EL LENGUAJE DE LA TRISTEZA
Por Víctor Rojas
Lo que hay que venir aquí espero
Cultivando el romero y la tristeza.
Aquel día veraniego no había ni siquiera un rasguño de lluvia sobre los cielos de París. Un grupo pequeño de amigos nos desplazábamos por el bulevar Edgar Quinte rumbo a la tumba del poeta César Vallejo, el cementerio Montparnasse. En honor a su memoria Queríamos poner una rosa sobre la fosa envejecida y frente a ella leer uno de sus poemas. No pudimos ponernos de acuerdo el poema que sería leído. Cada uno de nosotros tenía su verso preferido y no quería ceder. Así que decidimos que el azar eligiera. Abrimos el libro, donde está toda su poesía, en cualquier página y uno de los amigos empezó a leer: “Estáis muertos…” Y mientras continuaba la lectura del poema yo intentaba, sin mayor éxito, acordarme de la vida del poeta peruano.
Días más tarde tuve que recurrir a los libros para saber quién fue aquel poeta que a ciegas descubrió el lugar donde reside la tristeza. Hasta ella en una madrugada para hacerles una visita de por vida, para estrecharle la diestra de volframio con la suya de huesos prestados. Para besarla con sus mandíbulas hechas de corazón, y para desnudarle, sin que la mano le temblara, una a una las capas de cebolla. Fue allá a darse cuenta de que la tristeza tiene rostro de tarde lluviosa y que una hora antes del amor bebe lágrimas elípticas hasta eructar dolores. Para César Vallejo no fue ni a media pizca difícil encontrar el camino que conduce a este conmovedor reino. Él mismo era el camino.
A pocas de haber nacido en Santiago del Chuco, un día en que Dios, dizque andaba enfermo, se dispuso a olfatear la huella de lo absurdo. Creyó en un principio que él no era más que los zapatos viejos que bardo Whitman había olvidado llevar al limbo. Pero no era así. La última lluvia de la temporada que caía sobre el barrio Mónica el día que nació, lo condenó a ser un camino de caídas profundas. En el jardín interior de su casa, se hizo amigo de una araña viajera, mientras jugaba al policía y al ladrón con su amado hermano Miguel. Vallejo siempre fue el ladrón. Y por ello, cuando ayudaba a su padre a pintar con cal blanca la fachada de la casa, decidió partir a la Universidad de Trujillo a robarle la fe a las palabras. Tampoco fue eso posible. El ladrón andaba sin suerte y vestido de pantalón con los bolsillos rotos por donde se le escapaban las monedas que nunca tuvo. Sin embargo, no se humilla, por el contrario, sin renegar tan siquiera el ápice de un alfiler, huye en busca de las calles esquivas de Lima. Allá., al doblar una esquina, lo asalta un verso que sin susto alguno bautizó El poeta a su amada y que envió a una revista de variedades:

Madrid Republicano 1936
Amada, en esta noche tú te has crucificado
Sobre los dos maderos curvados de mi beso;
Y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
Y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.
En esta noche clara que tanto me has mirado,
La Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En esta noche de setiembre se ha oficiado
Mi segunda caída y el más humano beso.
Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;
Se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;
Y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.
Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;
Ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
Los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.
Y con ese verso llega la primera, no, la segunda caída honda, propinada por las zancadillas de un pone mojones de la literatura:
- ¿Usted cree, señor Vallejo, que colocar una imbecilidad encima de otra es poesía?
No importa. Hay que seguir que a los buenos poetas no los corren al primer sombrerazo, porque de ellos es el dolor de todo el mundo. Veamos. César Vallejo regresa a la Universidad de Trujillo para continuar sus estudios en Filosofía y Letras. Mientras tanto, la Muerte, infame siempre, prueba el filo de su guadaña en los hilos vitales de su hermano Miguel. Otra caída, aún más dolorosa, como si en ella se hubiera raspado el alma contra las esperanzas de un andén. Y es que si hay lágrimas que bailan en el suelo, es porque César Vallejo ha encontrado el camino del calvario. Y no se corre. Si el dolor inventó la lágrima, entonces, la música y el trago aventaron el pañuelo. Ahí está, envuelto en la media luz de las tabernas, el labio inferior pegado a la botella de cerveza, la yema de los dedos marcando el ritmo de un huaino y el corazón con ganas de hacerse hambre en los muslos de Zoila Cuadra. Pero más puede el desplante que las ganas. Cae de nuevo y ahora con un cuchillo en la mano derecha, señalando las venas de su mano izquierda. Los giros de la pasión le quitan media vida y con la otra media a cuestas se hace de nuevo a los caminos sin entender su fe de carbonero:

Hasta cuando este valle de lágrimas, a donde
Yo nunca dije que me trajeran.
De codos
Todo bañado en llanto, repito cabizbajo
Y vencido: hasta cuándo la cena durará.
Mientras la respuesta llega, César Vallejo se traslada de nuevo a la capital y consigue trabajo como maestro de primaria. Ha aprendido que al perro solo capan veinte veces, y es por eso que esta vez arriesga su mirada en las carnes de Otilia Villanueva quien después de una noche de euforia carnal le niega vida a la semilla que él a puesto en su vientre. Repuesto de esta nueva contrariedad amorosa, se topa entre los recovecos rumberos de Lima con un poeta en ciernes llamado José Gonzales Prada a quien dedica con “emoción bravía y selecta” su poema Los dados eternos:
Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
Me pesa haber tomádote tu pan;
Pero este pobre barro pensativo
No es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!
Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
Hoy supieras ser Dios;
Pero tú, que estuviste siempre bien,
No sientes nada de tu creación.
Y el hombre si te sufre: ¡
¡ el Dios es él!
Hoy que en mis ojos brujos han candelas,
Como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas las velas,
Y jugaremos con el viento dado…
Tal vez ho jugador! Al dar la suerte
Del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebre de lodo.
Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
Ya no podrán jugar, por que la Tierra
Es un dado roido y ya redondo
A fuerza de rodar a la aventura,
Que no puede pasar sino en un hueco,
En el hueco de inmesa sepultura.
Después de haber andado ese tramo del camino sinuoso, el César Vallejo entiende que su dolor es el de todos y para rompernos el alma y la gramática de aristocráticos cajones, pone en las inquietas manos del viento su libro de poemas Los Herlados Negros. Y ese libro es solo una cuota del sufrimiento, pues para él no hay agosto que no lo lleve al dos de noviembre. Por esos días fallece su madre y el éxito del libro vuelve a su acongojada fuente. Y como todo dolor es susceptible de hacerse más fiero, a los pocos meses es detenido y encarcela por 112 días acusado de subvertir el orden y la tranquilidad de los buenos ciudadanos:
Oh las cuatro paredes de la celda.
Ah las cuatro paredes albicantes
que sin remedio dan al mismo número.
Criadero de nervios, mala brecha,
por sus cuatro rincones cómo arranca
las diarias aherrojadas extremidades.
Amorosa llavera de innumerables llaves,
si estuvieras aquí, si vieras hasta
qué hora son cuatro estas paredes.
Contra ellas seríamos contigo, los dos,
más dos que nunca. Y ni lloraras,
di, libertadora!
Ah las paredes de la celda.
De ellas me duele entretanto, más
las dos largas que tienen esta noche
algo de madres que ya muertas
llevan por bromurados declives,
a un niño de la mano cada una.
Y sólo yo me voy quedando,
con la diestra, que hace por ambas manos,
en alto, en busca de terciario brazo
que ha de pupilar, entre mi dónde y mi cuándo,
esta mayoría inválida de hombre.

Imagen de París 1920
Y ese dolor, marcado como dieciocho, y setentayseis dolores más habrán de conformar la palabra Trilce, que hasta entonces no existía en el idioma de Cervantes. Pero antes, es necesario que Vallejo deje a sus espaldas las severas rejas. Que salga y respire oxígeno de Los Andes, y que su recuerdo vuelva al pequeño jardín de su casa natal que en la corteza del árbol hay un cuento con ganas de ganar. Más allá de la vida y de la muerte. Y ahora sí que aparece el poemario Trilce y que el poeta se embarca con rumbo a Francia a beber otro sufrimientos que los del Perú ya se los ha bebido. Casi Hecho antes que dicho. Ya en París no tarda en darse cuenta que en los hospedajes para pobres bailan las pulgas en los colchones y que allá tambien gira La rueda del hambriento:
Por entre mis propios dientes salgo humeando,
dando voces, pujando,
bajándome los pantalones…
Váca mi estómago, váca mi yeyuno,
la miseria me saca por entre mis propios dientes,
cogido con un palito por el puño de la camisa.
Una piedra en que sentarme
¿no habrá ahora para mí?
Aun aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz,
la madre del cordero, la causa, la raíz,
¿esa no habrá ahora para mí?
¡Siquiera aquella otra,
que ha pasado agachándose por mi alma!
Siquiera
la calcárida o la mala (humilde océano)
o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el hombre
¡ésa dádmela ahora para mí!
Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un insulto,
ésa dádmela ahora para mí!
Siquiera la torcida y coronada, en que resuena
solamente una vez el andar de las rectas conciencias,
o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva,
va a caer por sí misma,
en profesión de entraña verdadera,
¡ésa dádmela ahora para mí!
Un pedazo de pan, ¿tampoco habrá para mí?
Ya no más he de ser lo que siempre he de ser,
pero dadme
una piedra en que sentarme,
pero dadme,
por favor, un pedazo de pan en que sentarme,
pero dadme
en español
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse,
y después me iré…
Hallo una extraña forma, está muy rota
y sucia mi camisa
y ya no tengo nada, esto es horrendo.
César vallejo trata de detener el giro de esa angustiosa rueda traduciendo artículos y publicando algunas crónicas. Pero no. La suerte duerme horonda lejos de su almohada. Y de remate, llega la noticia de la muerte de su padre. Esas nuevas penas a la fuerza las mete en el costal de las desdichas y con él a cuestas viaja a España, la tierra de sus abuelos. De allá regresa a Paris, a los pocos meses, aumentada la carga del costal. A esas alturas no es justo dudar que el Espíritu de César Vallejo estaba armado con mataduras de burro. Ni el hambre, el cansancio o las cucarachas que lo acompañaban en su cuartucho de la calle Rue Moliére, le impidieron fundar la revista Faborables París Poema. En esta Revista le colaboran , como antídotos contra la desgracia, un puñado de poetas atormentados, entre otros el dadaísta Tristán Tzara, el creacionista Vicente Huidobro, el mamagallista Pierre Reveredy y Pablo Neruda.

Más tarde, haciendo de sus tripas proletarias un corazón solidario, viaja por primera vez a la Unión Soviética, y allí estrecha las manos suicidas del poeta Vladimir Mayacosvki. Regresa, como en el tango, con la frente marchita, a tirar una piedrita sobre la superficie quieta de las aguas. Y es que en la vida de César Vallejo no hay quietud que dure una semana ni persecución que no se deje sentir. Y los policías franceses, que todo lo saben o todo lo sospechan, y que por casualidad todo lo escudriñan, a palos lo expulsan de París. Y así, lago magullado y ojeroso arrastra sus pies de nuevo por caminos destapados de la convulsionada España. Allá se dedica a la tertulia y a escribir para los desposeídos de la tierra. Aparecen como silbidos en medio de la selva Tungsterno y el cuento Pacvo Yunque. Y ahí no para sino que sigue con la terquedad acostumbrada rodando por los filos de los abismos.
La hora de la conspiración en serio se hace necesaria porque es menester acabar con el hambre del mundo y el dolor de los hombres. Hay que moverse y trabajar codo a codo con quienes quieren lavarle la cara sucia a la tierra. Y en esta osadía es imprescindible buscar el frente de trabajo donde más útil se sea y empotrarse allí como piojo en cabeza de vagabundo. Y no importa que el sueño no alcance o que el destino se crea más terco que la voluntad del hombre. De todas maneras se hace deber agradecer y asistir al Congreso Internacional de Escritores en la Unión Soviética. En fin, César Vallejo fue elefante de la penuria y hormiga en el trabajo político. Y antes de decidirse a regresar a París escribe la obra teatral Lock-out, también es un arma afilada contra la injusticia, como Mampar y Entre las dos orillas corre el río, sus dos anteriores escritos pata teatro.
Pero no solo de conspiraciones, agua y pan vive el hombre. También es necesario tener el muslo cálido de una hembra que ayude a combatir la bruma y el frío de enero que se cuela por debajo de la puerta de la mísera habitación donde se hospeda. Y al frente del hotelucho vive Geeorgette Philipart y también está sola y tiene frío y ganas de acompañarlo hasta que muera.
Mientras tanto los cielos de España se nublan de pájaros negros que picotean los ojos de los valientes republicanos y que lanzan bolitas de plomo al corazón de los poetas. Este dolor es el más grande que le propinan los enemigos de la vida de César Vallejo.
Ya en su saco de penas no cabe una pena más. Con su costal a cuestas se traslada de nuevo a España donde asiste al Congreso de Escritores en Madrid. Allá vio cómo los enemigos de la república bombardeaban todo, hasta los cementerios de Madrid, Guernica y Bilbao. Y el poeta César Vallejo no pudo más. Sus vísceras no aguantaron la carroña que expelen los cientos de canallas que acechan en los caminos de la tierra. En el afán de sus fuerzas potreras escribe su dolor más intenso España, aparta de mí este cáliz, y se largó a morir a París, en el más absurdo de los abandonos, muy lejos del Perú de su niñez y muy cerca del olor del pan que en la puerta del horno se nos quema-
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