
Por Andrea Vergara G.*
Mirando los juegos extraños que hacían
En las sombras negras los carbones rojos.
«Crepúsculo», JAS (fragmento)
El cero engulle tanto al vacío como a la llenura infinitos, y según su ubicación se convierte en promesa o en ruina. El grado cero de la escritura [barthesiana] que aúpa la transparencia de la palabra, la no (bi)polaridad, la ausencia de tensión externa que concentra su fuerza en iluminar el pensamiento del escritor para traslucir toda la responsabilidad de su acto. Este grado arranca la servidumbre histórica, la metáfora, la impostura de lo colectivo y se abraza al cuerpo de quien escribe, en el gesto que provocan sus deslizamientos sobre una superficie, sobre el libro de la almohada de Shonagon. Por eso, la escritura manuscrita va dejando, con la tinta, el trazado de las pulsiones sobre la superficie/piel.
El acto de escribir, como todo acto que implica la gimnasia erótica y los arcabuces de la seducción, se regodea en el encone de una herida que nunca sana: la de la contracción de gestarse en el vórtice de lo secreto, de perseguir una naturaleza íntima que busque con fruición estrellarse con lo público, con lo horadado por una mirada ajena, bien desconocida, jamás contemplada. Es un pájaro que se cuida con celo para luego aventárselo a las fauces de un monstruo temido y, a la vez, deseado. Minotauro que se pliega en la sombra de las esquinas del laberinto que lo encierra.

A 130 años de la muerte de José Asunción Silva, un 24 de mayo pero de 1896, se hila este tapiz cuyos extremos son Una vida de novela. Cómo desaparecer por un tiempo y volver como si nada (Nueve Editores, 2023) de Juan Carlos Carvajal Sandoval y Un poeta (2025) de Simón Mesa Soto. La primera, una novela, la segunda, una película que giran alrededor del poeta del billete de 5.000 pesos colombianos. Ambos son satélites producto de la colisión que se debió de dar entre los yo lectores de estos yo escritores con el planeta que significa la poesía de Silva. Por lo menos, así lo quiero creer yo… y como el creer es poder y la suposición realidad cuando se desconoce la verdad de los hechos, el punto de partida será ese cuerpo poético que se pudre ante el esfuerzo por mantenerse inmortal. La décadanse de Jane Birken y Serge Gainsbourg es el llamado a ese cuerpo que demanda el grado cero de la escritura para Barthes, gesto y roce, chasquido y rasgadura, de la poesía de José Asunción Silva.
Pero esa poesía proviene de un poeta, por supuesto (algo no tan obvio como se quiere pensar), y ese poeta está hecho de carne, de sangre y de excrementos como los de cualquier mortal. ¿Qué lo hace excelso? José Asunción Silva, Óscar Restrepo (Un poeta) y Ulises Ochoa (Una vida de novela) son hombres de su tiempo, bien rastreros, bien enarbolados, que deambulan por las calles de su ciudad. Flâneurs o rastacueros, pero al fin y al cabo peatones que recorren de cabo a rabo pa(i)sajes, extraños a la productividad del empleado que va y viene en la eterna danza de la colmena al pistilo y del pistilo a la colmena hasta la muerte; porque lo arduo del oficio poético no se mide con la cantidad de ceros que compensan la jornada laboral:
Mi visión no es nada nueva y asumo que cuando decidí hacerme poeta mis padres guardaron un minuto de silencio, e imagino sus ganas de cagarse de la risa. (…) La vaina es que escribir no es nada fácil y menos cuando el hambre retuerce las tripas. Por cierto, eso no es ninguna metáfora, sino la piroba realidad. (Una vida de novela, 10)
—Yo estoy escribiendo un libro…
—¡Ay, un libro!
—Yo soy un poeta.
—Usté es un desempleado. (Un poeta)
Pero no es solo el asunto de la sobrevivencia, de hacerse un nombre extraordinario en el lugar común del mundo; hay una dificultad más extrema, y más difícil, tanto de soslayar como de subsanar: la de la imposibilidad de poseer «La [verdadera] voz de las cosas»:
¡Si os encerrara yo en mis estrofas
Frágiles cosas que sonreís
Pálido lirio que te deshojas
Rayo de luna sobre el tapiz
(…)
La fractura provoca un dolor crónico, sibilante, en el existir del poeta; entre la imposibilidad de renunciar a la pulsión natural y espontánea de su gesto y el fracaso de asir con el lenguaje (con esa misma palabra que se usa en los corredores y en las tiendas) la voz de las cosas, se desguaza el alma del yo poético, se erosionan sus ínfulas y termina así por abandonarse a la mundanidad de los encuentros furtivos ante lo ininteligible de su arte, de su oficio. Y es allí cuando aparece la depreciación de lo que para él era su máximo tesoro; es allí cuando el cero que le quitaron a Silva en el billete de cinco mil se lo dan a García Márquez en el billete de cincuenta mil pesos colombianos, como lo demuestra el compañero de aventuras etílicas y callejeras de Óscar tras una jornada baquiana iniciada por el círculo de los caballeros de la mesa cultural donde de vez en cuando lo sientan a calentar silla y a leer uno que otro poemilla a modo de consolación y a fuerza de penurias expuestas y de galardones mentados, solo para demostrar que es un digno heredero de la ca(n)dencia de estos versos finales de «Un poema» de J. A. Silva:
Cruzar hice en el fondo las vagas sugestiones
De sentimientos místicos y humanas tentaciones…
Complacido en mis versos, con orgullo de artista,
Les di olor de heliotropos y color de amatista…
Le mostré mi poema a un crítico estupendo…
Y lo leyó seis veces y me dijo… ¡No entiendo!
Y la de-cadencia continúa extendiendo su blanca línea, ya proyectada, ya trazada, en otra de las elucubraciones de la Tortuga Ochoa (el Ulises de las calles bogotanas):
¿Para qué escribir poesía en el papel donde no resuena ni tiene eco? Sé que las vacas sagradas de este país nunca me considerarían como una de sus ubres por más que me esfuerce. Aquí solo hay carteles de verseros que se invitan y se dan piquitos entre ellos. (Una vida de novela, 14)
La escena se repite, In sæcula sæculorum, como una de esas fórmulas que garantizan que, tras el seguimiento riguroso de los pasos enumerados, se alcanzará la anhelada promesa del paraíso perdido y luego recuperado. El bamboleo entre el fracaso y la loa contagia la esfera de lo profano del poeta. Ya con su sagrado contaminado por acción de los ires y venires del exhibicionismo de su más escondido y ya mancillado tesoro, al poeta no le queda más que apelar a su veta profana, y es allí cuando se deja seducir por las promesas de convertirse en el beneficiario de una jovencita que atesora en un cuaderno escolar la antología de su poesía reunida (Un poeta) o en el artífice y creador del plan para robar el producido en un casino (Una vida de novela) o en el intruso de los libros de contabilidad de los negocios familiares de artículos de lujo (Silva). Es extraño, pero es justo en lo prosaico que lo poético deja ver su verdadera rasgadura, lo descarnado de su herida: en la compañía de los deseos suicidas, en la hidalguía de ponerle el pecho descuerado al fracaso, en el surfear por las inconsistencias y dudas ante su gesto creativo, a pesar de que para todos —Silva, Ochoa y Restrepo—: «(…) la poesía es muy real (…). La poesía es una forma de ver el mundo, una especie de filtro que uno puede instalar en la mirada para ver las cosas más sublimes y hermosas». (Una vida de novela, 39)

Ternura vaga, recuerdo vago, con el poeta conversa el alma de las cosas cuando su mirada se fija en el mundo. Y la escritura es ese gesto que resume y consume la mirada del mundo y fija, en la memoria de ese mismo mundo, que ya no el mismo mundo, el encuentro amoroso del poeta con el alma de las cosas. Pero la escritura, en nuestra cultura occidental, se ejerce como una actividad que consiste en estampar en las superficies de los silencios originales líneas horizontales y paralelas que van de izquierda a derecha. La sucesión de las palabras en una cadena de producción (de sentido, pero cadena, al fin y al cabo). Al leer así, tanto como al escribir así, también, aparecen el trino de las aves y el sonido de los cascos de los caballos sobre la tierra reseca de una pampa. Se cabalga a lomo puro sobre la aliteración, el ritmo y la cadencia. Pero mi propuesta es otra: es la de ir contra esa dirección heredada por la ubicación geográfica y espacial, solo para recorrer la verticalidad del poema, con sus caídas al abismo y sus elevaciones con la fuerza del aleteo de Ícaro acercándose al astro sol.
Así aparece otra cuestión, la arena del reloj cae y se recupera por unos versos que actúan como cortinillas, como llamados al orden de unos marcos de composición. Luego, el poeta da la vuelta al artefacto, y las mismas cortinillas actúan como marcos de contención de aquella arena que en una lectura tradicional y preceptiva se escapa entre los dedos: sucede en «Notas perdidas» en el que el caer del féretro dentro de la fosa es reforzado por el coro de la voz lírica de los dos últimos versos que son, a su vez, tres marcas dentro del descenso que convierte, en el último eco, la tumba en fosa:
(…)
y arrojad sobre su tumba[1]
fríos puñados de tierra!
La bisagra de la imagen convocada una y otra vez sostiene y anuncia la próxima aparición de un nuevo diorama contenido en la estrofa como se presenta en «Poeta, di paso» en donde de los furtivos se pasará a los íntimos y de los íntimos al último beso.
Otro modo de seccionar la verticalidad del poema es la de apelar a un afuera y a un adentro, una piel y una carne que son expuestas a modo de relevo y que crean la ilusión (o contundencia) de un volumen del cuerpo poético. Este preocupación y cuidado de J. A. Silva por la corporalidad del poema es confesada sin recato en su «Ars» en donde se eleva a lo sacro el verso:
El verso es vaso santo. Poned en él tan solo
Un pensamiento puro,
En cuyo fondo bullan hirvientes las imágenes
Como burbujas de oro de un viejo vino oscuro.
Y a sublime lo terreno gracias a la evocación que hace el poeta de los recuerdos.

Para la poesía todo comienza con una falta, una carencia y una sensación o certeza de incompletud. El cero que le falta a la poesía es el cero que marca el inicio de su escritura. Lo blanco sobre lo blanco. Ya no esa línea que es herida, glotona de saberse un apéndice, una intromisión y el grito que desgarra el silencio original en el que flotan el alma de las cosas que solo con su canto despierta el poeta.
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* (Bogotá, 1973). Artista plástica, profesional en Estudios Literarios, editora y directora de colecciones de Nueve Editores. Ha publicado cuentos en antologías (Editorial Planeta, TEUC, Nueve Editores) y tiene publicado un primer libro de poemas titulado iluminaciones (composición del mundo).
[1] tumba (1)/ tumba (2)/fosa (3)




