Imagen: Literaula

Escribe: Arturo Prado Lima

Roberto Juarroz decía que la única prueba concreta de la existencia del hombre sobre la tierra es la poesía. Tesla, sin embargo, fue más concreto: la poesía y la ciencia son los dos ojos con que el ser humano puede ver la realidad, tal como es, y no como uno quisiera que sea. Yo me imagino a Julio César Goyes Narváez juntando esos dos ojos para plantarse en un tercero y desde allí observar, en silencio, la serpiente ondulante, el quinde alucinado, los caminos cruzados, el incendio, que son las claves para entender la matriz de sus poemas.

A excepción de  Ignición, el libro publicado por Valparaíso Ediciones en Madrid el año pasado, confieso que no había tenido la oportunidad de leer la obra del poeta ipialeño. Fue hace unos días, que Julio César pasó por Madrid, rumbo a Estambul, cuando me entregó una antología de 30 años de ejercicio poético y tuve la oportunidad de abrir algunas ventanas de su producción literaria.

Uno de aquellos elementos fundamentales es el río. El Guáitara, es una prolongación del río Carchi, hilo húmedo que nace en las faldas del nevado del Chiles, en el sur de Colombia, y a veces lento, a veces triste, a veces alegre y ruidoso, hondo o a superficie, muro o puente, se desplaza por la tierra sureña hacia el norte, cuyos cañones innumerables dan fe de que su existencia es anterior a la vida misma. La edad de Dios, quizá, o la esperanza inmortal de la humanidad. Julio César, inevitablemente, al ritmo que avanza el cauce del devenir poético, se va convirtiendo en el río mismo, en su propia sangre, hasta el punto de reconocerse como hombre y como creador de realidades: la edad de los huesos del poeta es la misma edad del más antiguo Dios de que se tenga noticia.

La antología Guáitara, (Río de la flor o hallazgo del viento), la componen textos de los libros Fugaz y perdurable,  Tejedor de sueños, Imago silencio, El eco y la  mirada, Imaginario postal,  Nubes verdes para un cielo gris, El Quinde y los geranios y Pausada percusión y otras memorias. Todos estos poemas son parte del río: las hojas de los árboles, las piedras en su cauce, las orillas y las corrientes, los remansos y las contracorrientes, los vados y las cascadas: vamos, los estados de ánimo del ser humano, las emociones, los deseos, las contradicciones, los sueños, los entresueños y las pesadillas. “Tengo todo el tiempo del mundo/ para pensar en la muerte”, y es un pensamiento activo que carcome rocas, humedece valles, inventa semillas y cosechas para golpear con palabras la miseria y  el desobligo hasta ganarle a la voluntad, disputarle la esperanza al más optimista y el coraje, hasta apretarle el cuello a la muerte con sus manos de alfarero.

Este es el Guáitara, el río de nuestra vida. Es el poema que nace en las cumbres de la conciencia y resbala por la piel hasta el mar de los asombros. Es un río que nace en las cumbres andinas y desemboca en el Patía, el hermano mayor, que acerca a todas las corrientes al mar Pacífico. Y Julio César siempre frente al río: “Quien está en el río no está solo”, está escuchando ocultas voces, saboreando espumas pasajeras, observando espacios atemporales donde una  veraneante se desnuda. Es la presencia de las manos embriagadas que huelen el poderoso néctar que baja desde el pico de los colibríes, también embriagados por los efectos de la miel fermentada. Julio César es un río sin orillas, y los poemas un cauce en busca del caudal de palabras que pastorea un poeta de tierra abundante y fría cuyas nubes verdes forman y deforman el poema según el estado de ánimo de quien los lee. La de Julio César es una poesía viva, que suspira y canta, que se vale por sí sola, que respira el viento del sur en su totalidad universal pero, sobre todo, se respira a sí misma.

Arturo Prado Lima, Julio César Goyes Narváez y «Aurita»

Leyendo estos poemas me encontré con mi propia niñez. Yo viví a orillas del Guáitara. En el municipio de Chiles, corregimiento de Panán, existe una hacienda llamada “El sitio”, de la cual una tía, su marido y su familia eran los mayordomos. La hacienda terminaba a orillas de ese río, que nosotros llamábamos río Carchi, por ser la frontera entre esa provincia ecuatoriana y el departamento de Nariño, en Colombia. Desde aquella casa de sirvientes austeros, podía divisar a los contrabandistas cruzando el río en las tardes anónimas. Los domingos íbamos a pescar con mi primo Manuel y dos o tres veces al año, llevábamos a ahogar a los críos recién nacidos de las perras de la hacienda, que eran muchas y cuyos nacimientos no eran bienvenidos para la familia que me acogía mientras estudiaba mi cuarto de primaria, porque no había comida para tanto perro.

                      Imagen: Enciclopedia cut

Eran los tiempos en que empezaba a despuntar el camino. El amor clandestino hacia la prima que a la orilla del vado comentaba con la otra que el amor es insaciable, que los adultos suelen jugar a la guerra con armas de verdad y no como nosotros, con escopetas de palo, me hacían pensar en la soledad del futuro. Y sentía el olor de la presencia y lo lejano. Me gustaba sentarme en una piedra en el centro de río y mirar a la orilla por encima de la corriente. Entonces sucedía lo impensable: el paisaje empezaba a regresar a no sé dónde, con una velocidad de vértigo: “Me he colocado en un absurdo posible/ donde la poesía es lo único para resarcirme”, dice Julio César, como si aquella aventura de la piedra y el agua la hubiera copiado de mis propios recuerdos. ¿Hacía donde huir sino a la poesía que empezaba a brotar de la fricción entre la piedra y el agua, y el agua y el cielo, y el cielo y la carne que miraba de reojo mientras las mujeres azotaban la ropa contra las piedras? Y sin embargo, en ese momento no lo entendí así. Julio César sí que ha plasmado en sus poemas aquellos momentos de gloria y olvido.

   Río Guáitara

El río. Ya con los años, pienso y repienso en lo “Fugaz y lo perdurable”, ese regresar del paisaje, esa fuga de la realidad que a veces parece ser la poesía. La muerte no podrá con el poeta mientras sea un fugitivo de su propio destino. Mientras, incluso, navegue a contracorriente, como en cierta época del año, donde el río Telembí navega contra su propio cauce y se adentra a 40 kilómetros de la selva que por la mañana lo vio llegar en busca de la sal de los mares y por la tarde lo ve regresar urgido de limo para alimentar a sus peces. No, esto no sucede en la poesía, sino en la realidad. De la misma manera, el colibrí, o el quinde de Julio César Goyes, es la única ave que puede volar hacia atrás. Retrocede, pero después de despojar del manjar poético a la flor, y se oculta en la multitudinaria realidad que lo rodea.

Imago Silencio, el Guáitara, mía, no solo habrá regresado sobre su propio cauce, sino que habrá volado sobre sí mismo, como un quinde milenario, para chocar con los frailejones del Chiles y el Cumbal y volver a pasar por otra primera vez ante las lavanderas de la hacienda, un poco en contra de Heráclito. “Cuánto deseo llevan sus aguas esparcidas/ en los senos más salvajes,/ echando raíces para que árboles y hombres/ crezcan en medio de la sed y el olvido”. Aquellas imágenes de ríos voladores, de serpientes ondulantes, de quindes estáticos en el vacío del silencio, de guitarras lluviosas golpeando las puertas de la nostalgia, de minacuros peregrinos de la noche desatan su pasión sólo cuando aceptan que todo lo demás a nosotros ya estaba antes de ser quienes somos, “el Guáitara ya estaba,/ su origen es la flor del viento de donde viene todo”: la palabra, el eco, lo extraño, la cotidianidad que El tejedor de instantes, inmerso en una ciudad nocturna, ha unido para siempre en una canción que huye de una mansión deshabitada para incorporase a las nuevas sensaciones que el lector atento siente mientras lee estos poemas.

   Plaza 20 de Julio, Ipiales, frontera sur de Colombia

Sentado en El Charco, población cercana a Ipiales, comiendo cuyes y bebiendo cerveza, o cruzando el charco, hacia Madrid, París y Estambul, el poeta es un colibrí volando tras las huellas de osados navegantes que leen en el entresueño de sus carabelas tardías el poema de Álvaro Mutis “Nunca conoceré Estambul”. Al lado del poeta viaja una mujer de labios poderosos, especializada en atrapar estampidas de besos mientras el bardo recuerda el “Patio de arrayán, cuyes y perros”, escucha mía, los juegos de la infancia inmunda se cuelan en la mente. Todo esto me desborda. Guardo tantos recuerdos: nostalgias aún sin consumir, poemas que nunca escribí y que ahora los leo en el libro de Julio César Goyes, y es como si “La golondrina de la memoria desparrama la fruta madura”. Algo queda de la memoria del olvido, el oscuro rincón de la cocina, las culebras y los pájaros que mi padre tallaba a machetazo grueso de las raíces de los árboles que los vientos de agosto descuajaban en las lomas de Chambú, el poema de Miguel Hernández que leí en la biblioteca del colegio Genaro León de Guachucal y también, sí, las mañanas que amanecía lleno de pájaros, como Olga Orozco o Rosario Castellanos.

Fui a buscar al poeta y a su compañera, Aurita. Habíamos acordado que nos encontrábamos en la estatua del Oso del madroño, en la Puerta del Sol, de Madrid. Nunca antes nos habíamos visto pero nos considerábamos buenos amigos desde hacía mucho tiempo. Al verlo, solamente pensé en un poema suyo: “Eres lo que sin buscar encuentras,/ lo demás no lo tendrás nunca”. Nos fuimos al sitio donde los inmigrantes de todos los rincones del mundo suelen venir a degustar: bocadillos de calamares de la Plaza Mayor. Fue allí donde lo escuché atentamente comentar que todavía hay fábulas jamás contadas, que las huellas en el  cuerpo florecen, que las imágenes retornan entre los pasos sigilosos, que el recuerdo coloniza y las proezas del quinde en el solitario capulí. Y de Imaginario postal, y otra vez El quinde y los Geranios. En aquella Pausada persecución y otras memorias, me acordé de Ignición, el único libro completo que había leído hasta entonces y sobre el cual había tratado de escribir sin éxito alguno.

El instante en que la materia empieza a arder: ignición. El relámpago en que él y ella son capaces de crear vida: el orgasmo mutuo (el poema perfecto). El relámpago que ilumina una calle: tu sitio en el mundo. El soplo en que arde la leña: el calor de la vida. El instante en que las palabras empiezan a alinearse y colorear frases y a generar ritmos musicales y a penetrar en esa conciencia para enterarnos, ahora sí, de que “las torres Gemelas y Bagdad ya no existen”, que la Franja de Gaza es un cementerio donde los nuevos nazis ensayan sus odios y sus frustraciones, pero que “nos quedan Las mil y una noches con el tinto” que allá, en la Plaza La Pola de Ipiales es café y aquí, en la España de la esquina, vino, sangre de la tierra para alimentar la esperanza.

Julio César es un país a la deriva. Es el que no sabe qué dice, aunque dice todo lo que imagina. Es la tortura que baja por la memoria para gloria de los desmemoriados. Un inmigrante que camina por Leganés entre inmigrantes y bachata, como todos los que llegamos a Madrid buscándonos en medio de la multitud anónima de la existencia, sólo que en Julio César, paralelo al torrente sanguíneo que lo sostiene, discurre el río Guáitara, a cuya orilla lo veo “más seguro  que un verbo con hambre”, pero dispuesto a navegarse internamente en su propio río, siempre en ignición. Aquel Guáitara que en sus antiguas corrientes esconde las melodías de Sinatra, las faldas al viento de Marilyn Monroe, las primeras notas de Chopin o El Cachirí. Remolino de un río que vuela en los huesos del poeta azotado en las cascadas del futuro. Vate atrapado en las alas del colibrí que desciende a su pasado después de despojar de su virginidad a cuanta flor se cruza en su camino. Entonces ha venido a Madrid, ha ido a Buenos Aires, ha pernoctado en Ipiales y Bogotá, ha llegado a Moscú, a los polos del mundo para depositar el polen hecho palabras e ideas que son las que ahora leo y vuelvo a leer a ver si atrapo uno de esos aletazos de colibrí para escribir el poema perfecto mientras viajo en el Metro junto a una mujer que no conoce nada, pero nada es nada, de Colombia.

Julio César Goyes Narváez es hoy por hoy un punto de referencia de la poesía colombiana y latinoamericana. Si Aurelio Arturo es el Gran Río donde llegan todos los afluentes, y en muchos casos es fuente de otros, Julio César no es ni afluente ni fuente del Gran Río: es un devenir paralelo que avanza con un charango andino y una “estepa arrebatada por un caballo mongol”, un quinde sureño cuyo batir de alas produce el viento necesario que conjuga todos los verbos del norte y del sur, de lo interno y lo externo, lo de arriba y lo de abajo para conducirnos por el fuego primigenio de la poesía.

Madrid, diciembre de 2023