Portada de la revista Panga

Escribe: Arturo Prado Lima

Ágora Panga y la defensa cultural de la oralidad, la historia y la identidad rural del sur colombiano.

Mientras el país discute sus grandes discursos sobre la memoria, en las montañas de Sotomayor todavía hay hombres y mujeres que recuerdan el nombre exacto de un camino borrado por la lluvia, el sonido de ciertas palabras indígenas mezcladas con el castellano campesino y las historias dichas junto al fogón cuando la noche cerraba las puertas del mundo. Allí, lejos del espectáculo nacional, nace Patrimonio Panga: un acto de resistencia contra la desaparición silenciosa de una cultura.

En Colombia casi siempre se habla del campo desde la tragedia o desde la estadística. El campesino aparece convertido en cifra, desplazamiento, pobreza o conflicto armado. Muy pocas veces aparece como constructor de pensamiento, custodio de memoria y creador de lenguaje. Ese vacío es precisamente el que viene llenando el Grupo de Estudio e Investigación Ágora Panga con la publicación de Patrimonio Panga, cuyo tomo IV confirma la importancia de mirar el país desde sus regiones profundas y no únicamente desde los centros tradicionales del poder cultural.

La nube sobre Sotomayor es Panga, quechuísmo que significa hoja y que se dice protege  a los habitantes los pangeños de Sotomayor. Foto: Jorge Martínez Mesías

Detrás de este proyecto aparece el trabajo persistente de Jorge Martínez Mesías, coordinador de Ágora Panga, acompañado por una junta directiva integrada por J. Mauricio Chaves-Bustos, Roberty Vargas, Libardo Zamudio Mena, Alfonso Medina Tobar y Álvaro Botina Córdoba, además del respaldo simbólico e intelectual de sus miembros honoríficos: Vicente Pérez Silva, Carlos Bastidas Padilla, Dumer Mamián Guzmán y quien escribe estas líneas. Ese tejido humano explica buena parte de la fuerza cultural del libro.

Lo admirable de esta publicación no radica únicamente en el esfuerzo editorial. Su verdadero valor está en la conciencia cultural que la sostiene. Aquí existe una decisión de salvar voces, expresiones, recuerdos y maneras de interpretar el territorio antes de que desaparezcan bajo la velocidad uniforme del presente. Porque la destrucción de una cultura casi nunca comienza con el derrumbe de las casas: empieza cuando una comunidad deja de nombrar el mundo con sus propias palabras.

Por eso resulta tan significativo el trabajo colectivo que articula este tomo. Fernando J. Palacios Valencia reflexiona sobre la descolonización del pensamiento y los saberes del Pacífico y la Panamazonía; Dumer Mamián Guzmán profundiza en la memoria histórica y territorial de Los Pastos; J. Mauricio Chaves-Bustos examina la ciudad latinoamericana y sus contradicciones humanistas; Libardo Zamudio Mena cuestiona la sustitución de la verdad por el consumo contemporáneo; Jorge Martínez Mesías y Jorge Enrique Martínez Pulido exploran las brujas andinas, la cosmovisión del páramo y los imaginarios ancestrales del Macizo Colombiano.

Foto: Jorge Martínez Mesías

La narrativa también ocupa un lugar esencial dentro de la obra. Aníbal Tiberio Almeida rescata historias atravesadas por la oralidad campesina y el humor trágico popular. En la sección de memorias, Harold Escobar Apráez reconstruye la vida cotidiana de Sotomayor desde la sensibilidad costumbrista, mientras José Valenzuela Melo convierte al Guaico en una geografía humana hecha de recuerdos familiares, dignidad y resistencia. Mi participación intenta recuperar fragmentos de vida atravesados por la clandestinidad, la guerra y las transformaciones culturales del sur colombiano durante los años más convulsos del país.

La sección de personajes termina ampliando todavía más el horizonte humano del libro. Roberty Vargas revive la memoria popular de Leonidas; Jorge Martínez Mesías y Jorge Enrique Martínez Pulido rescatan la historia olvidada de un veterano colombiano de la Guerra de Corea; Javier Vallejo Díaz reconstruye la vida intelectual y artística de personajes anónimos de Tangua y Sotomayor, mientras reivindica la obra visual de Sebastián Guerrero y la sensibilidad campesina y pictórica de Aníbal Almeida. Finalmente, Alfonso Medina Tobar cierra el volumen con un glosario que funciona como un verdadero archivo lingüístico de la región.

Patrimonio Panga tiene, además, una virtud en su trabajo regional: no convierte el territorio en una estampilla folclórica. No intenta fabricar una imagen turística de Sotomayor ni embellecer artificialmente la realidad. Por el contrario, deja ver las tensiones de una Colombia atravesada por dificultades históricas, violencia, abandono estatal y transformaciones sociales profundas. Pero dentro de esa misma realidad aparecen la creatividad popular, la inteligencia campesina y una riqueza lingüística que todavía resiste en medio de la erosión cultural contemporánea.

Jorge Martínez Mesías y Arturo Prado Lima

El prólogo de Roberty Vargas entiende con claridad esa dimensión de la obra. Allí se plantea que estas páginas funcionan como una travesía de la memoria nariñense, una defensa del terruño y de las identidades regionales frente a la homogeneización cultural. Vargas recuerda que estas historias nacen de las tulpas, de la oralidad y de los caminos reales del sur colombiano, allí donde la memoria todavía conversa con el paisaje.

Uno de los grandes méritos de Patrimonio Panga consiste precisamente en devolverle dignidad narrativa al mundo rural. Durante décadas el país urbano observó las regiones campesinas desde arriba, reduciéndolas a periferias silenciosas. Este libro rompe esa lógica. Aquí el territorio habla con voz propia. Las montañas, los caminos, las costumbres, las fiestas, los miedos y las heridas aparecen narrados desde quienes los conocen íntimamente y no desde observadores externos.

En sus páginas también sobrevive algo cada vez más escaso: el tiempo lento de la conversación. Hay fragmentos construidos desde la memoria oral, desde la palabra dicha antes que escrita. Esa respiración le otorga al libro una profundidad distinta. No avanza con la ansiedad de la información moderna, sino con el ritmo de quienes todavía saben escuchar historias completas alrededor del fogón.

La portada misma del tomo IV, obra pictórica del maestro Sebastián Guerrero (Camino al escalón -2025- Acrílico sobre lienzo), parece resumir el espíritu de la obra: figuras humanas avanzando por caminos montañosos, cargando sobre sus espaldas la dureza y la memoria del territorio. Allí está contenida una parte esencial de Colombia: pueblos enteros caminando durante décadas entre la belleza natural y la violencia histórica.

Resulta inevitable pensar que proyectos culturales de esta naturaleza realizan una labor que muchas instituciones oficiales abandonaron hace tiempo. Mientras buena parte del país consume una memoria rápida y superficial, grupos como Ágora Panga trabajan sobre la memoria profunda: aquella que todavía conserva los matices humanos de las comunidades.

En un país acostumbrado a destruir sus propios archivos humanos, Patrimonio Panga aparece entonces como un gesto de salvamento cultural. Un esfuerzo colectivo que entiende que la memoria no es un lujo intelectual, sino una necesidad histórica. Porque cuando una región pierde su memoria, empieza también a perder la conciencia de sí misma.

El lanzamiento del tomo IV de esta obra impulsada por el Grupo de Estudio e Investigación Ágora Panga confirma que en lugares aparentemente apartados de Colombia todavía existe una poderosa voluntad de pensamiento y creación cultural. Y eso, en medio de un país tantas veces fracturado por el olvido, posee un valor inmenso.

    Patrimonio Panga en manos de la juventud para que la memoria no sea únicamente de los viejos.

Madrid, mayo 21 de 2026