JULIO CORTÁZAR Y CAROL DUNLOP

APUNTES  del LIBRO de JOSÉ ALIAS sobre EL GRAN CRONOPIO ARGENTINO

JULIO  Y CAROL. CRÓNICA DE UNA AMISTAD.

 

por  JOSÉ ALIAS .  mayo 2020.

                                                                                “Se puede lo que se hace”

                                                                                                     Julio Cortázar

Al terminar de leer la crónica de Viajes y Rayuelas no pude sino pensar que, a fin de cuentas, se trata de un libro de esos que intentan dar cuenta de lo imposible. Avanzar en la cosmopista con destino retroactivo. Sutil paradoja final. Develación y ocultamiento… Tiempo de Viajes y Rayuelas (Julio y Carol, en edición posterior) es un libro sensible que recomiendo leer como un poema.

Porque, hay que decirlo, la poesía es el eslabón que cohesiona toda voluntad por comunicar lo incomunicable…

Todo a la vez. A un mismo tiempo estallando. En todas las direcciones y en ninguna. Julio Cortázar y Carol Dunlop. Fragmentos de conversaciones y cruce de cartas. Una amistad fragmentaria y cosmopolita. Un puñado de evocaciones atiborradas de nostalgia. José Alias. Testigo melancólico… Un libro de relatos. Pequeños episodios que se descuelgan de ese vasto mar. Amplitud macro cósmica que revienta. Pop. Un objeto. 120 páginas. El universo. Nada. Un instante quieto. Una travesía infinita.

El Librero Humanoide. Baires2014.

 

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El libro es un viaje en busca de Cortázar donde se recogen cartas, fotos y anécdotas del escritor argentino. Allí el lector podrá leer las epístolas de Julio a José Alias, escritas en una vieja máquina de escribir donde seguramente escribió Rayuela y el libro sobre Cronopios y famas; se pueden visualizar los largos paseos que hacía con Cortázar por el canal de San Martin, acompañado de Carol; y una foto curiosa en el río Sena, de Cortázar y José Alias, con su pelo liso, echado hacia atrás, y su sempiterno parado de torero.

Tiempo de viajes y rayuelas de José Alias es una deliciosa crónica visual y epistolaria, necesaria para los cronopios que aún existen sobre la  tierra.

                                                                Fabio Martínez.   Cali, Colombia. 6/04/201

 

JULIO Y CAROL: CAPITULO PRIMERO

LEJANA DISTANCIA CERCANA PRESENCIA

Donde a modo de introducción el autor trata del eterno presente, las cajas chinas, las muñecas rusas, las mil y una noches que componen esto que llamamos vida, existencia o lo que sea, fotografías en blanco y negro que se abren en cualquier instante, gran ampliación desde cualquier ángulo inesperado y ahí te quiero ver.

 

Se lanza la piedra que vuela, cae, se aquieta y entonces, saltar sobre un solo pie, de cuadro en cuadro, avanzar… Los otros están mirando, esperan su turno, el error, la lluvia que no parece llegar nunca, otra casilla. Las chicas en la vereda espían babas del diablo, sueñan con serpientes, otro salto, el cielo vacío… un tigre sin red atravesando el puente como un sonámbulo.

¿Cómo contar algo que se pierde en el pasado, en el ritmo, en las formas? ¿Cómo ignorar lo conocido, lo personal, lo que creemos saber para narrar desde el ayer y mostrar el cuadro con claridad? ¿Cómo deshacerse de los ejercicios de estilo? ¿Cómo olvidar?

Pero dejemos las preguntas, lo fiable y empecemos por el principio cuando, a la clásica manera, se abre el telón.

Decir esto que se dice, que se dirá, no es decir nada; pero de algún modo hay que decirlo. Tuve, en aquellos días, la fortuna de conocer a Carol y Julio, grandes amigos de sus amigos; como podría comprobar muy pronto.

Antes, en el tiempo del reloj, llegó Julio a través de sus novelas, poemas y cuentos. Recuerdo que el primer contacto con sus escritos fue la “Continuidad de los parques”: esa fina línea que funde realidad y ficción en perfecta sincronía.

Contado en apenas dos páginas ese relato me dio vuelta, me mandó a un lugar que ya intuía pero que hasta ese instante no había visto con claridad.

                                                 

Ese deslumbramiento inicial avivó “Todos los fuegos el fuego” y me lancé de cabeza, con voracidad y maravilla, a otros cuentos que dejaron “La noche boca arriba”, tras pasar “Las fases de severo” en “La isla al mediodía”, leyendo las “Cartas de mamá” entre “Pameos y meopas” y escuchar como sonámbulo la música sincopada de “El perseguidor”, hasta desembocar en una “Rayuela” donde las posibilidades, de la tierra al cielo, eran múltiples y diversas; el juego estaba presente por todas partes, de acá y de allá… y de otros lados.

Lo de Carol vendría después, aunque quién sabe; sobre todo cuando se ha escuchado el saxo de Johnny Carter escupiendo notas perseguidas como sueños. Tal vez esto no sea más que un extraño juego, un malentendido sobre lo lineal y lo circular

que confunde nuestros encuentros, los adioses y pasos que resuenan en calles donde solo es real el quicio de la puerta que se abre… para ir a jugar.

Todos los juegos el juego que se escapó de las páginas y vino a hacerse cotidiano una tarde en Madrid, en su Centro Cultural de la Villa. Cortázar intervenía en un acto de la Comisión Argentina de Derechos Humanos, aquel 26 de marzo de 1981 en que a las ocho en punto de la tarde tuve frente a mí, por vez primera, la ahora “Lejana” presencia de Julio leyendo un texto tan hermoso sobre usos y abusos del lenguaje que el siguiente orador, Joaquín Ruiz-Giménez, en un gesto de reconocimiento, rompió sus cuartillas diciendo que después de lo dicho por Cortázar, nada tenía que añadir.

A lo largo de la conferencia, que apareció al día siguiente en el diario El País con el título “Las palabras se gastan”, Julio expuso y denunció la utilización partidista e interesada que algunos grupos políticos, religiosos, económicos y/o medios de (in)comunicación hacen del lenguaje y las ideas, para deformar la realidad y servir a sus mezquinos intereses.

Palabras piedra, superstición, monolitos de Stonenhenge, la piedra lunar sin brillo navegando  entre sonámbulos.

Provocando con esa actitud una confusión que es punto de partida y germen de todo tipo de violencia, que da como resultado la aparición de desigualdades sociales y económicas, racismo, guerras, hambruna y diferentes forma de esclavitud. Piedra negra sobre piedra blanca, tergiversando al César en París sin aguacero, palabras amordazadas arrasando la vida  como una piedra rodante. Causas generadoras, en demasiados casos, del exterminio mental o físico de seres humanos, del reino animal, de plantas medicinales o de la degradación y contaminación, a veces irreversible, del medio natural en el que vivimos, todos.

Palabras puente sobre el Ganges o el Mississippi, bonsáis o secuoyas, palabras árbol, de Igdrasil o Bodgaya, palabras en la frontera, recitando letanías o desprendiendo maldiciones desde el árbol del ahorcado.

Habló también Julio de la responsabilidad personal en la utilización y defensa del lenguaje, como forma de expresión y comunicación en lo creativo, en lo cotidiano, lo personal o lo social, que nos distingue de otras cercanas especies animales. Palabras pájaro, oropéndolas o colibríes, cantos del poeta; palabras que curan, que inspiran, las del iluminado.

De usar nuestra mente y nuestro corazón para limpiar los vocablos sucios, fijarlos en su verdadera esencia y devolverles el sentido y esplendor original que nos hace libres. Una lucha cotidiana, pacífica y paciente, llevada a la práctica con respeto y sin ningún falso reverencial temor. Palabras luz, garabatos, dibujos del canto; camino, caricia, aire, isla, gata.

Endurecerse sin perder la ternura, Ché, como un bandoneón sonando en buenas manos.

Cuando terminó el acto, me acerqué a la mesa de oradores, mis pies apenas sentían el suelo, y Julio firmó la Rayuela que había viajado conmigo largamente entre vientos, cuerdas y percusiones, y que sigue sorprendiéndome, como si nunca la hubiera leído,  cada vez que vuelvo a sus páginas.

Algunos dicen que ese libro ha envejecido, que no ha resistido el paso del tiempo. Tal vez los que ya no están para esa luz sean los que así hablan: espectadores indecisos, menudeo de programas en viejos cines de sesión continua, mecánicos proyectores acodados en la Gran Costumbre.

José Alias

 

 http://julioyrol.blogspot.com

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El libro Tiempo de Viajes y Rayuelas con Julio Cortázar y Carol Dunlop, de José Alias está vivo. Llegué a él por el final, porque allí se cuenta la muerte de Julio Cortázar y cómo el autor compartió una petaca de whisky junto a la tumba donde lo acababan de dejar junto a su amada Carol, su tercera y definitiva mujer, con otros tres que habían estado un rato antes en el sepelio. Uno de ellos, era ya mi amigo, ahora dos más lo son. José en ese tiempo era punk y así lo recordó alguien muchos años después y dio el alerta para que se reencontraran y nos regalaran otra historia inacabada…

El libro es una maravilla, cuenta la  historia de la amistad del autor con Julio Cortázar y Carol Dunlop, a los que llegó vía Daniel Moyano, el entrañable autor de El vuelo del tigre, una de las más bellas novelas argentinas escritas en el exilio, y de la notable El  oscuro, premiada por la revista Primera Plana con un jurado integrado por García Márquez, Marechal y Roa Bastos…

Es preciso y precioso en su marcha hacia lo más íntimo de Cortázar, hacia su hacer y decir cotidiano, hacia su manera amable y cortés de vivir para sus amigos. José Alias lo  cuenta de un modo tan pudoroso, tan despojado de arrogancias o jactancias que el lector siente por momentos que el mimado es él mismo, que Julio Cortázar posa sus atenciones en ese lector intruso, intermediado por  los ojos y los sentires de Alias, que todavía lo recuerda todo, como si hubiese sido ayer.

Jaime Correas.

                                                   Diario UNO Mendoza, Argentina. 11 mayo ‘014

                                           

 

 

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Si tu libro fuese una película tendría que decir que fue filmada en dos tiempos. La primera parte en los ochenta o por ahí, y la segunda un par de décadas más tarde. Así es tu libro. Un encuentro con la intensidad de la juventud y la lectura, y las lecturas y los sueños de juventud, y los ideales y los juegos con quienes paseamos como soñamos y todo eso que nos conmueve cuando tenemos veinte y tantos, y una segunda desde la serenidad de la madurez. Es como el mar que va y vuelve. La marea. Tu libro tiene la frecuencia de la marea del alma. Va y viene. El olvido y la memoria abrazados en uno…  La primera parte de la película es gloriosa. Esos encuentros con el mago Julio, hermano mayor admirado, y Carol, la amimaga. Y sin embargo me conmueve esa segunda parte de la filmación. Ahí donde te encontrás con los que sabías que habían sido pero ni sospechabas que estaban. Y con los que no conociste y ahí vivían con vos ese tiempo de la piedrita que llega al cielo. Esas cartas, mails y negativos expuestos reverberan como la luz que dibuja la cresta de la ola, y que está, y va y viene y no se deja atrapar, como los recuerdos de aquello que fue no son la realidad que vivimos. Y para eso está el libro que vos escribís, para certificar que nos reunimos en lugares que el corazón dispone y la razón desconoce. Y para eso están con vos entre tantos otros, Ricardo y Jaime y el cineasta canadiense cuyo nombre no encuentro ahora porque tu libro se esconde pero que vos y yo sabemos muy bien quien es, para exponer los negativos de las fotos que vuelven a configurar el mundo que no se perdió, que va y viene como las olas, pura marea entre el cielo y la tierra.

Abrazos, Esther Andradi

Berlín, 7 de abril 2016

 

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José Alias escribió un libro llamado “Julio y Carol, Crónica de una amistad” y en él nos cuenta las intimidades que hizo de Julio uno de

los seres humanos más excepcionales de la tierra. José Alias  pone en manos del lector fotografías de su autoría y de Carol; cartas, de aquí y de allá, lugares, sentimientos, certezas, sueños, realidades y testimonios de una amistad cargada de vida y aventura. La admiración de Alias por el cronopio mayor se refleja ya en un libro anterior, “Tres décadas /Tres poemarios /33 fotografías”, donde se puede leer un poema dedicado a Julio:

“Anote en un recuadro oculto en la recámara /las más finas perlas del miedo y el sueño /y de la última bala/ en un puñado de pólvora/ quedó mi de ceniza/ mi sangre sin causa”.

Como Julio,  José escribe su particular visión del mundo desde otro lugar, desde esa especie de mundo paralelo donde acurren como si fuera normal, cosas y fenómenos nada comprensibles para la mayoría de los mortales. Y es en esos espacios donde las golondrinas se atreven a hacer sus nidos en su oreja derecha sin que Alias lo tome como problema. Lo escribe en su libro de poemas “Entretanto” de la colección Johnny Walker.

El libro “Julio y Carol” de José Alias es, a estas alturas, un texto esencial para quienes admiran la obra literaria del escritor argentino y su relación con la realidad universal cuyas leyes que lo rigen aún no son tan evidentes. Un fenómeno más de la patafísica…

Conocer y leer a uno de los amigos de Julio Cortázar, y que éste sea el encargado de presentar en público un libro de poemas mio inspirado en un personaje de Julio es apenas el comienzo del círculo. Nadie sabe qué viene después, y me queda ese sabor a vaciada inquietud de cuando la Maga trataba de adivinar si Oliveira estaba dormido tras la puerta o estaba viajando a Marsella.

                                                                             Melizza, José Alias y la Patafísica

                                                                              Arturo Prado Lima. Madrid 2018

                                           

       

Foto: Carol Doupol

           

Foto: Julio Cortázar

Insisto en lo que dije a José cuando me pidió mi comentario sobre su primer intento libresco, ―este libro, me emocionó mucho, no sólo por lo que cuenta, sino por ser un sincero y cálido homenaje a la amistad. Así que más que una mera crónica de una amistad, este libro es una personal y singular manera de expresar el especial cariño que tenemos por los amigos y que se da a través de los años o de pronto en una noche de plegarias gozonas, reunidos en esos templos de oración verdadera que dice el sufí que son los bares…

Y, en fin, tal vez sobra decirlo, pero Julio y Carol, es un texto obligado para esa legión de cronopios que diseminados por el mundo todavía se emocionan cuando en la esquina de un parque se escucha la algarabía de los loros.

(Del prólogo de Omar Ortiz. Tuluá, Colombia)

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Las agencias de noticias del mundo entero, entre tanto, coincidían en afirmar que, mientras el cuerpo era trasladado del hospital de Saint Lazare al domicilio del escritor, las flores y los telegramas de pésame parecían invadir el ambiente… Allí, tres detalles ostensibles en medio del sobrio funeral: un joven punk de luminosa cabellera verde de cresta almidonada, una pequeña isla doliente de mujeres vestidas de negro de pies a cabeza. Y el indispensable grupito de curiosos, aprendices de escritores latinoamericanos que para entonces jugaban al sueño de vivir en París, azuzados por los relatos cortazarianos que siempre hablan de las calles, las plazas, los parques, los puentes y todos los misteriosos recovecos de la ciudad …

Nadie supo por qué acudió tan poca gente al entierro de Julio Cortázar, un personaje tan famoso como el más famoso de los Reyes, tan célebre como cualquiera de los personajes célebres. Dicen que el punk de fosforescente cabellera verde, que era uno de sus fanáticos lectores, embrión de escritor en los laberintos parisinos, hizo caer en cuenta a los curiosos que el cortejo era inmenso: sólo que en casos como éste los cronopios guardan silencio y se convierten en flores invisibles…

(El cronopio que murió de amor.  Ignacio Ramírez)

 

Lo que en verdad quiero contar es lo que pasó después del sepelio, un acto sencillo y con todo profundamente emocionante. Y fue que caminé hasta la entrada del cementerio, con Osvaldo Soriano y Plinio Apuleyo Mendoza, quienes querían que me fuese a almorzar con ellos. Pero yo preferí quedarme, pese al frío siberiano de aquel San Valentín del 84, porque sabía que con los nicas llegaba Claribel Alegría, la gran poeta salvadoreña de cuyas mellizas fueron padrinos Carol y Julio, y a quien deseaba reencontrar al cabo de algunos años.

Regresé a la tumba y me encontré un espectáculo: sentado frente a ella, sollozando, un punk que sostenía en una mano una botella de whisky de la que bebía directamente, y en la otra un ejemplar de Historias de cronopios y de famas, del que leía en voz alta, entre hipos… Y el punk nos pasó el whisky y lo fuimos bebiendo de la botella mientras él seguía leyendo del libro, y cuando sólo quedaban las consabidas últimas 16 gotas las vertió en la tumba de Julio, aún abierta…

Al rato, y por el intenso frío, decidimos ir a la brasserie de la esquina a tomar algo caliente, pero cuando regresamos media hora después ya había pasado por allá la delegación nica: una gigantesca corona de flores daba fe de ello. Así, y no como ha sido contado de oídas por gente que no estuvo allá, transcurrió la primera hora tras el entierro de Julio Cortázar. Han pasado treinta años y recuerdo cada detalle como si fuese ayer.

 

                                             Ricardo Bada  desde Colonia (Alemania)

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ARCHIVO RESUMEN DEL LIBRO PARA DESCARGAR

https://bit.ly/2yLNMql

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… Aunque Julio, cosa imposible, no hubiese escrito ni una línea, lo que era, lo que es no habría variado ni un ápice, me parece que esa es su grandeza: su noble y cálida presencia, esa manera de ser y estar más allá de las circunstancias cambiantes de cada momento. Claro está que su erudición, absolutamente despojada de cualquier artificio, era, es, innegable; cuesta mucho encontrar esa bonhomía inseparable de una sabiduría plena de humanidad, pero en Julio se daba tal conjunción sin aparente esfuerzo. Caminando con él por París, no dudaba ni un instante en detenerse ante o junto a quien le requería, escuchando con paciencia las complicadas teorías y preguntas que, más de una vez, le planteaban. Su claro y amplio sentido del humor obraba milagros y el interlocutor se alejaba entre sorprendido y fascinado, mientras Julio me miraba sonriendo y agregando alguna pequeña coda que desvanecía el asunto en el aire y ¿qué te parece si tomamos un aperitivo en ese bistró? Precisamente en un pequeño bar, en Saint Germain des Prés, se le acercó una chica sudamericana y extendiendo la mano que Julio estrechó sin dudarlo, le dijo: – A ver si se pega algo. Luego la muchacha dio vuelta y Cortázar me preguntó: ¿Crees que funciona? Yo no sabía, y podría haber dicho cualquier cosa, pero antes de que eso ocurriera Julio añadió:- Yo creo que si…    Comparto ahora estos recuerdos de aquel lejano tiempo, inolvidables momentos que serán otros para el que los lea y aunque puedo oler el tabaco del ambiente, entonces aún se podía fumar en los bares, escuchar la música y en mi memoria quedó grabada la imagen de un cuadro colgado del techo que alguien había dejado como pago de la cuenta, aunque todo ello sigue apareciendo en mi mente nada está ya… Julio murió y también Carol, su último y muy querido amor, compañera autonauta de la cosmopista, excelente amiga de sus amigos al igual que Julio… Sé fiel hasta la muerte, tal como dice la cita del Apocalipsis que inicia El perseguidor

  José Alias 

Garganta de Galín-Gómez. 26 de Agosto 2014

Centenario del nacimiento del Gran Cronopio

                                             

                                    julio Cortázar & josé alias paris ‘82 foto carol dunlop