MARIA EUGENIA PAZ Y MIÑO, LA LITERATURA IMPRESCINDIBLE DEL ECUADOR DE HOY

En QUE NO QUEDE HUELLA, la nueva novela de María Eugenia Paz y Miño, un comandante es traicionado y debe huir. El Gobierno, que antes lo amparaba, se ha repletado de ambiciosos. En medio de intrigas políticas y espionaje, hay una historia de amor que sobresale, envuelta en la magia de la Amazonía. La trama se teje entre el narcotráfico, la trata de personas, los grupos armados, la presión mediática, que recuerdan acontecimientos vividos durante la primera década del siglo XXI, en Ecuador específicamente, pero también en Colombia, México, Honduras…

     En medio de una tempestad invisible

 

              Fragmento del primer capítulo de la novela

 QUE NO QUEDE HUELLA:

La madrugada estaba cubierta por una helada espesa. La luz solar se iba perfilando en el espacio, mientras el Comandante se acercaba presuroso hacia el portón de un edificio abandonado. Con la mochila medio colgada del hombro parecía un muchacho. El pantalón de pana lo hacía lucir delgado. Vestía con camisa oscura y chompa, y tenía atado al cuello un singular pañuelo negro con el diseño de una lechuza roja. Echó vistazos a cada lado de la calle. Quería cerciorarse de que nadie lo espiaba. Sacó de prisa la llave. Abrió el portón. Entró. Aseguró bien el cerrojo. Tras un agitado suspiro extrajo una linterna de la mochila. Alumbrándose subió hasta el cuarto piso y atravesó el pasillo para dirigirse a una habitación. Allí iba a refugiarse por el momento y aguardar esa noticia que lo tenía alterado, en estado de impaciencia, de náusea continua. La puerta estaba a medio abrir y él la empujó con el pie. Sintió un crujido extraño, como si todo el edificio se hubiera sacudido. Una vez adentro se detuvo a buscar entre los bolsillos un cigarrillo y el mechero a gas. Sus manos revelaban ligeros temblores. No hizo caso. Más bien, en actitud decidida encendió el pitillo y apurado exhaló grandes bocanadas. Al mismo tiempo apagó la linterna. Hilos de humo iban difuminándose deformes entre las sombras, como describiendo en el aire los tormentos de aquel hombre.

                             

Los problemas para él se habían agravado en los últimos días. Sabía que podía estar en riesgo su vida e intentaba relajarse, analizar la situación, convocar a la memoria para aclarar los pasos dados en el pasado y los que debería dar a futuro. No obstante, se dejaba arrastrar por el fluir del inconsciente que le invadía el cerebro con impresiones de imágenes ambiguas, como si se hallase en una casa embrujada, en medio de espíritus errantes. Poco a poco dejó que sus ojos se fueran acostumbrando a la penumbra. Las luces del exterior eran suficientes para orientarse, así que se quedó quieto sin saber exactamente cómo proceder. De pie y fumando en forma insistente, semejaba un espectro entristecido que atisbaba en la habitación. Soy un gran tonto, se dijo, al comprobar la muerte del enorme helecho que antes adornaba una de las esquinas; ¿cómo iba a sobrevivir sin que nadie lo regara? Se acercó a revisar en varias gavetas de un escritorio polvoriento y, aunque no tenía mucho sentido preocuparse en ese momento por saber dónde habría quedado el pequeño reproductor de música, igual lo buscó, seguro de encontrar también por ahí alguno de sus CD… ¡Sí, aquí mismo están!, exclamó para sus adentros y se le antojó poner a funcionar el aparato, a ver si con ello lograba sosegar su ánimo echado a pique en las últimas horas. Revisó que las baterías funcionaran e iba a ponerlo en On inmediatamente, pero como tenía la boca seca, primero se dirigió al cuarto de baño. Abrió la canilla. Aguardó unos segundos para que dejara de salir un agua amarillenta. Agachó la cabeza. Bebió con avidez directo del grifo. Hizo una mueca de asco y se secó los labios con la manga. Dio media vuelta. Fue aproximándose de nuevo al escritorio. Dudó: ¿era adecuado hacer bulla a esas horas, cuando la vecindad dormía y en medio del silencio se agazapaban los enemigos? No quería arriesgarse. Sin embargo, estaba convencido de que la música aliviaría su nerviosismo. Calculó la distancia hacia la calle, suponiendo que a bajo volumen no se detectaría ningún sonido desde el exterior. Conectó el aparato y se dejó transportar al mundo de las quenas, charangos y bombos, interpretados por los Inti Illimani. A la par, sus ojos achinados se fijaban en cuatro afiches del Che Guevara apoyados entre el piso y la pared. Al instante, su ser por entero se activó con la imagen de Sara y contrajo el rostro al recordar que ella se los había regalado en un cumpleaños. ¡Sara, Sara!, repitió quedamente. Era la mujer por siempre amada, la única que habría podido zafarlo de esa angustia asquerosa que subía hirviente hacia la garganta. ¿Dónde, dónde estás, Sara?, ¿en qué impenetrable espacio te desvaneciste? Reprimió una tos que estaba por aflorar. Cerró con fuerza los puños para no soltar el llanto y la ira contenidos. Simultáneamente, creyó captar un golpe seco. Se estremeció. El instinto de supervivencia lo forzó a mantener la calma, a prestar atención, a agudizar los sentidos.

Tranquilo, tranquilo, no pasa nada; con seguridad nadie me ha seguido. Y optó por admitir que aquel golpe no provenía del exterior. Surgía desde adentro, desde su propio presentimiento ante la tortura y la muerte que andaban conspirando contra él. Sabía que era improbable que alguien lo buscase en ese lugar. Las arañas y acaso unos cuantos fantasmas habitaban el ambiente, resguardando ciertos objetos personales suyos, dejados allí en secreto, como evidencia de sus infidelidades, sobresaltos, tormentos. Ya más sereno hurgó entre impresos inservibles y piezas dañadas de escritorio, hasta dar con una caja de cartón. Extrajo de ahí sus botas montañeras, algunos libros, un juego de anzuelos, plásticos, fotografías, documentos; la mayoría recibos, borradores de cartas, fotocopias de propaganda política, sobres envueltos con un elástico. Le habría gustado detenerse a examinar cada uno de los papeles, aunque reconoció que ya era tarde para hacerlo: en cualquier minuto el Protector lo llamaría. De todas formas se dedicó a inspeccionarlos medio al apuro, con la idea de ubicar algún nombre, alguna seña que le diera la respuesta adecuada a la pregunta reiterativa: ¿Quién me traicionó?

                               

María Eugenia Paz y Miño, escritora y antropóloga ecuatoriana, nacida en Quito, Ecuador en 1959. Ha obtenido premios como el Rumiñahui de Oro y Premio del Fondo Editorial del Ministerio de Cultura de su país. Su novela La puerta del Ilaló (2008) llegó a los 10 mil ejemplares en la primera edición. Tiene publicados los libros de cuento: Chateando con la luna (2013) El mal ejemplo y otras vainas (2012), Tras la niebla (1997),  El uso de la nada (1992), Golpe a golpe (1986), Siempre nunca (1980). Ha escrito más de 50 cuentos infantiles para la revista Veo Veo. Escribe biografía, ensayo, poesía, crónica. Miembro de Firmas Selectas de Prensa Latina. Ha publicado estudios de cultura y etnografías, entre las que destaca San Biritute: lluvia, amor y fertilidad (on line). Que no quede huella es su segunda novela, inspirada en investigaciones que la autora llevó a cabo en fuentes de prensa durante la época del llamado “progresismo latinoamericano” y sus implicaciones en Ecuador. La autora además imparte talleres de escritura creativa, asesora en temas de interculturalidad, concepciones de tiempo-espacio, culturas indígenas, oráculos, religiones del mundo.

La novela QUE NO QUEDE HUELLA es una novela ilustrada. Es un e-book que aparece en junio de 2020, publicado por la editorial Tregolam. Link para acceder a la novela en Amazon:

https://www.amazon.com/-/es/Mar%C3%ADa-Eugenia-Paz-y-Mi%C3%B1o/e/B001JO757C?ref_=dbs_p_pbk_r00_abau_000000

Booktrailer de la novela QUE NO QUEDE HUELLA:

https://www.youtube.com/watch?v=qakfudDsmqg

Más sobre María Eugenia Paz y Miño

La novelística de Paz y Miño es la mágica puerta de una literatura imprescindible. Necesaria para entender aspectos antes inéditos del Ecuador de hoy.

 

Maria Eugenia Paz y Miño ya ha saboreado el éxito literario. Su anterior novela, LA PUERTA DEL ILALÓ, cuenta con dos ediciones (2008 y 2012). Natasha Salguero  dice que María Eugenia Paz y Miño no sólo nos ha entregado una novela genuina, sino que nos abre la puerta al mundo contemporáneo ecuatoriano y cosmopolita, con sus múltiples y ricas tonalidades. Esa es la mágica puerta de una literatura imprescindible. Necesaria para entender aspectos antes inéditos del Ecuador de hoy.

La novela se sitúa en la pequeña ciudad periférica de Tumbaco, que hoy forma parte, en la práctica, de Quito. Su ubicación, sin embargo, trasciende la geografía local porque sus reflexiones son profundas y su mirada es muy amplia, es como un corte sagital a una realidad compleja, variada, matizada por las diversas búsquedas de sus habitantes, búsquedas artísticas y espirituales. Tumbaco reúne gente no sólo de nuestro país. La belleza del pequeño monte Ilaló, su ambiente, su encanto atrae a “homeópatas, acupunturistas, políticos retirados, feministas, ateos, pacifistas, expedicionarios, vegetarianos, anarquistas y deportistas, y, como siempre, a músicos, poetas y locos” (p. 85), además de cineastas, escultores, artesanos y traficantes y estafadores…

Paz y Miño va sabiamente entremezclando los enredos de algunos de sus habitantes, llegados desde otros países por causas diversas, que van desde auténticas vocaciones de servicio a la comunidad y a la naturaleza hasta la codicia más descarada, con las historias de los habitantes de Tumbaco. Los diversos personajes van construyendo aquí sus vidas, obras y destinos. Varias historias de amor van formando los hilos narrativos que unen y desunen a los personajes, que se encuentran y desencuentran dentro de un alucinante mundo que ofrece abundantes alternativas y caminos. Unos de ellos -como ejemplos- la escritura literaria, encarnada por el personaje de Perla, y otro, el de la sabiduría maya, personificado por Muluc, quizás ambas alter-egos de la autora.

Esta caleidoscópica realidad/ficción capta al lector, que de pronto se encuentra inmiscuido en la búsqueda de la mágica puerta del Ilaló y quiere marchar con la población, ser parte de la película, denunciar a los traficantes de arte precolombino, enderezar entuertos… Y, quizás, buscar la profunda luz del Ser.

                                         

           Sinopsis de la novela LA PUERTA DEL ILALÓ

Cuentan las voces que el monte Ilaló está lleno de misterios. El más alucinante es el de una puerta que daría acceso a incalculables tesoros. Quizás hasta se trata del legendario Dorado… A fines del siglo XX, este misterio pretende ser desentrañado por un arqueólogo alemán que viaja con su esposa hasta el pueblo aledaño de Tumbaco, cercano a Quito, capital del Ecuador, para empezar las investigaciones. Sin embargo, distintos personajes aparecen con igual propósito y se viven episodios llenos de pasión y aventura, cuyo eje central es, no solamente dicha puerta sino también una extraña pieza precolombina hallada en las laderas del Ilaló, la cual se convertirá en objeto de intriga, estafa y muerte. La novela reúne historias de amor y suspenso, problemáticas humanas contemporáneas, sueños, leyendas antiguas, y saberes de curanderas y chamanes, que confluyen a develar cosas inesperadas alrededor de los dos enigmas. Incluso el estallido de las Torres Gemelas en Nueva York, repercute en Tumbaco y da pie al desenlace final: un acontecimiento sorprendente que nadie podrá olvidar.

          

                      Las voces fragmento

En un lugar, por el momento inexacto, deben andar rondando las palabras pronunciadas desde que se emitió el primer sonido con un código descifrable. Quizás hasta es posible que los científicos descubran algún método para grabar las voces y luego reproducirlas para poder escucharlas. Tal vez, asomarían ante nuestra perplejidad los malvados de la historia, desde Caín hasta Bush o incluso El Sermón del Monte, las enseñanzas del Buda o las revelaciones del Ángel a Mahoma. Estas ideas captaban mi atención cuando me fui a vivir al Ilaló. Durante muchas noches salía al patio de mi pequeña casa y me extasiaba en la distancia de paisajes cambiantes, donde las nubes se desplazaban haciendo figuras y el viento adormecía las montañas lejanas. A veces encendía fogatas y junto al fuego me inventaba seres invisibles para que me acompañaran y contaran sus historias. Una de esas ocasiones me vino el recuerdo de las conversaciones con las personas que había conocido en Tumbaco y que convergían, casi siempre, a un solo punto: la puerta del Ilaló. Y como aquello llegaba precisamente como voces sumadas unas a otras en círculos o en líneas paralelas, me propuse definir su significado y llegar a establecer su realidad o fantasía.

Quien primero me habló concretamente de la puerta fue Damián Peralta, un individuo con apariencia de duende debido a su corta estatura y sus sombreros extravagantes. Cuando me lo presentaron llevaba uno de la comunidad de Cayambe. Su oficio es la agricultura orgánica y es experto en árboles nativos. Damián había andado en las mismas averiguaciones mías pero no quiso explicarme bien el motivo y más bien se limitó a referirme su recorrido por todas las tierras del “triángulo sagrado”:

–Llegué a drogarme con la brillantez de los paisajes e incluso sentí lo que debe ser el arrebato místico. Aunque suene extraño –me miró algo esquivo–, lo que más llamó mi atención fueron los miles de pedazos de obsidiana diseminados casi exclusivamente en las quebradas del Ilaló.

Yo quería saber por qué y se lo pregunté, pero él se fue por la tangente y concluyó dando una explicación entre histórica y subjetiva:

–Al parecer, los antiguos habitantes del Ilaló suponían que esos negros cristales volcánicos que reflejaban opacamente sus rostros, a más de ser utilizados para flechas, podían servir mágicamente para provocar malestares en los enemigos, y temerosos, los recogían y guardaban, creyendo en ello evitar desgracias. En la época de la conquista y colonia españolas los curas lo interpretaban como argumentos del demonio y obligaron a los indios a lanzar estos tesoros a las quebradas o a cambiárselos por espejos.

Me indicó también que los clérigos de la época de la Inquisición ignoraban que habían hecho arrojar las obsidianas a una de las deidades andinas de la fertilidad y que ésta fue una suerte de maldición por la cual el monte no logra recuperarse de su última enfermedad: la deforestación, pegándosele como sanguijuela, en especial desde principios del siglo XX.

–El Ilaló cobijaba bosques de capulí o uva de los Andes, y de arrayán –afirmó Damián cuando repasaba sus dedos por las hojas de una de las plantas que tenía sembradas en su terreno–. Los capulíes eran destinados a la fabricación de muebles finos para la aristocracia quiteña y el arrayán sirvió como combustible en el funcionamiento de los trenes que llevaban mercadería y pasajeros de la Sierra a la Costa y viceversa… Los muebles finos se deterioraron con el tiempo y se los envió a las casas de hacienda o a la fogata más próxima. Los trenes ahora no son más que carcachas. Se malogran siempre. Sirven sólo para un momento de aventura turística peligrosa –terminó Damián, con evidente melancolía.

Al final me confesó que su interés en el Ilaló tenía que ver con lo de la puerta.

–Quiero comprender mi papel en el asunto –declaró–. Tal vez logre dilucidar mis sueños…

No agregó más y se despidió.

 

 

CRÍTICAS A LA OBRA DE MARÍA EUGENIA PAZ Y MIÑO:

 

http://ecuadorinmediato.com/index.php?module=Noticias&func=news_user_view&id=2818796115&umt=maria_eugenia_paz_y_mino_y_textos_inteligentes

https://books.google.com.ec/books?id=KFSViMPqSw4C&pg=PA329&lpg=PA329&dq=mar%C3%ADa+eugenia+paz+y+mi%C3%B1o+y+sus+textos+inteligentes&source=bl&ots=5hoZFPZiv0&sig=ACfU3U2BtDM7h0Oue9EV8kWYn9TE6eJfQg&hl=es&sa=X&ved=2ahUKEwj5kIzEuY_qAhWlVt8KHfBHD7QQ6AEwC3oECAoQAQ#v=onepage&q=mar%C3%ADa%20eugenia%20paz%20y%20mi%C3%B1o%20y%20sus%20textos%20inteligentes&f=false

 

 

***