Escritores de Chile, que había invitado a Edmundo Ribadeneira. Curiosamente, en el primer evento pudo entrar al país sin problema y reencontrarse con muchos amigos y compañeros, pero en el segundo fue demorado en el aeropuerto durante horas. Ya se manejaban computadores y el funcionario de migración le dijo que había un problema con el pasaporte, que le daba un registro negativo. “Usted tiene impedimento para entrar, me dijo, ¿cómo entró la vez anterior? No lo sé, le dije”. Le dijeron después que estaban haciendo una conexión con el Ministerio de Relaciones Exteriores. “Soy todo un personaje, pensé”.
Después apareció otro funcionario que lo condujo a una oficina y le enseñó en la pantalla de un computador todo su historial como periodista y editorialista de El Siglo en los años de Allende, militante del Partido Comunista y exiliado. Era una biografía completa. “Y me dijo: ‘ahora usted va a borrar todo este registro para que regrese a este país, porque este es un país de paz, nosotros queremos que se lleve una buena impresión de este país. Usted es bienvenido, puede volver cuando quiera’. Y apreté la tecla. Por supuesto, era el gesto aparentemente amigable de un gobierno fascista”.
A poco de volver a Ecuador en los últimos meses de 1973, Santiago Ribadeneira se vinculó a la Escuela de Teatro de la Universidad Central, de la cual sería coordinador académico y profesor durante 25 años. Años después estudió cinematografía y audiovisuales en la Universidad de París VIII. Se dedicó a la docencia universitaria en distintos niveles en temáticas de teatro, cine, literatura y filosofía. Igualmente, al periodismo cultural, sobre todo desde la redacción de textos que analizan el quehacer teatral y dancístico en Ecuador. Y a la literatura, destacándose en este oficio con obras como De cantos y huellas (1976) y Las venturas de la abuela rota (1995). O Los sonidos del pensar en el teatro y la danza, que compila entrevistas con actores, actrices y bailarines ecuatorianos. Actualmente es redactor e investigador de la revista de artes escénicas El Apuntador.
Foto: Jaime Flórez Meza




