
Hace unos meses, Patricia Merizalde, escritora ecuatoriana, me pidió que leyera una novela que había escrito durante muchos años y que quería publicar. Se trataba de “El último grito de Lorca, un fusilamiento fallido”, que, efectivamente, publicqron la editorial Nueva Estrella, de Madrid, y Editores Vuelo de Mujer, en Ecuador. Escribí un epílogo para el libro de Patricia, que aparece al final de la novela y que se reproduce hoy en esta nota. Hace tan solo 10 días, nos citamos con la poeta y traductora italiana Stefanía di Leo, en Madrid, para conocernos y hablar de nuestros escritos. Al final de la cita, me dijo que iba a presentar una novela una hora después: “una novela sobre García Lorca”, dijo,“escrita por Pedro García Cueto: “Lorca, espejo y sueño”. De inmediato me sumé al programa, pues por sorpresa, iba a conocer a otra persona encantada por la vida y obra del poeta granadino y a escuchar a la prologuista, que era la misma Stefanía di Leo. Recorrimos unas cuantas calles y allí estábamos, entre gente entregada a la literatura y amantes de Federico García Lorca, reunidos en la librería Sintarima, en la histórica calle de Maldonadas, para asistir al nacimiento de una nueva obra que prolonga la visión del mundo de uno de los poetas más grandes de la lengua española.
Tuve la impresión, aún sin leer la novela de Pedro García, que éste deja a su personaje a los pies del patíbulo, y que Patricia, una conspiradora de la literatura a secas, arma una comisión de rescate que, mediante una estrategia literaria bien armada, lo saca antes de que los disparos suenen y se lo lleva a vivir a Ecuador, que es a donde vive ahora el poeta, según el último reporte de la escritora.
Pues bien, leer estas dos novelas, escritas en este último año, a los casi 90 de su fusilamiento, es una bella amargura, una triste felicidad, una aventura de vida dentro de la muerte y viceversa. Porque, estar dentro de la piel del poeta es algo milagroso y tiene el poder de invocar su presencia. Algo me sucedió cuando visité la casa de vacaciones de Lorca (sitio desde donde podía mirar la “Casa de Alba”), en Valderrubio, Granada. Me senté en su mesa de escribir, me acosté en su cama y vi el techo desfondado del mundo lorquiano, vi por la misma ventana que el poeta miraba, salí y entré por la misma puerta por donde entró y salió Lorca y solo después de ello tuve la fuerza para hablar ante un gran público que me esperaba en el auditorio de la Casa Museo que dirige Francisco Vaquero Sánchez. Escribí por ese entonces una crónica que hasta hoy se reproduce en numerosos periódicos y revistas del mundo. Pues bien, este prólogo de Stefania di Leo sobre la novela de Pedro García Cueto y el epílogo escrito por mí para la novela de Patricia Merizalde, los entregamos hoy para acercarnos al contenido de dos novelas sobre Lorca, una escrita desde Latinoamérica y otra desde Europa, dos visiones Norte – Sur, especial para el portal. (Arturo Prado Lima)

Lorca espejo y sueño
Escribe: Stefanía di Leo
Esta novela de Pedro García Cueto sobre la figura de Federico García Lorca es una novela admirable escrita desde los adentros, donde la voz del narrador omnisciente Federico García Lorca se identifica con la del autor (tú eres eterno, Federico, lo eres como el árbol milenario.) El leitmotiv de toda la historia es la historia de Federico, que empieza a contar su vida a través de la técnica narrativa del flashback (a partir de sus últimos momentos en esta tierra), hablando de su gran pasión por la Vega de Granada (será como la cueva del Sacro monte, donde los gitanos alzan el cante para adornar el paisaje de luz), sus reflexiones interiores, su sentir, su inquietud por estar consciente de su diversidad sexual ( me llamaban Federica, porque mis ademanes debían de ser algo afeminados), tiene como marco social una España retrógrada, (“porque me daba miedo esa España autoritaria que se avecinaba, en la que defendía la libertad por encima de todo & quot;).
Pedro García Cueto expresa con exactitud la concepción del amor y el sentir de Federico: amor puro, refinado e intelectual ideal que compartían los exponentes cultos de la Generación del 27, unidos en su mayoría, por ideales republicanos., (“esa luz, ese espacio de belleza que tienen aquellos que aman lo que enseñan y lo transmiten con bondad”). Pedro García Cueto a través de su protagonista habla del amor como si fuera un ideal platónico de bondad y de belleza. Impecable el cuadro histórico y los detalles que resume con maestría, el marco de la novela tanto temporal que espacial es verosímil, reflejo los hechos ocurridos. Federico habla de sí mismo, habla de sus miedos ante la muerte inminente, habla con pasión de su tierra, la misma pasión casi palpable de Pedro García Cueto también enamorado de Andalucía (Yo era ya un enamorado de aquel Fuentevaqueros donde nací.) Los personajes que aparecen en esta novela parecen personas reales, de carne y hueso, reclamando el canto del poeta-aedo y el sello de una inmortalidad enteramente humana; el protagonista Lorca de forma sintética les devuelve un rostro, una voz, un aliento, un grito, un paisaje, una estructura, una armonía plástica, una luz nueva que los ilumina, aunque su destino no sea la victoria, sino casi siempre la derrota, el polvo, la sangre, la muerte.

Esta novela es el flujo de conciencia del mismo Federico que habla mirando en su interior ( “porque yo solo concebía la vida como un acto de creación, escribir y, con ello, alumbrar personajes que eran tan reales como la vida misma”).
Federico cuenta el breve lapso de su existencia, desde el 5 de junio de 1898, día en que nació en Fuente Vaqueros, hasta el 19 o 20 de agosto de 1936, en Viznar, donde fue bárbaramente asesinado por los falangistas, (“vendido y fusilado por esa España que solo entiende de prejuicios y de violencia”); su breve existencia fue síntesis de tres siglos de historia y se vio obligado a enfrentarse con los problemas de estos siglos. En efecto, durante su vida, sucedieron infinitas cosas terribles y definitivas, desde la guerra con los Estados Unidos por la posesión de Cuba (1900) hasta las oleadas de huelgas económicas y políticas, desde la guerra expansionista en Marruecos hasta el golpe de Estado y la Dictadura de Primo de Rivera. Y después: crisis financiera y hambre en el campo, proclamación de la República, luchas por la reforma agraria, violentas batallas parlamentarias, victoria del frente popular y estallido de la guerra civil. (“Todo ello llevó a los sucesos del 11 de mayo cuando quemaron en Madrid seis conventos y un edificio de los jesuitas. Yo tuve miedo, porque pensé que las Españas, una conservadora y otra que apostaba por la República, se enfrentaban.”)
Fue una epopeya sublime de heroísmo individual y colectivo, pero al mismo tiempo un ciclón de violencia que sacudió casi todo el territorio de España, donde sólo la fantasía implacable de un Goya con los Desastres de la Guerra y un Picasso con el Guernica, que anticiparon los horrores de la guerra nazi y los campos de exterminio, nos da una vaga idea de la tétrica tragedia en la que se vio sumido el pueblo español. Pedro García Cueto habla de Lorca, de su obra, esculpe su grandeza humana, recupera ese sentido de piedad y de humanidad que ya no existe en nuestros tiempos, describiendo minuciosamente en esta novela a las personas, amigos y parientes de Federico, hablando de ese soplo vital de poesía que los hace vivir para siempre en nuestros corazones, con emoción intacta y tierna pasión.

Pedro García Cueto con tacto y sensibilidad habla de la homosexualidad de Lorca de forma totalmente espontanea, (“amé a Emilio, a Rafaelito y a algunos otros, pero, por encima de todo, a mi España del alma que me mató un día de agosto del 36”.); por este motivo esta novela puede convertirse en un punto de reflexión sobre el siempre actual tema de la diversidad: hay que respetar la diversidad cada orientación sexual a salvo de cualquier forma de discriminación o aberrante persecución, que desgraciadamente caracterizo la Europa de los años 36. (“Lo sé, pero no nos aceptan, vivimos una España antigua y doliente, que nos maldice, querido Federico. Somos seres en sombra, vampiros de una noche de amor que ha de quedar en secreto”.) El autor de esta novela nos describe a Lorca como un ser vivo en todos sus matices, de un hombre que ama (“Ay, Luisito, qué verdades hay en tu libro, cómo te sinceras, ya es hora de hablar del amor entre los hombres.
¿Por qué tanto miedo?) y cuyas pasiones le permiten estar vivo y sobre todo ser sinónimo de vida, música, teatro, poesía (“porque mis grandes pasiones, aparte de la poesía, eran el mar y la música, no en vano escribí Bodas de sangre pensando en Bach, en su música honda”).Según Federico ser granadino le llevaba a la comprensión solidaria de los perseguidos. Del negro, del gitano, del judío, del moro que todos llevamos dentro. Granada huele a misterio, a cosas que no pueden ser y sin embargo existen. No existen pero importan. O que cuentan precisamente porque no existen, que pierden su cuerpo y sin embargo aumentan la fuerza de su perfume. Cuando Federico en 1936, vuelve a Granada, a su Granada estamos en el final, en el desenlace del drama de su vida que fue uno con el arte, las entrevistas, la incorporación al frente popular, los vientos de guerra civil que se avecinan, el plan de volver a América nuevamente, Nueva York, México, para asistir a sus representaciones teatrales y dar una conferencia sobre Quevedo. (“Para nosotros, la diversión era representar, no estudiar, para nosotros el goce estaba en una noche donde yo me hacía el muerto y venían a verme, para rendirme pleitesía y me decían palabras de admiración. ¿Acaso me perseguía ya la muerte? ¿Quién sabe?”). Federico García Lorca con su billete de avión en el bolsillo, regresó de Madrid a Granada el 16 de julio para volver a abrazar a sus padres antes de embarcar, hacia América pero la guerra había estallado en Granada, y encontró el ambiente lúgubre y sangriento de un siglo antes en el en época de Mariana Pineda, de la que había escrito un drama, corrió la misma suerte que todas las mujeres de sus dramas, en Bodas de sangre, Yerma. Bernarda Alba, a quien se había trasladado y a quien quizás había intuido de lejos…
Pedro García Cueto habla de Federico como de un condenado a muerte, le aterroriza la muerte,(“Y ya no quiero hablar, me duele hasta el pecho, para qué contar más, todos sabéis lo que pasó en mi Granada del alma, vendido y fusilado por esa España que solo entiende de prejuicios y de violencia.”) el sufrimiento, suda sangre, le gustaría pasar esa copa. Insultado y golpeado dos veces dentro de su casa, telefoneó a su amigo Rosales, de familia falangista, para pedirle ayuda. En su casa estará a salvo. En Granada le espera la muerte y como leemos en esta novela él lo sabe, siempre lo ha sabido, desde niño y sintió en su corazón la tragedia otoñal que cae de los árboles. Lo había dicho inmediatamente después de la noticia de la muerte de su amigo torero. La muerte de Ignacio fue como el aprendizaje de su propia muerte. Sintiendo una paz asombrosa, (“Verlo torear era sufrir, porque el toreo es el arte de la belleza, pero va envueltoen sombras, en heridas y en estocadas mortales. Mi Ignacio alternaba con los poetas, escribía, era sabio y romano, como un ave fénix en el cielo de la plaza”).
Tal vez Federico hubiera querido morir como él, y no fusilado de madrugada en forma casi clandestina, frente a una fuente de Viznar, junto a dos desconocidos banderilleros, Joaquín Arcollas Cabezas y Francisco Galadi de Melgar, tres cruces en sus cuerpos, como en el Gólgota, abatidos por los tiros de los falangistas. La novela de Pedro García Cueto tiene” ese eco andaluz que se te pega a la piel” con sus canciones, bailes, y protagonistas andaluces “Salvador Cobos Rueda, ese pastor que nos contaba historias. Fue la primera persona que me habló de duendes, de hadas, de lobos y de almas en pena “), (“Villaespesa que me entusiasmó. Obra que hablaba de la Alhambra, lugar mágico por el que me gustaba caminar. Esas fuentes de la Alhambra, con sus surtidores, eran mágico ensueño, para un poeta futuro”), Rafael Alberti (“ con ese acento andaluz que te embelesaba y que me recordaba nuestra vieja amistad, cuando me contó que Juan Ramón le felicitó por su Marinero en tierra en el año 25”),María Teresa de León: “María Teresa, hermosa y talentosa, escritora también, como todas aquellas joyas de aquel tiempo en las que se hallaba”.
También aparecen Margarita Xirgu (“Margarita me miraba, ojos oscuros y con su belleza se impregnaba en mí aquel aroma de mujer, que era para mí más grande que la vida.”), y Cernuda (“Hablé con Cernuda, le dije que me había impresionado la verdad del libro, su libertad para hablar de la homosexualidad”). En la novela destaca entre todos el personajes de Salvador Dalí. Pedro García Cueto nos presenta la cercanía entre los dos amigos, amigos y algo más. Las descripciones minuciosas de esta novela rozan el alma de cada lector, le arrullan entre la pasión y el miedo ante la muerte, amor y muerte temáticas que sobresalen en toda la poética lorquiana, (“de conocer a Dalí, a mi Salvador del alma,// Ay, soy un hombre herido por la vida, que fui feliz con Salvador en nuestro viaje a Cadaqués//Nunca volví a tener ese íntimo mundo con Salvador, porque la vida nos iría separando, pero al mirarlo, yo sabía que nos unía un deseo espiritual de pertenecernos el uno al otro.”.)En la novela se menciona también a D. Miguel de Unamuno (“fuimos a ver al maestro Unamuno. Van a pasear mientras el maestro habla, como si los demás solo fueran estatuas a su lado.”), con riguroso respeto. Pedro García Cueto celebra la función didáctica que tiene la obra de Federico (“yo quería llevar mi arte al pueblo”), Se reconoce una primera indagación encaminada a reflexionar sobre el propio mundo interior, que incluye momentos de alegría y lirismo o de angustia y de nostalgia. Ambos estados de ánimo se expresan mediante metáforas sobre la naturaleza. (“Las choperas de la Vega, qué hermoso Granada, cómo me hiere en el alma tanto perfil moruno y gitano, tanta luz y tanta mañana que regalaba el alba.”)

Pequeños y breves cuadros de paisajes a los que el poeta confía sus sensaciones, la naturaleza ha sido protagonista de sus contemplaciones e instrumento de la expresión más viva de los estados de ánimo de Lorca. Pedro García Cueto utiliza un lenguaje figurativo y simbolista utilizando imágenes como la luna, la luz y el agua para contrastarlas con la oscuridady la sequía, o la vitalidad opuesta a la pérdida. La luz que anima contra la oscuridad que mantiene oculta. (“porque la felicidad se tornaba en oscuridad al llegar la noche”). Pedro García Cueto vive el dolor de la pérdida y llora la muerte de Federico, magistralmente traslada esa pena negra al lector de esta novela que sufre y padece esta muerte tan injusta: (en 2015 se encontró un documento franquista fechado el 9 de julio de 1965 que indicaba los motivos del asesinato. Según esta fuente, García Lorca fue fusilado por ser & quot; masón perteneciente a la logia de la Alhambra & quot; y “practicar la homosexualidad y otras aberraciones & quot;).Queda por narrar un detalle de aquella última madrugada: cuando Lorca se dio cuenta de que lo llevaban a fusilar, pidió varias veces un cura. Tal vez para ganar tiempo. Tal vez para confesar. (“Me llamo Federico García Lorca y estoy aquí, encerrado, envuelto en las sombras de la noche. Me tiembla el alma, porque dicen que están fusilando a todos, por rojos y yo estoy aquí, envuelto en la tristeza de la celda. Miró a lo lejos y veo a mi luna, envuelta en la blancura de mi niñez, convertida en un sueño infantil.”).
El fuego de aquellos fusiles truncó la vida de un poeta extraordinario, que hoy en día vive en el corazón de todos los poetas, de los seres que nos sentimos herederos de su infinita obra humana e intelectual (“Pensé qué había sido mi vida hasta entonces, una pura ilusión, un deseo de llegar a los demás, de compartir con todos mis dotes de pianista, mi poesía, mis conferencias. Nada tenía sentido sin los demás, sin ese mundo social que me hacía tan feliz”).
La memoria permite al autor-narrador una cierta distancia de la materia representada: el autor se ha apoyado en una voz que participa directamente en los hechos y actúa como testigo, un narrador intradiegético. Pedro García Cueto habla de algunas características ejemplares -y como tales imperecederas- de García Lorca. La incompletitud la poesía no puede ni debe decirlo todo. Y, sin embargo, debe hablar al lector, al oyente. Debe ser compartida con él. ¿Como? El valor mediático de la palabra poética no está en lo que dice, está en lo que suscita e induce. La poesía, la música, la pintura no pueden ni deben decirlo todo; deben sugerirnos algo que integremos en nuestro oído interno. La incompletitud se asocia con la indeterminación, que no es vaguedad, impotencia inexpresiva, es más bien una intuición del más allá de algo que está más allá de nuestra existencia cotidiana, de nuestra visión convencional; algo que a veces sentimos con una punzada de corazón.

Un fusilamiento fallido: el último grito de Lorca
Escribe: Arturo Prado Lima
Todos los artistas son gente buena pero bastante rara. Capaces de hablar solos todo el tiempo y de hacer fiestas sin invitar absolutamente a nadie. Se dan a la tarea de transformar a los muertos en auténticos seres vivos y a los vivos en estatuas de mármol que desde sus confinados recuerdos ejercen el oficio de maestros del arte; testimonio ineludible de las diferentes épocas en que les ha tocado vivir, y cuyo destino los obliga a sembrar la urgencia de renacer en los nuevos talentos que surgen del viejo orden del arte universal.
Como Patricia Merizalde; escritora quiteña, autora de la novela El último grito de Lorca, en la que se rescata a sí misma como memoria del arte. Para crear la atmósfera que respiran sus personajes se proyecta sobre las sombras contemporáneas y pone sus nostalgias, fiebres y sueños como epicentro de un mundo que se niega a permanecer en el anonimato. La autora utiliza a las mujeres y los hombres que están dispuestos a salir de su armario íntimo; airea a los cuatro vientos sus verdades acabadas, y las que han de construirse en torno a la intuición de los demás.

En esta visión atemporal la escritora ecuatoriana no solo salva a Federico García Lorca del fusilamiento franquista, sino que pone sus pesadillas, sus ilusiones, su sexualidad y su porvenir en manos de realidades paralelas, que a lo largo del libro van develando a Salvador Dalí, Gala, Frida Kahlo, (sí, León Trotsky también), Manuel Falla, Pablo Neruda, Matilde Urrutia, ¿Freud?; y tantos otros y otras, pero sobre todo Fiama, que ya usted como lector podrá definir a su antojo si es un poema, una estatua, un camino, una pesadilla, un amor acabado o trágicamente frustrado. Fiama es, para decir lo menos, una obra de arte moldeada con los colores, la densidad y la musicalidad que se respira en los talleres de arte y en la soledad de las habitaciones de los poetas. (Fiama es García Lorca en otra realidad paralela).
Fiama es una mujer, vista desde afuera. Desde dentro es él, ella, elle, yo. Es nosotros conjugado en todos los tiempos. Es una provocadora que le hostigará permanentemente mientras esté leyendo esta novela. Ella es el cáncer de Purita, la atrevida mujer que obliga a su marido a entrar en su habitación solo con una tarjeta de invitación; la que desafía la imaginación con su belleza desmenuzada. Pero también es la Frida que “pinta sin miedo su vida; es la alegría incondicional de Federico o el fondo musicalmente sensual de Falla”. Es la que da a “Dalí y a Orfeo Rivera los colores y las formas para hacer del entorno que la envuelve una postal desde los días del Renacimiento”. Y es la Matilde de Los versos del capitán de un Neftalí Reyes Basoalto al que le gustan las mujeres ausentes y en silencio. Es Patricia Merizalde acosada por el movimiento de una niña que danza y escribe desde su interior; y que ha pasado por tantas vidas, que la autoriza a sumergirse en la memoria de los tormentos y la esperanza de los que aún sueñan.
Este largo poema que Patricia llama novela se inicia con una tormenta en donde “no hay cielo como el de Quito, ¿es? un cuadro digno de Dante y sus endiablados infiernos”. Una tormenta que arrastra dentro de sí misma una verdad inquebrantable: el arte (Fiama), que es la única verdad que nace muerta. “Para Orfeo, esta afirmación estaba tan clara como la verticalidad del relámpago contra el ático”. Al contemplarla en silencio nos pone frente a frente con el valor de las emociones y deseos que más tarde serán la materia prima de la creación con sus caprichos y su mudar continuo de cuerpos.

Una vez asimilado el ritmo de la realidad y de la lectura, ni siquiera hay que regresar a mirarla. Es la memoria la que pinta, la que versa, la que danza en esta obra. Usted está leyendo el lado desconocido de su propia historia. De pronto se encuentra huyendo de algo. Alguien habrá querido fusilar su esperanza, sus sueños. Y lo habrá hecho. Y ahora es únicamente el recuerdo de lo que fue. Y algo más: lo que quiso ser. Así son los personajes de esta obra literaria.
A partir del conocimiento de la obra de arte de los protagonistas, Patricia Merizalde teje una trama que se lleva por delante el tiempo y el espacio que, supuestamente, son la regla de oro de toda narrativa. Ella se reúne con Salvador Dalí, Gala, Neruda, Manuel Falla, Frida, Rivera, ¿Sigmund Freud?, Oswaldo Wayasamín, Fidel Castro y usted mismo; con todos esos que “debieron ser semidioses antes de conocerlos”, y planea rescatar a Federico García Lorca de su anunciado fusilamiento. Toman un vuelo desde Madrid a Quito y con ellos llega a Nuestra América todo el peso del arte europeo que se codea con el arte criollo, con sus musas, sus tormentos, sus cielos, sus taras y sus diluvios, elementos estos que en la pluma de César Vallejo o en el pincel de Orfeo Rivera terminan enamorados entre sí y acaban haciéndose el amor en “la desvalida boca roja de la aurora, en el negro brillo del cielo, es un grito ante la libertina eyaculación del vacío”.
Leer esta novela es asomarse a la historia del arte y los artistas. Es encontrar una oreja de Van Gong en la esquina de la habitación donde, temblando de frío, García Lorca fisgonea por los orificios de las paredes sus anteriores vidas; de cuando fue Frida y amaba a Chavela Vargas; de cuando fue otro García Lorca y amaba a un Salvador Dalí derretido en sus relojes de arena. Es encontrarse con un Federico escapado del patíbulo que cuenta las bibliotecas, las calles, las galerías, los teatros y los talleres de poesía bautizados con su nombre. Leer esta novela es palpar “las hirvientes brasas en un caldero”; es “meterse dentro de los tiburones en celo devorando el cardumen”, y escuchar en tiempo real a “un ahogado quejido” que “muge diluido entre sus salivas”, mientras “un lobo triunfal aúlla seminales ansias”.
El último grito de Lorca y su fusilamiento fallido es una novela de amor y de guerra, de éxtasis y paz, de muerte y de vida, de llenura y vacío. Los extremos que siempre terminan tocándose por donde menos piensan. Después de que sonaron los balazos en la realidad española, no se produjo el silencio pretendido por los rufianes fascistas. El grito lorquiano se expandió por toda la tierra. Él se fue a América donde lo esperaba la historia para reiniciar la aventura de la vida.
No puedo dejar de comentar la ritual y monumental figura que es Fiama. En sí misma, como personaje, es el resumen de la cotidianidad y sensibilidad de la vida. Es un poema de García Lorca. Los pintores la pintan, los poetas la versan, los cantantes la cantan, los bufones la idolatran, los violentos la violan, los amantes la aman. Dalí le regaló un Castillo, Diego Rivera la inventó y la reinventó a su manera mientras ella pintaba las heridas de su alma. Neruda le cerró la boca con un verso. García Lorca era Fiama. Fiama era estatua. Poema. Fantasma y fantasía, orgasmo y ausencia. Fiama es la escritora que se sueña García Lorca frente al pelotón de fusilamiento y decide rescatarlo porque “todo corresponde a un orden superior que no tiene que ver con creencias religiosas. Son más bien convicciones humanas, son formas de asimilar la grandeza de las vidas que nos van tocando vivir”.

En esta encrucijada de historias vivas y muertas, Patricia también devela el papel de las mujeres en esta tradición patriarcal: Chavela Vargas, Fiama, Patricia Merizalde, Gala, Frida Kahlo y otras tantas tienen su papel antes de nacer, en vida, y después de su muerte. Reconoce “que ser mujer en cualquier periodo de la historia nunca ha sido fácil”. Ser una Fanmia nunca ha sido fácil, la historia de las luchas femeninas nos lo dice con creces.
Yo estuve enamorado perdidamente de una Fanmia cuando era pintor. La pinté de todos los colores del universo. Un día cualquiera se bajó del cuadro, vivió la vida que le dio la gana y un día cualquiera me dejó estampado en el mismo lienzo en que yo la había pintado y se marchó. Ya como pintura, como Fanmia, me encontré con Patricia Merizalde y me dio a leer esta novela. Mientras la leía recordé mi cuento Beatriz desnuda en tu cama, publicado en 2010 en Madrid. Beatriz termina pintando a su autor, Fanmia no termina nunca. Es el proceso de crear arte, de sentir la vida, de aplacar la sed y el hambre de la humanidad. Fiama es la que cree y la que lo desprecia todo por amor y la que es capaz de afirmar: “soy feliz de que ya entiendas la misión que he descubierto en mi vida. No era solo la de amarte a través del tiempo”. Era también fustigar a la paz socarrona de los tiempos y anunciar el fin de los fusilamientos (y los autofusilamientos), si somos capaces de trasmutar los espíritus.
Pues sí, esta es una de esas novelas que dan lástima terminar de leerlas. Eso sí, nos deja la impresión de que hemos encontrado a nuestra Fanmia y que tenemos otras tantas vidas por delante para seguir soñando. Enhorabuena.




