La hora de la oración es el momento propicio para salir. Ellos aún no salen de sus escondites y el camino hasta el almacén está libre de cualquier amenaza. Entonces basta una carrera rápida, entrar por la ventana rota y cargar la mochila con la mayor cantidad de alimentos que sea posible, antes de que oscurezca.
La única paz está aquí, dentro de casa, en este espacio ignorado por quienes pueblan la noche e incluso por el resto de los habitantes de la ciudad. Nadie sabe que yo estoy aquí, oculto desde que Ellos llegaron para apoderarse del lugar. Ahora sólo somos presas para esos cazadores insaciables y nocturnos.
Desde hace meses no he visto a nadie más del barrio. Sé que todavía deben existir algunos por ahí, ocultos dentro de sus domicilios como lo estoy yo, pero no tengo manera de comunicarme con ellos y nadie se atreve a salir durante el día. Las horas de luz pertenecen a la policía y a los guardias privados.
Los cazadores llegaron después de aquella temporada de lluvias, cuando tuvimos las tormentas más fuertes de la década. Nadie lo pudo prever. Fue gracias a Merino que supimos de su existencia. Volvía con sus hijos a casa, ya entrada la noche. El pavimento estaba salpicado de charcos de la última lluvia. Algo levantó a Merino del suelo y, antes de que sus hijos reaccionaran, sus manos yacían en el suelo mojado. Fue lo único que encontraron de su cuerpo.
Después vinieron Bruno, Gelda, Soria y varios más. Me resulta imposible recordarlos a todos. Corrió la versión de que un asesino serial operaba en la ciudad y el alcalde, al aumentar el número de muertes y las protestas de los ciudadanos, decretó el toque de queda y una mayor vigilancia policiaca.
Así empezó todo. Como si no bastara con el riesgo de salir durante la noche, nuestra actividad diurna empezó a verse interrumpida por las revisiones de la policía. No importó que los agentes que nos exigían los documentos fueran nuestros vecinos de cuadra, o que conociéramos al jefe de la corporación y él, o alguno de sus subordinados, a nuestros hijos y mascotas. De cualquier manera debíamos identificarnos si nos encontraban en la calle a cualquier hora.
Pero ni siquiera eso detuvo a los cazadores. Al amanecer seguían apareciendo las manos amputadas. Jamás hubo más pistas: ni restos de tejido en las uñas de las víctimas, nada con qué obtener muestras de ADN. Tampoco huellas en el suelo ni ruidos extraños. Los testigos no eran de mucha ayuda: los testimonios se repetían siempre: bastaba una distracción, adelantarse o atrasarse un poco, perder de vista al acompañante al dar vuelta en una esquina, para encontrar únicamente sus manos cercenadas y el resto del cuerpo desaparecido por completo.
Las detenciones de la policía se volvieron tan frecuentes como el número de manos halladas cada semana. Primero fueron detenidos vagabundos, alcohólicos o drogadictos encontrados en cualquier callejón. Luego, jóvenes que se arriesgaban a salir para alguna fiesta o paseo nocturno. Parejas de novios sorprendidas en los parques.
Y a los interrogatorios siguieron las presiones psicológicas y los golpes, amenazas de ir en busca de los familiares del sospechoso.
Pero nadie se quejó. Nuestro temor a los cazadores nocturnos era mayor y cualquier medida extrema de la policía era comprensible y justificable con tal de encontrar a los culpables de tantas muertes.
Alguien propuso tomar medidas alternas a las oficiales, porque ni el alcalde ni la policía podían con el problema. Así, a las rejas instaladas en las calles de algunos barrios de clase alta, se sumaron guardias privados con mejor armamento que la policía local y autorización, por parte de los propios vecinos, para disparar contra cualquier sospechoso.
Después vinieron las cámaras de circuito cerrado, los sistemas de visión nocturna y toda aquella tecnología que pudiera dar una leve y efímera sensación de seguridad.
Entonces las calles empezaron a quedarse vacías. La gente salía de sus casas sólo para ir al trabajo o hacer las compras indispensables. Los cines, parques y centros comerciales empezaron a vaciarse. ¿Quién podría disfrutar de un rato de diversión cuando a la salida lo esperaban los cazadores nocturnos, la policía o los guardias privados?
Seguían apareciendo las manos cortadas: tan sólo en una semana vi crespones de luto en seis de las casas de mi cuadra. En las zonas de la periferia las cosas eran peor: los cazadores preferían merodear en las colonias alejadas, cerca del lago o de los cerros que rodean a la ciudad.
Por eso al inicio se pensó en animales salvajes: algún león escapado de un circo o una manada de lobos llegados de las sierras, no tan lejanas. Pero los especialistas lo descartaron y, además, pronto empezaron a actuar en los parques más cercanos al centro de la ciudad. Luego en lotes baldíos y, finalmente, en los camellones de las grandes avenidas. Como si necesitaran espacios verdes y árboles para desplazarse. Tal vez por eso se pensó en fieras.
Nadie, que yo sepa, ha podido encontrarlos. Y quienes los han visto, quedaron reducidos a un par de manos amputadas.
Pero eso no impide que los operativos de vigilancia, las detenciones y torturas, se hayan detenido.
Vivimos ahora entre esos dos temores: ser atrapados durante el día por la policía —sé de muchos que no pudieron volver de esos interrogatorios— o desaparecer durante la noche a causa de los cazadores.
Ahora empieza a ocultarse el sol. Justo es el momento en que ambos grupos abandonan las calles. Las dejan libres para que nosotros podamos ir en busca de nuestro sustento y, así, ellos cuenten con presas mejor alimentadas.
Cargo mi mochila y abro la puerta.



